Matamos a Santa

Presentamos el tercer cuento del “Especial de Halloween 2019” de Revista Café irlandés. Un relato de Alu Mora, autora del cuento “Simón”, publicado en esta misma revista el mes de septiembre. ¡Disfruten de su lectura! 

Maridaje recomendado: Chocolate caliente MUY espeso

Por: Alu Mora*

De acuerdo. Primero que nada quiero decir dos cosas: 

La primera: lo lamento. En serio, no sé quién eres y en realidad no me interesa saberlo. Tu nombre fue el primero que vi en el directorio telefónico mientras buscaba una dirección a la cual dirigir esto. Lo lamento. 

La segunda: lo que estoy a punto de contarte es algo que en realidad pasó, lo creas o no, y yo sé que está en tus manos lo que harás después con lo que sepas mediante mis palabras, pero quisiera pedirte que por favor no investigues más, que no preguntes y no lo cuentes a nadie; y que pase lo que pase, no me busques, ni a nadie de los que pueda mencionar. Mi intención no es esa. Por eso es que no encontrarás una dirección de retorno en esta carta. Solo quiero desahogarme, y para serte sincero no se me ocurrió una mejor forma de hacerlo que contárselo en una carta a alguien que no me conoce. De nuevo, lo siento; pero en cuanto termines de leer quizá lo comprendas mejor. 

Ahora, ya que dejé esas dos cosas en claro, pasaré a lo que vengo a declarar. Solo te pido que por favor, por más absurdo que todo esto te parezca, lo leas hasta el final. 

 

Matamos a Santa Claus. 

No. No estoy de coña. Lo enterramos en el patio trasero. 

Todo empezó la tarde del veinticuatro de diciembre, poco después de que mis hermanos y yo llegáramos a la casa de mis tíos. Acababan de mudarse y pensaron que para “inaugurar” la casa sería buena idea invitar a sus sobrinos a pasar la navidad con ellos. Yo personalmente creo que solo querían recuperar el tiempo perdido después de casi una década de peleas y resentimientos entre ellos y mis padres, y que invitándonos a pasar las fiestas con ellos era su forma de decirnos que la pelea era entre ellos y mis progenitores, y que nosotros no formábamos parte de ella. Fuera como fuese, mis padres aceptaron la invitación con gusto por nosotros, seguramente porque vieron la posibilidad de una navidad libre de hijos para pasar el tiempo juntos sin necesidad de preocuparse por su descendencia. 

Mis hermanos, mi prima y yo estábamos en la estancia de la casa de mis tíos examinando la chimenea como si fuera la cosa más interesante de la vida. Era comprensible, jamás habíamos visto una. No sé si lo comprenderás, pero donde yo vivo las chimeneas no tienen realmente razón de ser y es en realidad raro encontrar una casa que tenga una. 

Mi prima nos estaba mostrando cómo se usaba, y presumía que había sido ella quien la había decorado con los adornos navideños que habían sobrado cuando decoraron el árbol. Mis tíos nos habían dicho que la encenderíamos esa noche por primera vez y asaríamos malvaviscos para estrenarla. Mis hermanos y yo no veíamos la hora de clavar dulces en un palito y quemarlos en el fuego. 

Luego mi prima nos dijo que lo más genial de tener una chimenea era que finalmente ese año Santa la encontraría y le traería lo que le pidió. 

— Luci, ya tienes ocho, ya deberías saber qu… — comenzó a decir mi hermana, pero mi hermano fue más rápido y la detuvo antes de que pudiera arruinarle su infancia a mi prima. 

—¿Que eres tonta? Todos lo sabemos, Bea. Tranquila. 

Mi hermana fue a decirle algo más, pero mi hermano la ignoró y le dijo a mi prima que no se decepcionara si Santa no le traía nada, porque la chimenea era muy pequeña y probablemente no podría entrar debido a que era muy gordo. Ese fue el primer error. 

