La flor que sonríe

Presentamos un cuento de la escritora salvadoreña Michelle Recinos, quien en 2019 formó parte de la muestra de nuevas voces “Lados B”, publicada por la editorial Los Sin Pisto. Este es el segundo relato de la autora publicado en Revista Café irlandés. 

Maridaje recomendado: Leche con canela

Por: Michelle Recinos*

Aquel fue, probablemente, el día más caluroso de todo ese año. Me atrevo a decir que quizá fue el día más caluroso de todo lo que llevaba de vida. El ventilador giraba a todo lo que la tercera velocidad le permitía y a pesar de eso yo sudaba y las axilas me olían como a mantequilla derretida. Revisé el cable del teléfono por quinta vez en tres horas para asegurarme de que estuviese bien conectado y tenía la esperanza de que al mover un poco la espiga transparente el aparato sonaría de una vez por todas. Descolgué el auricular y comprobé que sí había señal y que funcionaba bien así que colgué de nuevo y volví a recostarme en la cama. 

En la planta baja, Patricia —o mi mala madre, como le decía cuando hablaba de ella con cualquiera que quisiera escucharme— le gritaba a mi papá algo sobre una sospecha de infidelidad que ella arrastraba desde hacía tres meses. El motor del ventilador impedía que escuchara lo que Patricia reclamaba, pero yo sabía que se trataba de una mujer 10 años más vieja que los dos y que trabajaba en la misma fábrica que mi papá. Después de un par de aullidos lejanos escuché como la puerta de metal de la casa se cerró con un golpe bruto. Lila sollozaba en el cuarto de la par.

En algún momento de mi vida se me ocurrió que el mejor tono para el teléfono inalámbrico era una versión polifónica de la Octava Sinfonía de Beethoven, que era el más aceptable de la biblioteca de sonidos que incluía el aparato. Cuando escuché las primeras notas, si aún se podían llamar notas, di un giro brusco y me apoyé en mi brazo izquierdo para levantar el auricular. La única sílaba que emití en el momento fue un “sí” expectante e infantil.

— Vi sus llamadas perdidas. 

— Es que me quedé esperando su confirmación…

— Fin de semana. —Me interrumpió la voz del otro lado del teléfono. Sonaba irritable e intenté consolarme al atribuirlo al calor que hacía que mi espalda se pegara a mi camiseta verde limón —Quedamos que nada.

— Perdóneme —fue lo único que pude decir. Tenía unos 15 segundos con el auricular en la mano pero mis dedos estaban tan resbalosos como si hubiera frotado una barra de jabón entre mis manos. 

— ¿Qué necesitaba?

— Es que tenía algo para contarle. Tengo algo que decirle, mejor dicho. —rectifiqué lo más rápido que pude. —Es importante y no podía esperar.

— ¿Tan importante para romper el juramento? — Su voz sonaba ya menos irritada pero aún no llegaba al tono relajado y melódico que me hacía temblar de emoción todo el tiempo.

— Tan importante.

— ¿Dónde está?

— Recostada en mi cama resbalándome en las sábanas de tanto sudar — casi susurré esta frase. 

— Ni me lo diga.

Una ola de calor recorrió mi interior desde el estómago hasta la garganta. Sentí incluso la boca seca

— Es importante.

— ¿El qué?

— Lo que le tengo que decir.

— ¿Puede salirse por la ventana?

— Si me lo pide, quito todos los vidrios.

Se rió del otro lado del auricular y ahí estaba la melodía de nuevo. Mis dedos ya no estaban resbalosos, estaban empapados.

— Váyase a La Rúa. Deme una media hora.

— ¿Media hora? — mi voz sonó tan expectante que sentí náuseas.

— Si no es que menos, pero no quiero mentir.

— Ahí nos vemos —y antes de que pudiera decirle de nuevo que lo que quería decirle era tan importante que me había pasado los últimos cinco días escribiendo ensayos cortos en mi diario sobre cómo empezaría mi discurso y qué ideas soltaría y el orden de las mismas y el tono que utilizaría y por qué era importante decirlo, colgó del otro lado.

Los sollozos de Lila se convirtieron en un llanto ahogado, supuse, por la almohada verde que ella siempre abrazaba al dormir. Patricia veía la televisión a un volumen tan elevado que las ondas auditivas de los dictámenes de la jueza Mirna atravesaban las cuatro paredes de mi cuarto. Me paré tan rápido como pude y abrí los vidrios de la ventana. 

 

me colocaste en la luz dorada
y luego me coronaste

 

El pasaje estaba desierto. El resplandor del sol hacía que una alfombra brillante casi metálica se extendiese sobre el asfalto y produjese, al menos, unos 2 grados centígrados extra a la temperatura del ambiente. Giré la manecilla de la ventana hasta que no me lo permitió más y la cortina blanca no se movió ni un milímetro. 

