Cerdo duplicado

Por motivo de su publicación en Honduras y en la plataforma Amazon, Revista Café irlandés presenta un fragmento de la novela Cerdo duplicado, del escritor ganador del Premio Centroamericano Mario Monteforte Toledo en 2011, Mauricio Orellana Suárez. Esta obra se puede adquirir en El Salvador a través de la Editorial Los Sin Pisto.

FRAGMENTO DE CERDO DUPLICADO

Editorial MimalaPalabra, Honduras 2022
Editorial Los Sin Pisto, El Salvador, 2020
Disponible en Amazon, en formato digital y en papel.

Por: Mauricio Orellana Suárez*

LA LUZ DE LILIT

(El hombre de antes)

Por la manera como Xand se fugó de la cama esa mañana, cualquiera hubiese dicho que había despertado con un cadáver a su lado.

Desde el momento en que sonó el despertador a las cinco y treinta de la mañana del mismo día que acabaría en una noche de manatíes gigantes y pozos musicales, Xand se había dado a la tarea de arrancarse de encima los monstruos con los que desde hacía algún tiempo se figuraba llegar vestido al día (como todos los días) y a practicar con fascinación renovada ese extraño ritual de jugar a estar muriendo. En efecto, antes de abrir bien los ojos, Xand se ponía a actuar, y en la actuación se figuraba estar exhalando su último aliento. Imaginaba que los músculos se le ponían rígidos, que el pulso en sus venas se volvía una congestión de lava oscura a punto de petrificarse y le pedía auxilio con cada uno de los subpétreos latidos cada vez más sosos y azarosos.

Después de escabullirse, las sábanas blancas de algodón egipcio de trescientos hilos quedaron solas y casi intocadas. Xand caminó treinta minutos en la banda sin fin y ejercitó otros treinta en la elíptica. Luego entró en la luminosidad del baño a terminar la masacre de monstruos ilusorios en su ducha mañanera. En la cerámica blanca del piso quedaron esparcidos los últimos pedazos: un muslo por ahí, unos cuernos por allá. «Te llamaré más tarde», dijo al salir, limpio y sano (un dolorcillo ubicuo en el contorno de la frente, migajas de pan blanco sobre las sábanas casi inmaculadas). «No estaré solo cuando vuelva a tener un banquete de vinos y quesos», determinó quejoso, anudando a disgusto la corbata Armani alrededor de un cuello sin rastros de complejos de cadalso.

¿Por qué habría de tenerlos? Era guapo, joven, exitoso: la moderna trinidad; estaba en el apogeo de las formas, lo más cercano a su arquetipo apolíneo, y además había fundado ya su propia compañía. De los solteros más célebres, a él se lo contaba entre los mejor cotizados. El hecho de tener una novia era un plus circunstancial y prescindible. El detalle de estar comprometido con ella no significaba irreversibilidad. Nada había de irreversible en su vida sin reveses. Eran solo eso: detalles. ¿Por qué entonces sentía ese frío ubicuo en el pecho, y si ponía mucha atención, no podía acabar de reconocer al del espejo? ¿Quién era ese? Parecía conocerlo de vista, no sabía muy bien de dónde, quizá de alguna fiesta, de alguna subasta, ¿Cuál era su nombre? Lo decía: «Xand»; pero el nombre no le devolvía nada, y de nuevo le regresaba esa sensación de ser un algo que flotaba sin una vida concreta en un espacio sin rostro que caía y caía en el vacío sin fin de un pozo oscuro.

Como pasando lista, a manera de defensa se había puesto a recordar que era un hombre joven y exitoso (cheque, cheque). Tenía una novia literalmente modelo, una modelo de Johnston Layer, nada menos, el diseñador del momento (cheque); medio millón con ruedas lo esperaba en su estacionamiento propio (cheque); el rojo de su medio millón con ruedas era un rojo a pedido, customized (cheque); su piso era exclusivo (cheque); sus muebles, de diseñador. ¿Quién era ese otro del espejo que llevaba un ojo turco en el bolsillo derecho del pantalón; y qué demonios tenía que ver con él, con el traje, con el medio millón con ruedas que lo esperaba en el estacionamiento no solo privado, ¡exclusivo! (cheque, cheque)?

