Los monstruos de tu hogar

Presentamos el último cuento de nuestro «Especial de Halloween 2026»: Los monstruos de tu hogar de Julio Orellana. Este autor también ha publicado en este medio los relatos Los sonidos de la periferia y La silueta.

Por: Julio Orellana

I

Amanda Castro vio a través de la ventana del carro un paisaje árido e insoportable mientras oía a sus padres hablar. Ella no les ponía atención ni quería. Sentía una molestia por regresar. El Salvador había cambiado mucho desde su partida a Bélgica dos años atrás. El paisaje se había deteriorado de forma tan acelerada que parecía que la vida jamás volvería a crecer ahí.

El viaje desde el aeropuerto a casa era un poco largo. Cuarenta y cinco minutos de trayectoria para pensar en lo mucho que extrañaba a su novio belga, Alex. Cuarenta y cinco minutos para rellenar su mente de momentos de su pasado y desconectarse de su alrededor: una casa resguardaba de recuerdos agridulces y un paso complicado por la adolescencia completaban el panorama de su imaginario.

—¡Hija, mirá! Ya estamos finalmente en casita —dijo su madre para sacarla de su burbuja.

Cuando volvió a agarrar conciencia de sí misma, no pudo evitar ver las máquinas de construcción que se encontraban en frente de la colonia privada donde vivía. Trabajaban a la perfección, moviendo la tierra y los árboles cortados para dejar un suelo naranja y plano para la construcción de más casas. El bosque, junto con su flora y fauna, ya no existía y jamás regresaría. Amanda sentía un desosiego por el paisaje que miraba. Pero no había tiempo para digerirlo, porque su padre se había dirigido directamente hacia ella.

—Hija, este es el general Ávila. Mi compañero de confianza y uno de los mejores estrategas con los que, gracias a Dios, podemos contar. 

—Mucho gusto de conocerla, Amanda. En estos años, su padre solo me ha hablado maravillas de usted. La veo y no parece de 24. ¡Aún tiene la cara de una niña!

—Buenas tardes, señor… digo, general Ávila…

—No se preocupe por mencionar mi rango. No espero que usted lo sepa… Natalia, ¿cómo se encuentra usted? Espero que todo vaya bien con el proyecto de arte que nos había hablado.

—Me encuentro bien, gracias a Dios. El proyecto va viento en popa. La alcaldía finalmente accedió a ayudarme con los fondos. Espero que usted no haya tenido nada que ver con esa pequeña gran ayuda. 

—Ah, no, no. Créame que yo no he tenido nada que ver, Natalia… Ehm, Marcos, estoy expectante por la cena que tendrás ahora. Espero que tengás el tequila que me mencionaste aquella vez…

—Sí, no te preocupés. Tú solo seguime. Lamento que los vigilantes idiotas no te dejaron pasar.

El general Ávila, vestido con el traje más elegante que un soldado podía usar, se subió a su camioneta y siguió el carro de la familia Castro. Amanda estaba algo sorprendida por el grado de indiferencia que tenía que no se percató de qué tan cerca estaba de casa, así como de la presencia inadvertida del general. 

Al entrar a la casa, Amanda se dirigió directamente a su habitación. Vio que su cuarto estaba ordenado, en un estado de quietud: la cama arreglada, el clóset aún con aquella ropa doblada que no se llevó a Bélgica, la mesa de noche que solo tenía su lámpara y la gaveta vacía. Ya no estaba lleno de papelitos ni otras cosas que ella guardaba cuando estaba en bachillerato. La poca luz del atardecer daba a Amanda una sensación de nostalgia por esas pequeñas experiencias. Su mente corría ante la idea de que el tiempo se movía aunque uno no lo quisiera. Las paredes se veían descoloradas y había una mancha de humedad en el techo. El ruido de las discusiones entre sus padres y el general Ávila se había vuelto muy escandaloso. Decidió cerrar la puerta y esperar a que la llamaran para cenar. 

