Un ataúd para Isabel

Presentamos el cuento “Un ataúd para Isabel” de la escritora salvadoreña Michelle Recinos, autora incluída en la muestra de nuevas voces de la literatura “Lados B” (Editorial Los Sin Pisto, 2019).

Maridaje recomendado: Birriecita bien helada

Por: Michelle Recinos*

Now I know I’ve got nothing to say
Looking through me like there’s no one there
Send me to the great nowhere
Seeing and believeing – Los meros Screaming Trees

 

Supe que no soportaba a Pietro cuando empezó a hablar en francés. De seguro era francés porque fingía el acento como si tuviera una semilla atorada en la garganta. Quizás era italiano, pero en el momento no me importó nada más que el hecho de odiar su figura escuálida y pálida que pretendía no mirarme las piernas descubiertas aunque todos los presentes sabíamos que se pasaba de virgen y no podía ocultar lo que sentía por mis muslos gruesos. Luego de recitar a no sé qué poeta, aunque sé que era una paráfrasis de Arthur Rimbaud porque aprendió francés solo para recitarlo, me dijo algo sobre la importancia que, según él, tenía el consumo de psicotrópicos para la creación literaria. Fingí dar un sorbo largo a mi sexto vaso de cerveza y desvié la mirada hacia Marco. Ahí estaba mi Marco, que no era mi Marco porque tenía toda la lengua insertada en la garganta de Nadia aunque él y yo y Pietro y el que me sirvió mi vaso y todo aquel que estaba en El Demiurgo esa noche, sabíamos que Nadia era una pedante que creía que el mundo giraba a su alrededor solo porque recién publicaba un ensayo comentando “El segundo sexo” de la de Beauvior, aunque yo sabía que ni siquiera había terminado de leerlo. Marco deslizó su mano por el muslo blanco de la pedante y entonces sí bebí de mi vaso. Le dije a Pietro que me parecía interesante su punto y que estaba dispuesta a discutirlo solo si aceptaba recitarme otro poema en francés. Entonces Pietro siguió hablando en arameo o en hebreo o en egipcio mientras yo sentía las tetas sudadas y el estómago hecho un nudo porque mi Marco no me miró en todo el rato y porque estaba condenada a soportar a Pietro por no tener forma de irme a menos que ideara un plan que me sacara de ese sitio. Estaba más sola que una constelación no descubierta y me sentía tan mareada que si me ponía de pie en el momento, probablemente caería sentada a los pies de uno de los tipos de la barra. Cerré los ojos y ahí la vi.

La conocía desde que tenía seis años. Ella fue la que se enteró de que la mujer que se encargaba de cuidarme mientras mis padres trabajaban en la fábrica de aceites y otros comestibles me golpeaba en la cara si yo no aceptaba bañarme al primer grito. Tuvo seis hijos de los cuales dos estaban muertos, uno en la cárcel por violencia doméstica y tres intentaban olvidar la infancia que ella, sin remedio alguno, les dio. Yo le decía “Isabel” aunque en la familia se le llamaba “tía” o “tío” a toda persona que estuviese dispuesta a cuidar a los más pequeños y hacerles olvidar por un rato el simulacro de infierno en el que se había nacido. De Isabel aprendí todo lo que hasta el momento sabía. Tres horas antes de estar sentada frente a la barra de El Demiurgo soportando los haikus y las traducciones de canciones populares al latín de Pietro, escuché que madre le decía a tía Luciana que ninguno de los hijos de Isabel podía hacerse cargo de los gastos funerarios de la difunta. Es que es imposible que en estos tiempos exista alguien que no se encargue de pagar en vida por los gastos de muerte de quien ama, le dijo madre por teléfono mientras buscaba números en la agenda negra de Isabel. Y aunque yo sabía que Isabel, o tía Isabel para los demás miembros de la familia, nunca quiso nada de parte de sus hijos, me sentí como una lombriz que descubre que es una lombriz y que su única función en el universo infinito es arrastrarse por la tierra y cumplir con sus funciones orgánicas. Le dije a madre que saldría un rato y aunque perdió el control porque qué clase de hija sale a emborracharse cuando una tragedia cae sobre la familia y otras cosas que me gritó mientras salía de la casa, llegué a El Demiurgo con la intención de verme con Marco porque sabía que, aunque no estuviésemos enamorados del todo, él pensaba en mí tanto como yo pensaba en él cuando me daba baños largos.