Todos los días era el mismo despertar en la bocanada de pulcritud costosa que era su piso. Y para colmo presumía que a los demás les pasaba lo mismo; que todos, en sus pulcros pisos de sus vidas pulcras experimentaban horrendos micromomentos de despersonalización, y que por ello incluso a él le sucedían; a él, que hasta en sueños llevaba trajes de diseñador. Por supuesto que para él, «todos» significaba aquellos con quienes mantenía una relación más directa. Los demás eran nada. Para él nunca había sido fácil darse cuenta de que había otras narices más allá de la suya, y en ocasiones se la sonaba aparatosamente sin percatarse de lo incómodo que eso podía resultar para otros que observaban el happening y que llevaban (¿eran?) vidas no tan buenamente diseñadas como la suya. En especial a Irina, su asistente personal, parecía exasperarla escucharlo quejarse de lo que, haciendo uso de poses ultradramáticas, él llamaba sus indisposiciones, las cuales solían ser huecos chubascos emotivos motivados por los asuntos más devastadoramente ridículos, como el haber olvidado poner el eneldo picado sobre los huevos tibios de su desayuno del martes (desayunaba cinco huevos tibios los martes, y esos eran todos los huevos que comía); o por haber tenido que posponer un día la fecha de la visita a la manicurista; o por los mismos ya para todos conocidos y famosos micromomentos de despersonalización, que no eran tan excepcionales como él pensaba. Irina, una mujer igual o más extraterrestre que Xand en otros asuntos y sentidos, pero al menos más aterrizada, como corresponde a quienes llevan una vida ordinaria, no obstante lo agredida que debía sentirse por semejantes disparates, se las arreglaba suspirando con el rostro en neutro, suplicando que pasara rápido el chubasco, lo cual no sucedía nunca, al menos no sin que antes cayeran los rayos y granizos incluso en las cabezas de los menos culpables de entre los culpables, presumiendo que los hubiera (algo que en la mente de Xand casi nunca era así).

Por contraste, Xand era capaz de soportar casi sin inmutarse las más innúmeras y crudas crisis laborales y los más gordianos embrollos financieros. Aunque, claro, era excusable, porque ¿acaso no había sido entrenado para eso? Parecía buscar y disfrutar de lo complejo como los alpinistas y las cabras buscan y disfrutan de los retos de las alturas más escabrosas. Como analista y consultor financiero de primera línea, esa calculada temeridad, aunada a la manera de distanciarse emocionalmente de los posibles riesgos y complicaciones de sus juicios y dictámenes (pero sobre todo su don de hallar perfectas salidas a cauces y caudales turbulentos y apremiantes), le había granjeado la admiración de no pocos magnates industriales y empresarios, quienes casi con una testarudez parecida a la que putas y putos usan para lograr subirse a los autos ajenos, insistían (vía subalternos, por supuesto, ya que dignidad y estatus estaban de por medio) en sumarse a su distinguida y privilegiada cartera de clientes very important plus.

Pero una cosa era tratar con cifras, con personal subalterno o con clientes, y otra muy distinta lidiar con ese del espejo: el reflejo de una ambigua concreción de lo desconocido.

Esa su última mañana en el mundo tal como él lo conocía, se dirigió en su descapotable medio millón sobre ruedas color rojo exclusivo hacia las Torres del Sol, en el último piso (el treinta y tres) de la más alta de las cuales tenía su oficina. Ese y siete pisos más eran suyos, algo que, según él, definía muy bien su estatus, es decir, lo definía. Lo malo era que afuera de la burbuja de su auto el tráfico se estaba poniendo lento, cosa que Xand aprovechó para disfrutar con más calma de una selección de los conciertos tempranos de Mozart que a veces escuchaba como en cofradía secreta de un solo miembro, con la culpable sensación de estar practicando un mal hábito, algo que jamás reconocería ante otros. Antes preferiría reconocer que sobaba dentro del bolsillo derecho de su pantalón un ojo turco cuando cavilaba sobre sus negocios más importantes, que confesarse adepto a Mozart, y menos aún al Mozart más temprano. No había genios en Porrillos. No de cuatro o siete años. Los había de dieciséis en adelante, y desde hacía años, él se había contado entre ellos. Por cierto que Porrillos parecía más lenta que nunca: el caminar de los peatones, el pedaleo de los ciclistas, hasta las aves que surcaban el cielo sin nubes parecían volar más lento, como si de pronto se hubiera estirado el espacio y les costara avanzar en él, o como si fuera un espacio recién estrenado y por tanto más duro, más denso, más presente, como la primera caminata de un estreno de zapatos. No era la primera vez que lo experimentaba y tampoco le agradaba esa forma de percibir el espacio y el tiempo. Le daba por sentir que de pronto existía más el fondo de la película que los actores, y la trama, por consiguiente, se lentificaba, o simplemente perdía importancia. Percibía la suavidad del cuero del volante, la tesitura de los violines en la sinfonía, el rostro inexpresivo del conductor de la par. Casi podía sentir la lisura de su propia frente haciendo contraste con las arrugas de su vecino de auto, como si pudiese pasar sus dedos en el rostro del desinteresado conductor, palpar en detalle sus pliegues frontales, sudorosos. Comenzó a fastidiarse, a querer hacer andar más rápido el tráfico. Bocinó dos veces, aceleró en blanco. Un humo negro salió del escape del auto de adelante (un auto gris, común, abollado en su defensa); humo también lentificado que hacía volutas fantasmales antes de desvanecerse en el resto del aire contaminado, como parte que vuelve al todo. Al parecer, sería uno de esos días.

