El agujero de la memoria

Maridaje recomendado: Whisky

Por: Felipe A. García*

Foto de portada: Entre les trous de la memoire, Dominique Appia (1926 – 2017)

 

El agua alcanzó sus libros.

— ¡No cerraste la puerta! — le reclamó a su hermano mientras intentaba proteger el texto que leía de aquel mar de agua salada que se les colaba en la sala. Se puso de pie y se apresuró a cerrar la habitación. El agua corría con tanta presión que se le hizo difícil asegurarla, pues para su mala suerte un barco a lo lejos la empujaba en forma de olas. Cuando finalmente logró sellarla, se dio la vuelta y miró con pesar todo el suelo de la casa inundado.

Regresó a donde estaba, chapoteando el agua con sus pies descalzos, refunfuñando porque por culpa de su hermano tendrá que trapear toda la casa para que el salitre no arruine el suelo.

— ¡Mirá lo que hiciste! — intentó regañarlo —¡Inundaste toda la casa y apagaste el fuego! — le reclamó. Pero su hermano no le hizo caso. Estaba distraído mirando el globo que sobre volaba su jardín nevado.

» ¡Te estoy hablando! —  le llamó la atención al mismo tiempo en que lo sacudía por el hombro para regresarlo al mundo real.

— ¿Qué? — le respondió el niño.

— Dejaste la puerta del mar abierta. Inundaste la casa y apagaste el fuego.

— Lo siento, es que quería oler el verano.

Ella suspiró profundo, fastidiada. Le molestaba que su hermano fuera tan soñador, pues muchas veces la metió en problemas con su mamá por culpa de él. Está a punto de ordenarle que deje de estar soñando y que la ayude a trapear, pero se detiene a último momento. Aunque siempre le ha molestado que sea tan consentido, muy en el fondo debe reconocer que ella también lo consiente. Le da la espalda y busca el trapeador para ponerse a trabajar de inmediato. Mientras trapea, se preocupa por él. Si no hubiera sido por la ola que se les metió a la casa, no se hubiera percatado que ese día él está más distraído de lo normal.

 

No siempre vivieron al lado del mar, la nieve y la ciudad. Antes que su hermano naciera, ella recuerda haber vivido en los suburbios.

Cuando él nació ella tenía cinco años. Su madre lo llevó a casa y al acostarlo en la cuna, se lo presentó. Así como, también, le advirtió que su deber como hermana mayor era cuidarlo cuando ella no estuviera presente. Desde entonces, en cumplimiento de su deber, vigiló de él frente a su cuna. Y mientras lo cuidaba, rogaba porque nada malo le pasara mientras estuviera a su cargo.

Una noche lo encontró con la mirada fija en un punto cualquiera de la casa.

— ¿Por qué mira así? — preguntó a su madre.

— Porque es un bebé, vive su propio mundo.

— ¿Por qué él no llora como los otros bebés?

— Porque es un niño tranquilo.

— ¿Pero por qué no duerme?

No hubo respuesta. Así como no hubo respuesta cuando comenzó a llover y tronar dentro de la casa. La única explicación que a su madre se le ocurrió fue decir que la casa estaba embrujada, pero ella sabía que no era cierto.

Sabía que todo estaba dentro de la cabeza de su hermano.

 

— ¡Te vas a resfriar! — le advirtió cuando vio que estaba desnudo, expuesto a la corriente de aire de la nieve. Pero él no le hizo caso, siguió mirando el jardín. No tiene más remedio que buscarle un abrigo y ponérselo para que no se enferme. Se dirige a su habitación y toma lo primero que encuentra. Se da la vuelta y se encuentra con la ventana que da a esa ciudad en la que nunca han estado. Al verla ella recuerda aquella vez en que lo salvó de la muerte.

Él tenía cuatro y ella tenía nueve. Ella entró a su habitación para avisarle que la cena ya estaba lista cuando lo encontró sentado en el borde de la ventana, contemplando aquella ciudad que de la nada apareció. Se aproximó a él con cuidado, procurando no asustarlo. Trató de llamarlo para pedirle que se bajara de la ventana, pero él no la escuchó. Él, como siempre, miraba a un punto fijo de aquella ciudad. Antes de que ella pudiera tocarlo y ayudarlo a bajar, él se dejó caer.

