Soft Machine

Presentamos nuestro tercer cuento del III Especial de Halloween de Revista Café irlandés. En esta ocasión, el escritor salvadoreño Ricardo Hernández Pereira debuta en nuestra revista con el relato “Soft Machine“. 

Maridaje recomendado: Ron

Por: Ricardo Hernández Pereira*

A Gabriel
 
“He aquí la muerte
que a nada se parece”.
Max Aub

Mi madre solía llamarme imbécil. Me lo decía de vez en cuando, pero me lo decía. Se lo podía leer en la mirada antes de tomar el desayuno, o después de llegar de la escuela. Aunque se esforzaba por disimularlo, no podía evitar demostrar que estaba atada a un extraño, con alguien que ni siquiera llevaba su sangre y que sentía la obligación de criar como al hijo que no deseó tener. Yo lo sabía, pero no me importaba. No me importaba nada de lo que ella sintiera. Eso no quiere decir que no le tuviera afecto. La consideraba mi madre, y siempre la consideré así, hasta que se fue.

Mi madre y yo desarrollamos una rutina particular: nos levantábamos en horas diferentes para no coincidir en el baño. Cuando regresaba de la escuela, y tiempo después del trabajo, la encontraba absorta en su radionovela de las siete. Entonces atravesaba la sala de forma felina para mantener el equilibrio entre dos mundos que, de vez en cuando, debían converger. Intentábamos vivir tranquilos sabiendo de la existencia del otro y eso nos resultaba suficiente.

Mi padre había muerto en el verano del 76. Teníamos la certeza de ello porque nadie sobrevive a una caída de cien metros por los acantilados. Aunque nunca recuperamos el cuerpo, nos quedó el consuelo de saber que se murió haciendo lo que más le gustaba: correr autos. “Se murió feliz” dijo ella en la ceremonia de despedida.  

Tenía razón.

Nunca pude decirle cuánto lo admiraba. De hecho, nunca hablamos de lo que teníamos que hablar porque se pasó la vida haciendo lo que disfrutaba, y a mí no me quedó de otra más que observarlo desde la distancia, esperando a que se me acercara y me obsequiara alguna sonrisa, y cuando eso sucedía, yo era el niño más feliz sobre la tierra.

Todavía conservaba su viejo Datsun rojo en las entrañas de nuestro garaje. Lo teníamos debajo de una lona verde, rodeado de cachivaches que peleaban contra el óxido y el paso de los años.  De vez en cuando me aventuraba a revisarlo. Buscaba objetos olvidados en la parte baja de los asientos, en las escotillas de las puertas, en la cajuela, y siempre encontraba una cosa diferente: ganchos, brazaletes, broches, sortijas.

Cuando mi madre me los encontraba, me hacía la mirada de siempre.  

No fue hasta mi edad adulta que regresé al Datsun rojo y lo escudriñé con un afán frenético. La ausencia de mi padre me obligó, de algún modo, a interesarme en lo que él hacía, y fue también una forma de encontrarme a mí mismo: quería entenderlo. Por eso no escatimé la inversión que supuso reparar el viejo coche: restauré la carrocería, cambié las llantas por unas mejores, pero cuando quise cambiar la tapicería, me llevé una sorpresa descomunal. Dentro del asiento del copiloto había una fotografía antigua de mi padre al lado de una joven desconocida. Era una imagen amarillenta y estropeada donde, con el océano de fondo, aparecía él con lentes oscuros. A su derecha, sentada bajo una ramada, estaba una mujer que imaginé sería mi madre biológica. Era una muchacha hermosa, y tenía una mirada soñolienta y una sonrisa muy dulce. Al voltearla, me topé con una nota escrita con letra magnífica: “El destino nos mantendrá cerca”.

Cuando mi madre se percató de los arreglos, contrario a lo que pensé, guardó silencio, y se limitó a verme con la expresión que me hacía sentir un completo idiota.

— Un auto como ese mató a tu papá— extendió su dedo— Estás construyendo tu propia ruina.

Después de aquel día, la casa se llenó de un aura de vitalidad. La respiración asmática que poseía la residencia se fue debilitando, y yo comencé a sentirme con una energía cada vez más extraordinaria. Reparé los stops, los silvines, y cambié la faja de distribución mientras escuchaba el disco completo de Soft Machine. El automóvil me invitaba a correrlo. Colocar mis manos en el volante me hacían sentir otra persona, y al mirar mi reflejo por el retrovisor sentía como si estuviera viendo a los ojos de mi papá.

Una vez terminados aquellos arreglos, ya bien entrada la noche, me llevé el primer susto de muchos: dentro de la guantera hallé un pequeño frasco con formalina y un dedo mutilado adentro. Cuando lo examiné, observé que el dedo tenía un anillo de matrimonio, y al juzgar por su apariencia, debió pertenecer a una joven mujer.

Lo guardé en el bolsillo y lo escondí detrás de mis libros de poesía.

