De sangre

Maridaje recomendado: Whisky

Por: Felipe A. García*

1

Mamá me dijo que mi tata murió antes de que yo naciera. Que una tarde, dos mareros se subieron a robar en el bus en que viajaba. Cuando le exigieron que les entregara el dinero que traía, se negó. Se olvidó de esa regla que dice que siempre hay que darle a los pandilleros lo que pidan, sin pensarlo, pues la vida vale más que cualquier cosa que ellos quieran. Intentaron arrebatarle la plata y, cuando se cansaron de forcejear, le dispararon en la cabeza. Obviamente todo esa historia era paja. Ella no sabe que ya sé que mi tata no estaba muerto. No sabe que una tarde, en Facebook, una tipa me escribió para reclamarme que por mi culpa él estaba en la cárcel. No sabe que ya sé de mi media hermana, la hija que él tenía con aquella mujer con la que estaba casado cuando tuvo la aventura con mamá. No sabe que ya leí todas las noticias en que hablan de cómo él, en un intento porque su verdadera familia no se enterara de mí, le pagó a unos pandilleros para que me mataran. No sabe que sé de los dos disparos que ella recibió en la panza y los veinte años de cárcel que le dieron a él por mi culpa. Tampoco sabe, y Dios quiera no se vaya a enterar, que ayer salió de prisión y que yo fui a buscarlo porque no tenía quién fuera por él. 

2

El día del accidente mamá fue trasladada de emergencia al hospital para salvarle la vida y, si era posible, salvármela a mí. Cuando la peor parte pasó y ella ya estaba estable, la policía entró a su habitación porque tenía un par de preguntas que hacerle. Le preguntaron si estaba relacionada de alguna forma con pandillas o si conocía a alguien que lo estuviera. Ella respondió que no. También le preguntaron si sospechaba de alguien que pudiera ser capaz de hacerle algo semejante, a lo que volvió a responder que no. No tenía enemigos en su contra, les dijo. Al menos que… ¿Al menos que qué? insistió la policía. No tuvo de otra que darles el nombre de mi tata. Les dijo que, hace cinco meses que ella le avisó de que estaba embarazada, él se puso como loco y le insistió en que me abortara. Yo no debía nacer. Que pagaba lo que quisiera por abortarme. Estaba dispuesto a pagar todo lo necesario, sin importar cuánto costara. El tratamiento, su recuperación, hasta unas vacaciones para ella si era necesario, pero debían deshacerse de mí antes que fuera demasiado tarde, pues en su casa, su esposa e hija, no podían enterarse de nada. Mamá se negó. Entonces que no contara con él, la amenazó. No iba a poner ni cinco para mantenerme. Que si yo nacía que se las arreglara ella sola, porque de él no iba a ver ni la sombra. Y que ni se le ocurriera ir a su casa a armarle un espectáculo frente a su esposa. Mamá le dijo que no le importaba. Que ella podría arreglárselas sola y que no lo necesitaba. Desde entonces no volvieron a verse. Mamá cumplió con su deseo de no exigirle que me reconociera y mucho menos que su verdadera familia se enterara de mi futura existencia. Sin embargo ellas sí se enteraron de mí. Alguien les llegó con el chambre de que el hijueputa ese había dejado embarazada a una muertadehambre. Su esposa le armó un escándalo de esos en los que casi se dan verga. Lo amenazó con un divorcio con el que le iba a sacar hasta el último centavo. Él trató de convencerla de no hacerlo. Que aquello sólo fue un accidente y que no volvería a ocurrir. Que la amaba a ella y no a mamá. Cuando el pleito terminó, mi media hermana, de quince años en aquel momento, se despertó sólo para preguntarle si en algo afectaría sus estilos de vidas con mi nacimiento, a lo que él le respondió que “no”. No debían preocuparse porque no se haría cargo de mí. No debían preocuparse porque había decidido abortarme.

