El infierno heredado

Presentamos un adelanto de El infierno heredado, novela finalista del Premio Hugo Lindo 2021, escrita por Felipe A. García y publicada por Los Sin Pisto (2022). Esta obra se puede adquirir escribiendo al 7682-4079 (con envíos por todo El Salvador) o en tiendas Amazon en su versión digital y pasta blanda presionando aquí.

EL INFIERNO HEREDADO

(Fragmento de novela)

Por: Felipe A. García

PRÓLOGO

Ciudad de Santa Tecla,

El Salvador, 1905

Al terminar su oración, Sofi trató de irse a casa. Empezaba a lloviznar y, como recién se recuperaba de una gripe, no tuvo más remedio que quedarse en la iglesia a esperar que la lluvia pasara. Faltaba poco para que oscureciera. Temía que se le hiciera tarde y no quería regresar a casa muy noche. Ya sus papás le habían advertido de lo peligrosa que estaba la ciudad.

Tan solo el mes pasado se enteró de que la hija de una amiga de su mamá había desaparecido. Había salido a pasear con un muchacho de la escuela, pero ninguno de los dos regresó a su casa.

En las últimas semanas, durante las misas del domingo, el padre Francisco había dedicado unos minutos de la eucaristía para suplicarles a sus feligreses que fueran prudentes si salían de noche, pues se creía que las desapariciones ocurrían por los alrededores del Parque San Martín, justo después del anochecer.

Una sensación de premura la abordó. Para llegar a su casa, ella debía pasar por aquel parque. No podía esperar a que terminara de llover. Entre más tiempo pasaba, más oscuras se tornaban las calles. Miró al cielo para comprobar la intensidad de la lluvia y, al ver que esta no cedía, salió de la iglesia sin importarle mojarse.

Cuando atravesó el parque, Sofi se encontró de frente con La Mansión. Aunque no conocía al dueño de aquella residencia, sabía que se trataba de uno de los hombres más acaudalados del país. Entre los tecleños se rumoreaba que toda su fortuna provenía de un pacto con el diablo. “A mí se me hace que ese viejo es el que anda desapareciendo a la gente”, escuchó alguna vez comentar a su papá durante la cena. “Como andan metidos en cosas diabólicas, seguro que lo hacen para sus rituales”, dijo convencido.

Sofi apresuró el paso para dejar atrás aquella mansión lo más pronto posible. Pero mientras lo hacía, un rayo cayó y su detonación alborotó a los perros de esa casa. Y aunque no podía verlos, sus ladridos eran tan intensos que por un segundo se sintió perseguida por ellos y empezó a correr.

A tan solo unos metros frente a ella, apareció la silueta de un hombre que caminaba en dirección contraria. La niña se preguntó si se trataba del dueño de esa casa y, aunque no había forma de averiguarlo, temió que todo lo que se contaba sobre él fuera verdad y este quisiera hacerle daño. Decidida a no tomar riesgos, se dio la vuelta y cambió su ruta para no tener que cruzarse con aquel hombre. Pero al hacerlo, su tobillo se dobló y ella tropezó. Escuchó unos pasos aproximársele con prisa. Intentó levantarse, pero no pudo hacerlo.

—¿Estás bien? –oyó la voz del hombre a su lado.

—Me duele –respondió Sofi, al mismo tiempo que se sobaba el tobillo. El dolor era tan punzante que cerró los ojos por un segundo. No se percató del momento en el que su acompañante había extendido un paraguas sobre ella.

—¿Te podés parar?

La chica hizo una mueca por el dolor, y negó con la cabeza.

—¿Por dónde vivís? –le preguntó él, mientras intentaba sobarle el tobillo.

Sofi le explicó que su casa quedaba dos calles después del parque. Él, al igual que ella tan solo unos minutos atrás, miró al cielo para comprobar la intensidad de la lluvia.

—Así no vas a poder caminar. Vení, yo te llevo –se ofreció mientras la ayudaba a ponerse de pie. La niña miró hacia La Mansión y se negó. Todavía, a pesar de la tormenta, podía escuchar los ladridos de aquellos perros que tanto la aterraban. El hombre se percató de que ella se resistía a su ayuda.

—No te puedo dejar aquí tirada –insistió–. Me matan tus papás si lo hago.

Tras decir aquello, la niña trató de reconocer al hombre, pero su rostro no le resultó familiar.

