El círculo del castigo

Presentamos nuestro sexto cuento del III Especial de Halloween de Revista Café irlandés. En esta oportunidad se trata de un relato de Alu Mora, autora salvadoreña que, claramente, se perfila como una exponente del género  terror en nuestro país. Los invitamos a leer “El círculo del castigo”. 

Maridaje recomendado: Té de menta con agua del río Lethe,

para olvidarse de los malos tiempos

Por: Alu Mora*

¡PAGA!

.    .     .

Desperté de golpe, con un intenso dolor de cabeza, el cuerpo entumecido, sudando helado y con una sensación de déjà vu tan vívida que me dio escalofríos. El ambiente olía a antigüedad, a tierra y a humedad, y podía sentir el polvo del piso pegándose en mi cuerpo y en mi ropa; una capa gruesa y densa que me dejó en claro que fuera el que fuese el lugar en el que me encontraba, nadie había estado ahí en años. A mi alrededor la oscuridad se sentía tan densa que era casi palpable, y el silencio era tal que podía escuchar con claridad los acelerados latidos de mi corazón.

Parpadeé varias veces, intentando que mis ojos se acostumbraran a la falta de luz, y mientras lo hacía, una sensación de ansiedad e intranquilidad me invadió al darme cuenta de que no sabía qué estaba pasando.

Me incorporé con lentitud, temiendo poner mis manos en el lugar equivocado y terminar tocando el cadáver de algún animal o algo viscoso y asqueroso en el proceso. No sabía dónde estaba, no recordaba nada y el miedo de que alguien –o algo– tocara mi hombro de la nada, o de escuchar un susurro cerca de mi oído no me dejaba pensar con claridad. Tenía la sensación de estar siendo observada y eso me ponía los pelos de punta.

Poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y esta comenzó a disiparse lentamente hasta que fui capaz de distinguir dónde estaba.

El lugar era un desastre. Había muchas filas de butacas, todas tan o más empolvadas que el piso, carcomidas de algunos lados y cubiertas por una gruesa capa de moho. Estaban separadas por una hilera de escalones astillados y viejos. Al fondo pude distinguir los restos de un viejo telón, rasgado y carcomido por quién sabe cuántas plagas. Y debajo de este se encontraba la peor parte. El escenario estaba destruido casi por completo, los restos de una muy antigua y deteriorada utilería esparcidos por todas partes. El suelo estaba tan asqueroso como todo lo que lo rodeaba y había rastros de pasos pequeños por todas partes, seguramente de ratas o alguna otra plaga más grande.

Pude sentir como la sangre abandonó mi rostro al darme cuenta de que conocía aquel lugar. Era el teatro donde yo solía dar talleres de drama a los niños de la comunidad.

Una voz al fondo de mi cabeza me advirtió que diera media vuelta y huyera; sin embargo, mi cuerpo no me obedecía. Para mi desgracia, como si alguna fuerza externa se hubiese apoderado de mi cuerpo, este comenzó a moverse contra mi voluntad, arrastrándome hacia adelante y en dirección al escenario.

Podía sentir mi pulso golpeando en mis oídos, mi ansiedad aumentado con cada paso que daba.

La madera de los escalones crujía bajo mis pies, produciendo un eco inquietante cada vez que estos tocaban el suelo.

Mi cuerpo continuó avanzando cada vez más rápido, ignorando mi voluntad y mis desesperados intentos por detenerme y correr en la dirección contraria. Podía sentir las gotas de sudor helado bajar por mi espalda. La anticipación de que algo muy malo estaba a punto de pasar me tenía al borde de un colapso nervioso.

Entonces, cuando ya estaba a unos cuatro metros de alcanzar el escenario, escuché el murmullo de lo que parecía un gemido y mi cuerpo se detuvo en seco. Me quedé inmóvil y a la expectativa, esperando y temiendo al mismo tiempo que el sonido se repitiera. Podía sentir mis manos y mis piernas temblar a causa del miedo. Mi corazón palpitaba con tanta fuerza que comenzaba a dolerme el pecho.

–¿H-hola…?

La sensación de déjà vu con la que había despertado se hizo presente de nuevo, como si el pronunciar aquella palabra lo hubiera detonado; y, como si de una reacción en cadena se tratase, el gemido se convirtió en un sollozo, que se convirtió en un llanto desesperado, llenando todo el teatro con un eco espeluznante que rebotaba en todas las paredes, atacándome desde todas las direcciones posibles y provocando que el pánico plantara su semilla  en mi pecho, esperando a ser regada y lista para germinar.

Comenzando a desesperarme y siendo incapaz de moverme, intenté a buscar con la vista el origen de aquel llanto tenebroso. De pronto, mi cuerpo volvió a tomar vida propia y empezó a arrastrarme hacia el escenario de nuevo, esta vez con más rapidez.

Y entonces, mientras mis pies se abrían paso entre la madera podrida de los escalones plagados con cadáveres y huevos de insecto, y mientras yo seguía viendo hacia todos lados en busca de la fuente de aquellos alaridos desesperados, la vi.