Tomó su celular y marcó. Sonaron seis tonos. Hubo un desvío al correo de voz. Colgó. Volvió a marcar y en el último tono hubo respuesta. Muñeca, son las siete y cincuenta, ¿y aún dormida? No, Bebé, en el gym, adónde más. Sabés que está prohibido hablar por celu en el gym. Quién va a prohibírtelo, ¿por qué no llegaste? …Ah, claro, la noche de vinos, lo había olvidado; además, él sabía lo que ella pensaba de los quesos. ¿Almorzamos?… ¿A Barrios? ¿Cuándo pensaba decírselo?… Lo llamaría al regresar. Y que no se le olvidara lo del desfile de mañana por la noche, lo quería ahí. Ciao. Ciao.

Volvió a ver a su alrededor y se sintió aliviado. El mundo había comenzado a andar a paso rápido otra vez.

Llegó a la oficina, apurado y perfecto, sin media gota de sudor en su rostro, sin un solo cabello mal puesto. La palidez de su rostro lo hacía parecer un muñeco de cera, cera mate; un brillo mal puesto en él era impensable. Saludó a Irina y esta le informó sobre las generalidades de la agenda diaria, poniendo después énfasis en las particularidades de las más importantes de entre esas mismas generalidades, que como siempre ella misma se encargaría de recordar en el momento oportuno. Entre otras cosas, al paso, mientras caminocorrían hacia la oficina, le adelantó que no habría comida del servicio de Hoteles del Sol para el almuerzo. Según había indagado, al chef en jefe lo habían hallado muerto en cama esa mañana. Pobre. Xand lo recordaba vagamente. Tenía nombre de astros griegos. Helios, algo así. Buen tipo. Simpático, de mirar burlón, desfachatado. Recordaba que tenía más pinta de carnicero que de chef, o de asesino carnicero, siendo más específico. «Espero que no haya sido nada relacionado con la comida», se halló pensando; y entonces reconoció una clara señal de nostalgia lentificada en el rostro de Irina, casi una lágrima incipiente, bien oculta en su también perfecta prudencia, como el perfecto apuro de él. El Xand del espejo, mostrando el abuso de un brillo inoportuno en su frente, se sintió mal con el Xand de todos los días. Dos segundos.

No tendrían que pedir la comida a otro hotel. Él saldría, buscaría algo rápido. Eso iba a servirle para aflojar un poco la corbata y quitarse de encima al del espejo por unos días, o semanas si tenía suerte. Porque así funcionaba. Como un acuerdo tácito, cada vez que incluía en su rutina al del espejo, este lo dejaba en paz por algún tiempo. Además, ¿hacía cuánto no se comía una hamburguesa?

A las once llamó de nuevo su novia Lilit. Estaba instalada en Barrios, comería algún bocadillo y por la tarde saldría al paso con la sesión fotográfica para Fit and Style. Lo extrañaba, Bebé. Y él a ella; y de nuevo le recordaba que debía acompañarla al desfile de Layer la noche siguiente, a las nueve. Que pasara por ella a las ocho. Ciao. Ciao.