3

Hace seis años, cuando cumplí los quince, abrí mi cuenta de Facebook. Como la edad mínima para hacerlo es de dieciocho, mentí en mi fecha de cumpleaños para crearla. A los pocos días de hacerlo, por esas asociaciones que hace el internet, me sugirieron de amigo a mi media hermana. Creo que ver el parecido que tenía con mi tata en la foto de perfil fue lo que la indignó y la llevó a escribirme para insultarme y reclamarme que por mi culpa su papi estaba en prisión. Que porque mi mamá era una puta arrastrada a ella le jodieron su infancia. Al principio creí que se trataba de un error, pero después comprobé que era cierto. Ella tenía entre sus fotos un retrato de él. Cuando lo vi también me asustó el parecido que teníamos. Comencé a investigar más sobre ese hombre con la poca información que ella había publicado de él en su Facebook. Apenas pude obtener su nombre, pero me bastó para googlearlo y encontrarme un par de notas en internet, fechadas en 2001, el año en que nací, donde lo contaban todo. Mencionaban el nombre de mamá y hasta cuánto había pagado él por abortarme. Pasó de fugitivo todo un año hasta que, en 2002, se entregó y enfrentó juicio. No supe cómo reaccionar mientras leía todo eso. No fue fácil enterarme que mi propio padre intentó matarme mucho antes de nacer. Tampoco fue fácil lidiar con las acusaciones de una desconocida que me culpaba de alejarla del lado de su papá. Una treintona inmadura y mimada que vive en París, dándose la gran vida, mientras uno está dentro de este hoyo de mierda. Ese día sentí una rabia tan fuerte que estuve a punto de desquitarme con mamá y putearla por mentirme. Pero ya estando frente a ella y recordar aquella historia de cómo lo habían matado unos mareros, me entró algo de remordimiento y me controlé. No era culpa de ella que ese hijueputa haya sido una mierda. Ella sólo quería defenderme. No quería traumarme con la verdad. Al final, seguí fingiendo no saber nada para no causarle más molestias que las que pasó después de aquellos disparos en su panza. 

Lo que no pude evitar fue seguir indagando sobre la vida de ese hombre, su mujer (ahora ex esposa) y mi media hermana. Tenía que alimentar mi rabia con el morbo de saber quiénes eran. Comencé investigando a mi media hermana. La espié en su Facebook. Sus fotos, perfil, viajes alrededor del mundo, parejas y hasta sus supuestos logros. Todo lo necesario para hacerme una idea de la buena vida que llevó, y sigue llevando, aún a pesar de tener a su padre preso, mientras que yo vivía en una puta zona controlada por mareros y donde todos los días amanecíamos con un muerto frente a casa. Vi sus fotos en París, Madrid, Londres y Roma. Entre más sabía de ella más la odiaba. Veía sus fotos y sólo pensaba en hacerle daño. Romperle esa sonrisa de niña mimada. Violarla para que en verdad tuviera algo de qué quejarse. Stalquearla alimentó mi rabia. Cuando encontré sus fotos en traje de baño, me dieron ganas de jalármela. Me bajé los pantalones y me masturbé con sus fotos imaginándomela sufrir por su medio hermano, aquel bastardo que le quitó la vida de princesa que tanto quería. 

Cuando regué todo ese semen en la pantalla de mi computadora, sobre sus fotos, todo ese odio que expulsé me hizo chillar. Me sentí una mierda por mis pensamientos. A pesar de todo eso que sentía no podía olvidar la educación que mi mamá me inculcó. Ella habría querido que perdonara a mi tata y a la puta de su hija. Seguramente, tal vez, ella ya lo había perdonado a él. 

4

Pasé varios días en silencio desde que me enteré de todo. Mamá sospechaba que algo me pasaba. Me lo preguntó en más de una ocasión y yo intenté negarlo. No quería que se preocupara por mí. No quería que supiera que yo ya sabía la verdadera historia de mi tata y se sintiera culpable por no habérmelo dicho antes. Su preocupación hacia mí comenzó a ser un verdadero fastidio y no tuve más remedio que alejarme de ella. No quería, cuando me cansara de sus preguntas, faltarle el respeto. De un día para otro comencé a llegar tarde a casa para evitarla. Mi decisión no ayudó en nada, pues su preocupación aumentó. Yo le decía con fastidio que no se preocupara. Que sólo me iba con unos cheros. Ella se molestaba más porque se lo decía ya bien a verga. Había comenzado a beber y, en secreto, a fumar mota. 

