Las manchas en el espejo

Presentamos «Las manchas en el espejo», un cuento del escritor nicaragüense Luis Báez, incluido en su libro «Historia nacional de lo abyecto» (Anamá, Managua 2021). Para Revista Café irlandés es un gusto compartir un poco de la narrativa de este autor a nuestros lectores.

Bang bang
dos fogonazos:
Estamos en el callejón
de los restos.
BELTRÁN MORALES

I

Nadie en este bar anhela nada. Pero todos comulgamos en la esperanza del placer. Un placer que casi nunca llega. Brindamos por eso. También pagamos. Brindamos de nuevo y volvemos a pagar. Creo que anhelemos un refugio y un bálsamo para olvidar nuestra miseria. Imposible. Varios niños descalzos nos acechan desde la acera como la Muerte Roja en el cuento de Poe.

De pronto uno de los tipos de mi mesa me habla al oído en inglés —nuestro maldito inglés de customer service. Me informa que el dealer viene en camino en caso que quiera algo. Hurgo en mi bolsillo. Le entrego un billete de quinientos.

Justo entonces varios de mis colegas apartan sillas y unen mesas porque se nos suman tres desconocidas.

Yo aprovecho la confusión para escabullirme al baño.

*

En 1950, cuando Somoza García inaugura su segundo período presidencial, un ex-teniente vuelve del exilio y es capturado. Pasa más de un año en las mazmorras de la dictadura. Desde ahí conspira con oficiales activos de la G.N y colaboradores civiles para gestar una nueva rebelión. Dedica los dos años que median entre su indulto y su muerte a fraguar el golpe. También a engendrar futuros huérfanos.

Es asesinado y desaparecido en abril de 1954, pero antes sufre las más abyectas torturas a manos del dictador. Al momento de su muerte deja cuatro hijos.

Para esta historia nos interesa el penúltimo.

Creció en un pequeño pueblo del sur de Nicaragua junto a su madre, tías y hermanos en la casa de los abuelos maternos. Fue un niño travieso y alegre. Durante algunos atardeceres de su infancia se iba a vagar solitario por los cafetales del pueblo hasta encontrar al fantasma de su padre. El día que cumplió diez años juró ante sus ojos espectrales, fosforescentes entre la bruma, que vengaría su muerte.

*

Desde la fila del baño diviso al tipo que regresa con mi pedido.

Sin mayor recato me entrega el producto. Me asegura con efusión que es muy buena mierda y que está alivianada. Puedo notarlo.

Entro al baño y pongo el seguro. Tras un breve forcejeo con el nudo de la bolsa hundo la esquina de mi tarjeta de débito hasta el fondo.

Mientras coloco el cerrito blanco bajo una de mis fosas miro fijamente mi rostro en el espejo. Inhalo.

Quizá la noche mejore.

*

Los años pasaron y el niño creció hasta convertirse en un muchacho. Su pelo era muy oscuro y su piel muy blanca. Su sonrisa amplia y sus ojos verdes, siempre humedecidos por una tristeza insondable, eran idénticos a los de su padre.

El menor de sus tres hermanos era el más cercano a él en edad y carácter. Fueron cómplices y confidentes de por vida. A veces se iban juntos a los cafetales y los potreros, donde el mayor le enseñó a tirar un cuchillo sosteniéndolo de la punta, a disparar con un rifle de balines y a colgarse con los pies de las ramas de los árboles. También le enseñó cuáles hongos, de los que encontraban tras las lluvias, eran tóxicos y cuáles podían “dar nota”. Todos sus juegos eran una preparación.

“Voy a matarlo”, decía el hermano mayor desde que el menor tenía memoria mientras cerraba un ojo y con el otro apuntaba su índice hacia cada afiche de Somoza que se hallaba por las calles del pueblo, “yo voy a vengar a mi papa”.

*

Estoy listo para largarme. Pero ahora que tengo coca necesito el licor y el bullicio del bar para apaciguarla. Entonces decido volver a la mesa.

Otro de mis compañeros de trabajo —un homie cuarentón con camisola de los Lakers y tatuajes de los Latin Kings— me presenta a una de las muchachas. Se trata de una pelirroja guapa a quien él también acaba de conocer.

Yo’, this is my man B I was tellin’ you about”, exclama mi compañero mientras arquea las cejas y alza su cerveza, “tell her, homes, that you’re a writer and shit. The lady here was sayin’ que le cuadran los libros as well…”.

Ella sonríe, creo que sólo por educación. Después me extiende la mano. Pronto coincidimos en que no nos interesan demasiado las pláticas que mantienen todos en nuestra mesa. Pese a mis frecuentes idas y venidas al baño, nuestra conversación fluye de forma natural.