Precisamente en el desfile de Johnston Layer de hacía dos años había conocido a Lilit Roth en persona. Intercambiar frente a frente un saludo y apasionarse por ella fue un solo y mismo acto. Era un rostro muy conocido. Había sido portada en casi la totalidad de las revistas de moda, e incluso en las financieras (honor que compartía con Xand), en las que había sido fotografiada usando toda una colección de trajes hechos con billetes de a mil. Pero en persona tenía una luz que las cámaras no podían captar. Era como si su cuerpo estuviese pintado de un suave dorado hecho de rayos de sol, como si el astro le hubiese donado algo de sus destellos al nacer. Al menos así se le antojaba a Xand. Irina había arreglado el encuentro. Entre las demás asistentes de la oficina comentó que no entendía cómo Xand Renard, siendo tan brillante como era, podía interesarse en una cabecita linda y hueca como Lilit Roth. Era normal que Irina hiciera ese comentario puesto que conocía la fama que precedía a Lilit: límites borrosos con los hombres, puntiaguda frialdad con las mujeres inteligentes. «Vos qué sabés de mujeres», le respondió Xand, como si hablara con un viejo amigo gay, quien además era mujer. «Tenés toda la razón, jefe», le respondió Irina; «¿qué puede saber una mujer de oficina de una hembra como Lilit?». Xand sonrió. A veces odiaba a Irina, y cuando eso sucedía trataba de enfocar su atención en la patética vida que debía llevar fuera de la oficina, o en esos defectillos de su rostro que a él le repugnaban: el exceso de polvos baratos para cubrir las leves cicatrices de un acné hace tiempo ido (estaba seguro de que si pasara una servilleta en su mejilla, quedaría embarrada de polvos), el aspecto beatífico de su mirada de virgen de iglesia; pero sobre todo su abominable don de sacar de él esa execrable vivencia de lentificación de los eventos, de la que Xand huía y a la que tanto temía. Si no la había despedido era por su eficiencia, porque le aseguraba no tener líos de faldas en su oficina, y porque, tenía que reconocerlo, con lo sincera que era, a veces lo ponía en su sitio. Pero bien, respecto a Lilit y su primer encuentro (en el que, le gustara o no a Irina, había servido de alcahueta), Xand recordaba que la conversación con ella había sido de lo más intrascendente. De hecho y pensándolo bien, todas las conversaciones con Lilit Roth habían sido siempre insubstanciales. Sin duda Irina subrayaría ese detalle; pero qué le importaba eso a Xand cuando tenía la luz de Lilit, aunque supiera que no era una luz que alumbrara en exclusiva para él. Si de algo parecía gustar Lilit era de encender fogatas y hasta llamaradas con su prestada luz en los corazones de los hombres, aunque solo fuese jugando. Mucho se decía al respecto, y aunque Lilit lo negaba, los hechos, las extrañas desapariciones de días y a veces semanas, también tenían lo propio que decir. Todo cuanto ella respondía cuando Xand le reprochaba sus a veces hirientes manifestaciones de independencia era alguna variante de la frase «vos no tenés que ser obstáculo para que yo viva mis experiencias, lindo». Claro, cadenas de oro no dejaban de ser cadenas. Se lo decía con esa voz chillona que no hacía juego con su luz. Cerrabas los ojos y la voz correspondía más bien al cliché de una vieja matrona de barato burdel. Eso había tomado el astro rey a cambio de regalarle luz: su voz. No obstante, siguiendo con las vírgenes de iglesia, una voz perfecta solo la hubiera asemejado a una de ellas, y ¿quién quería ese tipo de pasión celestial con una modelo de Layer? Además, el mismo Xand no era un dechado de dependencias emocionales, ni físicas. Así como gustaba de la variada compañía femenina en el momento de ir a la cama, al despertarse era un rotundo partidario de la soledad. En este terreno, hasta la luz de Lilit por la mañana era tan deplorable como la propia luz del sol entrando de lleno por una ventana luego de una noche completa de insomnio. Lilit parecía opinar lo mismo, así que, aunque lo reprochara y se reprochara, el trato con ella era muy conveniente. Además, Lilit parecía ser la única capaz de conjurar su tan odiado hechizo de la lentificación del tiempo y la magnificación del ruido de fondo del espacio, y esta había sido la más potente razón para seguir con ella y comprometerse.

Hasta la una de la tarde pudo Xand despejar los compromisos de la mañana. Irina había pedido una pizza y se quedaría en la oficina a responder correos. Xand le pidió que reprogramara las citas de la tarde con el fin de disponer de una hora entera para el almuerzo. Quería aprovechar su casi anómala visita al mundo real. Sin su medio millón sobre ruedas se iría hasta el restaurante de hamburguesas más cercano y se daría una de esas asquerosas y grasientas comilonas para gentes como Irina, aun temiendo que el aire acondicionado hiciera que el olor del lugar impregnara su Armani. Por suerte había ordenado a Irina que mantuviera disponibles otros trajes en el vestíbulo de su piso de oficina, una precaución que venía al pelo para casos de emergencia como este.

Así, de pronto Xand era parte del apretujamiento de las calles de los alrededores de las Torres del Sol, que eran como un cáncer de éxito incrustado en medio de una ciudad más bien de condenados de por vida a una estandarizada mediocridad. Se sintió liberado, como si entre la gente común tuviera la glamorosa capacidad de ser invisible. «Así deben de sentir los ángeles cuando visitan la tierra», pensó despreciativo, sintiéndose intocable en medio de ese ajetreo de algodón barato y no pocas veces poliéster. Hasta empezó a pavonearse un poco. Se lo permitió, sabiéndose en su cabeza un ente superior a ellos, pobres y esforzados empleados que por más que trabajaran como burros no llegarían nunca ni al segundo piso de las torres, como no fuera con un trabajo insignificante, o como el de Irina cuando mucho. Pero ahora él estaba en el territorio de ellos, él era el insignificante allí.

¿Lo era de verdad? Estar ahí y que no supieran que era dueño de mucho era una extraña forma de ser insignificante, puesto que, al menos para él, que sí sabía, llevaba implícita una sonrisita de lado como recompensa. Si se quitara su traje y se pusiera las ropas de ellos, ¿sería igual a ellos? Así iba pensando Xand, hasta que salida de la nada, la espalda de alguien que vestía un anodino traje le obstruyó el paso que antes se le iba abriendo como a Moisés el Mar Rojo. Adelante, el personaje zigzagueaba como si estuviera borracho: solo el alcohol mal bebido provocaría esos característicos bamboleos en el andar de los malos bebedores que Xand había escuchado decir que abundaban en las calles; y ese de adelante era uno de ellos, sin duda.

¿Pero era eso posible? Poniendo atención, el presunto borracho diurno parecía ser un excompañero de escuela. De apellido Corzo. ¿Cómo se llamaba? Tenía un nombre ruso. ¿Rudy… Yuri? …¡Boris!