— ¡MAMÁ! — Gritó mientras lo sostenía por un brazo. No podía contenerlo, se le estaba yendo de las manos. Su mamá entró corriendo al cuarto y apenas pudo ayudarla a salvarlo. Entonces él salió de aquel mundo en que vivía, les sonrió y les preguntó qué había de cenar.

Desde entonces ella teme que vuelva a ocurrir, porque sabe que volverá a ocurrir.

Desde entonces procura que no pase más de diez minutos viendo una misma cosa, para que no se pierda dentro de sus pensamientos.

Regresa a la sala y le pone ella misma el abrigo. Es una camisa hecha con nada. Él la hizo para adaptarse al clima de sus pensamientos y no mancharse. También le hizo una a su hermana, porque es a la única a quien le permite entrar en su mente.

— Deberías ponerte también la tuya — Le dice él a su hermana señalándole su cuerpo también desnudo—. Hoy está haciendo frío.

Ella, por el ajetreo de la trapeada, no se había percatado que también estaba sin ropa. A veces, por cuidar a su hermano, se descuidaba a ella misma.

— ¿Y mamá? — le pregunta a ella.

— Se fue a nadar.

— ¿Nadamos nosotros también?

— No, te hace daño.

Él ya no dice nada más y vuelve a centrar su atención al patio nevado. Ella, mientras tanto, intenta encender una nueva fogata.

 

Ella aún sueña con esa tarde en que su mamá se asustó mucho por la gran imaginación de su hermano. Fue después de que el océano se mudara a la habitación del baño. Dijo no poder resistirlo más. Dijo no estar preparada para vivir así.

Abrió la puerta del océano y se fue de casa nadando. Nunca regresó. Sólo le dejó instrucciones para cuidar a su hermano. Y aunque ella no quería hacerlo, pues en el fondo temía que las fantasías de él se hicieran tan opresivas que un día también se perdiera dentro de ellas, no tuvo más remedio que hacerlo. Era su deber como hermana mayor.

Se despertó asustada. Olvidó acostar a su hermano y no sabe cuánto tiempo lleva ido mirando el patio nevado desde que ella le puso su abrigo de nada. Lo llama por su nombre a gritos.

— Aquí estoy — le dice con una sonrisa. No se ha movido del mismo lugar en todo el día.

— Ya vente a acostar, ya es tarde. — le ordena ella.

— Ya voy. Cinco minutos más.

Ella accede y vuelve a quedarse dormida sin asegurarse que la obedezca.

 

El sol le pega en el rostro y la obliga a despertarse. Ella se levanta y busca con la mirada a su hermano. Él no está.

Lo llama a gritos, pero no responde. Ella mira hacia el patio nevado y descubre que en este ya no hay nieve. Insiste en llamar a su hermano pero él sigue sin responder. Lo busca en su habitación y no está, así como tampoco está aquella ciudad en la ventana. Lo llama una última vez sólo para asegurarse que por más que le grite, él no atenderá. Se dirige a la puerta del océano y la encuentra abierta, pero detrás de ella no hay olas.

Siente que algo le raspa la plata de los pies. Baja la mirada y se encuentra un suelo seco pero dañado por el salitre. Luego ve que su abrigo de nada, al igual que todas las ilusiones de su hermano, han desaparecido. Se decide a cerrar la puerta del baño y al hacerlo encuentra en esta una nota de él: “me fui a nadar”.

Regresa a la sala sintiendo un alivio culpable. Aunque sabe que extrañará a su hermano, agradece que haya ocurrido en un momento de distracción para no vivir con la culpa. Era todo lo que ella deseaba.

* FELIPE A. GARCÍA (SAN SALVADOR, 1991) AUTOR DE LAS NOVELAS “HARD ROCK” Y “DIARIO MORTUORIO” PUBLICADAS POR LA EDITORIAL LOS SIN PISTO. “GRAN MAESTRE” EN PERDER LOS JUEGOS FLORALES DE EL SALVADOR.

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