Para acabar con los libros del colegio

Maridaje recomendado: Café o whisky

Por: Felipe A. García

Jamás olvidaré cuando en primer grado me asignaron la lectura de Tierra de infancia de Claudia Lars. Tampoco olvidaré cuando, una tarde, mi madre me regañó por no haber leído el cuento sugerido por la profesora para el control de lectura. No lo olvidaré porque  me acusó de haragán, sin darme el beneficio de la duda si el texto era de mi agrado. A ella lo único que le interesaba era que saliera bien en el examen; si me gustaba o no el cuento, no era su problema. Ese regaño consiguió que yo odiara el libro. Hasta la fecha, 18 años después, sigo resentido con esa obra a tal punto de negarme a darle una segunda oportunidad. Porque, con todo el respeto que merece la obra de Lars, el libro me trae malos recuerdos.

No puedo hacer ninguna valoración o reseña del libro porque no lo he leído completo. Sólo recuerdo que, mientras leía obligado el cuento de Niña Meches, me sentí como cuando mi abuela me sentaba frente a ella para contarme las historias de su juventud, las cuales no me interesaban y deseaba que terminaran rápido para irme a ver televisión.

Niña Meches nunca conectó conmigo. Ni la historia ni su lenguaje. Nunca sentí que el cuento retratara lo que yo estaba viviendo. Eso era porque no era consciente de que estaba en mi infancia. Existe una teoría de la comunicación, planteada por Marshall McLuhan, en la que habla sobre el entorno mediático. En ella, McLuham pregunta si un pez es consciente de estar mojado. Y él mismo responde que no, pues el pez está inmerso en el agua y solo sabrá que está mojado cuando esté fuera de ella. Siguiendo esa teoría, un niño no es consciente de que está en su infancia por estar inmerso en ella. Lo sabrá hasta que finalmente la abandone.

Tierra de infancia, a pesar de tener la palabra “infancia” en su título, no es un libro infantil. Si lo analizamos de manera semiótica, el simple hecho de contener la palabra “infancia” nos indica que el narrador de la obra —o los narradores de cada cuento— son personajes que ya salieron de esa etapa de su vida y que ahora la están recordando con nostalgia. Con la misma nostalgia con la que mi abuela me contaba sobre sus años mozos y que a mí sólo me aburría. Tierra de infancia es un libro para adultos. Adultos que añoran su niñez. No para niños que apenas la están viviendo. Su asignación en  primaria es la prueba de las malas decisiones y falta de criterio que tiene el sistema educativo y sus maestros. Un libro infantil debe tener la misma personalidad que su público. No la de una persona mayor.

Así como Tierra de infancia hubo muchos otros libros que se me impusieron en el colegio. Libros que o no leí o los dejé a medias. Libros por los que reprobé la materia de Lenguaje y Literatura y que me consiguieron varios regaños por no aplicarme en clases. Libros que terminé odiando. Pero principalmente eran libros que no conectaron conmigo ni con mis intereses. No eran libros aptos para mi personalidad, pero como eran las recomendaciones del sistema educativo, debía leerlos aunque no me gustaran. Pues se cree que fomentar la lectura se trata de hacer leer a la fuerza. Cuando en realidad se trata de recomendar obras basadas en los intereses de cada quien.

Yo, en lo personal, de haberme quedado con las tediosas lecturas del colegio, seguramente sería uno más de los que afirman que no les gusta leer. Pues a parte de mantenerle resentimiento a esos libros, me habría forjado la idea de que todos los libros son iguales. Y, peor aún, al ser estos las recomendaciones de mis maestros y no poder debatir con ellos sobre su calidad, si me gustó o no, habría asumido que aquellas lecturas eran el referente de “buena literatura”. Y si no me había gustado la “buena literatura”, ¿para qué seguir leyéndola?

Por fortuna, un día, gracias a la película, me animé a leer Harry Potter y la piedra filosofal. Un libro que cuando mi profesor de literatura me vio leyéndolo, me dijo que era una verdadera porquería y que no me recomendaba seguir, pues eso no era “buena literatura”. Pero a mí no me importó y  continué su lectura. Recuerdo que hasta pensé: “si así es la mala literatura, la prefiero mil veces que a la buena”. Me obsesioné tanto con esa saga que me leí todos sus libros por las noches, de nueve a doce. Hasta que un día finalmente me la acabé y,  cuando ya no tenía qué leer por las noches, me pregunté: “¿y ahora qué leo?” Mi hábito por la lectura se lo debo a los libros que en el colegio no recomendaban por “malos”.

La lectura es cuestión de gustos. Es algo que se refina con el tiempo. Es algo que cambia a medida el individuo va moldeando su personalidad. Soy de los que creen que las sagas infantiles/juveniles tienen el objetivo de crear hábitos de lectura. Que un buen profesor de literatura, un buen sistema educativo, no debería imponer obras sólo por ser “clásicas”. Primero debe conocer la personalidad de sus estudiantes, sus gustos e intereses. Asegurarse que las obras a recomendar congenian perfectamente con ellos. Pues los libros tienen personalidad propia. Asignar un libro sólo por ser clásico, podría  ser tan perjudicial como forzar a un niño a entablar amistad con un adulto.

Un buen maestro de literatura no  impone lecturas, recomienda. Permite a sus estudiantes  decidir qué quieren leer, aunque no sea un clásico. Y una vez sus alumnos terminan la lectura de ese libro que escogieron, abre un debate con ellos sobre su contenido y calidad. Indaga cuáles son los intereses y gustos de cada uno de sus alumnos. Y a partir de esa información, como buen lector que debería ser, les recomienda mejores textos y acordes con sus personalidades. Sólo así podrá fomentar la lectura y no el rechazo a los libros.

Foto de portada extraída del libro Tierra de infancia, Claudia Lars (UCA Editores)
Felipe A. García (San Salvador, 1991) Estudió comunicaciones porque no pudo estudiar literatura ni cine. Ha realizado talleres de escritura y cinematografía. En el 2013 ganó un premio de novela no muy conocido y es Gran Maestre en perder los Juegos Florales de El Salvador.

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