—¿Boris Corzo? —le dijo, enfatizando el «Boris», del que no estaba aún muy seguro, ya que, sin importar lo íntimas que fueran las amistades, siempre se llamaban por sus apellidos en la escuela, curiosa manera de hacer un poco menos ellos a los otros, hacerlos un poco más el resultado de sus ascendencias.

Pero debía serlo, porque el de adelante se detuvo y sus ojos negros asustadizos lo volvieron a ver sobre el hombro.

—¡Xand Renard! —lo reconoció de inmediato—. ¿Cómo estás, Renard?

—Yo muy bien, ¿cómo te va a vos? —respondió Xand, sintiendo la necesidad del poliéster con que había revestido la frase para sonar lo más condescendiente que se pudiera; después de todo no era en el restaurante de un hotel de cinco estrellas en donde se daba el encuentro. Estaban en la calle nada menos, afuera de su feudo de Las Torres del Sol.

—Pues ¿ya ves?, por acá.

Al parecer seguía siendo el Corzo que siempre había sido: distraído, ambiguo y apático; un ideal con apenas cuerpo, como antes solía Xand decir de él, un poco en broma.

—Voy por una hamburguesa a este sitio de la esquina —dijo Xand, asediado en ambos flancos por el ir y venir e las gentes—. ¿Qué tal si me acompañás y nos ponemos al día?

Xand se esforzaba en no hacer notar que esperaba oír decir a Boris algo así como que corría con prisa, que se dirigía a un compromiso, bróder: lo que la gente educada suele decir para evitar ser visto con compañías incómodas o que les son simplemente indiferentes. En su caso no era que Boris hubiera sido alguna vez una compañía incómoda o que le hubiera parecido alguna vez indiferente, al contrario, siempre había sido un tipo interesante; pero ahora había algo en él que Xand rechazaba por instinto. No era solo su manera desgarbada y zigzagueante de andar, por supuesto que no; era esa vieja mochila en sus hombros (que parecía tempo/teletransportada del noveno grado), su traje barato, los zapatos polvosos que parecían un par de curtidos veteranos que habían recorrido hasta los últimos centímetros de las partes más bajas del tercer mundo y tenían mucho que contar, cosas que a Xand de ningún modo le interesaba escuchar. Pero, al parecer, la puesta de balón a los pies de Boris no surtió el efecto deseado.

—Me gustaría mucho acompañarte —respondió.

También Boris-Traje-Barato-Corzo parecía haber sido forzado por las convenciones que, según Xand sostenía, con frecuencia ayudan a resucitar por un instante a la momificada antigua visión mecánica del universo. Boris nunca había sido bueno para decir que no, eso Xand lo había olvidado y por ello estaba destinado a pagar por ese olvido.

Los dos caminaron rumbo al restaurante de comida rápida de la esquina, como en los viejos tiempos en los que comían hamburguesas después de haber ido al cine a ver una película basura con los otros amigos. Sin embargo, esta vez iban distantes, mutuamente incómodos. Parecía que el universo había consentido dejar entrever en el encuentro de estos dos su legendaria aunque no siempre visible a simple vista extravagancia.

Después de haber ordenado y comido las hamburguesas en silencio y tras las primeras de cambio en la conversación, a Xand le pareció que más que haberle pasado los años a su antiguo amigo (¿cuántos habían sido, diez, doce?) parecía que el cansancio había llegado a instalarse como inquilino permanente no en su cuerpo sino en su ánimo, y no hacía nada por ocultarlo. Todo lo dejaba salir sin un mínimo rastro de pudor. Pronto hablaba de su dificultad para encajar en el mundo tal como estaba «diseñado» (así dijo), de su carencia de medios para funcionar en él y para relacionarse, de sus dificultades para llevar a cabo cualquier acción que en su mente planificaba y efectuaba sin problemas y con lujo de detalles. A medida que fue pasando el tiempo, Xand escuchó salir de él toda una ópera de inadaptación y desaliento, diapasónica y bien aprendida. Era la inconfundible caracterización del triste y doblerayado poeta incomprendido pero resignado que lamentaba su suerte mala y le echaba la culpa al orden mundial, al mercado de consumo, a la incultura de la gente, a sus vidas de adorno y de decoro.

—Fijate en el libre mercado —dijo—. Ese monstruo cegato, ese Polifemo arrancatestículos no es más que el medio de zombificarnos para obligarnos a la endemoniada aceptación del trato injusto que nunca favorece a quienes desde el inicio entran al juego como desaventajados. Estos salen peor aún. Siempre. Y los otros engordando como cerdos.

«Todo muy frío, muy ascético», decía.

—Espero no estarte molestando con mis cosas — añadió en algún punto del sulfurado rezo de su tragedia, quizá dándose cuenta de que con el mejor de los representantes de ese mundo que al parecer odiaba estaba hablando; o, más bien, frente a él se estaba quebrando—. Sé que a vos te ha ido muy bien. En realidad a mí también. De veras —dijo, reflejando en su rostro de barba poblada, quizás de tres días, su ahora antiguo gracejo con el que cualquier chica caía rendida a sus pies: una mirada asustadiza de ojos fieros más negros que la carencia de alma en cualquier desalmado.

