Jardines

Maridaje recomendado:  Infusión de una pizca de polen junto a una cascarita de cielo, un poco de hilo de nubes, alas de un sueño agradable y el círculo más pequeño que crea la libélula en la superficie del agua

(Recomendación del autor)

Por: Luis Contreras*

Estoy acostado en la cama, con la misma postura que, hace tres horas, me dormí (en el lado izquierdo). Estiro la mano… nada. Es domingo: el peor día.

Me siento en la orilla y busco mis zapatos. No los encuentro. Veo el cenicero sobre la mesa. Lo paso cerca de mi nariz cuatro veces. Recojo mi pantalón, me lo pongo y voy a la cocina por ron con café. Carolina no está.

La conocí hace cuatro años (cuando trabajaba para pagar la Universidad). La invité a salir luego de doce meses. Aceptó. Fuimos al billar. Fue agradable jugar a los triángulos con ella, nunca había llevado a una chica al billar.

 

— ¿Por qué fumás? —me pregunta.

— ¿Por qué fumás vos?

— Yo pregunté primero —contesta enojada.

— Para soportarte.

Ojalá sepa que es broma.

— ¿Por qué fumás? -vuele a preguntar.

— ¿Y vos?

La veo. No contesta. Ni vuelve la mirada.

— Deberías dejar de fumar… pero, al final, es tu problema.

 

Mis zapatos están en la sala. La radio está encendida. Ella podría estar en el jardín: lo riega los domingos. Salgo al porche y veo que todas las flores desaparecieron. Entro a la casa y voy al baño. Tampoco. Camino hacia la cocina por más ron. Paso al cuarto por un cigarro y no encuentro la cajetilla. Busco debajo de la cama, solo encuentro un libro: Atlas descrito por el cielo:

— ¿Dónde están mis cigarros, Enciclopedia Serpentiana?

Nadie contesta. Alguien toca la puerta. Carolina. Voy y la abro.

— Buenas. ¿Tienes tiempo para la palabra del Señor? — es un viejo con una camisa celeste y pantalón blanco.

— Olvidé que ahora es su día — contesto.

— Todos los días lo es, hijo mío.

— Yo me refiero al señor Mijael.

— ¿Quién es el señor Mijael? —pregunta, extrañado.

-Yo -sonrío.

Me mira seriamente con sus ojos, que parecían de lobo, aunque en realidad todo su cuerpo indicaba que era, más bien, un conejo.

— ¿Tienes tiempo para la palabra del Señor? —repite.

— Estoy buscando a mi mujer. También los cigarros se me han perdido.

— No hay problema. Ya habrá tiempo para hablar de su palabra. Ahorita las prioridades.

— Que el Señor lo acompañe —contesto.

— ¿Cuál de los dos?

Le cierro la puerta de golpe.

Aparto las cortinas para ver por la ventana. Lo examino de pies a cabeza mientras camina. Se va por allá, por donde viven los Kangra. Al otro lado de la calle, diviso a Carolina con unas bolsas. Viste un pantalón suyo (corto), una camisa mía y sus botas café oscuro. Sonrío en silencio. Comienzo a buscar la cajetilla de nuevo y, un momento después, ella entra.

— Fui al mercado -cierra la puerta—. Traje para el almuerzo y whisky.

— Sabes exactamente qué ir a comprar al mercado —le digo, y se sonroja.

— Iré a guardar —dice. Me da un beso simple antes de ir a la cocina, de esos besos que se parecen al pan dulce espolvoreado de azúcar fina. Es como si no existiera ni soplase el viento: no se ha dispersado el azúcar de sus labios, tampoco la canela y el café de su pelo, mucho menos el calor de su cuerpo.

— Por cierto, ¿has visto la cajetilla de cigarros? —le pregunto.

— Sí, toma. Yo me los llevé —agarro la cajetilla, y se va.

— Algo más —digo, alzando la voz-: ¿Qué le pasó al jardín? ¿Ya lo hicieron? ¿Tan rápido? ¡No me lo esperaba!

Ella no responde.

 

Destapó el whisky a las cuatro. Le volví a preguntar por las flores. Ayer no podía dormir, me dijo. Después que la película terminara (3 AM), salió al porche a fumar con la Luna. Nos gusta cómo se ve el humo con la Luna, sobre todo cuando cubre a la noche cristalina y siniestra con plata y se prenden los fuegos. Dijo que vio el jardín, que le pareció hermoso como había quedado.

— Bonitas flores, Caro.

Era Herrero, ella botó el cigarro del susto.

— ¡Ah, criatura! ¿Qué hacés a estas horas? —dijo, encendiendo otro.

— Nicolás no para de llorar, creo que quiere decirme algo —Herrero tiene un niño de dos meses.

— Entiendo.