Me cuenta que hace poco regresó de un máster en Relaciones Internacionales en el extranjero. Actualmente trabaja como relacionista pública y community manager para una agencia de cooperación. Alquila un apartamento en Los Robles, no lejos de aquí. Después cedemos a la charla esnob de rigor: música, libros, cine, política, etcétera. Hace poco terminó de leer una trilogía de novelas de Agota Kristof que me recomienda con efusividad. Es también lectora asidua de Silvina Ocampo y tiene una fijación particular hacia Werner Herzog. Menciono La balada del pequeño soldado, el documental que Herzog hizo con Denis Reichle en Nicaragua en el 86 y que explora los genocidios de las comunidades miskitas a manos de las fuerzas sandinistas y el reclutamiento de los huérfanos de las víctimas por la Contra. Se sorprende de no conocerlo. Le digo que está en YouTube. Seguimos hablando de películas. Llegados a un punto me cuenta que visitó la tumba de Borges en Ginebra. Me doy cuenta que está por amanecer. De inmediato le pregunto si vio cuervos rondando la lápida. Niega con la cabeza.

Miro mi reloj. En unas pocas horas el sol calcinará la miseria de esta ciudad. Todos estamos borrachos y drogados. Todos más muertos que vivos. Ella toma mi celular y guarda su número.

Se llama G.

*

Durante su adolescencia cultivó un notable interés por la música y las drogas de la época. Para el sesenta y siete, antes de cumplir diecisiete años, fue encarcelado por primera vez luego de sumarse a una protesta estudiantil contra la dictadura. Intentó, sin éxito pero siempre empujado por la obsesión de vengar a su padre, integrarse al clandestino FSLN. Volvió a caer preso luego que la Guardia lo encontrara semidesnudo e inconsciente en el parque central del pueblo tras una ingesta masiva de hongos y floripón.

En una de tantas su madre, aterrada por que el hijo llegase a duplicar el destino del padre, decidió sacarlo del país.

 

“Si yo regreso”, le dijo a su hermano menor una noche del sesenta y nueve, pocos antes de marcharse, mientras se dejaba caer una gota de LSD en el ojo y las luces de La Tortuga Morada le surcaban la cara como espectros multicolor, “va a ser únicamente para matarlo”. Al menor aquellas palabras le sonaban como el eco de una tristeza extraña aunque a la vez familiar.

Se abrazaron y durante el resto de la noche lloraron y hablaron sobre su padre y sobre su muerte, la cual les habían enseñado a pensar como un acto de nobleza y heroísmo.

*

Por suerte el apartamento que alquilo queda a pocas cuadras del bar.

Avanzo por las calles desoladas de reparto San Juan con la paranoia pisándome los talones. Abro el portón y atravieso el estacionamiento común a los otros cinco apartamentos diminutos, idénticos al mío, hasta alcanzar la puerta.

El caos que habito, visto desde el umbral, es desolador: ropa tirada por doquier, un cerro de trastos sucios donde creo divisar alguna cucaracha, libros desparramados en cualquier rincón, cigarrillos a la mitad, ramas de marihuana, polvo, telarañas y cenizas.

Prendo la tele y me tiro sobre el colchón matrimonial que ocupa casi todo el piso del cuarto. Este apartamento es tan pequeño que podría ser una casa de muñecas. Busco mi bolsa de marihuana. Necesito fumar, de lo contrario la coca no me dejará dormir. Necesito música para calmar al animal miedo, humo para entumecer al animal rabia y alcohol para ahogar al animal desasosiego. Por suerte el porro enrolado ya cuelga de mis labios.

Dentro de tres horas debo estar en el trabajo y lo más probable es que no logre dormir. Exhausto, tumbado sobre el colchón, me pongo a ver el techo y la pared donde tengo pegadas las dos únicas fotografías que conozco de mi padre: en una camina hacia la cámara con el uniforme de las Fuerzas Especiales del ejército gringo, en nítido porte marcial, y es del tiempo en que vivía en la base de Fort Gulick. En la otra foto se le ve algo más joven. Está de pie, desnudo de la cintura para arriba, barbudo, con el pelo mojado ondulando hasta los hombros y abraza a una rubia de ojos azules que lleva un traje de baño oscuro. Al fondo, las ramas de un enorme sauce rozan la superficie de un estanque que duplica la vieja casa de madera de Big Pink, la comuna hippie donde vivió antes de entrar al ejército.

Cierro los ojos.