Desde entonces, para mí, todo cambió. De ser un niño bueno que todos los días luchaba por sobrevivir, pasé a ser alguien a quien la vida le valía verga. ¡Qué más me daba si me mataba un marero! Al fin de cuentas ese debió ser mi destino. A veces, ya totalmente ido, me preguntaba si no hubiera sido mejor que aquellos mareros me hubieran matado, ahorrándome a mí y a mi tata esta vida no deseada que tengo. 

Fue en una de esas borracheras que se me ocurrió ir a visitarlo a la cárcel. Busqué en internet la noticia de mi tata para averiguar dónde lo tenían recluido. Era muy difícil encontrar la nota porque eran de esa época en que los periódicos comenzaban a publicar en línea, por lo que tocaba buscarla en los archivos de la página. Eran pocas publicaciones las que hablaban del caso. Prácticamente sólo dos. La que contaba su crimen y cómo se le había escapado a la policía cuando fueron a buscarlo a su casa y la que decía que después de un año de prófugo, cuando yo ya había nacido, se entregó y lo condenaron a veinte años de cárcel. 

Para entonces él sólo llevaba catorce años preso. Según mis cálculos, él saldría cuando yo tuviera veintiún años. Él, imaginaba, sería todo un anciano cuando ocurriera. No estaba seguro de la edad que tenía cuando fue encarcelado. Creo que era un cuarentón cuando ocurrió. No sé y no me importaba. Lo único que me importaba era enfrentarlo de algún modo. Al terminar de leer las noticias pude enterarme dónde lo habían recluido. Le pedí ayuda a un chero que sabía podía llevarme al penal donde estaba. Tomé mi teléfono y lo llamé para preguntarle si nos podíamos reunir para tomarnos un par de birrias y pedirle el favor. Él accedió. Sentí una extraña emoción al colgar. Tal era la emoción que hice algo que ya se me había vuelto una costumbre desde que me enteré de la existencia de mi tata. Me metí al Facebook de mi media hermana y busqué aquella foto en bikini que tanto me excitaba para jalármela. Qué lástima que no fuimos dos hermanos unidos, pensé. La habríamos pasado muy bien juntos, dije mientras me imaginaba escenas incestuosas entre los dos. No sabía si era asqueroso que me masturbara con la imagen de mi media hermana, pero la verdad es que valía verga. No sólo porque la hijadeputa estaba bien rica, sino porque tampoco la reconozco como familia aunque nos aten los lazos de sangre. 

5

Le pregunté a El Lobo, mi chero, si sabía cómo llegar al penal en el que mi tata estaba recluido. Me respondió que sí pero que no entendía por qué quería ir. Le conté toda la historia de cómo, antes de nacer, mi propio padre contrató a dos mareros para dispararle a la panza de mamá y abortarme. Le expliqué que, aunque sabía que no podía vengarme ni nada por el estilo, quería al menos decirle un par de cosas al hijueputa ese. El Lobo me dijo que no era una buena idea, pero me ayudaría. 

Investigué los días y horario de visitas. Me puse de acuerdo con El Lobo y finalmente, un sábado, nos fuimos en su pick-up hasta el penal. Fue un viaje como de tres o cuatro horas. Casi no hablamos nada en el camino. Sólo un par de veces en que El Lobo me preguntó por mi media hermana y la vida que ella llevaba en París. “¿Te imaginás vos en París?”, me preguntó cuando ya estábamos por llegar. Pero no le respondí. 