II

Las caras desgastadas y la sensación de resignación que estaba estancado en el aire no eran los mejores elementos para una cena, pensó Amanda. Las discusiones sobre la guerra estaban cargadas de tensión y culpa. Ella trataba de ignorar las opiniones tan extremas que tenían sus padres sobre la situación. Su cabeza más liberal, progresista, no podía tolerar escuchar hablar de penas de muerte o de coartar los derechos civiles de las personas. ¿Todo para qué? ¿Mantener el control de una situación que, claramente, nunca han tenido? Amanda se levantó y se dirigió hacia el general Ávila:

—¡Ya! ¿Podría dejar de hablar de tanta mierda? Lo único que harán es aumentar la pila de muertos. Solo están alimentando esta maquinaria de matanza sin sentido. ¿Para quién sirve esta guerra? ¿Para los estúpidos que solo quieren pelear?

—Hija, sentate, por favor. Podemos hablar de esto en privado, si querés. Pero aquí… no sé de lo que hablás. No conocés cara a cara al enemigo. Ante ellos, la compasión no es una opción.

—Créame Amanda, si hubiera otra opción, el presidente y todo el alto mando militar hubieran elegido ese camino. Sin embargo, con estos seres, si los podemos llamar así, no se puede razonar para solucionar el problema. Ellos solo buscan matar y no entendemos por qué. Pero no vamos a esperar a que nos cacen para averiguarlo.

Varios golpes secos se escucharon en la puerta junto con el timbre de la casa. Marcos se levantó a abrirla. Un vigilante llegó con mensajes de miedo, ayuda e incertidumbre.

—¡Por favor, vengan a ayudarnos! Ha habido un accidente afuera de la colonia. 

Amanda logró escuchar lo que dijo el vigilante y vio cómo su padre salió apresurado. Ella, aún con el fuego interno que había encendido, salió detrás de él. Al llegar al lugar del accidente, se encontró con un auto reducido a un puñado de chatarra. Ella se acercó rápidamente, pero luego vio algo dentro del vehículo que adormeció todo su cuerpo. Su corazón lo podía sentir en la garganta. Su padre, junto con los vigilantes, trató de abrir una de las puertas del carro. Finalmente, lograron sacar el cuerpo de un hombre. Amanda sintió escalofríos al ver la desfiguración del cuerpo. Sin tiempo de asimilar la situación, vio cómo sacaban un segundo cuerpo; una piel escamosa, con poca similitud a un humano. Ese otro cuerpo ahora estaba enfrente de Amanda. Una serie de vientos empezaron a soplar y el silencio de la carretera reinó.

Marcos le pidió al general Ávila llamar con urgencia al ejército para llevarse el cuerpo a los cuarteles. Amanda se acercó más para ver mejor la extraña criatura. En ese momento, su tobillo fue agarrado. Su grito sacó de lugar a su papá, quien la miró a ella y a la criatura. Marcos le quitó la escopeta a uno de los vigilantes y, mirando fijamente hacia los ojos de la criatura, le disparó en la cara. La sangre parecía emanar de la misma sombra de la criatura. Amanda no dejó de observar a aquel monstruo hasta que este dejó de respirar.

No pudo dormir esa noche. No podía sacar de su cabeza lo que sintió al ver a la criatura. Aunque aquel monstruo ya estaba muerto, el miedo y la ansiedad nunca abandonaron a Amanda. Se quedaron con ella, acompañándola hasta su habitación. Se levantó y abrió la ventana para observar el terreno deforestado en frente de la colonia. Fijó su mirada hacia un pedazo de bosque que aún se encontraba atrás, prestando mayor atención a algo en medio de toda esa oscuridad. El viento empezó a soplar un sonido agudo y estridente. Lo que parecía un grito, se quedó resonando por el efecto del eco. Amanda sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Cerró la ventana cuando un sentido de alerta bañó su espalda. Solo pudo pasar la noche con los ojos abiertos porque sabía que esas sombras que estaba viendo también la habían visto a ella. 

III

Durante toda la noche, Amanda se sentía intranquila al repasar en su mente las imágenes de lo que acababa de atestiguar. Marcos, por su parte, se sentía culpable por lo que sucedió y no paraba de echarse la responsabilidad. Natalia, al ver el estado de debilidad emocional en la que se encontraba su esposo, sugirió, casi en un tono de imposición, ir a la playa para olvidarse de lo ocurrido. En su mente, sus intenciones eran cristalinas: buscaba alejar a Amanda de todo ese show dantesco. 