Le pregunté a Pietro si ya había acabado y le dije que tenía ganas de irme. No reparé en su rostro aunque sé que se puso tan rojo como si le hubiesen golpeado con un trapo húmedo. Qué plan tenés para mí, le pregunté aún con las palabras de mi madre resonando como redoble de tambor en mi mente e intentando no voltear a la mesa de Marco y Nadia porque la pedante ya tenía sus piernas sobre las de él. Me dijo algo sobre una reunión secreta con una legión, así la llamó él, de estudiantes en contra de abusos sexuales de profesores. Que en esta sesión van a discutir el caso de Dionisio Vega, alcancé a oírle porque el grupo que tocaba en el lugar decidió que era el momento preciso para gritar todas las groserías que querían decirle al gobierno. Yo no sabía quién era Dionisio Vega y no quería seguir ahí al saber que Marco penetraría esa noche a otra que no era yo, así que le dije a Pietro que sabés qué, vámonos y allá de seguro nos sale algo que hacer. No me acabé la cerveza pero sentía que las palabras y los sonidos llegaban con eco hasta mi cabeza. Marco pasaba sus dedos por el pelo lacio de Nadia.

Pietro me dijo con orgullo que esa noche tenía el carro disponible. Yo sabía que era del padre y que no tenía licencia y fantaseaba con pisar al mayor número de mujeres posible en el asiento trasero. Pues así llegamos más rápido a lo de la logia, le dije. Y mientras me subía al cacharro me dijo casi entre dientes que era la legión y no la logia y que más respeto para los que ya estaban deconstruidos y que estamos en la búsqueda constante de algo y yo encendí la radio y le di todo el volumen. Me miró como quien dice esa música vas a dejar y como sabía que para él lo único que debiera considerarse como música era el jazz de cantantes y bandas cuyos nombres no podía pronunciar bien, canté bajito la rolita pegajosa todo el camino. Cuando sentía que estaba a punto de decir algo, elevaba la voz para que entendiese que no quería escucharlo.

A Pietro no le dejaban ir más allá del Paseo Florida, una bonita zona de la capital, donde se concentran la mayoría de museos, centros nocturnos, librerías, cafés y restaurantes. Supe entonces que la logia o legión o la reunión no sería tan lejos de El Demiurgo, así que decidí mantener los ojos abiertos todo el camino. Sabía que si los cerraba me encontraría con los ojos grises de Isabel quien me decía que tenía que aprender cuanto antes a pelar papas y zanahorias y pepinos porque una mujer que no puede ni pelar una papa no sirve de nada y es seguro que no encontrará un buen marido. Isabel siempre quiso que me casara con un hombre hermoso, como ella le llamaba a todo hombre con rasgos eurocéntricos. Y yo con siete u ocho años aprendí a pelar papas y preparar sopa y a enamorarme de Alessio Boni o Raffaello Balzo, aunque el vecino Hugo siempre me pareció atractivo pero no podía ni mirarlo porque Isabel estaría ahí para decirme que hay que mejorar la raza y que los únicos hombres que valen son los que salen en las novelas turcas o francesas. Que nunca siguiera su ejemplo al escoger hombres. Que, más bien, no siguiera su ejemplo en nada de nada.

