La Casa Denegrida

Presentamos nuestro quinto cuento del III Especial de Halloween de Revista Café irlandés. En esta ocasión, Pedro Romero Irula, autor de la casa, nos regala “La Casa Denegrida”. 

Maridaje recomendado: Café y pan de velorio

Por: Pedro Romero Irula*

Hubo mucha gente que cometió el error de existir en Sensuntepeque allá por 1861, cuando este poblado, que siempre se ha encontrado a la sombra de Honduras, ahora se hallaba además bajo la sombra del terror de un hombre llamado Bustamante, el comandante del cuartel local, un ladino repugnante, salido de quién sabe qué albañal, bueno para matar chapines pero objeto de la ojeriza de casi toda Cabañas. Pero nadie la cagó más que un mulato llamado Francisco Reyna, un vecino de Sensuntepeque cuya sola aspiración en la vida era chupar en paz hasta el final. Sin embargo, cuando debía estar en la plaza de la ciudad, ejercitándose junto al resto de la milicia bajo los gritos de Bustamante, lo encontraron a Reyna vomitado y desmayado en la entrada del estanco. De ahí lo sacaron aún dormido y lo entregaron a los designios del comandante.

Bustamante llevó a Pancho Reyna a una estancia sola, le arrancó la camisa a manotazos y lo colocó a cuatro patas en medio de una de las piletas abandonadas donde antes batían el añil. Estaba cubierta por un agua estancada por décadas, casi una crema a esas alturas, oscurísima y hedionda, en la que se movían cosas blandas. Así que querés chilillo, le dijo Bustamante mientras daba vueltas por la pileta, cada vez más grande y más tremendo. En las manos tensaba un palo de madera elástica y pesada que se abría en varias hojas en un extremo. No, señor, respondió Reyna, que nunca se había sentido peor en su vida. Entonces le sobrevino el primer vergazo.

Reyna se desplomó sobre el agua muerta y tragó una bocanada generosa. Aún no se incorporaba cuando Bustamante arremetió de nuevo. Por más de una hora Bustamante le reventó el lomo a Reyna, que se sentía desvanecer, sentía que las tripas se le desencajaban y que las costillas se le ensartaban como pinchos, sentía que con cada vergazo una descarga de vida salía de su cuerpo para fortalecer a Bustamante, que bufaba como un toro y mojaba el suelo circundante con la espuma que le rebalsaba de la boca. Entonces, con un chasquido de la lengua, el comandante le indicó a sus esbirros, cagados de miedo, que se fueran de inmediato. Reyna permanecía inerte. Cuando se despertó ya era de noche, no podía erguirse y sentía las cosquillas de los animalitos ligosos en su espalda destrozada, aunque más que infestarlo parecían curarlo, o por lo menos aliviarle el dolor que, de lo contrario, sería insoportable.

Vivió apenas lo suficiente para gatear, con la conciencia ida a otra dimensión aún más nebulosa que la de Sensuntepeque, a la casa más cercana, que resultó ser la de Ciriaco Prieto, otro mulato, otro bolito, a quien tenía, aunque parezca imposible en los tiempos que corrían, un cariño especial. Al escuchar ruidos impropios en las inmediaciones de su casa, Prieto, que estaba molido por los ejercicios del entrenamiento, pensó que se trataba de algún mal espíritu y le gritó, en tono amable, que se fuera a la mierda o que ya iba a ver, que si era necesario iba a salir a darle con un varejón. Luego escuchó que aquello lo llamaba por su nombre: Ciriaco, Ciriaco, vení ayudame. Asomado a la puerta del rancho, Prieto apenas reconoció aquel bolado lastimero, tumefacto, que llevaba de fuera las vértebras amarillas que parecían brillar como un encantamiento en la noche sensuntepecana.

Aunque quería, ni siquiera atinó a cogerlo en brazos porque temía que Reyna se iba a desarmar si lo movía demasiado. Las partes del cuerpo de Reyna que no estaban viscosas de sangre tenían un color verde pálido, como si el agua de la pileta le hubiera llenado las venas. Reyna alcanzó a confiarle a Prieto lo que le había sucedido, pero su relato estaba salpicado de alucinaciones: Bustamante aparecía como un cambiapieles, como una sanguijuela blanca y gorda que cobraba mayor definición a medida que le desgajaba el cuerpo, que se había abalanzado sobre él hasta desangrarlo, que había dejado tirada su piel con la facilidad con que uno se quita un calzón. Y luego Reyna murió.