— Sí. Me puse a hacer limpieza y, frente a las ventanas, miré tu jardín. Te vi y quise salir a verlas de cerca.

— Están bonitas. Él me las compró. Las sembramos ayer, por la tarde.

— ¿Podrías regalarme algunas? Enredado en mis sueños encontré la Inscripción y ahora no tengo muchos quehaceres: hasta para ser padre tengo tiempo. Podría pasarme el resto de la vida arreglando el jardín, pero algún día definitivamente viajaré a Kavdak…

— Ah… Sí… Claro. Agarra las que quieras.

Herrero empezó a observar detenidamente las flores, de espaldas a ella, que le da severas caladas al cigarro para entrarse lo más rápido posible.

— Está helado, mejor entro a dormir un rato —bosteza—. Me está dando sueño. Agarra las que quieras -le dio la última calada, lo tiró y pateó.

— Saludame a…

— Sí, yo lo saludo. Buenas noches.

— Buenas noches, Caro —dijo Herrero al cambiar de estatura. No más alto, para llegar a las estrellas y comprender el Sentido, sino más pequeño, para escoger las flores con el polen más microscópico.

Ella regresó al cuarto a dormir, en su lado de la cama.

 

Así pasaron las cosas, me dice. Ya compraremos más flores para que vengan los Pavic a pedirnos que les demos algunas, son los únicos que faltan, le digo.

Los jardines de los Vid, los Paolo, los Idris, los Hamid, los Orfelín, los Ridruejo, los Hartman, los Escohotado, los Palladio, los Vásquez, los Saed, etcétera, ya están llenos de flores de todos los colores. Flores que nosotros compramos y que algún tiempo estuvieron en nuestro jardín.

— Las compraremos la próxima semana —le digo.

— Está bien -me dice, mientras sirve los últimos tragos de whisky a cada uno.

— Hubieras comprado una botella más, o mejor dos.

— Imaginé que con esta iba a alcanzar —agarra su cigarro.

— Imaginaste mal, cariño.

Le doy un beso (no tan simple) y me quemo el brazo con su cigarro. Alguien toca la puerta. Antes de ir a ver quién es me detengo frente al espejo para mirar la quemada.

— ¿A quién busca? —digo, antes de abrir.

— Buenas tardes, hijo. ¿Tienes tiempo para escuchar la palabra del Señor?

— Tiempo, sí. Ganas…

Silencio. No escucho pasos que se alejen. Cuento hasta siete con los ojos cerrados y abro.

— Volveré otro día. Ese día sí tendrás tiempo y ganas, ¡te lo aseguro!

— No puede asegurarlo.

— ¡Mierda! ¿No puedes callarte de una puta vez? ¡Adiós! —sonó un poco enojado.

— Que le vaya bien. Que el señor lo cuide.

— ¡¿Cuál de los dos?!

Le cierro la puerta en la cara de golpe. Antes de regresar con Carolina, veo por la ventana. Lo escucho alzar un poco la voz:

— ¿Así me respondes? ¡Solo estoy tratando de ayudarte! Tú me lo dijiste: ¡por un mundo nuevo y mejor! -se pega en las rodillas y se le caen los lentes.

— ¿Quién era? —me pregunta Carolina—.

Me quedo callado y miro sus ojos oscuros. Son los ojos más oscuros que he visto en mi vida. No son serpientes o zorros, mucho menos conejos, simplemente son sus ojos.

— Un señor.

— ¿Qué quería?

— Que habláramos de su palabra.

— Esta gente cada vez está más loca —me dice.

Tiene razón.

 

Se fue a dormir hace una hora, mientras yo leía. Quisimos ir a comprar otra botella, pero ninguno se levantó del sofá. Son las nueve de la noche. Entro al cuarto y la beso en la frente. Me meto a la cama y me acuesto, en mi lado.

Respiro. Cierro los ojos. Los abro y veo que la ventana ha quedado abierta. Me levanto para cerrarla y veo al hombre, ahora de camisa negra con pantalón blanco, tocando la puerta Sasha y Cartógrafo: nadie le abre.

Da media vuelta, camina y llega a la acera, donde observa para todos los lados posibles. Agarro el cenicero y lo paso por mi nariz tres veces para olerlo más o menos bien. Cruza la calle y se queda parado, mirando nuestro jardín. Después, levanta la cabeza hacia la ventana. Cierra los puños y me mira fijamente. No alcanzo a ver su cara, como si fuera difuminada. Yo también me le quedo viendo, hasta que él empieza a caminar, alejándose poco a poco con su andar medio sigiloso, medio sublime.

Se fue por allá, por donde vive la Muerte.

*Luis Contreras (San Salvador, 1995) es estudiante universitario de último año. Vago, lector y narrador.

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