Justo en el centro del escenario, donde podría jurar que dos segundos atrás no había absolutamente nada más que utilería vieja y mucha porquería, amarrada sobre lo que parecía ser una silla eléctrica y rodeada de un líquido espeso y oscuro que despedía un olor metálico…

…Una muñeca.

Lloraba amarga y desconsoladamente, ajena a todo lo que la rodeaba y sumida en su propia desgracia. Era pecosa y tenía el cabello rojizo manchado del mismo líquido viscoso que había en el suelo, al igual que su ropa y sus manitas. Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta la punta de los pies al darme cuenta de que no solo iba vestida igual que yo, sino que se parecía demasiado a mí.

La semilla del pánico comenzó a germinar en mi pecho.

¿Qué mierda estaba pasando?

Quería escapar, darme la vuelta y correr por donde había venido, pero mi cuerpo no me lo permitía. Contrario a todo lo que yo le ordenaba, este comenzó a moverse hasta que alcanzó el escenario; acto seguido, contemplé con terror e impotencia como mis manos se apoyaban en el borde de la tarima, incrustándose dolorosamente varias astillas en el proceso, impulsándome hacia arriba y obligándome a subir.

La madera del escenario crujió bajo mis pies cuando por fin pude subir y estabilizarme. Mis manos y rodillas temblaban tanto que me pareció un milagro que hubiese podido subir. No me atreví a levantar la vista hacia la muñeca.

La voz al fondo de mi cabeza empezó a gritar con más insistencia. ¡Aléjate! ¡Vete!

Se me erizó la piel al darme cuenta de que la muñeca había dejado de llorar, y tuve que obligarme a mí misma a levantar la vista y mirarla directamente para ver qué estaba pasando.

Estaba mirándome, inmóvil, los ojos completamente abiertos y desbordando pánico.

Nuestros ojos se encontraron y por un momento olvidé cómo respirar. Había reconocimiento en su mirada, como si ya me hubiese visto antes o como si supiese lo que estaba a punto de pasar…

Bajo mis pies, el suelo volvió a crujir y mis pies dieron por instinto un par de pasos hacia adelante.

La sensación de déjà vu volvió a invadirme por tercera vez…

…Y eso pareció ser el detonante del caos.

La muñeca se quedó petrificada por medio segundo, sus ojos mirándome como si acabase de pararme sobre una mina y estuviera a punto de estallar; luego empezó a llorar de nuevo, esta vez con más desesperación, revolviéndose frenética en la silla e intentado liberarse sin conseguirlo.

El pánico finalmente floreció, invadiéndome. Mis pies intentaron seguir avanzando contra mi voluntad, pasando sobre el charco del líquido oscuro y resbalando en el proceso.

Mi espalda golpeó el astillado suelo de la tarima y de inmediato sentí como mi ropa y mi cabello se empapaban de algo viscoso. Me senté como pude, embarrándome las manos de aquella sustancia en el proceso.

El olor metálico de antes se intensificó.

–¿Qué…? – instintivamente me miré las manos para ver de qué me había embarrado, el asco apoderándose de mí. Sentí náuseas.

Sangre…

Comencé a hiperventilar.

A pesar del miedo que sentía y mi necesidad de alejarme de aquella tétrica muñeca, alcé la vista de nuevo hacia ella, quien ahora parecía estar teniendo un episodio de paranoia. Sus ojos iban de un lado a otro detrás del telón, como si estuviese a la expectativa de lo que venía a continuación. Sentí una sensación de vacío en el estómago similar al que sientes al caer desde un lugar muy alto al darme cuenta de que ella parecía de verdad saberlo que pasaría a continuación.

De pronto se escuchó un sonido similar al de un ratón corriendo entre las tablas. A ese le siguió otro, y otro, y otro más; y por un momento pensé que una manada de ratones aparecería entre las tablas y la utilería destruida…

 Entonces vi una silueta pasar corriendo detrás de uno de los telones.

Me paralicé.

Una segunda muñeca se acercó a nosotras con paso apresurado, trayendo consigo lo que parecía ser una hoja de papel en las manos.

Mi cuerpo comenzó a temblar.

A la primera muñeca le siguieron dos más, y luego tres más, y otras seis… hasta que nos vimos rodeadas.  Había al menos veinte muñecas alrededor de nosotras, todas con una hoja de papel en las manos y los ojos clavados en aquella que se encontraba en la silla eléctrica.

Había algo en todas aquellas muecas que se me hacía familiar, y eso me aterrorizaba. Quise gritar, pero nada salió de mi garganta.

Frente a mí, la muñeca de la silla comenzó a gritar y a llorar de nuevo, la desesperación y el terror casi palpables en sus gritos.

Por un momento que se me hizo eterno nadie se movió… y entonces una de las muñecas, con el cabello rubio, rizado y corto como el de un niño dio un paso al frente y arrojó su hoja al charco de sangre al pie de la silla. Era un cartel de “niño desaparecido”, con la fotografía de un niño rubio perturbadoramente similar a la muñeca.