Pronto el sol abrasará el poco amor que queda en esta ciudad.

*

Llegó a San Francisco a inicios del setenta. Al poco tiempo fue expulsado del colegio donde había sido internado. Se extravió en el epicentro del movimiento hippie hasta que tomó la decisión de despedirse de todo, especialmente de quien había sido hasta entonces. Una madrugada de tantas se largó a Big Pink, una comuna al sur de New Jersey.

Ahí conoció a una muchacha de Oregon que tenía el pelo rubio y los ojos azules como el cielo de la primavera en que llegó. Había huido de casa y cruzado el país dos años atrás. Algunas noches ella tocaba canciones de Joan Baez en una vieja guitarra mientras él escuchaba con deleite.

Su padre también había sido militar pero fue asesinado sirviendo al ejército estadounidense cuando ella era una niña. Desapareció en la provincia de Hwanghae durante la Guerra de Corea. Más de una vez hablaron sobre los destinos elegidos por sus padres. Ella aseguraba no sentir más que odio hacia el suyo por haberla dejado sola. Él opinaba que cualquier hombre que muere a causa de sus principios, sean éstos los que sean, merece, cuando menos, ser respetado. Ella lo miraba indignada.

“Asesinar civiles y destruir poblados en una de las tantas guerras de este imperio no me parece, bajo ningún punto de vista, respetable” decía ella negando con la cabeza, “y mucho menos morir y matar en nombre de eso. Yo hubiese preferido un padre antes que un héroe”, concluía.

Algunas tardes de verano solían bañarse en un estanque contiguo a la vieja casa de madera de Big Pink. Ahí, bajo la amplia copa de un sauce, hicieron el amor por primera vez.

*

El zumbido eléctrico de la alarma del celular me despierta.

Miro la pantalla. Sólo he dormido una hora. No quiero ir al trabajo pero recuerdo que tengo dos warnings y un no-call-no-show. Me enjuago la cara, me lavo los dientes y tomo el primer taxi que encuentro en la calle.

Cruzo casi corriendo el estacionamiento de la antigua Embajada de los Estados Unidos, en cuyas instalaciones se encuentra el call-center donde trabajo. Deslizo la tarjeta por el sensor de la puerta, guardo mis cosas en el casillero y entro al piso hostigado por un zumbido que me parte la cabeza. Miro el reloj: casi una hora tarde.

No he terminado de instalarme en el cubículo cuando el supervisor aparece del otro lado.

Good morning, B”, dice con cara de idiota y me pide que lo acompañe hasta la oficina de Recursos Humanos.

Sin mayores preámbulos me informan que mis servicios ya no serán requeridos. Demasiadas ausencias. Demasiadas llegadas tardes. No tengo objeción ni reacciones. Todo suena justo. Mi supervisor hace un chiste estúpido sobre mi olor a resaca. Me piden firmar documentos. Entregar mi badge. Regresar mi headset. En los próximos días transferirán mi liquidación y prestaciones.

Saco mis cosas del casillero y salgo al estacionamiento, luego a la calle. Llegado a este punto el insomnio se vuelve inercia. Aturdido por el calor y el rugir del tráfico diviso la parada de buses que parece un espejismo.

*

Pese a sus exploraciones en la subcultura hippie, siempre tuvo una constante y marcada vocación militar. En Nicaragua, por razones evidentes, nunca se sumó a la Guardia de Somoza. El Ejército de Estados Unidos terminó por ser una opción tan contradictoria como insospechada para seguir esa vocación.

Durante sus años en Big Pink no dejó de recibir cartas del hermano menor quien se había vuelto colaborador del entonces clandestino Frente Sandinista. Refería con fervor revolucionario las novedades de la lucha y le invitaba a regresar y sumarse al proceso insurreccional. Él, sin embargo, no buscaba escaramuzas urbanas ni combates en la montaña; él anhelaba ser una máquina letal e infalible con un único objetivo: vengar aquella muerte.

Por eso no la pensó mucho cuando su tío le planteó la posibilidad de alistarse en el ejército para obtener una ciudadanía norteamericana y múltiples beneficios a corto y largo plazo.

Cuando tomó su decisión y se la comunicó a la muchacha de Oregon de quien ya estaba irremediablemente enamorado ésta lo tachó de “hipócrita”, “cerdo guerrerista” y “asqueroso mercenario”. Sin embargo, ella también se había enamorado.

El muchacho, que para entonces ya era un hombre, ingresó al ejército de Estados Unidos en abril del 73 y aprovechó cada permiso para verse con la muchacha de Oregon.