Durante el desayuno, los padres de Amanda le explicaron los planes y ella los aceptó sin ninguna emoción al respecto. Viajarían a la playa y se quedarían en el viejo rancho de la familia. La preparación se realizó bajo silencio. El proceso de empacar algunas prendas y artefactos no era del agrado de Amanda. Ella estaba desvelada, cansada y atenta a lo que ocurría a su alrededor. 

El viaje en carretera le provocaba mareos y dolores de cabeza a Amanda. Ya no aguantaba escuchar a sus padres discutir sobre los acontecimientos de la noche pasada. El ruido de sus voces solo le provocaba más asco y ganas de vomitar. Sin embargo, no podía evitar ver a su alrededor. No dejaba de estar en un constante estado de vigilancia. El cielo estaba partido en dos: entre un gris que anunciaba una tormenta y un atardecer que hacía brillar sus últimos rayos de luz.  Entre más se acercaban a la playa, más difícil se le hacía a Amanda ver la maleza, las montañas o lo que había alrededor del carro. 

El mar se hacía escuchar. La playa nocturna estaba en silencio mientras Amanda solo trataba de ajustar su mirada hacia el horizonte. En eso, sus padres la llamaron para que entrara al rancho. Pero ella ignoró el llamado. Solo quería estar atenta al sonido del ambiente ya que las imágenes de su mente inquieta ya gobernaban su voluntad: esos monstruos viniendo por ella. El pánico lo sentía en sus hombros y cuello. “No puedo verlos, ¿en dónde están? Sé que están ahí, en frente de mí”.

Sus ojos no podían abrirse en la oscuridad. Solo podía escuchar las olas chocar y sentir cómo morían en sus pies. Su respiración se cortó cuando escuchó unos gritos que provenían del rancho. No podía analizar la situación, sus instintos más primitivos la llevaron a correr lo más rápido posible. Veía directamente las ventanas y la puerta del rancho, pero las luces se habían apagado. Cuando llegó a la entrada, la luz de la luna se filtraba por las mismas ventanas que mostraron como la oscuridad había ganado. Ella vio los cuerpos de sus padres en el suelo, con la sangre esparcida por todas partes.

Amanda, tratando de salir del horror que veía, buscó cualquier forma tangible entre las sombras. Dos seres la miraban fijamente, de sus dientes chorreaba sangre. Sin quitarles la vista de encima, trató de ver por el rabillo de su ojo un machete cercano a su pie. Uno de los seres se lanzó y, por reflejos, Amanda lo atravesó con el arma blanca. Se quitó de encima el cuerpo muerto y lo tiró a un lado. Sin embargo, la criatura logró dañarla con sus garras casi hasta el punto de destriparla. Ella sabía que había otra criatura, pero no podía verla.

Salió del rancho, con una mano tratando de tapar la hemorragia, y con la otra aferrándose al machete. Trastabillando a la orilla del mar, se encontró bajo la luz de la luna, pero vio que de las sombras de su alrededor empezaron a salir unos ojos amarillos. Amanda estaba rodeada y se encontraba algo debilitada. Unos susurros sonaron en su cabeza. Las voces estaban enojadas, buscaban represalias a lo que había ocurrido. Amanda no podía prestarles tanta atención, ya que su herida seguía debilitándola más y más. La sangre empezó a correr por el mar hasta diluirse en la inmensidad de la negrura del océano. Los gritos se perdieron en la soledad de la playa.

El sol salió para iluminar una tragedia de la que solo unos aldeanos se dieron cuenta. Ellos entendieron que las manchas de sangre eran un signo de la masacre que esas criaturas de las sombras ejercieron, y que la muerte se encontraba caminando en las arenas de El Salvador.

Julio Orellana (San Salvador, 1994). Escritor y guionista. Ha trabajado en la escritura de guiones para televisión y en la creación de contenidos de ficción, no ficción y educativos. Su narrativa explora el terror, aquello que se esconde detrás de lo cotidiano y las zonas liminales de lo humano. 

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