El 6 de marzo de 2016 fue un día histórico para la escena del heavy metal salvadoreño por ser la primera presentación de Iron Maiden en el país, un concierto que no se repitió hasta diez años después, el 5 de octubre de 2026. Como homenaje a los seguidores del metal en El Salvador, presentamos Los caminos del sonido, un cuento del escritor Luis Flores.
Maridaje recomendado: Vodka
Por: Luis Flores
Tenía 17 años y era metalero. Había logrado concluir con éxito todos los ritos iniciatorios referentes al sexo, drogas y rock and roll, forjando una trayectoria corta pero intensa en los caminos del metal, lo que llenaba de orgullo a mis mentores, rockeros de la vieja escuela, hijos de la época dorada de la buena música, frutos de la cosecha de los 70´s, eternos ídolos apresados en vetustos y rancios cuerpos. Antes de pactar mi vida con el heavy, fui un montón de cosas que me avergüenzan, pero juro ante las fuerzas vivas de la naturaleza, que nunca intenté tocar la zampoña o hacer un conjunto hippie inca para entonar El cóndor pasa.
En mi proceso de niño a rockero, me aprendí las canciones más emblemáticas del género y conocí sus infinitas variantes, como un oscuro dios brahamánico de mil rostros e incontables brazos. Me dediqué a estudiar la vida y obra de los rockeros más influyentes del pasado y de la escena actual. Por los pasillos de mi memoria desfilaron headbangueando Paul Di´Anno, Bruce Dickinson, su satanidad Ozzy Osbourne; el rey de reyes, Lemmy Kilmister; la voz que une al cielo con el infierno, Ronnie James Dio; el trágico Dimebag Darrell, el bélico Jeff Hanneman, el dador de vida Kai Hansen, el resucitado Rob Halford, quien había sido su propio traidor, su juez y verdugo, y así tantos. Me memoricé sus vidas, sus vicios, sus amantes (mujeres y hombres, dependiendo la revolución sexual de la época), sus muertes y las causas poéticas de estas. Me empecé a dejar crecer el pelo y a comprar camisetas negras con los logos en el pecho de las bandas que más amaba, para que los demás supieran lo que yo ya sabía. El sastre se enriqueció haciéndome más estrecho los pantalones de las piernas. Las botas nunca las pude comprar, pero con los All Star se andaba bien.
Anduve de toque en toque conociendo a lo más loco de la escena nacional y ponía cara de éxtasis místico con los solos de guitarra y batería durante los conciertos que venían al país una vez cada que algún rockmanager descubría que existía este florido infierno. Uno se emocionaba con el frenesí del metalón hasta que el frontman sacaba una bandera de Guatemala u Honduras y decía “viva El Salvaddtorrr”, los asistentes abucheaban, sacaban el dedo, chiflaban la madre y seguía el concierto como si nada. Nunca vi otro gesto de perdón más majestuoso como ese, más en un país tan absurdamente nacionalista como este. Recuerdo haber visto a los más hermosos unicornios de la música, aquellas bellas sopranos de las bandas melódicas europeas: la hija del fuego, Simone Simons; o la hermosa señora de las profundidades gélidas, Tarja Turunen. Salía de aquellos santuarios entregado en cuerpo y alma. Al llegar a mi casa toleraba las regañadas e insultadas de mis padres, solo porque aquellos hermosos espíritus habitaban en mi convulso corazón.
Durante esa época no tuve paz en mi hogar. Al parecer para mis seres queridos yo era una especie de triunfo para Satanás, un alma arrancada de los brazos del Padre con las mismitas pezuñas del Diablo. Pienso ahora que tal vez estaban confundidos, un poco asustados por los cambios que no podían controlar, frustrados porque no podían ni querían entenderme, enojados consigo mismos por haber fracasado en la santa labor paterna. No sé, pienso que algo de ello debió ser. Yo los perdonaba, nunca fui rencoroso y cada vez que me enojaba con ellos se me olvidaba poniéndome un piercing en alguna parte del cuerpo y ellos se aferraban más a una disciplina absurda que no beneficiaba a nadie. Pienso que parte del conflicto con mis padres era mi reciente abandono de la religión. Ellos nunca me la inculcaron, pero dejaron que solito me hundiera en esa resbaladiza ciénaga. Y es que, así como lo he sido con la música, también lo fui con la religión: una prostituta hipócrita. Porque fui católico, adventista, evangélico y testigo de Jehová, pero juro que nunca toqué ninguna puerta un domingo por la mañana.