Hizo un silencio que Xand aprovechó.

—Todo en esta vida es estrategia —le dijo, con la grave voz de un viejo que está a punto de largar su secreto.

La mirada en Boris se había vuelto la de un cachorro de felino lleno de ilusiones, ojos de agujeros negros espaciales dispuestos a absorberlo todo. Había suavizado su rostro, volviéndolo uno digno de batallas de la Ilíada. «Sin duda son sus ropas», pensó Xand por una fracción de segundo antes de continuar, por lo que resumió:

—La tríada del éxito es estrategia, acción y relaciones — dijo, sin ánimos de prolongar la charla pero con la convicción de un libro de coaching gerencial—. No hay nada que no pueda lograrse con estrategia y relaciones —subrayó—. Pero creer que pensarlo es suficiente es lo que hace de una persona potencialmente exitosa en cualquier campo, un fracasado. Hay personas que no tienen nada en potencia. De ahí nada sale. Pero vos, Boris. Vos tenés que hacer, accionar, hablar, tocar puertas. Tenés que saberte vender.

Xand dejó caer su espalda en el plastificado colchón del asiento, descansando como superior púgil después de impartir sus derechazos. El respaldo exhaló aire como viejo con enfisema pulmonar. Boris se quedó callado y bostezó. Al inicio Xand pensó que lo había noqueado con su fórmula del éxito. Ahora ya no estaba tan seguro. En todo caso, viniendo de él, cualquier menudencia que compartiera debía ser de gran ayuda para un don nadie como Boris. Podía no parecer mucho, pero lo que Xand le había confiado era la única verdad alrededor de la cual se podía tener éxito en este mundo. Por eso le pareció extraño que Boris no quisiera indagar más, bostezara y luego cambiara de tema. Tal vez por eso le iba como le iba.

—Leeremos poesía mañana por la noche, por si querés acompañarnos. Quisiera mucho que asistieras, Renard. Será en Lulu’s, a las ocho. Algo muy informal.

Ahí mismo Xand terminó de darse cuenta de lo patética que se había vuelto la vida de su amigo de colegio, y sin proponérselo lo imaginó emparejado a Irina. Eran tal para cual; aunque Irina era menos selenita y mantenía los pies sobre la tierra. Aun así, seguramente ese era el tipo de eventos que ella disfrutaba. De cerebro ella también era una marginal.

Le agradeció a Boris la invitación y decidió jugar con él un poco más; después de todo debía sacarle provecho a su visita al inframundo.

—Decime algo, ¿vivís de la poesía?

—No —respondió Boris con un bufido, sonriendo como si ya esperara la pregunta que de seguro había tenido que responder ya muchas veces hasta el hartazgo.

—Ese es tu problema —replicó Xand, incorporándose en su asiento como si esperara en cualquier instante escuchar el campanazo que anunciara el inicio de un nuevo asalto, mientras apartaba el azafate con el empaque vacío de la hamburguesa y entrelazaba los dedos en forma de rezo—. Si es eso lo que vas a hacer, deberías de hacerlo en grande, y hacer todo lo que corresponde para lograrlo, aunque solo sea para que te dé de comer —hizo una pequeña pausa, como buscando algo de luz en los ojos negros de su amigo, que de pronto se habían vuelto casi mate, blindados—. ¿De qué vivís?

—De vender infusiones de hierbas exóticas —respondió Boris, resignado, sin apartar ni por un segundo su mirada de los ojos de Xand.

—¿Hierbas exóticas? —la expresión de su rostro denotaba estar oliendo leche rancia— …¿O sea drogas?

—No, no. Infusiones.

Xand no podía creerlo. Tampoco lo entendía. Quizás habría entendido más lo de las drogas. Pero aun así, y quizás debido a la ingenuidad con la que Boris hacía gala del grado de fracaso a que había dejado que la vida lo condujera, decidió no precipitar juicios. No todavía.

—¿Las llevás ahí? —preguntó, echando un vistazo fugaz a la mochila que Boris había puesto en el suelo, seguramente a la par de sus inmundos zapatos trotamundos.

—Allí mismo —respondió Boris, sin dejar de verlo. Entonces Xand no pudo contenerse.

—¿Alguien con tu talento? —dijo.

Boris lo veía ecuánime, como queriendo decir: «¿solo eso vas a darme? ¿Es todo? ¿Alguien con tu traje?».

—Comprá un paquete —le dijo.

Xand alzó las cejas. Pero no estaba dispuesto a replegarse así nomás.

—Te diré algo. Convenceme de que ese paquete de infusión de hierbas exóticas es lo que más necesito en mi vida, y te lo compro.

De nuevo se echó para atrás y esperó. El respaldo volvió a resoplar. Boris se inclinó lo más que pudo sobre la mesa, sin perder el contacto de ojos con Xand.

—Este paquete de infusión de hierbas exóticas es lo que más necesitás en tu vida —dijo sin pestañear.

