Presentamos nuestro segundo cuento del Especial de Halloween 2026. «Barrancas», del escritor Ricardo Hernández Pereira, forma parte de la colección La ciudad en los ríos (Pantógrafo Editores, 2026), trabajo ganador de los XXIX Juegos Florales de Sensuntepeque, Cabañas.
Por: Ricardo Hernández Pereira
Ya habíamos cavado medio metro cuando encontramos la camisa. Luis dijo que se le hacía familiar y seguimos cavando para ver si hallábamos el pantalón o algún zapato. Después de cavar otro medio metro, supimos que ese no era el lugar indicado. Quizás esté más abajo, dijo, y derrapamos por la ladera hasta llegar a una enorme piedra que tenía en su lomo una serie de figuras extrañas. Hice el intento por descifrar algunas, pero no les hallé ningún sentido, por lo que concluí que eran marcas primigenias de la roca. Luis hundió el pico a la derecha de su base y, otra vez, comenzamos a cavar. Como a un metro nos topamos con unos tacones que habían sido blancos: uno de los zapatos seguía unido al talón por una cincha, y por el color de los dedos y el hedor que despedían, supusimos que aquel enterramiento había sido reciente.
Probemos más abajo, dijo.
Eran más o menos las cinco y media, y las nubes arruinaban el atardecer. Le dije a Luis que no nos iba a alcanzar el tiempo. Un viento helado nos llegaba hasta el fondo de la barranca, un viento de lluvia, pero él juró que no se iría hasta encontrar a Roberto. Habían pasado diez meses desde la última vez que lo vimos. Íbamos camino al centro de la ciudad cuando lo hallamos una mañana en la parada del autobús, cerca de Los 400. Luis lo subió al carro y lo llevamos hasta la universidad jesuita, porque ese día, se suponía, iría a graduarse. Roberto fue siempre un ratón de biblioteca, de esos que leen a Roque y a Lorca, y que sueñan con volverse escritores. Yo lo envidiaba por eso. Nunca fui tan inteligente como él. Y cuando hablábamos de libros en las noches de chupa en casa de Luis, nunca me sentí con la capacidad de rebatir sus argumentos sobre alguna obra o autor. Una noche, particularmente, se puso a hablar sobre la obra de Salarrué. Habló sobre un cuento llamado La botija, sobre la historia de un indio que se pasa los días escarbando entre los arados, removiendo la tierra, con la esperanza de hallar algún tesoro, pero que al final del cuento no encontró ni mierda.
Roberto dijo que ese era un mal cuento.
A mí no me lo parecía.
Comenzamos a cavar más abajo, donde había un lecho de hojas y ripio. Después de un rato de no hallar nada, le dije a Luis que mejor nos fuéramos. ¡Andate vos si querés!, me gritó, y hundió con más rabia el pico entre la basura. Me senté en un tronco a espantarme los mosquitos, y recordé la vez en que, hace tiempo, fuimos a la playa con las familias del pasaje. Andábamos por los seis o siete años. Sólo fuimos Roberto y yo. Luis no pudo, porque su familia haría algo en aquellos días. Fuimos al Cuco, y la playa nos pareció la más bonita. Nos metimos al agua. Comimos pescado. Jugamos en la arena. A media tarde, mientras nuestras madres tomaban cerveza con los demás vecinos en las ramadas de la costa, nos encontró la noche enterrándonos y desenterrándonos en la arena. Yo le vertía el balde en el pecho hasta taparle los ojos y la nariz, y Roberto se quedaba un rato ahí, sin respirar, aguantando el aire, hasta que rompía la capa de arena negra que lo cubría. También envidiaba eso de él: su manera de sonreír, de cómo disfrutaba ciertas cosas.
En eso, Luis gritó ¡Mirá!, y vi dentro del hoyo algo parecido a una cabeza humana. Tenía el pelo hirsuto, negrito, y un agujero lleno de tierra cerca de la zona occipital. Nos pusimos a escarbar con cuidado, removiendo la orilla con los dedos y lanzando los terrones de tierra a los lados. No llevábamos más de dos minutos cuando un trueno rompió el silencio. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer a golpe de machetazo. Salí del zanjo y me arrimé a un guarumo. La lluvia se filtraba entre las ramas, unas más largas que otras, tan pandas y encorvadas que daban la impresión de ser los brazos de un hombre viejo. Las gotas rodaban por las hojas y caían pesadas una tras otra, haciendo un sonido hueco contra la tierra. Después de un rato, Luis emergió del hoyo cuando vio que era imposible luchar contra la lluvia. ¿Estás seguro de que le vamos a avisar a la mamá?, le pregunté, al tiempo que miraba mis zapatos llenos de lodo. Se lo merece, contestó, aunque sea dejarle una nota o algo para que lo encuentre.
Vi el hoyo y deseé que fuera él, que estuviera ahí, recostado en lo que quedaba de sus huesos, en esa cama de tierra donde pudimos haber estado Luis, o yo, o cualquier otra persona que se aficionara por los libros y por hablar de más sobre lo que realmente ocurría en el país. Padres, madres, hijos, nietos: tesoros que alguien más tendría que desenterrar algún día.
Una corrientilla de lodo comenzó a bajar por la pendiente y noté que la quebrada se comenzaba a llenar. Roberto no era un mal tipo, me dije. Ninguno de nosotros lo era. ¿Qué más podíamos hacer aquí? Y se me vino a la mente el ruido de la repunta, el rugido de la reventazón arrastrando árboles, rocas, lodo, basura, y me di cuenta de que teníamos que salir de aquel hoyo antes de que la tormenta arreciera y que la barranca nos engullera.
—Subamos —dije.
Y al segundo, subimos.