Cuando fui católico iba a la iglesia, me postraba de rodillas y mi cara se compungía en un gesto de horror que podía fingir por respeto y agradecimiento hacia cada una de las heridas de Cristo Nazareno crucificado en lo más alto del altar mayor. Todo fue decisión mía, nadie me obligó. Cumplí con casi todos los sacramentos que la fe romana, apostólica y católica les exige a sus fieles. Cuando tuve razón de ser, quise que me echaran agua en el bautizo, confesé todos mis absurdos pecados, abominaciones a mis doce años, comulgué el cuerpo y la sangre de Cristo, confirmé mi fe (que es como firmar el contrato oficial con la empresa contratante). En teoría solo me faltaba casarme y agonizar, que para mí era casi lo mismo, solo para que un solemne sacerdote me entronizara al más allá dándome los Santos Óleos o la Bendición Matrimonial. Me aprendí todas las oraciones, todas las fechas de las fiestas de guardar y sus ritos, cada uno de los nombres y vidas de las vírgenes y santos estatuizados en sus pequeños altares o retratados en las paredes de la parroquia. San Martín, negrito y con escoba; San Francisco, flaco y con el lobo a la par (como un maestro Pokemón de hace mucho tiempo); Santa Lucía, con sus ojitos sobre una charola de lata; San Jorge, galopando desde el infierno de la edad media; San Sebastián, sexy y flechado sin poder morir nunca; San Felipe, diminuto y comido por el comején; San Esteban, vestido de blanco, arrodillado, con los ojos hacia el cielo y unas piedritas colocadas en sus rodillas; Santa Tecla, pobre mujer, representada con una delicada mano sobre una rueda, unos muy sospechosos Juan Pablo II y José María de Balaguer; la Virgen de la Candelaria, bellísima y sin tres dedos en la mano izquierda; María Auxiliadora, la más bonita y bien vestida de todas; había una imagen que a veces era María Magdalena y a veces semidivinidades de otros estratos.
Ese día, en lo que se podría llamar mi apogeo metalerístico, llegué temprano al auditorio en donde se presentaría por primera vez Iron Maiden. El boleto me había costado el sudor de mi frente, algunos favores y el pecado mortal de robarle algunos billetes a mis padres. El día estaba perfecto, hacía buen clima y en los alrededores los grupos de personas se iban encontrando. Mis amigos no habían llegado aún, pero los caminos del sonido son misteriosos, y pronto trabé amistad con dos muchachos que andaban un litro de vodka y rebosaban de cordialidad. Ellos bebieron y yo platicaba de todo, de dónde eran, qué estudiaban, qué hacían, cuál era su banda favorita, y cuestiones del protocolo. Ellos bebían cómo bárbaros en sequía. Sabía que esos tipos no lograrían entrar al concierto, pero quiénes estaban más seguros eran ellos, porque ni siquiera habían comprado las entradas, solo querían embriagarse en medio de la parafernalia de todo aquello. Se terminaron el litro de agua loca y se fueron agarrados uno del otro, como si hubiesen logrado salir vivos de algún campo de batalla, triunfantes.