Pasamos la Plaza Brasil y la Plaza Revolución. Como que nos estamos alejando de tus territorios, le dije a Pietro que probablemente fingió no oír y aceleró. Ya casi llegamos, es la casa de una amiga a la que vamos. Dobló por Miraflores y llegamos hasta un portón de casi dos metros de alto. A lo de la familia Peña, dijo al guardia que le pidió documentos y tardó cerca de cinco minutos en anotar algo en una tablilla y revisar el interior del auto de Pietro. Pasamos una hilera de casas de dos pisos pintadas todas de blanco con ventanas francesas y acabados que la gente de por aquí suele denominar “americanos”. Supe que nos dirigíamos a la última casa del vecindario porque un tipo con un pañuelo rojo en el cuello charlaba con una chica de cabello verde. Es aquí, me dijo mientras se estacionaba. El del pañuelo y la del pelo verde entraron a la casa y la luz exterior se apagó. Piensan que vas a desvirgar, le dije a Pietro y cerré los ojos porque el viaje hizo que todo me diera vuelta. Vos sos extraña, me dijo mientras prendía un Pall Mall de los rojos. No le contesté. Pero me agradás, agregó. Hoy se murió un primo al que quería mucho, le dije aún con los ojos cerrados. Se hizo el silencio y solo alumbraba el tabaco encendido. El conocimiento de la muerte parte de que el hombre es un ser racional, dijo. Negación y liberación de voluntad, dijo. Querés que te dé una mamada, le pregunté sin abrir los ojos. Puso su mano en mi muslo y tiró el cigarro por la ventana. Querés o no, le pregunté de nuevo. Rompió a llorar.

Le pregunté por qué lloraba si la del muerto era yo. Sollozó con más fuerza. La racional soy yo porque la del muerto soy yo, le dije de nuevo y no sé si lo hice para animarlo o para hacerlo sentir más estúpido de lo que ya me parecía que era. Un día de estos me voy a morir, dijo entre lágrimas. Me voy a morir y jamás hice un trío. Me voy a morir, me dijo de nuevo y siguió llorando. Mi cabeza comenzó a dar vueltas y le puse la mano en el hombro y sentí como su camiseta roja estaba empapada y le pedí que no llorara porque sus amigos de la logia pensarían que le hice algo malo. La del muerto soy yo, le dije de nuevo. Dejó de llorar y me preguntó si aún quería mamársela. Con la luz de un faro del alumbrado público vi el acné de su cuello, la barba mal recortada y sus dientes de roedor. Pedro, necesito que me llevés a mi casa, le dije. Voy a vomitar, estoy ebria. No contestó. No sé qué hago aquí, yo vine por Marco. Por Marco y por Adriano y por mi tía Isabel, le dije. No sé quién es Dionisio Vega y no quiero escuchar lo que van a hacerle. Ya no me la vas a mamar, me preguntó casi en un susurro. Necesito treinta dólares, le dije. Me preguntó si podía decir que yo se la mamé esa misma noche. Si me prestás el dinero yo misma me encargo de divulgarlo, le dije. Me dio cuarenta porque dijo que no podía llevarme a casa. Me bajé de su auto y le dije, por la ventanilla del acompañante, que de seguro era mejor gemir Pedro Pablo en lugar de Pietro y que no era tan malo para hablar latín. Caminé por la hilera de casitas iguales y de pronto estaba en la avenida Rosales, sola, mareada y con cuarenta dólares que gané fingiendo desvirgar a alguien.

Isabel no hablaba de sus hijos. Yo sabía que tenía seis porque la abuela alguna vez me lo comentó porque qué lástima que una mujer con seis hijos llegue a la vejez trabajando. Una vez, cuando tenía nueve y ya sabía cómo hacer arroz y por eso presumía con mis compañeritas de colegio porque a ellas no las dejaban acercarse a la cocina por miedo a que se quemaran, sorprendí a Isabel con una fotografía de una mujer blanca con ojos grises. Se parecía a ella. Es la Pilar, me dijo cuando me senté junto a ella en la cama que madre le preparó en la casa de Santa Emilia. A la Pilar le crecieron las tetas cuando estaba bien chiquita, supe entonces que iba a ser la primera en quedar preñada. Ahora tiene tres hijos, todos de distinto marido. Y no le vayas a decir a tu mamá que te conté esto porque seguro me manda a la verga. La Pilar es bien bonita, me dijo. Entonces le dio un beso a la foto y ahí aprendí que las fotos son para besarlas. A veces la espiaba con la esperanza de volver a verla con la foto de su hija, pero eso jamás ocurrió. Me dijo, una tarde, que ojalá madre me hubiese regalado a ella cuando nací. Es que, aquí entre nos, yo te quiero más que ella.

