Juanas

Comenzamos esta nueva temporada de cuentos con Juanas del escritor Óscar Arnulfo González. Este relato recibió mención honorífica en el XV Certamen literario conmemorativo a los mártires de la UCA, 2023. En el 2025, a través del sello editorial Índole Editores, González publicó la colección de cuentos Algo va mal.

Por Óscar Arnulfo Romero

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El soldado vino por mis gallinas. No me lo dijo de inmediato, pero lo supe después.

Ese día había llovido. Yo me había pasado la mañana limpiando, alimentando y verificando la salud de las aves en los tres cubículos del gallinero. Todas estaban bien. Todo había quedado limpio. Por la tarde volví a ir, tras la lluvia, para secar y recoger los huevos. Todo era normal hasta que aparecieron en mi puerta.

Eran tres soldados. Pero dos se quedaron afuera de la casa cuando les abrí. El que entró, él… Él me dijo lo que pasaba: los salvadoreños deben dejar las tierras hondureñas, volver a su terreno escaso y a su vida brutal. Ya no pueden, dijo, seguir habitando en su hermosa tierra.

Apenas tuve tiempo de recoger mis tiliches en lo que él recorría, examinaba la casa. Sus compañeros entraron. Lo encontraron en el patio, viendo las gallinas. Yo también lo estaba viendo. Y lo vi cargar una, agarrarla de la forma correcta para que no alzara las alas y en su afán de huir dejara ir sus plumas al compás de un cacareo triste.

Cuando se percató de mi presencia, dejó la gallina con sus amigas y el gallo, que tenía la mirada clavada en ellos. Creo que la gallina se llamaba Juanita. Juana, la Loca, le decía porque al principio se comía sus propios huevos. Creo que era Juana, y si no era ella, era otra Juana del gallinero.

Me llevaron a tomar un tren. Así me alejé de Honduras y regresé a mi país, apenas me pude llevar nada de mi casa; más que todo cargaba recuerdos y una que otra pluma que se coló entre mis cosas.

El soldado había ido por mis gallinas, lo repito, porque el día que regresé a la que en otro tiempo fue mi casa lo encontré a él con otras gallinas, con otras Juanas. No me reconoció, pero fue hospitalario. Yo, con engaños, logré que me invitara a la casa. Era tan diferente. Menos el gallinero. Ese era el mismo.

Hubo otro soldado. Pero este no me alejó de mis Juanas en otro país, sino en el que nací.

Se hablaba, por entonces, del comunismo. Para unos terroristas, para otros liberadores. Para mí ni el comunismo tenía significado ni esos nombres que les daban, que se daban. Sólo me importaba mi casita, mis gallinas, mi trabajo. Pero, aunque no entendía mucho de la situación, las balas eran claras. La muerte era… no sé cómo explicarlo. Era.

Y más temprano que tarde la guerra te cambia la vida. Todo empezó con el rumor de que un campamento guerrillero se había instalado cerca, que el cura del municipio los apoyaba, y que los nicaragüenses los estaban armando. No le hice caso al rumor. Mi rutina seguía normal en el gallinero.

El siguiente rumor, que circulaba entre los niños, es que los guerrilleros eran casi como superhombres, casi como He Man. Fuertes, grandes, habilidosos, mortales. Los niños los representaban así en sus juegos. Piu, piu, piu, simulaban que el juguete de plástico le disparaba a otro. No sé qué habrán pensado cuando los vieron realmente. Eran campesinos como nosotros, igual de tostados por el Sol, igual de hambrientos por la pobreza.

No hubo otro rumor, al menos del que yo me enterara. Hubo helicópteros, estallidos, metrallas. Cuando el retumbo tocó a mi puerta lo dejé todo atrás. Creo, que al cerrar la puerta, escuché los cacareos. Creo que se estaban despidiendo de mí. Yo solo corrí esperando que ninguna bala me alcanzara.

Siempre fue por guerra, siempre fue por muerte, siempre perdí lo que con esmero y sudor fui obteniendo. De nuevo, mis gallinas quedaron atrás. Pero dudo que estas Juanas le interesaran a una persona armada, salvo quizá para satisfacer su hambre por matar a otros.

Y no fue la última vez que abandoné a mis gallinas. La tercera vez los militares no fueron a mi casa por ellas, sino que por mí. El terremoto arrastró un alud de tierra dejando mi casa soterrada. Yo no estaba; yo iba para allá cargando un saco de maicillo para alimentarlas. No sé en qué momento, mientras la tierra bailaba al ritmo de la destrucción, lo dejé en el camino.

Llegué a mi casa. O, al menos, a donde debería estar mi champita. Empecé a excavar con mis manos a donde debía haber estado el gallinero. No removí mucho. Me quedé sentado, cabizbajo, con las manos llenas de tierra. Permanecí quieto, mientras a mí alrededor todos corrían de un lado para otro, lloraban, gritaban.

Un soldado me levantó. Me preguntó si estaba bien, si a donde escarbé habitaba un familiar mío. Me dijo que iban a buscar bajo la tierra a la espera de sobrevivientes, que tuviera esperanza. Reaccioné. Le dije que no había familiares míos ahí. Sólo gallinas, mis Juanas.

Ese día me prometí que jamás dejaría mi casa de nuevo, que nadie me forzaría a salir y abandonar a mis aves, que ni la muerte traída por las personas o la naturaleza me volverían a alejar de mi cascarón.

Y así ha sido hasta ahora. Hasta estos días de virus.

Estoy encerrado. Veo, a través de la ventana, a los soldados recorriendo las calles. Ninguno toca mi puerta. Ninguno viene por mis gallinas.

Óscar Arnulfo Romero (El Salvador, 1985) es comunicador social, investigador y bibliotecario. Miembro del colectivo La Mosca Azul. Sus relatos aparecen en Territorio del ciprés (Índole Editores, 2018), La soledad de los errantes (2019), A la buena de Dios. Historias de migrantes del norte de Centroamérica (2021) y Daños colaterales (Abrojo Editores, 2024). Es coautor de En busca del Principito (2022) y compilador de Son como suspiros liberados. Literatura por los mártires y la memoria de la UCA (2024). En el 2025 publicó su primer libro de cuentos Algo va mal (Índole Editores, 2025).

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