No recuerdo la hora exactamente, pero recuerdo que ya había anochecido. Mis tíos estaban preparando la cena mientras mis hermanos y mi prima jugaban a meterse en la chimenea y deducir qué tan gorda debía ser una persona para poder pasar por la chimenea sin quedarse atorada en el camino; y yo trataba de encontrar algún programa “decente” en uno de los canales locales con mala señal de la televisión, o algo que no fueran noticias, pero dado que se acababan de mudar y aún no habían instalado cable, terminé viendo un reportaje en uno de los noticieros sobre un loco que se vestía de rojo y se metía a las casas a robar. Lo llamaban el “Santa impostor” o algo por el estilo. De pronto escuchamos un ruido fuerte en la cocina seguido de un grito, y poco después mi tía apareció en la estancia y nos dijo que mi tío se había tirado una olla con aceite hirviendo encima y que lo iba a llevar al hospital. Luego me dejó a cargo, me dijo que había dinero en la mesa y que pidiéramos una pizza o algo si teníamos hambre. Finalmente me dio algunas indicaciones sobre la casa y otras cosas para asegurarse de que estaríamos bien si nos quedábamos solos por un rato, y se fueron. 

Mis hermanos y yo revisamos la cocina, nos aseguramos de que no hubiera quedado nada peligroso, y limpiamos el desastre que mis tíos habían dejado antes de irse, mientras mi hermana pedía la pizza y mi primita se ponía el pijama en su cuarto. Ese fue nuestro segundo error. 

Decidí que los enviaría a dormir temprano para que cuando mis tíos volvieran, no tuvieran que preocuparse por nada más que no fuera el que mi tío pudiera descansar y tomarse sus analgésicos, o lo que fuera que le dieran para el dolor. 

Más o menos hora y media más tarde, nos habíamos comido casi dos pizzas gigantes y tomábamos chocolate caliente en la estancia, viendo una película de misterio que mis hermanos habían encontrado en el cajón de películas de mis tíos mientras mi prima insistía en poner una de princesas en el DVD. Cuando el teléfono sonó, dejé a mis hermanos y a mi prima solos y fui a contestar a la cocina. Al responder mi tía me dijo que se habían tardado en atender a mi tío y recién empezaban a curarlo. Me dijo que no iban a volver nada temprano a casa, se disculpó conmigo por arruinar los planes, y me dijo que no los esperáramos despiertos y que no nos preocupáramos, que todo iba a estar bien. 

Cuando volví a la estancia, me extrañó encontrar la película en pausa y a mis hermanos y mi prima totalmente quietos. Podría jurarte que estaban conteniendo la respiración. Mis hermanos se miraban entre sí y mi prima miraba al techo, como si acabaran de ver algo ahí y no estuvieran seguros de sí fue real o un juego de su mente. Les pregunté qué pasaba y los tres me callaron al mismo tiempo sin dejar de mirar a todos lados con sospecha. 

— Hay alguien en el techo — me dijo mi hermano en voz baja. 

Lo miré sin creerle, pero en ese momento escuché algo, como pasos, y me quedé quieto igual que ellos, esperando a que algo más pasara. 

Pasaron varios minutos y los pasos iban y venían de cuando en cuando. Entonces mi prima se levantó y corrió a la chimenea. 

—¡Es Santa! —dijo. 

Mis hermanos y yo nos miramos por dos segundos antes de apartar a mi prima de la chimenea y decirle que guardara silencio. 

Volvimos a escuchar los pasos un par de veces más, y de la nada se detuvieron. 

Mis hermanos y yo nos volteamos a ver de nuevo, y en ese momento nos dimos cuenta de que pensamos exactamente lo mismo: había alguien en la casa. 

—¡Es Santa! ¡Es Santa! —seguía diciendo mi prima. 

Mi hermana le puso una mano sobre la boca y la agarró con fuerza por si se le ocurría correr de nuevo, pero ella seguía moviéndose. 

— Si fuera Santa ya hubiera entrado por la chimenea, Luci —la regañó mi hermano. 

Yo solo podía pensar en el reportaje que había visto unas horas atrás. 

No te voy a mentir, tenía miedo, pero siendo el mayor entre los presentes no podía darme el lujo de entrar en pánico. 

—Leo dijo que si era muy gordo no iba a caber por la chimenea —dijo mi prima señalando a mi hermano, como si él le hubiera dado la más genial de las ideas—, entonces le abrí la ventana de mi cuarto y la del cuarto de mis papás… 

Mi hermano se puso pálido y me miró. 

Teníamos que hacer algo… ¿pero qué? 