 

Estábamos en nuestros propios cuerpos

 

Me puse el vestido verde que me costó 4 dólares y me embarré desodorante en las axilas y entre los muslos. Pensé en cambiarme el calzón y mientras buscaba uno de algodón en el cajón, me encontré un viejo labial rojo que le había comprado a mi prima Nuria cuando vendía el maquillaje barato de los catálogos. El labial estaba casi derretido y tenía pequeñas partículas oscuras que bien podían ser tabaco o cúmulos de polvo. 

 

me colocaste en la luz dorada
y luego me coronaste

 

No recordaba la última vez en que había usado labial rojo. Según Patricia, el labial rojo no iba conmigo porque mi piel era demasiado oscura. Y que solo las putas usan labial rojo, me decía. Pero lo más importante es que tu piel es demasiado oscura para usar ese tono. Tampoco podía usar ciertos tonos en el pelo porque es que no va con tu piel. Mucho menos con tus ojos. Entonces le compré a la Nuria el labial porque me dijo que estaba embarazada y que no sabía cómo decirle a mi tía Ariel y que por eso vendía maquillaje y empecé a usarlo a pesar de los constantes reproches de Patricia.

 

Y tú estabas en mi cuerpo

 

Me até el pelo en un moño alto pero me dejé un par de mechones sueltos. El piso rojo bajo mis pies se sentía húmedo por el calor de mi piel descalza. Pocas cosas me aterraban tanto como los uñeros y mis pies eran lo que menos me gustaba de mi cuerpo. Las flores del espejo parecían sonreírme a pesar de que ya no eran tan rosadas por el polvo acumulado en los pétalos de plástico. Todo mi cuarto, de repente, me sonreía a pesar de que el espejo reflejaba mis cejas disparejas como el principal atractivo de mi rostro. 

Destapé el labial. Estaba pastoso por el calor pero aún conservaba la esencia a vainilla que tanto me gustó cuando la Nuria me lo enseñó por primera vez. Mis labios estaban pálidos a pesar de que los mordí un par de veces porque en teoría así agarraban más color natural. Deslicé la barra roja por mi labio superior y luego por el inferior. Repetí la secuencia tres veces y eliminé los residuos que me quedaron en las comisuras de la boca.

 

Tú me deshiciste y luego
me colocaste en la luz dorada 

 

Me sequé la cara con un pañuelo blanco que mi abuela me regaló cuando yo era pequeña. Busqué mi caja de polvos y utilicé la uña del pulgar para sacar los restos que aún quedaban en las orillas de la cajita plástica. Me puse el perfume de rosas con cuidado en el cuello, en las muñecas y en el estómago. Me solté el pelo. Las flores de plástico todavía sonreían y Lila ya no lloraba en el otro cuarto. Arranqué una y me la puse detrás de la oreja izquierda. 

Abrí la puerta de mi cuarto con sumo cuidado a pesar de que un batallón completo podía haberme violado en las escaleras y Patricia no habría escuchado mis gritos por el volumen de la televisión. Intenté ver a Lila pero la puerta de su cuarto estaba bajo llave así que bajé las gradas y salí de la casa. Esperé seis segundos frente a la entrada por si Patricia se levantaba por el sonido de la puerta de metal, pero no escuché nada así que comencé a caminar por el lado de la acera donde hacía sombra. El cemento ardía bajo mis zapatos.

Llegué a la Rúa luego de 10 minutos caminando bajo sol y sombra. Noté que mis axilas estaban húmedas y la coronilla de mi cabeza hervía. Me acomodé la flor detrás de la oreja, vi el reloj de pulsera y aún faltaban 10 minutos para nuestro encuentro. La Rúa estaba casi tan desierta como mi pasaje a excepción de un par de vendedores de dulces que se paseaban por los caminos de cemento que formaban un asterisco en el centro del parque. Llegué hasta la fuente central que apestaba a meado más que de costumbre por el efecto de los 32 grados del sol. 

La suciedad del agua y las larvas de zancudos que pululaban en la misma hacían casi imposible notar los centavos y monedas de cinco y diez que había en el fondo de la fuente. Un hombre que llevaba el pantalón sucio y manchado de pintura estaba metido en el estanque recogiendo las monedas que encontraba ante la mirada distraída de un policía municipal que parecía cuidar del hombre en lugar de prevenir que el mismo estuviese en la fuente. Me senté en una banca metálica bajo la sombra de un almendro y me concentré en las hojas del árbol por un par de minutos. Me quité la flor del pelo y la guardé en mi cartera rosada. Bajé la vista, saqué la flor de nuevo y me la volví a colocar pero esta vez en la oreja derecha. El hombre de la fuente se alejaba con el pantalón empapado mientras contaba las monedas que había recogido del fondo de la fuente. El policía municipal también había desaparecido. 