Matías Amado.

Sentí náuseas al darme cuenta de que conocía a ese niño. Había sido uno de mis estudiantes en un taller de titiriteros.

–¡Paga! –gritó.

El resto de las muñecas lo siguieron.

–¡PAGA!

La muñeca de la silla dejó escapar un agudo grito de agonía…

…y fue en ese momento que todo que todo cobró sentido.

No eran muñecas. Eran niños. Niños que un día salieron de sus casas para asistir a su taller de teatro y jamás volvieron. Niños a los que sus padres jamás volvieron a ver. Niños cuyas fotografías tapizaban postes, pizarras de anuncios, murales, e incluso aparecían en los noticieros preguntando su paradero. Niños que habían sido mis alumnos, a los cuales yo había utilizado como muñecos, y les había hecho cosas horribles…

Comencé a llorar aterrorizada.

La muñeca era yo, y ahora era mi turno de pagar por lo que le había hecho a todos esos niños.

Los gritos de la muñeca se transformaron en alaridos de dolor, y el olor metálico de la sangre comenzó a mezclarse de manera grotesca con un repentino y asqueroso olor a quemado.

La silla había comenzado a liberar una descarga eléctrica en la muñeca y esta se retorcía de dolor.

¡PAGA!

En el momento en que la descarga comenzó, un dolor indescriptible invadió mi cuerpo y volví a desplomarme en el suelo sobre el charco de sangre, convulsionando de dolor y mordiéndome la lengua con tanta fuerza que la sentí desprenderse limpia y dolorosamente, el sabor a sangre apoderándose de mi boca. Grité tan fuerte que sentí mi garganta desgarrarse.

Las lágrimas de la muñeca comenzaron a tonarse del mismo color carmesí de la sangre sobre la que yo me retorcía. Su cuerpo se tostaba con rapidez, y horrorizada me di cuenta de que mi piel también estaba quemándose.

El dolor era insoportable y sin darme cuenta empecé a gritar, rogando por que aquella tortura se detuviera.

Los alaridos de la muñeca se intensificaron mezclándose con los míos, hasta que por fin el dolor comenzó a ceder y, mientas todo a mi alrededor se volvía negro, alcancé a ver cómo ella dejó de retorcerse poco a poco, quedando totalmente inmóvil, unas cuantas lágrimas carmesí aún deslizándose por sus chamuscadas mejillas. Tenía los ojos abiertos y clavados acusadoramente en mí, la sombra de un sollozo atrapada entre sus labios.

–L-lo siento… lo siento… –sollocé con la poca fuerza que me quedaba, rogando a todos aquellos niños por un perdón que no merecía, mientras los veía aproximarse hacia mí aterrorizada.

Escuché el sonido de una segunda descarga, un alarido ensordecedor, y el gastado y viejo telón se cerró con rapidez en un efímero segundo.

Entonces todo se volvió negro.

.    .     .

Desperté de golpe con un intenso dolor de cabeza, el cuerpo entumecido, un dolor agudo y sabor a sangre en la boca, y una sensación de pánico oprimiéndome el pecho. Tenía algo pegajoso en las manos y había un olor metálico en el ambiente.

A mi alrededor la oscuridad se sentía tan densa que era casi palpable, y el silencio era tal que podía escuchar con claridad los acelerados latidos de mi corazón.

Traté de moverme y el pánico se apoderó de mí al darme cuenta de que estaba sentada en una silla, con las manos amarradas a esta y algo extraño y metálico sobre la cabeza.

Quise gritar por ayuda, pero nada más que un extraño murmullo salió de mi boca. Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas al darme cuenta de que ya no tenía mi lengua…

…y fue entonces que recordé lo que había pasado y dónde estaba.

El teatro, la muñeca, la sangre, los niños…

Escuché el eco de unos pasos sobre la carcomida madera de los escalones del teatro que se aproximaban con vacilación.

Comencé a hiperventilar y mi llanto se volvió más desesperado.

–¿H-hola…? –escuché a lo lejos.

¡NO!

El terror me invadió al darme cuenta de que sabía lo que pasaría, y no pude evitar llorar y gritar horrorizada, sabiendo lo que venía y que en cuánto me encontrara cara a cara conmigo misma, los niños aparecerían para cobrar venganza de nuevo.

Ahora lo comprendía todo.

Este era mi castigo por lo que había hecho en vida, y estaba destinada a sufrirlo una y otra vez; un círculo interminable que me escarmentaría por siempre.

*Alu Mora (San Salvador, 1996). Actualmente es estudiante de Lenguas Modernas en la Universidad de El Salvador. Desde muy pequeña encontró una gran pasión en la escritura y la lectura. Es amante del género de terror, lo paranormal y la fantasía. Le encanta cualquier cosa relacionada con la mitología (especialmente la griega), cree firmemente que sin música la vida no tiene sentido y su mayor sueño es publicar una (o muchas) novelas de terror.

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