Esa noche soñé con la chica de la fotografía. Estaba de pie al fondo de mi habitación. Me hacía señas con las manos, invitándome a seguirla. Yo la miraba de reojo, envuelto en mi sábana blanca, y por más que intenté moverme, todo me resultó inútil. Era como si mis extremidades estuviesen hechas de roca sólida o de plomo.

A la mañana siguiente, desperté con un terrible dolor de cabeza.

—No sigás con ese carro— me suplicó mi madre— Debí deshacerme de él cuando pude.

Era la primera vez que me suplicaba algo.

Transcurrió una semana hasta que volví a encontrar otra fotografía extraña, esta vez en la repisa de mi cuarto, justo al lado del frasco con el dedo en formalina. Ahí estaba la misma mujer con traje blanco y una sombrilla amarilla debajo de un enorme almendro, sola, sin mi padre, con una sonrisa más radiante que la vez anterior. Hallé también fotografías de personas que jamás había visto en mi vida. Estaban sobre mi escritorio ordenadas de menor a mayor tamaño: todos hombres jóvenes.

Nunca había creído, ni dejado de creer en hechos paranormales, pero esa experiencia me hizo respetar aún más los fenómenos inexplicables.

Mis reticencias sobre el coche aumentaron. Abandoné mis planes de conducirlo hasta La Libertad e intenté enfocar mi atención en otras cosas que había descuidado en mi trabajo. Sin embargo, esa misma semana encontré una hoja con instrucciones dentro de una bolsa transparente curtida por la mugre. La hallé sobre mi cama, al lado de unas piezas que había recién cambiado de la máquina. La caligrafía era perfecta, y su mensaje era tan hermético como desconcertante: “Seguí las instrucciones. No se lo digás a nadie”.

Lo primero era conseguir herramientas para cavar. Después, debía dirigirme hasta el cementerio La Bermeja y buscar el nicho número 183 que estaba coronado con un ángel femenino. 

Me estremecí.

Doblé la hoja y la introduje de nuevo en la vieja bolsa amarillenta. Luego bajé a la cocina.

Esa noche, por primera vez en años, mi madre me invitó a que escucháramos juntos su radionovela de las siete. Pasaron una de Kalimán y la Araña Negra. Me quedé dormido a medio episodio.

No supe en qué momento me desperté. El dolor de cabeza había vuelto con furia. Un sabor metálico me inundaba la boca y sentía mi cuerpo totalmente molido a golpes. Abrí los ojos y me hallé dentro del Datsun rojo. Mis manos tenían ampollas y mis ropas estaban cubiertas de lodo. En el asiento trasero descansaban una pala y una pica aún con residuos de tierra removida.

Me enderecé en el asiento y comencé a palparme todavía desorientado. Al escudriñar el bolsillo de mi chumpa me topé con la hoja de instrucciones a medio doblar: las primeras tres indicaciones habían sido tachadas con rojo. Miré a mi alrededor y mis ojos chocaron con la figura de mi madre, de pie, frente la puerta de acceso, con una expresión de espanto mientras señalaba, temblorosa, hacia el baúl entreabierto del automóvil.

Giré lentamente y fue entonces cuando lo vi.

Intenté ahogar el grito de horror, pero de mi garganta emergió un chillido agudo, como de lobezno, y me cubrí el rostro con ambas manos: había conducido esa misma noche hasta el cementerio La Bermeja y dado con el nicho número 183, ¡y no recordaba absolutamente nada de lo sucedido!

—¡Es el auto! ¡Es ese maldito auto! — vociferó mi madre, mientras rociaba gasolina en los asientos y en la cosa que estaba metida en el baúl — ¡Debemos deshacernos de él ahora mismo!

Tampoco me di cuenta de cuándo comencé a llorar. Recuerdo haber abrazado a mi madre y haber arrojado a las llamas la hoja de instrucciones junto con el frasco y las fotografías de la gente extraña.

El auto tardó varias horas en arder. Era como si estuviese hecho de otra cosa menos de metal: un olor a carne, huesos y cabellos chamuscados inundaba el ambiente y nos obligaba a taparnos la nariz con un paño húmedo.  Mi madre me observó con una mirada extraña, completamente distinta a la que solía hacerme desde que tenía uso de razón: sentía compasión. Abracé sus rodillas y balbuceé un par de palabras que de seguro sonaron estúpidas, pero que ella interpretó como una forma de pedirle perdón.  

— No es tu culpa — resolló y me acarició la cabeza — No tenía la certeza hasta hoy de que era esa máquina desde el principio.

*Ricardo Hernández Pereira (Mejicanos, 1985), Docente. Sus relatos aparecen en: Memorias de La Casa: 12 narradores (Índole Editores, San Salvador, 2012); Tierra breve: antología centroamericana de minificción Centroamericana (Kalina Editores / Índole Editores, San Salvador, 2018); en la revista Cultura 122 (DPI, San Salvador, 2017).

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