Cuando estábamos cerca, El Lobo detuvo el pick-up. Con el dedo me indicó por dónde debía irme para seguir caminando. Él me esperaría ahí. Bajé y seguí la ruta que me explicó. Llegué y, sin saber cuál era el procedimiento, me acerqué al primer policía que vi y le pregunté cómo podía visitar a un reo. El policía me observó extrañado. Me preguntó mi edad y luego me ordenó que esperara un rato donde estaba. El corazón se me aceleró. Tuve intenciones de salir corriendo, pero antes de poder hacerlo otro policía se me acercó. “¿Dónde están tus papás?”, me preguntó. “Mi papá está aquí en la cárcel, a él vengo a ver. Mi mamá no quiso venir”, respondí. Me preguntaron si no me acompañaba algún adulto. Les dije que no. Y así de fácil me negaron la entrada. No podían dejarme verlo por ser menor de edad.

El Lobo encendió el motor del pick-up tan pronto me vio. Cuando entré me preguntó cómo me fue. Sólo negué con la cabeza, sin decir ni una sola palabra, para explicarle que no pude verlo. “¡Qué mierda!”, me dijo él. “Con el dinero del gas nos pudimos haber puesto a verga”, bromeó. Pero yo seguí en silencio. “¡Al suave!”, insistió. “Si te interesa, yo conozco gente dentro de la cárcel que puede identificar a tu tata y, si vos lo querés, se lo cargan”, me propuso El Lobo. Sabía que El Lobo no andaba en buenos pasos, pero nunca me esperé una proposición de ese tipo. Admito que me asusté al escucharlo. No supe qué decirle. “¿No es eso lo que querés?”, me preguntó. No, no era eso. De hecho no sabía qué esperaba de aquella visita. No sabía si quería putearlo o si simplemente quería hacerlo sentir mierda por lo que me hizo. No me había planteado una venganza, al menos no así. Después de un buen rato en silencio me atreví a decirle a El Lobo que lo pensaría. Le pedí que lo identificaran pero que no le hicieran nada. No hasta que pensara bien las cosas. Paramos en un chupadero para tomarnos unas birrias. Ahí, ya con la confianza de los tragos, me animé a preguntarle a El Lobo si andaba metido en maras. No me lo negó, pero tampoco me dio detalles. Se limitó a decirme que andaba en unos business y que ganaba buenas bolas. “Ay ve vos si te animás”, volvió a proponerme. “Así te das la vida que tu tata te negó”, agregó. “Si vas a vivir en este hoyo de mierda mientras tu hermana se da la gran vida en Francia, al menos que valga la pena”, concluyó antes de terminarse su cerveza de un sólo trago. Pagó la cuenta de los dos y nos fuimos. Yo regresé a casa donde mamá me esperaba con sus preguntas de siempre, rogándome porque no me cagara en mi futuro. Apenas le hice caso. Me fui directo a mi cuarto a encerrarme. Encendí la compu y, otra vez, por millonésima vez, me masturbé con las fotos que mi media hermana subía en traje de baño. Recuerdo que esa noche subió una foto de su viaje a Barcelona. Sentí envidia al pensar que yo también podría haber tenido esa vida. 

6

La semana pasada, seis años después de mi visita frustrada en la cárcel, El Lobo me dijo que se había enterado de que iban a soltar a mi tata. Finalmente cumplió sus veinte años de condena. “Te lo digo por si todavía te interesa”, me explicó. Yo ya casi no pensaba en él. Sólo lo recordaba cuando de pronto me entraban las ganas de jalármela con las fotos de mi media hermana. Ya no era tan seguido como al principio, pero seguía siendo una costumbre. Tenía, incluso, una foto impresa para jalármela sin la necesidad de encender la compu. Era una impresión de mala calidad y en ella estaban marcados mis dedos de cuando la sujetaba y presionaba con fuerza al llegar al orgasmo. La tenía, también, porque la última vez que la stalquié me decepcioné al ver que ya no estaba tan rica como antes. Ya se había casado, tenía un niño a quien nadie intentó abortar y se engordó. Ella ya tenía su vida resuelta allá. Seguramente ya se había olvidado de su papá. Tal vez él ya era una vida no deseada para ella. Admito que sentí un poco de pena por él. De una u otra forma, lo que me hizo, lo hizo por ellas. Por salvar su matrimonio y darle a su hija una vida digna, aunque matara otra, y al final ellas se olvidaron de él. Esa pena que sentí fue la que me llevó a tomar la decisión de ir por él cuando saliera de prisión. No es la decisión más inteligente que he tomado, obviamente, pero tampoco es la peor. Le llamé a El Lobo y le dije que lo había pensado. Quería ir por él cuando saliera. Le pedí de favor que me llevara otra vez al penal.