*

Managua es un cadáver insepulto. Vuelvo a integrar las filas de su colosal ejército de desempleados. Vago sin rumbo por sus calles. Miro su gente. Un torturador y un mártir, un poeta y un asesino conviven en cada uno de los habitantes de esta ciudad sin memoria. Por lo menos nos queda su cielo inalcanzable al atardecer con pájaros que se entrecruzan como caligrafías vivas de un lenguaje ignorado. Un día decidí creer que ese era el lenguaje de nuestros muertos.

Mi padre dio la vida por este país. Su dolor y su ira lo empujaron a la obstinada obsesión de vengar a su padre. Yo también he convivido con el dolor y la ira, pero ¿contra quién he de emprender mi venganza? Alguna vez pensé que mi única venganza posible sería acorralar a ese fantasma, revivirlo para perderlo en un laberinto de palabras.

Porque nunca valió la pena dar la vida por esta tierra estéril, saturada de sangre. La única diferencia es que hoy podemos estar seguros de ello. Esa certeza es quizá lo más valioso que nuestros padres nos legaron antes de entregar la vida por la Patria.

Hoy el hambre de los niños corre por las calles de Managua simplemente como hambre de niños. No hay nada literario en esta miseria. Ni adentro ni afuera.

*

Tras concluir el entrenamiento básico de infantería logró conseguir un permiso para viajar a Nicaragua, donde se reencontró con su hermano menor y con el resto de su familia después de varios años.

La primera noche que pasó en su vieja casa no pudo dormir. Por horas fumó en silencio en la penumbra de la sala. Al fondo, resplandeciendo oscuridad, un gran espejo lo acechaba y dentro del espejo, el espectro de su padre. Cuando se levantó para encararlo observó, no con poco asombro, las placas de metal que colgaban sobre su pecho, su rostro adulto y endurecido y su porte marcial. Era como si el tiempo se hubiera curvado sobre sí mismo dentro de aquel espejo lleno de manchas. Taladrando con su mirada sus propios ojos, que ya eran los del espectro de su padre, reafirmó su juramento.

Cuando regresó de su permiso, solicitó ser considerado para la próxima selección de las Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos. No claudicó ni un segundo en su ardua preparación. Nunca olvidó el motivo profundo que lo movía. Aprobó la selección e inició el entrenamiento que habría de convertirlo en un Boina Verde.

*

La única persona con quien mantengo contacto desde que perdí mi trabajo es G, la pelirroja del bar. Poco después de conocernos la llamé y empezamos a salir. Ahora solemos encontrarnos de vez en cuando para comer o tomar algo. Ella siempre paga. Después cogemos en su apartamento porque el mío le da asco. Para ambos está claro que sólo somos amigos. En realidad es mi única amiga.

Aunque nunca nos hemos confiado intimidades, ahora, mientras tomamos una cerveza en un bar de la pista Miguel Obando y Bravo, frente a donde fue la casa de Chema Castillo, empiezo a hablar sobre mi padre. También hablo sobre mi terrible situación económica. Sobre mis temores y paranoias. Me recomienda buscar trabajo en otro call center. También me ofrece un préstamo. Agradezco pero rechazo su generosidad. También le explico que prefiero inmolarme antes de regresar a una de esas maquilas de hastío.

“Deberías dejarte de pendejadas”, opina mientras pide a señas un cenicero, “y buscar cómo poner tu vida en orden, B. Ya no sos un cipote”.

“Yo sé. Pero de todos modos no me importa”, digo mientras me encojo de hombros, .“Solamente tengo que lograr sobrevivir un par de meses, mientras cierro la venta de la casa que me dejó mi madre. Con la plata me pienso largar de aquí, establecerme en un país que no sea un infierno. Empezar la vida, aunque un poco tarde”.

G está pensativa, como buscando la mejor manera de decir algo que seguramente no me va a agradar.

“Fijate”, exclama de pronto con tono fingido ”que nos acaba de llegar una convocatoria al trabajo. Cuando la vi pensé en vos, pero no estaba segura si enseñártela porque solés ser muy susceptible con ese tema”.

“Sí —espeto— ni me digás… ya sé por dónde va la cosa”, y le repito, por enésima vez, que ya no escribo, y que ni siquiera cuando lo hacía era bueno. Que si alguna vez se lo mencioné, fue debido a un lapsus o a una táctica burda para ligar.

“Yo leí un blog tuyo, probablemente no muy reciente —replica ella—, y tus cuentos no me parecieron pésimos”.

“Qué vergüenza —suspiro—, otro lapsus: que eso siga en línea”.

Asiente.