Y de nuevo me encontraba solo, con mi camisa de Eddie the Head arrasando el mundo, All Star rojos, un brazalete de púas en la mano izquierda, mis piercings en los brazos y el rostro. Mientras avanzaba la tarde, aquello se transformaba en la feria del infierno. Borrachos por acá, algunos fumando por allá, grupos conversando, revendedores de boletos transando entradas por carne, huesos y almas. Ventas de carne asada, hamburguesas y hotdogs, llenaban el lugar con un humo espeso y agreste que se elevaba como una desagradable ofrenda hacia el cielo. Hombres delgadísimos enfundados en un traje negro de cuero, el cabello hasta la cintura, parecían enfrentar al mundo con una cara de haber vivido mil años y haber aprendido todo lo que se puede aprender, platicaban entre ellos como si el conocimiento del planeta se condensara ahí. Vendedores de camisas y discos, sentados como yogis rockeros con la fachada de comerciantes de la gloria, vendían toda una cultura como vulgares mercancías, pero compartiendo la experiencia. Otros estaban destruidos, en niveles superiores a la ebriedad, desdoblamientos astraletílicos se podría decir, y para alguien sin ninguna gota de alcohol en el hígado era terrible ver todo eso. La ansiedad me vomitaba los nervios y me sentía incómodo, amargado.
Y de pronto apareció un fiero zombie del heavy. El tipo había intentado saltarse la red de seguridad puesta en el contorno del auditorio, y vaya que sí estuvo a punto de lograrlo. El problema esencial fue que, en el momento del triunfo, tres cuartas partes de su rostro acariciaron profundamente el alambre de púas en lo más alto de la red. Por no tomar en cuenta varias leyes básicas de la física, terminó con un filete ocre y sanguinolento por cara. No sé si era la euforia, la adrenalina, alguna droga sintética que yo no había probado, pero al tipo le valía verga la salsa roja que le escurría el rostro y que se le tostaba en la camisa. Se le miraba en los ojos que buscaba soluciones, creaba alternativas, como tratando de pensar qué otra parte de su cuerpo podía sacrificar para poder entrar al concierto.
Los metaleros se fueron concentrando. La noche se iba haciendo del mismo tono negro de aquellos atuendos, la cola para entrar avanzó y la procesión fue entrando a la sala del concierto. El sonido era estridente, el pecho me vibraba y la piel se me erizaba. Adentro, me reuní con los amigos y el toque dio inicio. La banda comenzó con un par de horas de retraso, pero el show fue mítico: las luces, los solos, aquellas bestias salvajes entregándose a su público en un trance musical empapado de éxtasis. Las chicas los saludaban con sus senos desnudos, tetas por todas partes, las manos levantadas y un mosh violento que no dejó ningún herido de gravedad.
Fueron las dos mejores horas de mi joven vida. Al final sentía que me iba a dar un shock de sobriedad y éxtasis musical, pero una suave lluvia me hizo ver al cielo y sentirme agradecido con las brutales fuerzas de la vida. Nos reunimos con los amigos y emprendimos la marcha mientras cada uno daba testimonio de su propia experiencia. No habíamos avanzado más de dos cuadras cuando en el cruce de la calle volvió a aparecer el zombie del heavy con la cara desgarrada. Nos gritó cosas que no entendimos y nunca pudimos descifrar o que de pronto quisimos olvidar. Se agarró los pellejos colgantes del rostro y, cuando iba a acercarse, un carro lo embistió. Todos vimos cómo ese cuerpo martirizado se elevó un par de metros en medio de muchos silencios. Y ahí, suspendido por un segundo en el aire, pude ver su rostro por debajo de las heridas y la sangre. Creo que sus ojos miraban a un punto cósmico que solo él podía comprender. Ese tiempo suspendido terminó y el cuerpo herido descendió al suelo en un doloroso sonido percutido. Luego, el mundo siguió su ritmo, se llamaron a las autoridades correspondientes, hubo expresiones de todo tipo. Sabíamos que no éramos necesarios en ese caos y emprendimos la marcha en un silencio que se nos quedó guardado en los oídos.
Luis Flores (Morazán, 1989) Tiene estudios de Comunicación Social y se ha desempeñado como periodista, fotógrafo y coordinador de programa radial; actualmente se gana la vida preservando archivos. Ha publicado el libro Islas y náufragos (Dirección de Publicaciones e Impresos, 2018), con el que ganó los Juegos Florales en la rama cuento en 2017.