Llegué a la Plaza Brasil que estaba atestada de familias con niños pequeños. Me senté en una banca y, aunque el mundo ya no me daba vueltas, aún escuchaba con eco. Me recosté y cerré los ojos un rato. Supe que dormité unos minutos porque, cuando abrí los ojos, casi no quedaba gente y compartía la banca con un tipo gordo de unos 30 años. Me incorporé, me toqué el bolsillo y sentí los billetes de Pietro. Me puse de pie y qué buena noche has pasado, me dijo el gordo. No sentí ganas de irrespetarlo, así que solo le dije que en efecto, todos la pasábamos bien esa noche. Me llamo Camilo y dije que eras mi sobrina porque uno de aquellos guardias vino a querer despertarte. Dije que estabas enferma y que ya te recuperarías porque, ya sabés, la moral de los niños y las familias. Le dije que gracias y como ya no me sentía mareada me saqué un billete de diez y le dije que se lo quedara por tan buen acto. Hacia dónde vas, me dijo sin aceptar el billete. A la Nacional, le dije. Venite conmigo. Conmigo y mi esposa y me enseñó el reverso de la mano derecha y tenía un anillo de casado.

Camilo estaba casado con Lourdes y se dedicaban a alimentar a personas sin hogar. Pero yo sí tengo casa, les dije cuando me subí al auto. Lo sabemos, me dijo Lourdes, y a la luz de los faros de la Alameda me pareció la mujer más guapa del mundo. Estuve tentada a preguntarle por qué estaba casada con el marido gordo, pero fue el gordo quien evitó que me enviaran a un refugio esa noche. Vas a la Universidad, me preguntó Camilo. A esta hora, dijo Lourdes. Sí, es que ahí vivo, una calle detrás. No hablaron durante el viaje y yo empecé a preguntarme por qué me subí al auto de dos desconocidos solo porque el hombre me dijo que estaba casado. Que acaso estar casado le da a uno la inmunidad para que todos puedan confiarle sus vidas, pensé. Y mientras los faros del alumbrado público pasaban en ráfagas frente a mis ojos pensé en madre y en qué diría si supiera dónde, cómo y con quién estoy en este momento. Te fuiste de fiesta, me preguntó Lourdes. Contesté que no. Hoy murió mi abuela, estoy un poco triste por eso. Lo lamento, dijeron ambos, casi al unísono. Y ella empezó a hablar de una difunta abuela y el marido la tomó de la mano y le dijo que era una pena lo de la abuela Antonia y yo pensé que ojalá pudiera contarle a alguien lo que sentía para que me tomara la mano y luego me hiciera el amor para que no llorase. El auto se detuvo y estaba frente a le entrada principal de la Universidad. Saqué de nuevo el billete de diez dólares y les dije que lo tomaran, que ellos lo usarían mejor que yo. Y luego de resistirse con la falsa modestia que nos caracteriza a todos lo tomaron y que te sientas mejor, me dijeron. Ya cuando se iban les dije que gracias por todo y que a pesar de que jamás sabría si en serio se dedicaban a alimentar vagabundos o a la trata de blancas yo siempre los recordaría. Subieron la ventanilla sin contestar y aceleraron. El auto se perdió por el hospital de niños.

Conocía el camino como si fuese el que me llevaba a mi propia casa. Doblé por la intersección de la San Martín y la diagonal y llegué al callejoncito por el que alguna vez caminé descalza a altas horas de la noche. La calle San Carlos era estrecha y olía como si hubiese un depósito de tripas de pescado en cada casita o en las aceras mismas. Había un portoncito de rejas oxidadas que estaba abierto de par en par. El que hacía las funciones de guardia se había alejado para curiosear en una escena de asesinato a tres cuadras del lugar. Conté los pasos que sabía que separaban el portón de la casa 17 y, aunque esta vez me salieron treinta y ocho en lugar de los treinta y cinco que sabía que en realidad eran, llegué con el estómago revuelto. Di las buenas noches y fíjese que vengo buscando a y la casera gorda que se llamaba Zulma o Vilma me dijo que ya sabía que buscaba a Adriano y cuando notó mi estado me dijo que se había largado con una mujer diez años más vieja que llegó por él en un carro del año. Sí, pero vengo a traer un dinero que me debe, le dije sin levantar la vista y la casera me dejó entrar. Subí las gradas y vi la puerta pesada con el rostro del Ché Guevara y me pregunté si era verdad lo de la mujer diez años mayor o si Adriano estaba ahí desnudo esperando por mí. Abrí la puerta y el olor a humedad y a mota me golpeó la cara. Busqué el interruptor y vi que sobre la cama en la que tantas veces me revolqué con él, solo había un par de calcetines blancos. Cerré la puerta y me senté sobre los calcetines.