“¿Me dejás al menos enseñarte la convocatoria?”.

“Está bien”, concedo, y prendo un cigarrillo.

Ella pone la pantalla de su celular frente a mi rostro. Leo las bases de la convocatoria: un cuento en letra Arial, a 12 puntos, doble espacio, máximo 20 páginas. Dos meses para escribirlo. Seis mil dólares en efectivo y una residencia creativa de cuatro meses en Ottawa.

Suelto una bocanada que atraviesa la calle como un zarpazo fantasma hasta que se desvanece frente a la casa de Chema Castillo.

*

Durante el entrenamiento de los Boina Verde compartió camarote con un muchacho de Wisconsin que tenía los ojos más tristes que jamás hubiese visto.

Por las noches charlaban principalmente sobre música y películas. Por el día los empujaba una sana dinámica de competencia que los llevó a ser los elementos más destacados de aquella promoción. En cierto modo fueron amigos. Pero al finalizar el entrenamiento fueron enviados a diferentes bases y perdieron contacto por años.

Con el tiempo nuestro protagonista ascendió a sargento. Se especializó en explosivos, demolición, paracaidismo y tácticas de contrainsurgencia. Fue asignado al 7° Grupo de Fuerzas Especiales en Fort Bragg, Carolina del Norte. Luego fue trasladado a Fort Gulick, en Panamá, donde vivió hasta dos meses antes de la abolición de la Zona del Canal.

Poco antes del triunfo de la la Insurrección Sandinista, su hermano menor, quien pasó de colaborador a combatiente popular del Frente Sur, fue sacado de Nicaragua luego de ser herido en la toma del cuartel de Nandaime. Tras su recuperación en Costa Rica, el hermano mayor lo invitó a pasar una temporada en Fort Gulick. Ahí vivía con la muchacha de Oregon, en un complejo habitacional de varios pisos.

“Pronto voy a regresar”, le dijo a su hermano una mañana que salieron de pesca, mientras el amanecer doraba las aguas del lago Gatún, “pero nada más va a ser para matarlo. Solo así vamos a poder tener el país que nuestro padre quería. Y sólo así va a poder descansar”.

*

En más de una ocasión he recibido la llamada de un tío abuelo que me ofrece un pequeño archivo de fotografías, cartas y manuscritos de mi padre. Es el único pariente paterno con quien tengo algún tipo de comunicación. Fue quien lo ayudó a entrar al ejército de los Estados Unidos en la década del setenta. Por giros impensables de la política ostentó un cargo diplomático en el gobierno sandinista de los ochenta y conoció los detalles referentes a su desaparición.

Los tres hermanos de mi padre murieron todos relativamente jóvenes, en circunstancias más o menos trágicas, pero fue él quien inauguró la cadena de muertes que orbitaron aquella muerte anterior: la de mi abuelo.

*

El día que su hermano menor cumplía veintiséis años le preparó una cena como las que hacían en casa de los abuelos.

Cuando recién habían llenado sus vasos con ron y prendían un puro cubano, un soldado apareció en la puerta de la casita.

“Sir, I bring you terrible news, sir dijo agitado. Your country has been taken over by those damn communists”.

Entonces desdobló un periódico sobre el desayunador. En la primera plana, impreso en enormes letras negras, se leía el titular: SOMOZA DERROCADO. Una foto en blanco y negro mostraba cómo el dictador abandonaba la Casa Presidencial junto a sus allegados, justo antes de huir del país. Ambos hermanos tuvieron que hacer un enorme esfuerzo para no reaccionar mientras el soldado se encontraba ahí.

“¡El Triunfo. Triunfamos, triunfamos!”, exclamó por fin el menor mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. El mayor estaba paralizado. Los ojos también se le llenaron de lágrimas, pero las suyas eran de rabia.

Justo antes que el menor empezara a hablar sobre cómo su padre por fin podría descansar, cómo su sacrificio finalmente veía su fruto, el mayor le arrancó el periódico de un manotazo y lo aplastó sobre la mesa, estrujando la cara del dictador.

“¡Hijo de la gran puta! estalló de pronto, mientras se desplomaba en un sillón y empezaba a sollozar como un niño ¡A este hijo de puta quien lo tenía que matar era yo!” .

*

Hoy G me invita a almorzar.

Mientras comemos, le digo que pienso participar en el concurso. Se sorprende y me pregunta sobre qué voy a escribir.

“Sobre mi padre”, respondo. Le explico el argumento y algunos episodios de la trama.

“Suena aburrido”, opina secamente, “pero me alegra que estés escribiendo de nuevo”.