Los rayos del sol se colaban entre las ramas del almendro y formaban pequeños círculos dorados en mis muslos. Antes no me gustaban mis muslos y mis caderas. Patricia me decía que eran señal inequívoca de que ya había tenido sexo con alguien y sospechaba siempre del vecino Guillermo. Me decía que las caderas anchas eran signo de que yo ya era mujer y que eso no estaba bien porque yo debía guardarme para el hombre con el que me casara. Me dijo, el mismo día, que ella estaba orgullosa de que mi papá hubiese sido el único hombre en su vida y que yo debía a aspirar a ser como ella. Pasó todo el rato preguntándome si ya había tenido sexo y si había sido con Guillermo y que cuándo y cómo y yo solo podía pensar que ojalá tuviera el cuerpo y la piel de Lila porque a ella todo se le veía bien y podía engañar a Patricia todo lo que quisiera. A pesar de eso, me gustó cuando Patricia dijo que yo ya era mujer y desde ese día me gustaba pensar en mí como una mujer con todos mis atributos y características. Deslicé mis uñas por la piel de mis muslos y me detuve a la altura de mis cicatrices. Las tapé con el vestido, saqué el labial de mi cartera y me retoqué la boca sin necesidad del espejo. Crucé las piernas y me levanté un poco el vestido sin revelar las cicatrices. Un hombre que vendía café en vasos desechables me guiñó el ojo desde el otro lado de la fuente. 

— Qué bonito le queda el vestido —se sentó a mi lado— Llegué a tiempo, ¿verdad?

Volteé a mi lado derecho y ahí estaba. Se había quitado la corbata y su camisa blanca de oficina tenía marcas de sudor. Llevaba un pantalón marrón claro y tenía el pelo un poco más largo desde la última vez que lo había visto. Sentí la boca más seca que nunca. Solo pude esbozar una sonrisa de labios.

— ¿Tiene mucho esperando?

— Acabo de llegar. ¿Cómo está?

— Con calor —desvió la vista y vio en derredor—. ¿Qué tiene para contarme, señorita?

Nos miramos fijo por unos tres segundos y me sonrió con aquella sonrisa coqueta y pura que siempre me ponía a temblar. Mi corazón latía tan rápido en mi pecho que en un momento temí que él pudiera escucharlo. Desvié la mirada y sonreí. 

— Es que quiero decirle algo bien importante.

— A ver.

— Pero…

— ¿Qué?

— No.

— ¿No qué? — casi susurró esa frase.

— No.

— ¿Me voy?

— No.

— Dígame.

— Tengo miedo.

— ¿Qué dice?

— Que tengo calor.

— También yo y aquí estoy. Dígame.

El vendedor de café nos miraba con detenimiento desde el otro lado de la fuente. Una brisa leve soplaba pero el calor siempre era agobiante. 

 

Y primero froté tus pies
secándolos con una toalla

 

— Qué bonita la flor.

— ¿Qué flor?

— Esa.

Le conté de cómo conseguí las flores de plástico en una tienda de exportaciones chinas junto con un par de medias de red negras y unos pintauñas hondureños de tonos perlados, aquella tarde en la que me dijo que no podríamos vernos porque su hijo pequeño tenía una presentación teatral de asistencia obligatoria. No le conté de las veces que pasé frente al espejo combinando mis vestidos con las medias mientras imaginaba que me entregaba a él con los labios pintados de rojo, el cabello desordenado y los dedos con olor a rosas frescas soportando el calor de mi cuarto. Tampoco le conté de las veces en que leía los versos de una poetisa lejana hasta memorizarme aquel que decía que me solté los botones, los huesos y las confusiones y que aprendí inglés solo para traducir esas palabras.

— Se ve bonita la flor.

— Me fue bien en el examen de inglés.

— Yo le dije, se le escucha bonito.

And you were in my body. That room that will outlive us.

— Sí, francés debería aprender.

Acarició mis dedos meñique y anular con su índice. No llevaba el anillo. El del café no cesaba de ver en nuestra dirección.

— He estado leyendo bastante últimamente. 

— Qué bueno.

— ¿Cómo le ha ido? — enganché mi meñique con su índice. 

— No me quejo.

— Me hacía falta.

— ¿Cómo?

— Hablar.

— ¿Cómo le va a su amiga?

— Bien.

— ¿Y en su casa?

— No he visto a mi papá.

— ¿Hace cuánto?

— Dos días.

— De seguro está bien.

— ¿Le gusta mi vestido?

— Las piernas se le ven bonitas.