7

A mi tata lo dejaron libre ayer a las diez de la mañana. Yo lo esperé afuera del penal. No sabía cómo iba a reaccionar al verlo. No sabía si lo iba a reconocer o si él, por milagro, me iba a reconocer a mí. Creí que no, pero cuando salió, casi de inmediato, nos quedamos viéndonos. Él se paralizó. Yo me le acerqué y le dije quién era. Para su desgracia, para nuestra desgracia, éramos el retrato del uno y el otro. Cuando le dije que me llamaba como él, comenzó a llorar y me abrazó para pedirme perdón y asegurarme que estaba arrepentido. Yo no le hice la segunda. No iba a abrazar al hijueputa que me intentó matar antes de nacer. Me quedé quieto donde estaba, sintiendo una extraña sensación en el cuerpo, no sé cómo describirla, era como un temblor provocado por algo que quería explotar desde adentro. Los ojos se me humedecieron tanto de rabia como de tristeza. Lo aparté de mí y le dije que sólo llegué porque sabía que no tenía a nadie. Que sólo lo ayudaría a instalarse en algún lugar y que no me volvería a ver nunca más, pues para mí él ya estaba muerto. 

Lo llevé hasta donde El Lobo estaba estacionado y le dije que se subiera a la cama del pick-up. Me acerqué a El Lobo sólo para decirle que yo también me iría atrás porque tenía cosas que hablar con ese hombre. 

En el camino, cara a cara en la cama del pick-up, hablamos. No fue una conversación fácil. Él no paraba de chillar, disculparse y tratar de que lo perdonara. Yo, aunque por dentro estaba al borde de la ira, por puro milagro logré controlarme. De vez en cuando intentaba preguntarme por mi vida y por mamá, pero yo le decía que no estaba ahí para contarle cuentos. Sólo quería conocer su versión de la historia, aquella con la que me imagino intentó defenderse en el juicio en su contra. Tampoco fue fácil, para él, hablar. No dejaba de llorar y rogarme que por favor ya no le preguntara más. Obligarlo a contarme todo lo que pasó, desde que conoció a mamá y la embarazó, el pleito que tuvo con su esposa cuando se enteró de su engaño, cómo se contactó con los mareros, su año de prófugo y hasta el momento en que su mujer lo obligó a firmar el divorcio dentro de la cárcel, fue una tortura para él. Tal vez esa era la venganza que yo estaba esperando aquella vez que intenté visitarlo en prisión. Me contó, también, cuánto le dolió no volver a ver a su hija cuando entró a prisión. Le pregunté si ella jamás lo fue a ver. Él negó. Entonces le hablé de cómo me enteré de todo. Del mensaje que su hija me escribió para reclamarme por su ausencia. Él se disculpó en nombre de ella. La justificó diciendo que sus malos modales fueron su culpa. Luego me preguntó si sabía algo de ella. Le dije que vivía en Francia, estaba casada y ya tenía un hijo, pero no sabía exactamente a qué se dedicaba porque sólo se la pasaba subiendo fotos de sus viajes por Europa. Recordé que antes de ir por él a la cárcel tomé la foto de ella con la que me masturbaba por si quería verla, se la entregué. No dejó de extrañarle el hecho de que tuviera una foto de su hija, mi media hermana, en traje de baño, pero no dijo nada. Se limitó a comentar que estaba preciosa y se parecía a su madre cuando era joven. No pude resistirlo y con mala intención le dije que estaba de acuerdo, que su hija estaba bien buena y que por eso tenía esa foto para jalármela de vez en cuando. No me dijo nada. Se quedó callado sin saber qué responder. Después de eso permanecimos en silencio el resto del viaje. 