—¡Vamos! ¡Vení! –le dijo mientras la ayudaba a apoyarse en él, luego de rodearle la cintura con su mano.

No tuvo más remedio que dejarse ayudar. Cada vez que apoyaba su pie en el suelo, sentía un desgarre. Por más que buscó con la mirada, no vio a nadie paseando por los alrededores del parque. Si algo le ocurría, temió, nadie podría testificar, en caso de ser necesario, que la última vez que la habían visto había sido en compañía de aquel desconocido.

Volvió a escuchar en su cabeza la voz de sus papás advirtiéndole de todas esas historias sobre pactos con el diablo. Después de un breve silencio, Sofi se dejó acompañar por el hombre. Lo último que ella percibió antes de desaparecer fue que los perros estaban aullando.

PRIMERA PARTE

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1

Antes de llamar a la puerta, Marta se persignó. No sabía si los rumores sobre aquella familia eran ciertos, pero como buena católica que era, debía encomendarse a Dios. La noche anterior, en misa, cuando les contó a los miembros de su iglesia la decisión de pedirle trabajo a don Javier Aguilar, todos sus hermanos de comunidad se preocuparon por ella. “¿No le da miedo?”, preguntaron, “Ya ve que dicen que andan metidos en cosas diabólicas”. Ella les explicó que estaba consciente de todas esas historias, pero no tenía de otra: necesitaba el trabajo y todos sabían que los Aguilar eran la única familia en toda la ciudad que pagaba bien por un trabajo doméstico.

Tocó a la puerta y los perros empezaron a ladrar. Marta retrocedió unos pasos por miedo a que aquellos animales se le abalanzaran cuando abrieran el portón. Desde niña, no recordaba por qué, les tenía miedo a esos animales. Oyó unos pasos aproximarse del otro lado: adentro se oía que intentaban apartar a los canes de la entrada. Un hombre entreabrió la puerta para asomar su cabeza y preguntarle qué quería. Ella se presentó y dijo que estaba ahí por el trabajo de “muchacha”. El hombre, pronunciando de mala gana un balbuceo ininteligible, le abrió y la dejó pasar.

—¡Ahí estese! –le ordenó el hombre a Marta antes de desaparecer por un pasillo de la casa. Ella obedeció. Mientras esperaba, no pudo dejar de sentirse amenazada por los perros. Aunque estos ya no le ladraban, intentaban olfatearla.

No pudo mantener la calma. Al parecer, los perros sintieron su miedo y volvieron a ladrarle. Marta intentó apartarse con cuidado de ellos para evitar que la mordieran, pero los animales no la dejaban en paz. Fue hasta que escucharon un golpe contra la pared cuando por fin se calmaron.

Alzó la vista y se encontró con una mujer de edad avanzada frente a ella. Sostenía un libro en su mano derecha, con el que había golpeado la pared para callar a los perros. Les sostuvo la mirada a los animales mientras estos le gruñían. Después de unos segundos, ambos perros se fueron.

—Buenos días… –la saludó Marta, mientras le extendía la mano.

—Buenas –respondió la mujer, arrastrando las palabras, dejándola con la mano en el aire. Luego le hizo una seña con la mano para invitarla a entrar a la sala.

Fue una sorpresa descubrir que, contrario a lo que ella se había imaginado, teniendo en cuenta que aquella familia era una de las más acaudaladas del país, aquel salón al que acababa de ingresar no parecía tener objetos de gran valor. Apenas había lo necesario: sillones, lámparas y una alfombra. Las paredes estaban desnudas, sin retratos ni pinturas; tampoco se podían ver adornos de ninguna clase.

—Ya le van a traer un banquito para que se siente –le dijo la mujer a Marta, mientras esta tomaba asiento en uno de los sillones del salón. Aunque había suficientes asientos para las dos, le quedó claro que no quería que usara los mismos muebles que ella.

El hombre que minutos antes le había abierto la puerta, entró a la sala cargando un banquito de madera que puso frente al sofá donde estaba sentada la señora.

—Siéntese –le ordenó a Marta cuando se quedaron solas–. ¿Cómo se llama? –le preguntó, con un extraño acento extranjero.

—Marta.

—Ya. Yo me llamo Mercedes. Soy la esposa de don Javier y dueña de la casa. Conmigo es que se va a entender de ahora en adelante, ¿oyó?

