Escritores fantasmas

Maridaje recomendado: Café

Por: Felipe A. García

Hay quienes creen que en la literatura salvadoreña, actualmente, existe un hueco literario. Que después de la generación de autores como Horacio Castellanos Moya, Claudia Hernández, Jacinta Escudos, Mauricio Orellana Suárez, entre otros, ningún nuevo escritor ha surgido para hablarnos de las décadas posteriores a los Acuerdos de Paz. Esta creencia es falsa. Y es que aunque nadie los conozca todavía, no significa que no existan autores nóveles en El Salvador.

En los últimos diez años he conocido al menos a ocho “jóvenes escritores” preparando su primera obra. Los conocí en la universidad o en algún taller literario dirigido por alguno de los autores de las generaciones pasadas. Algunos de ellos ya están listos para publicar, pero no han encontrado una editorial en el país que apueste por ellos. Y es que, ante la ausencia de una industria editorial en El Salvador, el debut literario de estas nuevas letras se ha retrasado.

En teoría, una industria editorial no se limita a publicar y vender libros. Previamente a esto está la riesgosa tarea de descubrir nuevos autores. Esto a través de la lectura de los manuscritos que reciben constantemente. Las propuestas son leídas por un comité editorial que, tras una minuciosa lectura, deciden si la obra se ajusta a la visión literaria de la editorial para su publicación. Es así como, de vez en cuando, ese comité encuentra un libro que los sorprende y por el que deciden apostar. Esta apuesta consiste en invertir tiempo, esfuerzos y dinero para su publicación y distribución. Todo con la esperanza de que el libro no sólo sea una revelación literaria, sino también que les genere ganancias para mantener la editorial.

Esta dinámica, actualmente, no está ocurriendo en El Salvador. En el país no hay editoriales establecidas que den origen a una industria. La única editorial estable con la que contamos es la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) de El Salvador, institución gubernamental, que desde hace años no recibe textos para considerarlos dentro de su catálogo, alegando que no cuentan con un comité de lectura. Sus publicaciones se han limitado a revistas culturales, libros de historia e infantiles. El resto de editoriales en el país son pequeñas, comúnmente conocidas como “independientes”, que tienen pocos y limitados recursos para publicar. Por lo que deben ser aún más exclusivos a la hora de seleccionar una obra.

Esta “exclusividad” con la que trabajan las pequeñas editoriales en el país son un arma de doble filo. Como el objetivo de ellos es subsistir, no todas pueden darse el lujo de apostar por un autor desconocido. No es lo mismo publicar a un escritor con trayectoria reconocida y con un fiel grupo de lectores, que a un escritor a quien nadie conoce. El autor reconocido ya garantiza una pequeña recuperación del dinero invertido; mientras que el autor novel, al no poderlo promocionar con el marketing editorial adecuado, asumiendo que este esté dispuesto a hacerlo, no garantiza recuperar lo invertido. Descubrir nuevos autores no es un oficio rentable en El Salvador.

Por lo tanto, ese “hueco literario” que muchos creen que existe en el país, es en realidad una carencia editorial que ha convertido a toda una generación de autores en “escritores fantasmas”. En esta oportunidad, el término “fantasma” lo ocupo para referirme a ese anonimato en el que constantemente escriben, a pesar de que muchos de ellos ya tienen obra lista para presentar al público, pero que no han encontrado el medio para hacerlo.

Esta generación de escritores fantasmas ya no les hablará del conflicto armado en El Salvador. En su lugar les hablará de esa guerra fría que actualmente se pelea en el país en contra de la inseguridad social, la corrupción política, la migración por falta de oportunidades, las fobias personales, generacionales y culturales; así como lo que han denominado como “valer verga en la vida”, entre otros temas.

Estas historias no se las contarán en forma crónicas, testimonios, ensayos, libros de superación o melodramas. Se las contarán a través de una narrativa de ciencia ficción, fantasía, horror, erotismo/pornografía, humor negro/absurdo, novela negra o juvenil. Todos esos géneros que a la fecha han sido poco trabajados por nuestra literatura, pues todavía hay quienes creen que estos géneros son inferiores, ignorando lo difícil que es construir un universo ficticio dentro de ellos.

Pero lo más importante es que estos autores nóveles contarán estas historias con el lenguaje de su generación. Uno sencillo, vulgar, a veces obsceno y  visceral. Otras veces, gracias a estos tiempos de auge tecnológico, hipertextual. Un lenguaje transgresor que ofenderá a más de uno. Porque ellos saben que en la literatura si algo es correcto, no sirve.

La próxima generación de escritores salvadoreños está trabajando bajo las sombras, como escritores fantasmas. Mientras salen de ese anonimato editorial, no queda de otra más que esperar a que cuando estén listos para publicar, encuentren un medio para hacerlo. Esperar a que las editoriales nacionales se animen a apostar por ellos, a correr el riesgo de invertir en algo que probablemente no les genere muchos ingresos. Pero principalmente, arriesgarse a publicar textos que para más de un lector de las generaciones pasadas le resulten ofensivos, inmaduros, “demasiado fantasiosos” y hasta obscenos. Porque estas obras, quedan advertidos, representarán un verdadero choque generacional dentro de la literatura salvadoreña.

El artículo anterior se limita a hablar de la narrativa en El Salvador. Las opiniones y comentarios expuestos en el texto son responsabilidad de su autor. Si no se mencionan nombres dentro del artículo, es sólo para respetar el deseo de algunos de estos escritores inéditos por permanecer en anonimato mientras preparan sus obras.
Felipe A. García (San Salvador, 1991) Estudió comunicaciones porque no pudo estudiar literatura ni cine. Ha realizado talleres de escritura y cinematografía. En el 2013 ganó un premio de novela no muy conocido y es Gran Maestre en perder los Juegos Florales de El Salvador.

 

 

 

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