Adriano guardaba en una caja plástica debajo de su escritorio todo lo que le recordase a mí. Me agaché para buscar la caja y entonces sentí el estómago flojo como la alerta que emite antes de una diarrea repentina. Saqué la caja y la puse sobre mis piernas. Aún conservaba la primera carta, el primer poema que le escribí, un par de entradas al teatro, los boletos al concierto de Manu Rivera, las fotos de la  navidad pasada y, entre los papeles, encontré la foto de una mujer blanca, delgada y de ojos apagados. Sus labios eran delgados en exceso y se curvaban en una sonrisa forzada. Mi estómago volvió a crujir y salivé amargo. Vomité sobre los papeles con una arcada violenta que hizo que expulsara parte del almuerzo, que era lo único que había en mí además de la cerveza que había estado tomando. Sentí que me desmayaría cuando, luego de otra arcada, saqué lo último que restaba en mi cuerpo. Permanecí inmóvil mientras contemplaba los boletos y las cartas manchadas con trocitos de papa sin digerir y entonces metí mi dedo en la garganta para expulsar jugo gástrico y froté la fotografía de la mujer sobre mis desechos. Tapé la caja y la dejé de nuevo bajo el escritorio. Tomé El Diario del Ché en Bolivia y en él encontré quince dólares que guardé en mi bolsillo. Le arranqué al azar cinco páginas al libro y las puse bajo la almohada. Salí sin apagar la luz.

Alcancé el último bus que, por suerte o desgracia dependiendo de la situación y el momento, conectaba mi casa con la de Adriano. Frente al hospital de niños subió un hombre que gritó que era sordo de un oído y que agradeciéramos a dios por estar sanos y que el corazón de los hombres es más oscuro que el valle de las tinieblas del que habla aquel salmo y entonces le di un billete de cinco dólares solo para que pasara rápido y gritó que aún quedaban pocas almas buenas, señor, aún quedan frutos de tu amor en esta tierra. Aún hay quienes son salvos y quienes no se corrompen y cuando bajó el conductor cerró las puertecillas y decidió que no dejaría que nadie más se subiera y continué el viaje mientras recitaba en voz baja que yo soy el camino, la verdad y la vida y que nadie viene al padre sino por mí, porque Isabel me obligó a memorizarlo cuando le pregunté por qué en la misa decían que estábamos de fiesta si lo único que hacíamos era orar y pararnos y sentarnos y arrodillarnos.

Madre estaba histérica cuando me vio entrar. Me gritó que no podía creer que me largué así cuando todos me necesitaban. Por todos se refería a tía Luciana, tía Consuelo, tío Hernán y sus respectivas familias y los abuelos y la vecina que era confidente de Isabel. Los gritos ya no me llegaban con eco pero sentía algo enterrado en el centro de mi cabeza, si tal cosa era posible. Me preguntó si había estado con Ángela y yo le grité que no que no estuve con Ángela ni con Damián ni con ninguno de mis amigos y que ojalá que me hubiera regalado a Isabel cuando nací porque, aquí entre nos, ella me quería más que vos. Entonces me senté porque ella me lo pidió y me dijo hija, tranquilízate, aquí están los abuelos. Calma, todo va a estar bien y lloré porque Marco penetraba sin preservativo a una pedante y porque Adriano no podría volver a leer El diario del Ché en Bolivia y porque no conseguí el ataúd para Isabel. Calma, hija, me decía madre y yo solo recordaba que nadie viene al padre sino por mí.

*Michelle Recinos: nació en el 97. Leyó a J.D. Salinger y decidió que pasaría el resto de la vida tratando de imitarlo.

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