Prieto terminó por agarrar una zumba que le duró toda la semana, una zumba en la que descendió a los estados más lamentables de la bolencia y en la que más de uno tuvo que esconderlo o callarlo por si los hombres de Bustamante estaban al acecho. Llegado el día domingo se encontraba aún bolísimo, incluso medio ciego por los efectos de ese aguardiente tan pura lija que se bebía por huacaladas en el siglo XIX, vagando sin rumbo por los caminos vecinales cercanos al estanco. Con los ojos embotados todo le resultaba más amenazante y le parecía que detrás de cada charral y en las ramas de cada árbol lo aguardaban enemigos dispuestos a machetearlo hasta la muerte, a él que, sin embargo, no se metía con nadie. No sabía con exactitud dónde se encontraba ni qué estaba haciendo, y aunque poco a poco recobraba la conciencia, con ella vino además una goma violenta. Cuando comprendió que estaba ciego y perdido, lo llenó una angustia enorme, de modo que tan solo se acurrucó entre el monte del camino y vomitó un chorro caliente de guaro que en nada lo alivió.

En medio de sus arcadas escuchó, más lejos en el camino, el grito de un ladino: ¡Comandante, por ahí anda un hijo de puta! Prieto se quedó derrumbado por un instante, un hilo de baba alcohólica colgando de sus labios, hasta que comprendió que el llamado hijo de puta era él mismo. Las voces venían de la vuelta del camino, que Prieto apenas atisbaba. Entonces recordó: era domingo, era día de entrenamiento de las milicias, él pertenecía, por la ley de ahuevo, a las milicias, él debería estar ejercitándose, etc. Los pasos de los oficiales se acercaban y Prieto, infinitamente hostigado, se resignó a que Bustamante le diera un final por lo menos tan cruel como el de Reyna.

Entonces, de la manera más literal posible, la tierra se tragó a Ciriaco Prieto. Alguna trampilla oculta (¿por quién?) al lado del camino se había abierto en beneficio del mulato, que aterrizó en la entrada de un túnel mullido y enorme, con paredes de piedra, del que no se veía nada. Permaneció un momento flotando en el más completo aturdimiento hasta que escuchó una voz dulce y viejísima llamarlo desde el otro extremo del túnel. Desde la superficie, amortiguados por la tierra que se había apelmazado de nuevo por encima del túnel, se escuchaban los gritos de los soldados: aquí estaba… era el otro negro tabanqueño… aquí acaba de zopear el bolo desgraciado.

No te turbés, Ciriaco Prieto, por ahora no pueden alcanzarte, dijo la voz del túnel. ¿Y usted quién es?, respondió el mulato. La voz aguardó antes de contestar: Bustamante también es mi enemigo. Prieto le hizo ver que eso podía decir cualquier persona en Sensuntepeque. Por toda respuesta vino una risa que cargaba alguna ternura, pero que sonaba como alguien que había aprendido a reír, alguien que entendía las pautas y las funciones de la risa y las reproducía en beneficio de su público. No soy lo que llamarías cualquier persona. Tengo algo que decirte en nombre de Francisco Reyna.

Así sí, pensó Prieto. Avanzó por el túnel a tientas. Cuando se desviaba, la voz corregía su rumbo con un silbido o con un chasquido de la lengua. Adentro soplaban corrientes de aire frío que le devolvieron los sentidos y le aplacaron la goma. De repente, Ciriaco Prieto se halló subiendo unas gradas de piedra que daban al interior de una casa.

Así fue como Prieto, lo mismo que muchos antes que él y algunos más después, entró sin saberlo a la Casa Denegrida. La estructura de piedra era antiquísima, como si hubiera surgido solamente mediante procesos geológicos, y tenía ventanas, o más bien orificios, circulares en lo más alto de los salones, por los que entraba la luz de la luna en rayos oblicuos. Prieto pudo ver que adentro todo era negro, como si un incendio hubiera tiznado las paredes, y que los salones por los que pasaba estaban vacíos. Le extrañó que ya hubiera caído la noche. Un instinto le indicaba que se encontraba fuera de Sensuntepeque, fuera incluso de la Tierra, y que había entrado a una dimensión donde se disputaban cuestiones tan enormes que a un pequeño mulato como él no podían concernirle.

Buenas, alcanzó a decir. Aquí, dijo la voz desde el salón contiguo. Los muros eran tan altos que los rayos lunares se apagaban en el trayecto del techo al suelo. Solo revelaban unas plataformas escalonadas como pirámides, muy lisas y del mismo tono denegrido del resto de la Casa. Por las escaleras se paseaba una presencia inquieta, que parecía jugar con la luz de la estancia, revelándose y escondiéndose. Prieto apenas discernió las siluetas de unas piernas huesudas y ajadas, y una pelambre inmensa. Aquello se movía con dificultad, como doblado por el peso de los años, pero bullendo con una energía impresionante.

Estás aquí porque te he salvado la vida, habló la presencia. Prieto guardó silencio. Necesito que, en nombre de tu amigo Francisco Reyna, me hagás un favor, continuó. ¿Qué sabe usted de mi amigo?

