Miedo

Presentamos el cuento “Miedo” del escritor salvadoreño Walter Blake. Este es el debut del autor en Revista Café irlandés. 

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y pasar el calor de El Salvador

Por: Walter Blake*

Despierta atolondrado después de dormir no más que una hora. Las pesadillas se vuelven más intensas, más reales.

Su mamá le dice que no se preocupe, que soñar con “culebras” significa chambres en la vida real, que todo va estar bien. Decide creerle, aunque esa vieja no sabe ni hablar.

Se pone de pie y se va al ordenador. Absorbe cuanto pueda en las redes sociales. Su fuente de información sobre negocios, política, sociedad y todo lo que quiera. Cabalga proficiente de una red a otra; comentando, criticando, burlándose y dándose a entender como puede, porque su opinión vale sin importar que lo llamen parásito.

Después de más de medio día en internet, decide comprar una pistola. La criminalidad está sobre las nubes, no se puede confiar en los policías ni en la justicia porque ésta sólo ayuda a los ricos y a los políticos. Además, le confirmaron que cualquiera que se llame “Yeferson” tiene que ser marero. Y justo el hijo de la vecina ruidosa se llama Yeferson. ¡No puede ser coincidencia!

No queda duda, tiene que ser marero. No hay otra explicación porque nadie que se respete ni que respeta la sociedad se llamaría así. Nombre ridículo.

Mueve los últimos ahorros que le quedan y se va para el centro de la capital. Un lugar asqueroso, maloliente a mierda y orines en todas partes.

Anda buscando dónde comprar una pistola. Pronto se da cuenta que su misión es estúpida, que necesita un contacto para eso.

Luego de 2 rutas de buses y más de 2 kilómetros caminando, busca a un ex compañero. Un deportado que trafica marihuana, cocaína —y si trafica drogas, seguro que tiene una pistola que le sobre—.

“A <<JP>> lo mataron hace días” le responde la mamá. ¡Suerte de mierda que nunca encuentra a quien busca!

Se va a buscar un almacén y compra un par de navajas que se pueden esconder en el pantalón. Quizá sea más práctico.

Comienza a oscurecer cuando se baja del bus y camina a su casa. Bajo la sombra de los cerezos se ve mejor porque la luz de las lámparas alumbra a quien va en la calle.

Siente que lo siguen, así que acelera el paso. Seguro que es la Policía que le quiere dar verga y quitarle lo que anda porque esos perros no perdonan a nadie. Va caminando tan rápido que casi corre cuando finalmente llega frente a su casa.

Ya tiene las llaves en la mano y la ingresa en la ranura de la puerta con aflicción, mientras trata de abrir, voltea para todos lados buscando identificar al policía que lo sigue. No ve a nadie.

La llave no da vueltas. Cierra los ojos y aprieta las nalgas, mueve la maldita llave, la saca y empuja y le da vuelta para un lado y para el otro. Al fin abre la puerta y de un salto entra a la casa. Cierra con gran estruendo con los ojos aún cerrados. Siente un ardor y cree que se va quedar ciego. Escucha el corazón retumbar en los oídos y cuando decidió componerse, y ya un poco tranquilo se pone de pie sólo para caer dislocado por el miedo. Ve desde donde está a un marero bajando el muro del otro lado de la casa, en la mano un machete y los tatuajes claramente representan su clica. Seguramente es Yeferson. ¡Maldito maleante, basura de la sociedad!

Ve a un lado en el suelo y luego al otro, buscando algo con qué hacer ruido. Algo que tirarle, cuando el estuche punzante le da un espasmo en la panza. Se acuerda que acaba de comprar unos cuchillos. Saca uno, saca el otro y los reparte en cada mano.

El machete es más largo, sabe que no podrá ni tocarlo para cuándo el marero ya lo esté apuñalando. Trata de ponerse en pie, pero las piernas no responden, están afligidas. Tira los cuchillos contra las latas del carro viejo de su papá, haciendo el mayor ruido posible. No quiere que el maleante lo vea como una amenaza, pero quiere espantarlo. Vuelve la cara haciendo una mueca de profundo terror y lástima. Es ahí cuando abre los ojos lo más que puede solo para quedar pasmado al notar que ya no hay nadie. La puerta del frente está cerrada, cuando pasa el patio frontal y abre la otra puerta se da cuenta que la del otro lado también lo está.

Temblando y con los ojos llorosos se dirige al cuarto tratando de no despertar a nadie. Qué alguien lo vea en ese estado sería un bochorno. No podría soportarlo.

Se toma un Red Bull mezclado con el ron que su padre tiene en la refri, así como fumarse un cigarrillo. Cuando se lo acaba se toma unas cervezas que han escondido de él.

Trata de leer algo. Lee mucho, consume libros a montones y aunque no los entienda por completo o no siempre sepa de qué tratan, se asegura que en las redes sociales sepan qué está leyendo, bebiendo y fumando.

Tiene miedo de dormir porque sabe que tendrá pesadillas sobre lo que le pasó durante el día. Decide escribir sobre todo eso en su blog cambiando drásticamente los hechos para quedar como héroe.

Luego de escribir y ver unos comentarios que simpatizan con él se siente envalentonado. Se tira en la cama a dormir.

Las pesadillas lo despiertan abruptamente, empapado en sudor y con el corazón en la mano.

Alguien debería darse la tarea de eliminar a los Yefersons y a los policías, eso daría la paz mundial. Es lo que piensa después de más o menos media hora de sueño y pesadillas.