Le dije a mi hermana que se quedara con mi prima ahí en la estancia mientras mi hermano y yo íbamos a revisar la casa, y que si escuchaban ruidos raros salieran y buscaran ayuda. Ese fue nuestro tercer error. 

Si has visto cualquier película de miedo donde hay un asesino en serie, seguro que podrás imaginarnos a mi hermano y a mí caminando por toda la casa, temblando de pies a cabeza con un paraguas y un atizador, respectivamente. Por alguna razón que ahora me parece estúpida, creímos que cerrar las ventanas que mi prima había abierto era buena idea, y al no encontrar nada ni a nadie creímos que quizá aún no había entrado y que cerrando las ventanas habíamos “asegurado” un poco la casa. 

Tuve la intensión de llamar a mi tía, pero luego pensé que no podía darle más preocupaciones, y que si el tipo o lo que fuera que fuese que estuviera en el techo ya no podía entrar por las ventanas, todo iba a estar bien. 

Sí, ya sé lo que estás pensando: “¡Estúpido, imbécil! Eso es lo peor que pudiste hacer, idiota”… o algo por el estilo. ¿Acerté, verdad? 

—Sebastián… —mi hermano me miró con miedo cuando decidimos que debíamos volver con mi hermana y mi prima, como si supiera que algo malo iba a pasar. 

Estaba a punto de responderle cuando escuchamos los gritos de mi hermana y mi prima que venían de abajo, seguidos de un golpe seco que claramente decía que algo había caído de golpe contra el suelo, y tuvimos que salir corriendo con el corazón en la mano esperando que nadie les hubiera hecho nada. 

Mi prima estaba escondida detrás del sofá y mi hermana tenía la tapadera de una olla de presión en las manos, agarrándola como si su vida dependiera de ello. En el suelo había un hombre gordo y barbudo vestido de rojo tumbado boca abajo. Alrededor de su cabeza había un líquido oscuro que no identifiqué como sangre hasta que me acerqué lo suficiente. 

—Entró por la chimenea —me dijo mi hermana, totalmente pálida y temblando. 

Mi hermano y yo intercambiamos una mirada y nos acercamos con cuidado al cuerpo inconsciente en mitad de la sala. Sin siquiera pensarlo, él lo tocó con la punta del paraguas esperando a ver si pasaba algo, y al ver que no pasaba nada, yo hice lo mismo con el atizador. Mi prima chilló detrás del sofá cuando el hombre se retorció después de que le puyé el costado con más fuerza de la necesaria. Y ese fue el cuarto y último error que cometimos. 

Mi hermana entró en pánico cuando lo escuchó gemir adolorido mientras se movía y le arrojó la tapadera de la olla de presión, la cual aterrizó de lleno en su cabeza, haciéndole una herida más profunda y provocando que saliera el doble de sangre de ella. Mi hermano y yo reaccionamos por instinto igual que ella. Me atrevo a decir que fuimos presas del pánico. Mi hermano lo golpeó tanto como pudo con el paraguas, como si tratara de aplastar una sandía con un bate; y yo hice exactamente lo mismo con el atizador. 

Cuando quisimos darnos cuenta, el hombre ya estaba más que muerto, y la sala era un desastre sangriento. Mi prima lloraba detrás del sofá. Mi hermana estaba teniendo un ataque de pánico. Mi hermano vomitó toda la pizza que se había comido en el suelo. Y yo solo me quedé quieto. 