Xand notó una perturbadora determinación en la mirada con la que Boris había acompañado sus palabras. Era como la que de seguro tuvo Dios cuando creó al mundo, pensó. Y entonces soltó una carcajada.

—¡Ni siquiera has sacado la infusión de la mochila! — dijo—. ¡Cómo pensás venderme algo con esa estrategia! ¿Es que vendés algo alguna vez?

—Solo a veces.

Boris era un caso perdido. Sentía lástima por él. Había sido un chico con un talento excepcional, según recordaba. ¿En qué momento se perdió? ¿Cómo terminó desconectado de la realidad? ¿Por qué protestaba de que sus poemas no tuvieran éxito en este mundo, si no hacía lo que debía de hacer para que lo tuvieran?

—¡Te voy a comprar el paquete! —le dijo condescendiente, como para saldar la cuenta de su mutua compañía e irse al diablo lo antes posible.

Boris subió la mochila y la puso entre sus piernas, como si fuese una Biblia, la abrió y revolvió dentro de ella como si aún estuviera en noveno grado y revolviera entre el desorden de cuadernos y libros que siempre llevaba en su mochila de escuela, no muy distinta de esta. Sacó una bolsa plástica. Ni siquiera una caja decente tenía el producto. Cerró y bajó la mochila. Puso la bolsa sobre la mesa.

—Cincuenta dólares —le dijo.

—¡Cincuen..! ¿Estás..?

—¿Los podés pagar? —sonrió.

Xand volvió a reír. No era como si lo asaltaran, como de hecho estaba ocurriendo, sino como si le estuvieran haciendo cosquillas. Simplemente no podía creer el descaro con que Boris lo estafaba con el paquetito.

—Ahora veo cómo te compensás la escasez de ventas, viejo —le dijo—. Eso también es estrategia, claro. Aunque pensá un poco más. ¿Creés que volveré a comprarte otro de tus paquetitos de infusiones? No, no. Lo que tenés que hacer es matizar, hasta que no se evidencie en absoluto que lo que querés es timarme.

—No quiero timarte. Eso sería libre mercado. En cambio esto es lo que más necesitás en tu vida, ¿te acordás? Considerando eso, esto es un regalo y un favor que te hago —le dijo Boris, apropiándose de los billetes y metiéndoselos en la bolsa delantera del pantalón después de haberlos hecho un puño.

Xand guardó silencio un instante.

—Pasate por mi oficina un día de estos —le dijo por fin, entregándole su tarjeta, prototipo de la ostentosidad—. Veremos qué se puede hacer para ayudarte con tus poemas.

—Me dio mucho gusto verte, Renard. Recordá la lectura de mañana —dijo Boris, guardándose la tarjeta en la bolsa de su camisa, bajo el saco seguramente percudido por el uso continuo, y se levantó del asiento llevándose con él la mochila y de paso su bandeja de envoltorios para ir a depositarlos en el contenedor.

Camino a la oficina, Xand trataba de recordar lo que sabía de Boris. En lugar de ir a la universidad, Boris se había metido a una secta de la nueva era, luego lo había dejado por el zen y la poesía; después hasta el zen dejó, según le había dicho entonces, usando una frasecita que a Xand le había parecido pretenciosa tanto como disparatada, «para volverme yo mismo mi camino». Una cosa absurda. Nunca quiso una novia, multiplicarse, reproducirse, propagarse. «Tiene que irse una parte de vos para reproducirse, de lo contrario sos estéril», recordaba haberle oído una vez hacía años, entre tragos de cerveza.

Aunque, ¿no se había terminado yendo esta vez con Xand su bolsa de infusiones?

Ahí mismo Xand comenzó a darse cuenta de que su viejo amigo Boris había interpretado ante él un convincente papel de inconformidad y de fracaso, probablemente muy bien aprendido y ensayado, mientras que la parte restante de Boris, la que él no había podido distinguir, se había quedado cómodamente sentada en un sofá mullido y abatible, observando al mundo en movimiento y a su otra parte en él, como en un televisor, mientras que a la par del sofá estaba el crucigrama del día ya resuelto.

