Dos cuentos

Hoy revivimos un clásico de Revista Café irlandés: «Especial de Halloween 2026». A lo largo de este día publicaremos cuatro cuentos de terror. Comenzamos con dos relatos cortos de Felipe A. García, autor de las novelas Hard Rock (Los Sin Pisto, 2018), Diario mortuorio (Los Sin Pisto, 2018) y El infierno heredado (Los Sin Pisto, 2022).

A_ORCADO

Por: Felipe A. García

Dani y Luis se reúnen todas las tardes a jugar. Juegan en casa de Dani porque ahí los cuida Abuela y ella nunca les niega nada. Ya está vieja y cansada. Su mayor preocupación es no intoxicarse con sus medicamentos. Aquella tarde, Abuela les suplica que jueguen en silencio. Ella irá a tomarse sus pastillas para la presión. Luis tiene un juego nuevo, lo aprendió esa mañana en el colegio. Se lo enseña a Dani y ambos niños juegan una partida de prueba. Dani dice que es el mejor juego del mundo y quiere jugarlo una y otra vez hasta cansarse. Ambos niños ríen a carcajadas y gritan por la emoción. Abuela les ruega que guarden un poco de silencio. Ella no se siente muy bien. Se regresa a la habitación con un fuerte dolor de cabeza. No tiene más remedio que agregarle dos pastillas para el dolor. Luis ya se aburrió y no quiere seguir jugando. Pero Dani, quien sigue fascinado con el juego, le propone hacerlo más dinámico. A Luis le encanta la idea. Los dos niños comienzan a correr de un lado a otro para buscar objetos que les sirvan para hacer el juego más emocionante. Mientras corren, Abuela vuelve a callarlos. El ruido le está empeorando su migraña. Por culpa de los niños tendrá que tomarse otras dos aspirinas. Dani y Luis consiguieron una silla, un cinturón y unas flores para el juego. Dani se ofrece a comenzar la partida. Los niños vuelven a reír y a gritar de la emoción, pero esta vez lo hacen con el cuidado de no molestar a Abuela. Abuela se siente peor. Ya no solo le duele la cabeza, también tiene unas terribles náuseas y un fuerte dolor de estómago. Está en posición fetal sobre la cama. Ya ni siquiera puede escuchar las risas de su nieto. Poco a poco se desvanece sobre el colchón. A Dani le falta poco para perder. Aun así, tiene esperanzas de ganar. Dani y Luis han vuelto a alzar la voz, pero Abuela ya no les dice nada. Se ha quedado dormida en su habitación. Luis apresura a Dani a adivinar la última letra. Dani piensa con cuidado su respuesta, está convencido que aún puede cambiar su suerte. Dani dice la “X” y pierde el juego. Dani, quien está parado sobre la silla y tiene un cincho rodeándole el cuello, se lamenta por perder. De mala gana, pues es un mal perdedor, salta de la silla para acabar con su penitencia. Luis se ríe a carcajadas mientras tira las flores a los pies de su amigo. No se aguanta por ir al colegio y contarles a los demás lo divertido que es el juego cuando se juega de esta manera.

 

¿QUÉ ES ESO QUE SUENA?

El llamado era pausado y continuo. Por los gritos, ninguno de los dos lo había escuchado. Fue hasta que se quedaron sin argumentos cuando lo oyeron. Ya era muy tarde para visitas. Les pareció extraño que a pesar de la insistencia por ser recibido, el visitante no usara el timbre. Él abrió la puerta sin echar un vistazo previo por la ventana. Ella, quien se masajeaba las sienes para aliviar el dolor de cabeza, le preguntó a su marido quién llamaba. “Nadie”, le respondió Él. Pero a pesar de haber comprobado que nadie estaba en la puerta, el llamado seguía insistiendo. “Y entonces, ¿qué es eso que suena?”, preguntó Ella. Guardaron silencio para investigar el ruido. Temieron, por un instante, que se tratara de algún ladrón a la espera de que las luces se apagaran para luego entrar a la casa. “¡Viene de arriba!”, advirtió Ella. “Andá por la linterna”, le ordenó Él. Ella subió las escaleras tan rápido como pudo. Pasó de largo las dos habitaciones de sus hijos. Estaba tan asustada por aquel ruido que no se le ocurrió que este podría provenir de alguna de esas habitaciones. En la primera, la del menor, la puerta se encontraba cerrada. La segunda, de la mayor, estaba abierta y en su interior todo oscuro, pues la chica salió con sus amigos para no tener que escuchar a sus padres discutir. Buscó desesperadamente la linterna. Cuando la encontró, se apresuró a llevársela a su esposo. Él la esperaba frente a la puerta del jardín. Caminaron hacia el centro del patio y alumbraron el tejado, pero no encontraron más que un gato rondando sobre el techo. El animal, al verlos, huyó. Pasó frente a la ventana de la habitación de su hijo, donde la luz del televisor parpadeaba en la oscuridad. Sintieron alivio al creer que el responsable de aquellos golpeteos era aquel gato extraviado. Entraron a la casa aliviados, muy a pesar de que la discusión entre ellos no había terminado. Al regresar a la sala descubrieron que el llamado seguía sonando. “Llamá a la policía”, le rogó Ella a su esposo. “¿Y Andrés? ¡Andrés está arriba!”, advirtió Él mientras señalaba con un dedo al cielo falso. Ella comenzó a llamar a su hijo a gritos, pero él no le respondió. Necesitaban saber si era él quien estaba haciendo el ruido. Al no recibir respuesta por parte del chico, subieron a la segunda planta de la casa. Ella llamó a la puerta e intentó abrirla sin nada de éxito. “¿Andrés? ¿Estás dormido?”, le preguntaron. “Abrí la puerta”, le ordenaron. Fue hasta que Ella apoyó su oreja en la puerta cuando lo escuchó. El llamado tenue e insistente provenía de la habitación. “¡Abrí la puerta!”, perdió Él los estribos. “¿Qué es eso que suena?”, le preguntaron, pero su hijo no les respondió. Él trató de derribar la puerta. Ella fue a buscar el juego de llaves que guardaba en su mesa de noche. Regresó con ellas y se las entregó a su marido. Él no tenía el tino para introducir la llave por la cerradura. Cuando lo logró, tiró del lado equivocado. Corrigió su error y quitó el seguro. Y ahí estaba. Fue lo primero que vieron al entrar. Todo ese tiempo había sido su propio hijo el responsable de aquel molesto sonido. Su cuerpo, colgado del ventilador del techo, se balanceaba de un lado a otro, golpeando las paredes del cuarto para llamar la atención.

Felipe A. García (San Salvador, 1991) Máster en Escritura Creativa. Autor de las novelas Hard Rock (Los Sin Pisto, 2018), Diario mortuorio (Los Sin Pisto, 2018) y El infierno heredado (Los Sin Pisto, 2022). Dos veces ganador del premio del jurado, en la categoría «Pro-Guion» del Festival de Cortometrajes ESCINE en los años 2022 y 2024.

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