Esa maldita vecina tiene la culpa. “¡Si esa rata inmunda no fuera delincuente yo podría dormir en paz!”

Son cerca de las 3 de la madrugada y no ha parado de imaginar un mundo mejor donde no hay Yefersons ni policías. Dónde el gobierno no sea corrupto ni de miedo andar en las calles.

Los mensajes de odio caen como cascadas en Internet, los usuarios lo invitan a ser el peón, la semilla del cambio verdadero.

Pasa la nariz sobre la última línea de coca que logró comprar en el centro.

Se ve al espejo. Los ojos rojos, los labios reventados y con el cuerpo tambaleante decide ser el inicio del nuevo régimen que limpiará al país de una vez por todas.

Sube el muro del fondo de la casa y, a gatas, logra llegar al techo de los vecinos. De la casa llena de Yefersons.

Tratando de no hacer mucho ruido al pasar por las láminas, baja usando el árbol de Marañón del patio. Saca los cuchillos y los distribuye en cada mano usando técnicas que ha sacado de películas de acción en internet.

La puerta es de madera y está podrida, sostenida únicamente por unas bisagras oxidadas y aún sin ver sabe que está cerrada con un pasador que se puede sacar fácilmente. Se da cuenta que será más fácil de lo que imaginaba.

Mete la punta del cuchillo entre las tablas podridas y con el mayor sigilo la mueve hasta que deja de rechinar y logra abrirla con un leve empujón.

Una luz se ilumina al fondo y la voz quebrantada de una señora grita “ya llamé a la policía, ¡por favor váyase! No tenemos plata ni nada de valor”. Escuchar eso solo le infunda valor y odio. Con las manos temblorosas empuña los cuchillos y se abalanza contra la señora cuya gordura no le permite correr. La apuñala en la espalda y esta cae sobre una silla de madera que se quiebra con el peso de la señora.

La sangre de la señora comienza a brotar y los gritos lo desesperan. Le corta la garganta para ahogar el ruido de su asquerosa boca.

Se mueve hacia el otro lado de la casa, busca a Yeferson. Su misión es Yeferson. La señora queda en el suelo pataleando y haciendo muecas horribles que ahogan sus ganas de gritar. Tiene ganas de humillarla y pensar en eso le causa un cosquilleo en la entrepierna, pero tiene que terminar lo antes posible.

En el único cuarto a parte de la sala está Yeferson llorando, el miedo está inyectado en su rostro. Se mueve gateando con desesperación como si quisiera escarbar un hoyo en el suelo agrietado para que se lo trague la tierra. Da contra la pared, contra el marco de la cama vieja, contra la mesa. Grita por su mami, pero su mami está muerta. No sabe que le ha pasado a su mami, pero los gritos lo asustaron.

Apretó el mango del cuchillo con la izquierda y con la derecha alza el cuerpo raquítico de Yeferson a la altura de su cabeza y sin mediar palabra le inserta toda la hoja brillante por debajo del esternón.

El niño mueve los brazos con oscilaciones desesperadas, araña con las uñas terrosas tratando de liberarse, tira patadas, pero es inútil y pronto deja de moverse. Lanza el cuerpo contra la pared y siente satisfacción en su obra.

Busca la salida, no ve el momento de pegarse al ordenador y contarle al mundo cómo acaba heroicamente de eliminar una pequeña fracción de la maldad que aflige la sociedad, cuando la puerta se rompe en un ruido estruendoso que lo nubla de todo pensamiento de victoria. Queda paralizado al ver a cuatro uniformados con placas brillantes apuntándole a la cabeza. Uno lo toma por el cuello, le agarra los brazos y lo tira al suelo. Lo amarran e inspeccionan la pequeña casa.

Lo dejan a un lado de la señora muerta, le queda tiempo de ver la expresión de terror con la que murió, siente el olor a la sangre y a mierda. Ya le habían dicho que los muertos apestan, pero no sabía cuánto.

Después de un rato de dialogar entre ellos, lo suben al carro patrulla y se van como a quien los sigue el diablo con las sirenas sonando a todo dar. Luego de un rato en la carretera apagan el ruido de las sirenas y se desvían. Sabe que ya no van camino a la delegación.

El fresco aire del alba le hace saber que ya salió el sol. No sabe dónde está porque le cubrieron la cara. Tal parece que los policías se tomaron el papel de jueces y verdugos. “¡Malditas mierdas corruptas!”

Amarrado, con los ojos cubiertos y sin poder decir nada le asestan cuantas balas traen en los cargadores.

*Walter Blake: “Me llamo Walter y siempre en internet uso el seudónimo “Walter Blake” porque soy fanático desmedido de la obra de William Blake. Además, porque no me agrada la idea de tener toda mi información pública. Soy un estudiante del aburrido mundo de las computadoras y me desempeño en el área laboral de las maquilas telefónicas a pesar que inicié estudiando Psicología. Me paso los días desvelado por el insomnio, entre copas y actividades noctambulas. A veces escribo un par de tonterías, entre ellas, estas palabras”.

8 respuestas a “Miedo”

  1. Que maravilloso! Es el diario vivir de cada salvadoreño bueno, querer hacer justicia con nuestras propias manos, para quitar del mundo un poco de maldad, lastimosamente eso nos convierte en malvados también. Una lucha interna de quienes hemos perdido a nuestros seres amados en manos de la delincuencia.

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