En realidad, no me tomó mucho recuperarme, contrario a lo que te estarás imaginando. Un par de minutos después, ya estaba calmando a mi hermana. Otro par de minutos después ya estábamos asegurándonos de que mi hermano se sentía mejor. Otros dos minutos más y mi prima había dejado de llorar, y respiraba con cierta dificultad abrazada a mi hermana. Media hora después ya habíamos arrastrado el cuerpo hasta el patio con ayuda de un par de salta cuerdas y una patineta, y mi hermano y yo habíamos movido de su lugar el arenero de mi prima (no preguntes cómo lo hicimos), mientras ella y mi hermana iban por toda la casa hasta que encontraron una pala y todo lo que pudiéramos usar para limpiar la sangre y el vómito. Mi hermano y yo hicimos lo mejor que pudimos para abrir un hoyo lo suficientemente profundo como para que mi hermana y mi prima tuvieran que ayudarnos a salir de él, justo en el lugar donde se suponía debía ir el arenero; y entre los cuatro, empujamos como pudimos el cuerpo dentro de él. Luego pusimos toda la tierra de vuelta en el hoyo y devolvimos el arenero a su puesto original, y mientras lo hacíamos, mi tía llamó por teléfono de nuevo, y cuando mi hermana contestó, le repitió lo que ya me había dicho a mí en su primera llamada, y luego le dijo que no volverían hasta la mañana siguiente, porque mi tío debía quedarse en el hospital en observación y recibir un segundo tratamiento en la mañana de alguna cosa que no comprendimos bien. Jamás nos habíamos sentido más aliviados en toda la vida. 

El resto de la noche y casi hasta las tres de la mañana, estuvimos limpiando la casa entera con un sentimiento de paranoia. Limpiamos cada cosa, hasta lo más insignificante en los cuartos donde nada había ocurrido. TODO. Y al menos tres veces. También pusimos casi dos latas enteras de desodorante ambiental por toda la casa, y nos dimos el baño más concienzudo que nos daremos en todo la vida. 

Cuando nos fuimos a dormir, nos acostamos todos en la misma cama, y a pesar de que ninguno pudo dormir, estar los cuatro juntos nos ayudó un poco a no volvernos locos por lo que acababa de pasar. Y a la mañana siguiente, en cuanto el sol salió, salimos al patio a asegurarnos de que no había nada ahí que pudiera revelar lo que había pasado. 

Mis tíos no volvieron hasta casi la hora del almuerzo, y a pesar de que no habíamos acordado nada, ninguno dijo nada sobre lo que pasó; y cuando nos preguntaron sobre lo que habíamos hecho la noche anterior, y por qué la sala parecía tan limpia, todos dijimos que habíamos ordenado pizza y que después habíamos estado tomando chocolate mientras mirábamos una película, que mi hermano se había enfermado del estómago por comer tanto, había vomitado por toda la sala y habíamos tenido que limpiar. Por alguna extraña razón de la vida que jamás comprenderé, nos creyeron; y esa noche, después de la cena, mis tíos encendieron la chimenea y asamos malvaviscos juntos, luego vimos una película de navidad en uno de los canales locales y al igual que el día anterior, los cuatro nos fuimos a dormir juntos esa noche,  la siguiente y la siguiente, hasta que finalmente mis hermanos y yo volvimos a casa la tarde del día después de la fiesta de año nuevo. Ninguno de nosotros volvió a mencionar el tema. 

 

Ahora, no creas que no nos sentimos culpables, o que en realidad sabemos lo que pasó. Tampoco te preguntes si el hombre que matamos fue realmente Santa Claus o el hombre que yo vi en el reportaje de las noticias, o quizá otra persona que trató de meterse a la casa fingiendo ser Santa Claus. Ninguno de nosotros lo sabe tampoco. 

Lamento que hayas tenido que leer esto, de verdad, pero espero que comprendas que si no se lo contaba a alguien iba a volverme loco. Espero que con el tiempo mis hermanos y mi prima puedan hacer lo mismo… y que tu nombre no sea el primero que encuentren en la guía telefónica, porque eso sería de muy mala suerte para ellos, ya que ahora que sabes la historia no querrás saberla dos veces; y para ti también, porque recibirás la misma historia de nuevo, y entonces tendrás en tus manos los remordimientos y preocupaciones de dos personas, y no solo los míos. 

 

Gracias por leer esto, y por última vez te digo: lo siento. Ahora continúa con tu vida, y si te hace feliz, olvida lo que has leído y quema esta carta. 

Muy agradecido, 

Sebastián.

*Ana “Alu”  Mora (San Salvador, 1996). Actualmente es estudiante de Lenguas Modernas en la Universidad de El Salvador. Desde muy pequeña encontró una gran pasión en la escritura y la lectura. Es amante del género de terror, lo paranormal y la fantasía. Le encanta cualquier cosa relacionada con la mitología (especialmente la griega), cree firmemente que sin música la vida no tiene sentido y su mayor sueño es publicar una (o muchas) novelas de terror.

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