Los días de sed

Maridaje recomendado: Agua o sangre 

(Recomendación del autor)

Por: Jorge Mercado

Los encapuchados nos dejaron encerradas en ese lugar, caluroso e insoportable, oscuro y frustrante. Regresábamos caminando a casa después del concierto al que habíamos asistido. Virginia fue la primera en perder la compostura cuando los hombres —vestidos con sotanas como las de los monjes y con sombras por rostros— nos secuestraron en un callejón oscuro de la ciudad, nos cubrieron la cabeza con bolsas de tela negra y nos metieron en esa cloaca desierta.

Mi novia, Irene, siempre mantuvo la calma. Ella y yo fuimos las únicas a las que la cordura pareció no abandonar en mucho tiempo. Cuando llegamos ya había una chica cautiva en el lugar. En medio de sollozos dijo que se llamaba Eloísa. La encontramos llorando y lo siguió haciendo durante los tres días siguientes a nuestra llegada. Nos quebrantaba los ánimos a todas con sus alaridos.

Ninguna de las presentes sabía los motivos de nuestro encierro, ni siquiera un solo indicio del por qué nos habían metido allí. Aunque no conocíamos sus rostros teníamos la certidumbre de que nos observaban desde algún sitio. Lo más razonable fue pensar que se trataba de un secuestro y que los que nos encerraron ya estaban pidiendo alguna suma exorbitante que nuestras familias no podrían pagar. También consideramos la idea de alguna organización de trata de mujeres que quisiera vendernos para prostituirnos. Nuestras teorías comenzaron a titubear cuando transcurrieron varios días y, en ni uno solo, los secuestradores dieron la cara o se comunicaron con nosotras.

No querían dinero.

Ninguna de nosotras llevaba reloj y además nos habían quitados nuestros celulares. No había manera de medir el tiempo con exactitud, pero nuestros carceleros nos llevaban siempre tres comidas y de ese modo nos hacíamos una idea del periodo de reclusión. Al principio no nos fiábamos de los alimentos que metían por debajo de la puerta. Pensábamos que podrían tener alguna droga para dormirnos y someternos a todo tipo de perversiones. Éramos débiles. Vencidas por el hambre, nuestros miedos no duraron mucho y los hicimos a un lado para rendirnos ante la comida. No pasó nada. Todo estaba en orden. Los alimentos, además de ser refinados y deliciosos, no parecían provocar algún efecto secundario en nuestro organismo. El detalle estuvo en que en ninguno de los platillos que nos sirvieron nos daban algo de beber. También comenzamos a notar que el ámbito cada vez era más caluroso, incrementando así nuestra sed. Ya comenzábamos a deshidratarnos.

Los gritos de Eloísa regresaron y esta vez contagiando a mis dos compañeras. Llegados a ese punto se me hacía más difícil controlarme. Debía soportar el calor, la sed y a las tres escandalosas atormentándome. Me sentía con el estómago lleno, pero seca por dentro. Anhelaba más que nada un vaso de agua fría. El tiempo siguió transcurriendo y entonces sí la cordura se apartó de todas. En muchas ocasiones creímos que habíamos muerto y que ese era uno de los tantos castigos que se llevan a cabo en el infierno. Despreciábamos la comida porque lo único que queríamos era beber un poco de agua. Intentamos saciarnos muchas veces con nuestra orina, pero como no teníamos líquidos que expulsar, la solución no duró mucho tiempo. Intentamos consolarnos con nuestras lágrimas y el poco sudor que nos quedaba, pero no era suficiente. El calor se hizo intolerable y todas nos despojamos de nuestras vestiduras, perdimos la vergüenza mientras comprendíamos su inutilidad. Cuando te encierran junto con la locura y la muerte, la vergüenza no sirve para nada. Habíamos decidido que la próxima vez que una de nosotras menstruara, beberíamos.

Un día desperté antes que las demás y vi la navaja al centro del cuarto. Aún pude distinguir su belleza a pesar de mi desgracia. El mango estaba forjado en platino, tenía ondulaciones en forma de símbolos que entonces no pude reconocer y en ambos lados de la hoja había rubíes incrustados. La tomé sin que nadie se diera cuenta, comencé a comprender un poco qué era lo que nuestros secuestradores querían de nosotras. No querían dinero. Sabía a quién haría mi víctima. La vida de Eloísa no me importaba en lo más mínimo. Si ya estábamos en el infierno, no había ninguna condena extra a la que temer. Mis compañeras despertaron sobresaltadas al escuchar las suplicas que Eloísa chillaba cuando la apuñalaba. Estos nuevos alaridos eran diferentes a los que ya nos tenía acostumbradas. Iban acompañados de agonía, nos recordó que todavía estábamos vivas.

Al ver el charco carmesí regado por todo el lugar no pude esperar y comencé a lamerlo. No era agua, pero sí calmaba la sed. Con delicadeza deslice la navaja sobre el cuello de Eloísa. De ella fluyó un manantial de sangre que bebí con el mayor de los placeres. Mis compañeras se unieron. Todas estuvimos saciadas. Coincidíamos en que lo que habíamos probado esa noche no tenía comparación. Era el néctar del alma, era como robar vida, mejor que cualquier droga. Deseábamos con ansias repetir la sensación. Estaba claro que no dudaríamos en hacerlo. Nos mirábamos llenas de dicha, la paz parecía haber regresado a nosotras para no irse jamás. La puerta de nuestra jaula se abrió después de que Eloísa terminó de desangrarse. Nos dejaban en libertad, se habían salido con la suya, lograron lo querían.

Reseña biográfica del autor:
Jorge Mercado (San Salvador, 1992) desertó de la universidad con la convicción de convertirse en escritor en un país donde la literatura “vale verga”. Es amante no secreto de la literatura gótica, japonesa, fantástica. Es de los “pendejos” que creen que el cuento es el arte mayor de la literatura. En sus ratos libres, que son 24 horas al día, trata de que no falte el Black Metal.

 

4 respuestas a “Los días de sed”

  1. Acabo de leer este cuento temprano en la mañana y me ha despertado por completo. La narración es impactante y realmente pinta un cuadro de desesperación y horror. El final es inesperado y espeluznante. El escritor ha logrado transmitir una realidad que aunque parezca cruel y detestable no deja de ser verosímil.

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