Mercedes empezó a describir el trabajo. Marta sería el ama de llaves de la casa. Estaría a cargo de la limpieza, así como de la comunicación entre los patrones y el resto de los empleados domésticos. Se trataba de un trabajo de tiempo completo, por lo que era imprescindible quedarse a dormir en la mansión durante la semana.

—¿Qué pasa? –preguntó Mercedes, cuando notó cierto desánimo en el rostro de la muchacha.

—Es que no sabía que tenía que quedarme a dormir.

—Pues sí, si quiere trabajar acá, tiene que quedarse –sentenció Mercedes–. ¿Por qué? ¿Tiene niños? –preguntó.

—Una niña.

Mercedes hizo una mueca.

—¿De cuántos años?

—Quince.

—Ah, ya está grande. Entonces no sé cuál es el problema si ya se puede cuidar sola.

Marta asintió, pero guardó silencio.

—Necesito que se ponga clara, niña. No quiero que después de unos días me salga con que ya no quiere trabajar y que se quiere ir. ¿Está de acuerdo en quedarse a dormir o no?

—Sí, está bien –aceptó por fin, aunque en su rostro se percibió cierto desánimo.

—Vaya, entonces venga, le voy a mostrar la casa –ordenó Mercedes, mientras hacía un esfuerzo por ponerse de pie. Marta se levantó de inmediato y ayudó a su ahora jefa a pararse. Mercedes empezó a caminar, esperando a que la muchacha la siguiera. En un instante en que ella no podía verla, Marta se persignó.

Si no fuera por algunos muebles básicos como mesas, sillas o lámparas, la casa parecía deshabitaba. Incluso se podía percibir un eco en el interior. Cualquiera habría podido creer que acababan de mudarse a aquella residencia, cuando en realidad llevaban años viviendo ahí.

—Hay una cosa que le quiero suplicar –advirtió Mercedes, antes de detenerse frente a la primera habitación de la casa–. Si algo no soportamos mi marido y yo, es a la gente chambrosa. No quiero darme cuenta de que usted anda contando cosas de mi familia allá afuera, porque la echo, ¿oyó? Ya suficiente tenemos con lo que andan diciendo de nosotros.

Al escuchar las últimas palabras, Marta sintió un vuelco en el estómago. “Será que se refiere al pacto con el diablo”, se preguntó para sus adentros, pero no dijo nada. Se limitó a asentir.

—Esta es la biblioteca –señaló una puerta–. Aquí no me entra a menos que mi marido o yo le demos la orden.

Mercedes abrió la puerta de la biblioteca, pero no dejó entrar a Marta. Solo le permitió asomarse detrás del marco. Era una habitación amplia, quizás igual de grande que la sala, incluso tenía sus propios muebles para atender visitas, pero, a diferencia del salón que acababan de dejar atrás, sus paredes estaban ocultas detrás de los libreros cargados de cientos de libros. Le llamó la atención que, pese a que aquel cuarto estaba destinado a la lectura y, por lo tanto, debía ser el más iluminado de toda la casa, era en realidad el más oscuro. La única ventana que logró ver estaba oculta detrás de una cortina de tela gruesa. Aunque intentó reparar en más detalles, Mercedes le cerró la puerta para seguir con el recorrido.

Cuando llegaron al área de servicio y la señora estaba a punto de mostrarle la que sería su habitación, Marta no pudo resistir más y la interrumpió:

—Perdón, ¿me preguntaba si podría ir a mi casa a traer algunas cosas? Es que como no sabía que debía quedarme, no traje nada de ropa.

—Cuando termine de mostrarle la casa, va –dispuso la señora–. Ropa no traiga, solo para dormir. Aquí le vamos a dar uniforme.

Después de un par de habitaciones más, regresaron al salón principal. Durante el recorrido, Marta vio a otras dos mujeres, también parte del servicio de la casa, pero Mercedes no se molestó en presentarlas. Por lo visto, a ella lo único que le interesaba era terminar cuanto antes con aquel formalismo para que la muchacha comenzara sus labores de inmediato.

2

Juancho esperaba a su hermano en el parque, recostado sobre un árbol, fumándose un cigarrillo, cuando de pronto un perro se le acercó para olfatearle los pies. “¡Chucho cerote!”, le gritó al animal antes de lanzarle una patada en el hocico que lo hizo chillar y retroceder. Una muchacha pasaba en el momento exacto en que él lastimaba al animal y no pudo dejar de gritarle: “¡Patán!”. A Juancho le causó risa. Sin decirle nada, le lanzó un beso, al mismo tiempo que con su mano derecha se rascaba los huevos por encima del pantalón. La chica aceleró el paso. Memo presenció el momento exacto en que ella huía de su hermano.

