Día perdido

Maridaje  recomendado: Whisky (o Alka-Seltzer)

Por: Felipe A. García

“En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados (…) El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella”.
Lucia Berlin; “Manual para mujeres de la limpieza”

Negro. Quiere que el interior de sus párpados sea de color negro, no ese color naranja que poco a poco va adquiriendo por culpa de la luz que se está colando en su habitación y le golpea el rostro. Maldita la hora en que sólo llegó a acostarse en su cama y no se preocupó en cerrar la cortina de su ventana. Pero, ¿cómo iba a saber que amanecería así? Lo que es sorprendente, se lamenta, es que mientras se esfuerza por alcanzar el negro detrás de sus ojos, su memoria está totalmente en blanco. Piensa. Trata de pensar, más bien. Es como si intentara rebobinar una vieja videocasetera que a media película se queda trabada hasta imposibilitar los recuerdos.

¿Tenía algo que hacer ese día? No, cree que no. Está seguro que no. ¿O no? Es difícil recordar los planes cuando no se puede ni acordar del pasado. Como sea, se dice con los ojos bien cerrados, su único objetivo del día será tratar de sobrevivir a esa resaca del demonio que lo está matando. Y entonces, así de quietito como está sobre su cama, arma un plan en el que se imagina levantándose, bajando a la cocina, tomándose una Alka-Seltzer y regresando a su habitación para dormir hasta que el puto dolor de cabeza desaparezca a media tarde y él pueda seguir con su vida tal como si nada.

A la cuenta de tres abrirá los ojos. Uno, dos y… dos y medio, dos y un cuarto… tr…es. Okey, otro intento.

Uno.

Dos y…

Tres. ¡Bien! ¡Lo logré! Piensa mientras ve ese techo blanco, como su mente, sobre él. Ahora viene lo bueno. Levantarse. Todos saben que la mejor forma para evitar el dolor de cabeza de una resaca es no moverse, casi ni respirar. Pero si quiere acabar con esta de raíz, tendrá que hacerlo. Respira profundo. De nuevo a la de tres. Uno, dos y… ¡Por la grAN PUTA! Se queja. ¡MIERDA! Grita al mismo tiempo en que intenta inconscientemente en describir el dolor. No sabe si la cabeza se le está comprimiendo o expandiendo. Por un lado siente como si le quisieran aplastar el cerebro o si este estuviera a punto de reventar y regar sus sesos por todos lados, manchando paredes y suelo. Así como… así como…

Así como todo ese vómito que de pronto está viendo en su habitación.

— ¿Vomité? — Se pregunta cuando la respuesta es más que obvia.

La evidencia es clara, lo hizo. Pero a pesar de las pruebas su mente sigue en blanco y no logra tener ni un sólo Flashback del momento en que devolvió todo el… ¿qué carajos es eso? ¿qué putas comió?

Comienza a toser de las náuseas. Aparta la mirada del suelo y se tapa la nariz porque si sigue viéndolo volverá a vomitar y todo será peor, incluso el dolor.

Muy bien, nueva misión. Primero debe limpiar el vómito sin que nadie en su casa se de cuenta y luego sobrevivir a la resaca con su plan anterior. Tiene que hacerlo rápido. Pasar una resaca es como zambullirse en una piscina: algo que se hace sin respirar.

De puntitas, procurando que sus pies no toquen nada de ese asqueroso… ¡Wee!… baja de la cama y sale de la habitación como si se tratara de un danzarín.

Abre la puerta cautelosamente. Se asegura de que no haya nadie cerca. Todo está en silencio. Entonces recuerda que es domingo, que su familia está en la iglesia. Consulta el reloj y descubre que tiene media hora para limpiar la escena del crimen y fingir que en su habitación nadie ha muerto (todavía).

Baja sin respirar hasta la primera planta y busca papel de periódico y Windex. Vuelve a subir siempre conteniendo la respiración. Está tan preocupado por no ser descubierto que no se ha percatado que dejar de respirar no le está sirviendo de nada, pues la agitación agudiza su dolor.

Entra a su habitación y el olor es insoportable. No puede creerse cómo es que mientras estaba tumbado sobre su cama, peleando con el color naranja oscuro del interior de sus párpados, no se hubiera percatado de esa peste. Empieza a rociar el windex sobre el vómito para luego poner sobre este el papel periódico. Cuando lo hace, escucha su puerta abrirse e impactar contra la pared. El golpe lo asusta. Se voltea y ve a su perro ingresar.

Shhhhh — lo calla. Sabe que no puede hablar, pero no quiere arriesgarse. Entonces agradece, mientras el animal lo mira, que su perro no sea ningún rencoroso. Pues si este quisiera vengarse por los castigos que le dio cuando sólo era un cachorro, aquel era el momento en que se pondría en dos patas, lo tomaría por el cuello y le embarraría el rostro mientras le grita: “¡Qué hiciste! ¡Qué hiciste; cochino, chuco!”.

El trabajo no es perfecto. A pesar del aromatizante y de abrir la ventana, el olor todavía se siente. Pero es lo mejor que pude hacer en su estado. Por lo pronto, de vuelta al plan original. Baja a la cocina y se prepara su Alka-Seltzer. Se la bebe sólo por protocolo porque sabe que no servirá de mucho. Que al final del día tendrá que beberse al menos una cerveza para estabilizarse y calmar el dolor. Que si no se la bebe ya es sólo porque apenas son las 7:45 AM y no quiere que lo tachen de ebrio tan temprano. Se regresa a su apestoso cuarto a dormir. Sabe que dormirá todo el día. Que ya no pueden contar con él para nada. Pues en el instante en que cierra sus ojos recuerda una vieja lección: “Un día de goma es un día perdido”. Lección inútil que sabe volverá a olvidar el día después de su próxima intoxicación etílica.

Felipe A. García (San Salvador, 1991) Estudió comunicaciones porque no pudo estudiar literatura ni cine. Ha realizado talleres de escritura y cinematografía. En el 2013 ganó un premio de novela que nadie conoce y es Gran Maestre en perder los Juegos Florales de El Salvador.

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