Cuando regreso a mi apartamento marco a la casa de mi tío abuelo. Se alegra mucho de escucharme; tiene poco menos de noventa años y ya nadie se acuerda de él. Se queja mucho pero casi no entiendo sus palabras. Le explico que necesito acceder a los papeles de mi padre. Responde, entre toses y grandes esfuerzos, que él entregó todos esos documentos al archivo del Instituto de Historia de la UCA porque cualquier día de estos se va a morir y a mí nunca me interesó llegar por ellos. Interrumpo lo que podría ser un largo repertorio de reproches y le pregunto cómo puedo acceder a los archivos.

“Solo llegá al Instituto con una identificación —me dice—. Cuando entregué los documentos te anoté en una lista para que te permitieran acceder”.

*

Se despidieron con un largo abrazo en el Aeropuerto Internacional de Tocumen cuando el menor de los hermanos partió de regreso a Nicaragua. Luego, cuando el avión sobrevolaba las costas del Xolotlán y los pasajeros divisaron la bandera rojinegra ondeando en la Plaza frente a los retratos de Augusto Sandino y Carlos Fonseca, una algarabía generalizada se apoderó de todos la cabina. Al menor de los hermanos no le cabía la emoción en el pecho.

*

Por las noches me encierro en mi apartamento y escribo. Durante el día me sumerjo en los sótanos del Instituto de Historia e indago. Me alimento con lo que me alcanza para comprar: sopas instantáneas y galletas de soda. A veces algún jugo.

La noche es una contienda descarnada contra el espectro de mi padre. La escritura nunca se limita a la escritura. Dibujamos dilatados círculos dentro de las cuatro paredes de mi apartamento. Nos acechamos hasta que uno de los dos arremete.

El día es una demencia de papeles viejos y luz artificial. Hurgo y hurgo en los archivos, en los documentos, en los periódicos y después examino las fotocopias que traigo a casa. A menudo olvido dormir, pero esto ayuda a sortear el dolor. Cada hallazgo, más que diluirla, dilata mi incomprensión. Pero el hallazgo de hoy tiene una densidad particular.

Se trata de una carta. Una carta que mi padre me dejó justo antes de partir hacia la muerte, cuando yo tenía unos pocos meses de nacido, y que mi madre logró esconder de mí toda su vida. En esa carta mi padre dice que lo que está a punto de hacer lo hace para darme una patria mejor, una Patria Libre, así, con mayúsculas. Me basta con salir a la calle y ver lo que he recibido.

Estamos en el país del fiasco.

No he salido en días. Sólo me despego de la laptop para poner una Maruchan en el microondas o para ir al baño. A ratos olvido que escribo para un premio, pero luego lo recuerdo, entonces empiezo a cuidar la extensión, compacto párrafos, condenso enunciados, pulo el estilo, prescindo de palabras, pienso qué cosas podrían agradar al jurado.

Pero me detiene una repentina interrupción del servicio eléctrico. La batería de mi laptop durará un par de horas. Entonces escribo, corrijo y reescribo como endemoniado. Calo mi cigarro. Casi logro acorralar al fantasma de mi padre. Mi venganza, mantengo en mente, será verlo a los ojos con que no se atrevió a verme antes de morir. Un juego de espejos.

Cuando la alarma de la batería se prende y salgo a ver qué pasa descubro que hay luz en toda la calle. Deduzco que me la han cortado.

*

El mayor, por su lado, reanudó su vida y sus tareas cotidianas como instructor de las Fuerzas Especiales en Fort Gulick, pero notó cómo algo en su ánimo se había dislocado violentamente. Empezó a cuestionar con severidad el rumbo de su vida y sus decisiones y a menudo se sentía embaucado. Ponderaba el sinsentido en que todo se había tornado de un día para otro. Él tuvo que admitir no añoraba la liberación de su patria. Él quería, exigía, su venganza.

Un par de meses después, cuando leyó la noticia del ajusticiamiento de Somoza, la frustración se convirtió poco a poco en un ácido que le corroyó cada fibra del alma.

Empezó a tener problemas con la bebida. Su vida era cada día más tormentosa. A finales del setenta y nueve la muchacha de Oregon, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo que se largaba.

A mediados del ochenta pidió su baja del ejército estadounidense y motivado por las numerosas cartas de su hermano menor decidió de una vez por todas regresar a su patria y servir a la Revolución.

*

En la penumbra y la inmundicia de este apartamento acecha el fantasma de mi padre. No me perdona haberlo invocado. Se asoma sobre mi hombro mientras escribo en mi libreta. Susurra suavemente a mi oído mientras sus vapores de cadáver me erizan la piel.