—¿Qué paso, qué le hiciste? –le preguntó. Pero Juancho, en son de burla, se limitó a decir:

—¡Un chucho cerote que me quería miar las patas!

Memo no le tomó importancia y le pidió un cigarro.

—¿Conseguiste pisto? –le preguntó Juancho a su hermano mayor.

—Solo un par de billetes, pero igual… la vieja nos dejó algo para la semana.

Juancho se acabó su cigarro y se sentó en el suelo. Se recostó un momento en la grama, pero Memo le recordó que podía haber caca de perro ahí.

—¡Vamos donde La Lupe! –sugirió Juancho.

—No sé, mejor no. Vayamos hasta el viernes para que nos alcance el pisto para comer.

—No’mbre, vos, vale verga. Prefiero comer cuca hoy que hartar tortillas toda la semana.

—Pues sí, pendejo; pero también hay que chupar.

Juancho comenzó a persuadirlo con la idea de que podrían sobrevivir a la semana con la plata que tenían. “Ni que hartáramos el vergo”, le argumentó. La discusión se extendió unos cinco minutos hasta que Memo se dio por vencido y aceptó.

Tan pronto lo hizo, ambos hermanos dirigieron su mirada hacia el volcán de San Salvador. Aquel inmenso monstruo de tierra, que abarca una buena parte de los linderos de los departamentos de La Libertad y de San Salvador, contaba, bajo sus faldas, con un área boscosa donde, saliendo de Santa Tecla, se habían construido pequeñas viviendas pobres. La zona era conocida como El Boquerón. Entre esas viviendas se encontraba “El Puterío”: un burdel administrado por la que era conocida como La Lupe.

Originalmente, El Puterío se había instalado dentro de la ciudad, pero cuando la comunidad de la Iglesia del Carmen descubrió aquel negocio, con la ayuda del párroco lo denunciaron con la alcaldía de Santa Tecla, exigiendo el cierre del lugar tras apelar a la inmoralidad y falta de valores cristianos que dicho negocio promovía. El alcalde de aquel momento, el General Martínez, no solo se vio obligado a calmar los reclamos de los tecleños, sino también a beneficiar a La Lupe, pues dejando de lado que la mujer era muy responsable con el pago de sus impuestos, no quería cerrar El Puterío, pues él mismo era un cliente ocasional del mismo. Después de varias semanas de negociaciones, Martínez le propuso a Lupe una reubicación del burdel en las afueras de la ciudad, en El Boquerón. Lupe temió que tras su reubicación ningún cliente llegara hasta allá. Si aceptó aquella propuesta fue solo porque el mismo alcalde ofreció su ayuda con las obras de construcción, eso sí, bajo de agua. El tiempo le demostró que aquella fue la mejor decisión que Lupe pudo tomar. Y es que, por quedar en las afueras de Santa Tecla, sus clientes podían visitarla sin el miedo de ser vistos por algún conocido.

Memo y Juancho estaban a cargo de su abuela Berta. De niños, cuando ella empezó a hacerse cargo de los dos, no tuvo más remedio que confiar en ambos chicos y dejarlos solos durante la semana para mantener su trabajo en la casa de los Aguilar. Fue esa libertad la que llevó a Memo y a Juancho a criarse en la calle. Se saltaban la escuela y se la pasaban vagando todo el día. Una noche, cuando tenían once y quince años, una de las prostitutas de La Lupe se les acercó y los invitó al puterío. “Pero lleven pisto”, les advirtió. Y tras revisarse los bolsillos del pantalón y reunir lo que su abuela les había dejado para la semana, ellos la siguieron. Desde entonces, ambos hermanos se hicieron clientes frecuentes de aquel lugar.

—¿A qué horas nos vamos? –preguntó Juancho, ansioso tras haber convencido a su hermano de ir.

—Más tarde, tipo seis –respondió Memo, sin apartar la mirada del volcán.

*Felipe A. García (San Salvador, 1991). Autor de las novelas «Hard Rock», «Diario mortuorio» y «El infierno heredado», publicadas por la Editorial Los Sin Pisto. Comediante de Stand Up en Comedia ES.

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