MALOS TRATOS

No pudo sacarse de la cabeza a Boris esa tarde. El recordarlo cuando joven inevitablemente lo hacía recordarse a sí mismo tal como antes era. Por dentro se sentía igual, como si el mismo niño de entonces se hubiera solo especializado, perfeccionado, y usara trajes y iPhones; pero a la vez sabía que mucho más que eso había cambiado. Ya no era capaz, como antes, de perder el tiempo yendo a tomar unas cervezas con los amigos. Ahora hasta el beber se había convertido en un medio para algo: discutir un negocio, cerrar un trato, cultivar relaciones modulares, mover sus piezas en el segundo cuadrante de los siete hábitos de la gente altamente efectiva en los que su estrategia de vida había sido formada. Antes era ir sin más, tener una conversación estúpida sin más, dejar pasar el tiempo, olvidarse de sí mismo, de los deberes y de los compromisos, que no los tenía más que con sus estudios en esa época. Si algo conservaba era su obstinada y dirigida ambición. Desde niño había sido obstinado y ambicioso. Siempre había tenido claro lo que quería, y cuanto más lo veía realizado a su alrededor, más lo quería mejorar. Competir era para él lo más normal del mundo, sin que los propósitos importaran algo. Incluso cuando bebía cervezas competía, sin importar que el resultado fuera terminar vomitándose hasta en la camisa. Boris, en cambio, parecía carecer de ese sentido de la competencia. No destacaba en los deportes de equipo, tampoco era el peor; nunca competía en los individuales; siempre llevaba su paso en las cervezas; nunca, que Xand recordara, lo había visto extralimitarse, vomitar, perder la cabeza, darse de puños con alguien. Siempre ecuánime. Como alunado. No era el mejor de la clase, pero distaba mucho de ser el peor. Destacaba en las humanidades, expresaba puntos de vista demasiado originales y siempre luchaba por causas perdidas. Si alguna vez había competido por algo, nunca se le había echado de ver. Sin embargo, esa tarde le había parecido que era un hombre derrotado. Quizás había buscado demasiado ser distinto, o quizás el ser distinto había sido su propia competencia, una competencia torpe y mucho más egoísta que el sano competir deportivo o que el simple ambicionar lo que todos ambicionan: fama, éxito, mujeres bellas, autos rápidos, dinero y tecnología de punta. Quizá por fin había llevado al extremo su original manera de competir y en ese extremo se había acorralado y había perdido la posibilidad de regresar y ser otro distinto. Quizás las vidas eran caminos sinuosos de un laberinto, y había rutas que solo llevaban a topes y encrucijadas, a callejones sin salida, y Boris estaba en uno de ellos, ya sin ánimos, cabeza ni paciencia para poder regresar. A lo mejor eran laberintos con bifurcaciones únicas que jamás se repetían, y que si pasabas una y decidías mal, ya nunca se te volvería a presentar alternativa. Una y otra vez Boris había optado por los senderos más riesgosos, los menos transitados, y así se había ido adentrando en el centro del laberinto del empecinamiento en donde a los cuatro lados había grandes muros y ninguna escapatoria.

Ahora Xand recordaba detalles de la conversación de la tarde que en su momento no advirtió, y los repasaba una y otra vez, tratando de hallarles un sentido. Para empezar, Boris lo había reconocido de in-mediato y le había dicho su apellido sin vacilar, lo que hacía suponer a Xand que Boris lo había visto a la distancia y que, después de todo, el encuentro no había sido tan casual como él suponía. Luego estaba el destaparse con tanta insolencia con ese asunto del inconformismo, según Xand, tan característico de los quejumbrosos mediocres disfuncionales que buscan echarle la culpa al mundo de la alta eficiencia de to-dos sus males; pero nada típico de Boris. Sus ojos siempre habían ocultado algo, y esta vez no había si-do la excepción. ¿Pero qué era? Pese a sus reiterados intentos, nunca Xand había podido quebrar la coraza con que se investía Boris, y la confianza que había logrado obtener de él era una confianza medida, atenta y quizá hasta astuta, justamente como la de esta tarde. La única conclusión posible a la que podía llegar Xand era que a Boris jamás le había importado una pizca la amistad, que siempre solo lo había utilizado y lo seguía haciendo, antes para destacar, ahora para hacerse de unos cuantos dólares fáciles. ¿Sería posible que Boris hubiera sido siempre un ser calculadoramente ruin, aprovechado, y él nunca lo había logrado adivinar? Se sentía estafado, incluso más que si lo hubieran estafado con 50 millones en un mal habido negocio corporativo. Boris se había atrevido a verlo a él como a un idiota y eso lo llenaba de rabia. Pero si esto era así, más tardaría en quitarse de su traje el despreciable olor a hamburguesas con que se había impregnado, que Boris en llegar a su oficina en busca de un fácil patrocinio para su mediocre obrita. Había hecho bien en invitarlo. Si esa era la manera como Boris tocaba las puertas, ya pronto iba a tener lo que se merecía.

* Mauricio Orellana Suárez (San Salvador, El Salvador). Narrador, editor y director de Los Sin Pisto. Con Heterocity obtuvo en 2011 el Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo. Ha publicado las novelas HeterocityCiudad de AladoLa dama de los velosTe recuerdo que moriremos algún díaKazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto (que estuvo entre las finalistas del Premio Planeta de Novela), Las mareasCerdo duplicado Dron; también los libros de cuentos La Teta mala Sonrisa artificial. Tanto con Ciudad de Alado como con Las Mareas ganó juegos florales en la rama novela (cuando aún existía la categoría). Probó suerte con el ensayo “Gavida, catador de lo eterno”, y ganó el II Certamen Nacional de Ensayo de la Universidad Fancisco Gavidia. También ganó juegos florales en cuento con el libro: Nueve y medio casos de cólera (perdido entre sus papeles y jamás publicado).

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