A lo lejos escucho que mi celular timbra. La voz de G suena en el auricular. Quiere saber por qué no ha sabido nada de mí en meses. Explico que estoy encerrado terminando el cuento para el concurso, según ella misma me sugirió. Me informa, como si le costara creer que lo ignoro, que la convocatoria cerró hace casi un mes. Le digo, con ironía, lo maravilloso que eso me parece, porque me acaban de cortar la luz y no tengo plata para pagar el próximo mes de renta y que en las condiciones que me ha dejado la escritura de este cuento lo que mejor me vendría sería una Colt .45 en el cielo de la boca. Me dice, como siempre, que calme el drama y me pide que me aliste porque en un momento pasará por mí. Cuelga y me quedo con el auricular pegado al oído. Apenas y tengo tiempo para enjuagarme la cara.

Espero fumando en la calle hasta que un BMW azul al que miro con desconfianza se aparca a mi lado. La ventanilla del copiloto se baja y el rostro de G dice “montate”. Conduce una muchacha de nuestra edad, muy guapa, según alcanzo a ver desde el asiento trasero. G me presenta. La muchacha se llama J. Estudiaron juntas en la universidad y desde entonces son íntimas. Me dice que vamos a una fiesta en casa de J y que hay algo de lo que me quiere hablar.

*

Tenía un pequeño punto a favor para su regreso a Nicaragua: su primo hermano era uno de los Nueve Comandantes y le ofreció un puesto en el Estado revolucionario.         

Fue asignado como asesor militar en el Ministerio del Interior. Se dedicó a coordinar y planificar operativos de las Tropas Pablo Úbeda. Llegados a este punto, la historia de nuestro protagonista se empieza a volver progresivamente más difusa.

Desde entonces era poco o nada lo que su hermano menor o cualquiera de sus allegados pudieron saber, pues la mayor parte de sus actividades eran de carácter secreto. Vivió con su hermano en una casa en El Crucero, en las afueras de Managua, a la que sólo llegaba un par de veces al mes. Para esos años se reencontró con una muchacha que había sido su novia cuando eran adolescentes en el pueblo. Al poco tiempo, de ese romance revivido nació una niña a quien le puso el nombre de su antigua novia de Oregon.

Nadie sabe mucho sobre sus últimos años en Nicaragua. El secretismo y las prolongadas ausencias que le exigía su trabajo sumaban distancia a la ya impuesta por el estado de amarga melancolía en que se encontraba desde su regreso. Hacía mucho que su mayor motivación vital le había sido arrancada de las manos por la delirante voluntad de la Historia.

La última vez que lo vieron partir se dirigía a un operativo sobre el cual no le habló a casi nadie.“A vos no te voy a mentir”, le dijo una tarde a su hermano menor, mientras su hija de dos años jugaba en la sala y su mujer, embarazada de su segundo hijo, regaba unas plantas en el patio, “es muy posible que no regrese. De ser así, dale esta carta a mi mujer. Es para mi hijo…”.

Antes de repetir las palabras que su padre pronunciara a la última persona que lo vio con vida, hacía tantos años, miró a su propia hija y a su mujer por largo rato.

“Mis hijos…” dijo por fin, “cuidalos”.

*

Hemos llegado a la fiesta. Por suerte, hay poca gente. Es una casa enorme en las afueras en las sierras de Santo Domingo. Los anfitriones son los hermanos de J: a todas luces dos maleantes sin escrúpulos.

Uno mide casi dos metros y me triplica en ancho. Habla como idiota y se esfuerza por parecer gracioso. El otro es un poco más bajo que yo y no habla del todo. Todo mundo fuma marihuana importada o hace rayas de coca directamente de las mesas. Hay varios policías en el patio y la terraza pero están aquí para resguardarnos.

G me lleva cerca de la piscina y prende una pipa cargada con hachís y kush. Me dice que ella sabe que de verdad necesito plata y que únicamente por eso va a proponerme lo que está a punto de proponerme. Yo la miro temiendo una estupidez.

“Los hermanos de J”, me explica, “traen creepy, MDMA, ácido, DMT y esas cosas desde los Estados y Europa. Después las distribuyen aquí. Tienen su red de dealers. Estos majes pueden traer las cantidades que se les ocurra porque tienen pasaportes diplomáticos”.

Antes que le pueda preguntar por qué tienen pasaporte diplomático, me dice que el papá de J fue un alto funcionario del Ministerio del Interior en los ochenta, que durante la segunda mitad de los noventa fue diputado del FSLN y que, actualmente, es magistrado de la Corte Suprema de Justicia y allegado a la cúpula del gobierno.