Poco. Que era un mulatillo que no hacía daño a nadie, que le gustaba al trago, que se tenían cariño. Pero él es importante solo para vos. A mí me preocupa Bustamante.

A usted y a muchos más, dijo Prieto. Cada vez estaba más seguro de que estaba en el palacio del rey de los brujos o en el inframundo al que iban a parar los indios después de muertos. Pero no tenía miedo.

Quiero que matés a Bustamante.

Prieto sopesó la petición del habitante de la Casa Denegrida. No sería su primera vez. En una encrucijada, chiviando junto al camino, Prieto mató a un hondureño que quiso vacilárselo estando ardido por una derrota en el juego. Lo llamó negro corcovado hijo de una vieja todavía más negra y todavía más corcovada. Prieto lo derribó de una trompada y luego lo macheteó con desgano, como si temiera ensuciarse la ropa, y cuando le pareció suficiente, el hondureño seguía boqueando como un pez, con la cara picada medio cubierta por el polvo de los llanos de Oriente. Media vez se sacó las manchas de la ropa, Prieto olvidó todo el asunto. Apenas era un guanaco cualquiera hijo de la gran puta cuya muerte no iba a quitarle el sueño bajo ninguna circunstancia. Pero Bustamante le parecía otra cosa, y así lo dijo.

Así es, dijo el enemigo de Bustamante, él es otra cosa. Se comió a tu amigo Reyna, a quien ya no pude salvar, y así a tantos otros como él, y cada vez es más fuerte. Así lo ha hecho desde antes que se hiciera llamar Bustamante. No nació sino que aterrizó, más o menos como yo. Antes fue un perro sin pelo que dejaba las aldeas sin niños en sus cacerías, un soldado bizco que nadie reconocía en las filas de San Salvador, un añilero de ojos rojos que con la sangre de sus jornaleros hizo prosperar sus tierras. Pero en el fondo es el mismo gusano devorador que era en un principio. Si querés detenerlo, si al menos querés vengar a tu amigo, tenés que matarlo. Dale con el corvo en la nuca y arrancale la cabeza. Y me la traés aquí, a la Casa Denegrida. Aquí vamos a poder guardar la sombra antes de que se esparza por los campos y ya nadie pueda detenerla. No sé si me he dado a entender, pero en el fondo no me importa. Quiero saber si podés matar a Bustamante.

Prieto no se terminaba de creer que él, una criatura que había existido desde siempre al margen de todo, con la vida colgando de un hilo pero no del todo infeliz, hubiera caído bajo la mirada de Dios o de lo que fuera aquel espíritu impreciso que se agitaba entre los muros de la Casa Denegrida. Que hubiera que matar a Bustamante era algo que todo Cabañas tenía por cierto. Que Bustamante fuera un saco de piel con que se disfrazaba un avatar del mal centroamericano también era creíble. ¿Pero por qué yo?, dijo Prieto. Y escuchó, no supo si en su fuero interno o externamente, la voz del espíritu de la Casa Denegrida: no seás pasmado, no es así la cosa. No se trata de vos, Ciriaco Prieto, sino de cualquiera. Vos sos cualquiera, entonces el llamado es tuyo. Si a Bustamante no lo matás vos, no lo mata nadie. Y no te voy a mentir: si no lográs matarlo, él te va a matar a vos. Pero te llamé porque cuando uno hace algo por los amigos lo protege una suerte especial. Y porque estabas a la mano.

Está bueno, dijo Prieto, acepto. Y aunque nadie más podía verlo en esa media luz, el recuerdo de la suerte de Reyna hizo que del fondo de Ciriaco Prieto se elevara hasta su rostro una majestad oculta.

Lo demás fue como un sueño. No pudo recordar cómo salió de la Casa Denegrida ni el camino que tomó para llegar a su casa. Como si otra voluntad, idéntica a la suya pero más poderosa, lo dominara, tomó el machete y se subió a un palo cercano al estanco, donde sabía que Bustamante y sus hombres lo estarían cazando. Por la noche le pareció que los escuchaba: primero las voces de los ladinos y luego la respiración de Bustamante, más cavernosa y pesada que la de su caballo. Unas siluetas más densas que la oscuridad circundante se perfilaron en la vereda.

Bueno, dijo Prieto, mordiendo la hoja del machete a la usanza de los suyos, esta va por vos, Panchito.

*Pedro Romero Irula (San Salvador, 1997). Preparó la antología de nueva narrativa salvadoreña “Lados B” junto a Luis Contreras (Los Sin Pisto, 2019). Fue incluido en “Refugio asistido 1. Letras en emergencia” (Los Sin Pisto, 2020).

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