Faltaban pocos kilómetros para llegar. La ciudad, la cual él veía con admiración a pesar de lo primitiva que a nosotros nos parece, comenzó a oscurecerse por culpa del moho y el humo que manchan las casas, así como los grafitis que las pintan. “¿A dónde vamos?”, me preguntó. “A casa”, respondí a secas. “¿Aquí vivís?”. “¿Qué putas se esperaba? ¿París como su hija?”. No dijo nada. “¿Tu mamá… va a estar ahí?”. “No”.

Cuando llegamos, observó la casa con terror. Tuve que decirle que no se preocupara, que sólo estaríamos un rato y luego iríamos a buscarle un lugar donde quedarse, que no iba a ver a mamá. No sería capaz de obligarla a ver al hombre que pagó porque le dispararan en la panza. Papá entró casi obligado. Cerré la puerta y todo oscureció. Él, al notar que en el interior de aquel lugar no había ni un solo mueble y que parecía llevar años abandonado, se volteó a verme con una expresión entre miedo y súplica. Yo me quité la camisa sólo para asustarlo. Le mostré mis tatuajes entre los que se encontraba el nombre de la banda a la que pertenezco y le pregunté si fue a ellos a quienes les pagó para matarme. No dijo nada. Su silencio me emputó más. Me salí de mi plan de sólo dispararle en la cabeza y comencé a golpearlo por trece segundos, los mismos trece segundos de paliza que yo tuve que resistir para poder ingresar en la pandilla a la que me metí sólo para tratar de tener la vida que él no deseó para mí, porque para él yo fui una vida no deseada así como la suya lo era para mí. Al final de esos trece segundos saqué mi arma, la cargué y le di el tiro de gracia justo en la cabeza.

Me quedé observándolo por unos segundos. Sentí que no bastó todo lo que le hice, pero ya no podía hacer más. Por un momento contemplé la idea de tomarle una foto a su cuerpo y mandársela a mi media hermana, pero recordé lo que él me dijo. No era culpa de ella ser la pendeja mimada que es. Dejé su cuerpo tirado por un rato, luego nos encargaríamos de enterrarlo. El Lobo entró poco después del disparo con un six-pack de cervezas para que nos las tomáramos ahí, frente al cadáver. Así hicimos hasta que anocheció. 

8

Cuando regresé a casa, mi verdadera casa, mamá ya estaba acostada. Ya no me reclama ni me pregunta nada. Sabe en qué estoy metido pero prefiere fingir que lo ignora, así como yo finjo que no sé nada de mi tata. Me fui a encerrar a mi cuarto, me quité la ropa (sucia de tierra) y, desnudo, encendí mi computadora para meterme en el Facebook de mi media hermana. Busqué la foto que tanto me gustaba de ella porque, para mi desgracia, la que tenía impresa se quedó dentro del pantalón de su padre. Al encontrarla volví a masturbarme con ella. No sólo me excitaba lo buena que estaba, sino también fantasear con la idea de que yo pude tener la vida que ella tiene. Con ese pensamiento en la cabeza después de derramar el vergo de semen en mi mano, panza y hasta la pantalla de la compu, me entró un sueño placentero. Hay una razón por la cual me gusta tanto masturbarme, más allá del placer sexual. Se trata de la satisfacción por desperdiciar todo ese esperma y evitar tantas vidas no deseadas que este mundo, y principalmente este país de mierda, aborta todos los días.

*FELIPE A. GARCÍA (SAN SALVADOR, 1991) ESTUDIÓ COMUNICACIONES PORQUE EN SU PAÍS NO EXISTEN LAS CARRERAS DE CINE NI LITERATURA. HA REALIZADO TALLERES DE ESCRITURA Y CINEMATOGRAFÍA COMO COMPENSACIÓN. EN EL 2013 GANÓ UN PREMIO NACIONAL DE NOVELA QUE NADIE CONOCE, CON UNA HISTORIA INFANTIL QUE CASI NADIE HA LEÍDO. ES “GRAN MAESTRE” EN PERDER LOS JUEGOS FLORALES DE EL SALVADOR.

 

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