“Es un negocio sin riesgos”, me asegura, “si vos le comprás a ellos y distribuís, ellos te garantizan que no vas a tener problemas con la policía”.

Lo peor del caso es que no me parece una mala idea. Quiero saber más detalles. G me dice que podré hablar con ellos más tarde y, como si hubiese adivinado lo que estaba a punto de decir, se ofrece a prestarme el dinero para la inversión inicial.

No hay razón para rehusarse.

*

Tenía treinta y tres años, la misma edad que su padre cuando fue asesinado. Eso era todo lo que su hermano menor repetía mientras pasaban los meses y el mayor no regresaba.

El operativo consistía en tomar una base Contra instalada en El Aguacate, del otro lado de la frontera hondureña, donde también se encontraban varios asesores norteamericanos, y tratar de iniciar desde allí un foco guerrillero, pero esto sus familiares lo supieron mucho después.

Antes del primer mes su columna se extravió. Al poco tiempo se quedaron sin provisiones. Algunos empezaron a enfermar, otros desertaron. Fueron delatados, rodeados y aniquilados. Él fue asesinado ya muy cerca de la base, en el centro de la selva, junto a los últimos cinco sobrevivientes de su tropa.

Lo último que vieron sus ojos, el último pensamiento que atravesó su mente, nos están vedados para siempre. Pero aquí pondré una luna roja en cuarto menguante fragmentada por la vegetación de la selva y violentamente oscurecida por una bala.

La bala, por supuesto, la disparó aquel muchacho de ojos tristes de Wisconsin con quien compartió los meses de entrenamiento y que ahora asesoraba la base de El Aguacate. Le partió la yugular antes de que él y cualquiera pudiera saberlo.

Cuando el muchacho de Wisconsin reconoció el cadáver se horrorizó al pensar que había matado a uno de sus infiltrados.

*

La fiesta ha terminado. Todo iba bien hasta que empezó a ir mal. Muy mal.

Logré concertar una cita con los hermanos de J para abastecerme la semana siguiente. Mientras hablábamos, varias muestras de su mercancía yacían sobre la mesa para degustación. Pero hace unos segundos la puerta del cuarto en que nos encontramos se abrió lentamente y entró la figura tambaleante de don X, el papá de los muchachos. Ahora permanece de pie ante nosotros.

Luego de tomar el churro que uno de sus hijos le alarga, la atención de don X, más que en las drogas, se enfoca en G, o más exactamente en las largas piernas de G y en el escote de su vestido.

“¿Quién es esta princesa?”, pregunta evidentemente borracho mientras arquea las cejas y toma la mano de G para besarla.

“Es una amiga de J, viejo”, espeta uno de los hijos, “si querés hablar con ella llevátela, pero aquí no estés jodiendo que estamos haciendo negocios”.

G está paralizada. El magistrado se queda un rato viéndola con una sonrisa de impudicia mientras mece un vaso de whisky en su mano. Antes de irse le aparta un rizo rojizo que le cae sobre la comisura de los labios y le dice “te veo en un ratito, amor” al oído pero todos lo escuchamos. G pone cara de disgusto y de miedo.

Don X sale de la habitación. Los hijos se levantan y dicen que ya estamos sobre la jugada en cuanto al negocio. G me hace señas cuando dos policías entran de pronto. Entonces uno la toma del brazo y la lleva hacia el interior de la casa mientras el otro me conduce hacia la salida.

Luis Báez (Managua, 1986). Su primera colección de relatos El patio de los murciélagos fue publicada en 2010 (Uruk, San José). Su siguiente colección Eleos y phobos obtuvo mención de honor en el Premio Centroamericano Rogelio Sinán 2013-2014 y es una de las secciones que conforma Historia nacional de lo abyecto (Anamá, Managua 2021). Ha publicado poesía, relatos de ficción y no ficción, ensayos y crítica literaria en medios de América Latina y España. Ha sido incluido en antologías como Los2000, autores nicaragüenses del nuevo milenio (Leteo, 2012), Escribir en crisis (Letralia, 2019), Antología de la nueva poesía política nicaragüense (Guaraguao, 2020) y la antología de narrativa centroamericana Territorios olvidados (Editorial X, Los sin pisto, MiMalaPalabra co-ed., 2021). Fue miembro de la Junta Directiva del Centro Nicaragüense de Escritores.Ha impartido cursos y talleres de escritura creativa. Desde 2011 coordina el Fondo Editorial Soma.

Una respuesta a “Las manchas en el espejo”

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