— Gracias.  

Deslizaba su pulgar por la palma de mi mano. Levanté la vista y el del café me miró por unos segundos y bajó la mirada.

— Tengo algo que decirle. Es bien importante.

— A ver…

— No se vaya a enojar.

— Yo no me enojo.

— ¿Conmigo o con todos?

— Con todos.

— Ya. 

— ¿Qué es?

 

Ah, entonces
me levanté en mi piel dorada
y ritmé los salmos
y tiré la ropa
y me soltaste las bridas

 

— No sé por dónde empezar.

— Dígalo –presionó mi pulgar —como le salga.

— No se vaya a enojar.

— No.

— No sé cómo decirlo.

— Yo estoy listo.

— Yo también estoy lista.

— ¿Entonces?

— Estamos listos.

— ¿Y por qué no vamos?

— ¿A dónde?

— Dígame.

— No sé cómo decirlo.

— Como salga.

— Hace días que mi hermana no para de llorar.

— ¿Es sobre su hermana?

— Y no me quiere contar.

— No pensé que fuera sobre su hermana.

— Y yo tengo miedo. Y me gusta.

— ¿Le gusta que llore?

— No.

— ¿Qué le gusta?

— Nada.

— Diga, ¿Qué le gusta?

— No dije eso.

— Bueno

— Y no sé qué hacer. No me deja dormir en las noches. No sé cómo Patricia no la escucha en su cuarto.

— ¿Patricia?

— Mi mamá

— ¡Ah!

— Hace mucho que no le decía mi mamá.

— Pero sí es.

— Sí, sí es.

— ¿Y qué le gusta, entonces?

— No sé. ¿Por qué me soltó?

— Perdón

— ¿Qué hago? Con Lila, pues

— Todos tenemos problemas.

— Pero es mi hermanita, la bonita.

— Déjela, cuando esté lista le va a contar.

— Sí, ¿verdad?

— Sí.

Entrelazamos nuestros dedos. Él miraba nuestras manos y yo miraba al vendedor de café que organizaba los sobres de azúcar en una cajita de cartón rota.

— ¿Cuándo nos vamos a ver? —me dijo.

— ¿De nuevo?

— Pero bien

— ¿Cómo bien?

— Bien

— No sé, usted dígame. Quedamos que usted me diría siempre.

— Cierto.

— ¿Cuándo?

— Pero bien.

— Sí, bien.

— Pronto. Lo juro.

Me soltó la mano y me quitó la flor del pelo. La contempló por unos segundos.

— Me gusta —le dije.

— ¿El qué?

— Mucho.

— ¿El qué?

— La flor.

— Sí, está bonita. 

— Me gusta mucho.

— Es como si sonriera, ¿verdad?

— Es de plástico.

— Pero es bonita. 

 

Y me soltaste las riendas
y me solté los botones,
los huesos, las confusiones.

 

— Me tengo que ir —me devolvió la flor y se sacó la corbata de la bolsa trasera del pantalón —, tengo algo.

— Yo también.

— ¿La llevo?

— No.

— Bueno.

— Gracias.

— No me llame tanto.

— Sí, es que no tenía a quién contarle.

— ¿Y su amiga?

— No importa.

— Pórtese bien.

— Adiós.

Se puso de pie y se alejó por el mismo camino de donde vino mientras se anudaba la corbata al cuello. Lo seguí hasta que su figura desapareció por la esquina de la avenida Florida. El del café se había marchado también. Volví a tocarme las cicatrices de las piernas y alcancé la flor que había quedado en su lado de la banca. La guardé en mi cartera rosada. Regresé a la casa por el camino largo.

 

— Lila, ¿qué te pasa?

— Nada.

— Abrí la puerta.

— No.

— Rápido, si soy yo.

— No, estoy bien.

— Yo sé que todos tenemos problemas.

— Sí.

— ¿Me lo vas a decir?

— Cuando esté lista.

— Cuando estés lista.

 

La flor del espejo parecía sonreírme. Todo el cuarto parecía sonreírme y yo ya no escuchaba ni los llantos de Lila ni la televisión de Patricia. No encendí el ventilador pero sentí que el cuarto estaba fresco. La flor del espejo me sonreía y no la había visto sonreír así cuando la encontré en el estante gris de la tienda de exportaciones chinas. Me pinté las uñas con el esmalte color perla y contemplé mis pies morenos apoyados contra la pared. La flor, el cuarto y yo sonreíamos. 

 

Y primero froté tus pies
secándolos con una toalla
pues fui tu esclava
y luego me llamaste princesa.
¡Princesa!

*Michelle Recinos: nació en el 97. Leyó a J.D. Salinger y decidió que pasaría el resto de la vida tratando de imitarlo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s