Anahualia

Maridaje recomendado: Sopa de tortilla

Por: Benjamín Silva*

Foto de portada: Zdzisław Beksiński

No tengo otro camino que la reflexión de los terribles hechos que presencié en el pasado, Soni, te intento decir que nuestros caminos están separados. Desde que escribí el relato adjunto a esta carta, he temido el día en que alguien lo lea, pero necesito hacerlo saber antes de morir, y te lo doy a vos para que entendás también por qué no puedo ofrecer más que pequeños lapsos de tranquilidad y lucidez, frente a los muchos episodios de ansiedad y depresión que, hasta hace poco, dada nuestra cercanía, has tenido que soportar.

Como sabes, mi familia entera creció en Izalco, y poco a poco todos migramos hacia San Salvador; todos excepto Belén, la mujer de tez clara y de delgada figura que nos cuidó a mí y a mis hermanos en la niñez. Belén se había quedado en nuestra casa de infancia, ella y nadie más. Hija de Antonio, hermano de mi padre. Nunca deseó casarse ni tener hijos. Es verdad que su carácter podía llegar a ser hostil o exasperante, pero era una mujer fiel y respetuosa, de melodiosa voz y bella sonrisa, amante de la buena música, el orden y los animales. A sus 69 años ya estaba suficientemente claro que no quería un esposo, mucho menos hijos. En vista de que el resto de mis hermanos migraron a otros países, yo me preocupé de velar por sus necesidades y visitarla regularmente. No tenía más familia que yo. Dicho esto, podés leer el texto adjunto. No lo leás en voz alta.

I – Belén

El teléfono timbraba sobre la mesita de noche el 6 de abril de 2001. Contesté. Era Belén. Nos saludamos. El miedo de que ella fuera víctima de la delincuencia o de cualquier otra amenaza en la soledad de nuestra antigua y solitaria casa nos inquietó en repetidas ocasiones a mis hermanos y a mí, por ello me apresuré a preguntarle por su integridad y tranquilidad. Afirmó sentirse tranquila. Me preguntó “cómo iban las cosas en la capital”, charlamos unos minutos, y finalizó diciendo:

—Tengo algo que contarte… o más bien mostrarte.  Está bastante desconcertante. Sé que te va a interesar.

No dijo más al respecto a pesar de que le lancé un par de preguntas. Terminamos la llamada luego de unos minutos. La intriga se quedó conmigo desde ese miércoles hasta el sábado. Se enrollaba en mi corazón, ese sentimiento de dos cabezas que nos hace oscilar entre el temor y el entusiasmo cuando esperamos la revelación de un secreto.

Otra vez conducía sobre las retorcidas calles de Izalco. Otra vez columbraba la fachada de aquella casa tatuada con cientos de recuerdos de mi niñez. Belén conocía bien el sonido del motor de mi motocicleta y salió al jardín exterior para abrirme el pequeño portón. La miré allí, parada, con sus manos apoyadas en la cintura. Pensé en cómo su delgada figura permanecía inmutable desde la juventud. Tenía puesto un vestido amarillo con un bordado de pájaros blancos. Había trenzado su oscuro cabello. Sus ojos se achinaban al tiempo que sonreía.

La saludé. Entramos. Los platos hondos estaban colocados ya en la mesa, cubiertos con servilletas. Dentro de ellos vertió una deliciosa sopa de tortilla. Recuerdo la conversación, así que la transcribo en honor a su recuerdo.

—¿Dónde aprendiste a cocinar tan rico? –pregunté y reí.

—Ya ves, me gusta consentirme. Sólo así encuentro motivación para cocinar algo.

—¿Es mi imaginación o hace un calor brutal?

—Es la sopa —sonrió mucho, sin abrir los labios—. Yo estoy acostumbrada a este sauna y vos a tu pedazo de hielo en Los Planes.

—Ya pues, decime o enséñame lo que me dijiste.

—Vaya. Esto es lo que pasa. Desde que eras pequeño te cuidé a vos y a tus dos hermanos. Vos sabés o te contaron… o bueno, nos contaron a muy temprana edad que mi mamá simplemente desapareció un día y yo quedé huérfana. Pero crecí con ustedes, sólo soy 10 años mayor que vos. Desde que estaba pequeña también supe de una pareja de ancianos que vive aquí al otro lado del río, pero hasta que ustedes me dejaron aquí sola pude ir allí y ver quiénes eran ellos. Son un hombre y una mujer ya bastante, bastante mayores, que según sé son hermanos. Lo que te quería decir es que la semana pasada fui como de costumbre a dejarles algo para cenar, y como siempre la mujer salió a recibirlo, me agradeció fríamente y se dio la vuelta. Entonces pude verle más o menos la cara al anciano, que estaba en la oscuridad, dentro de la casa. Porque la casa es como una cuevita, no se ve nada del interior. Mirá, no estoy aún segura, pero yo lo vi bastante mal al viejito y me preocupa que esté enfermo o lastimado. Se veía demacrado. Pero lo importante de todo esto, o más bien, lo que me pone en qué pensar, es que ellos, al igual que yo, no tienen familia. Y en todo este pueblo no conozco más personas que estén solas. Todos aquí son parientes, todos menos ellos dos y yo.

Belén continuó describiendo el caso de los ancianos con esa marcada tendencia al abuso de arcos argumentales que convergen y se bifurcan. En síntesis, vivían junto al estrecho río, no tenían luz eléctrica, no salían de su casa, no tenían parientes y nadie los visitaba, sólo los vecinos les llevaban a veces alimento y artículos de primera necesidad. Pese al abandono, o quizá debido al mismo, la anciana era misántropa y huraña. No permitía a nadie entrar a la casa; además, ella era la única que se asomaba por la desvencijada ventana para responderle a los preocupados vecinos que se encontraba bien.

Acordamos ir juntos hasta la casa de los ancianos. Cruzamos el pequeño río y golpeé la puerta. Luego de unos minutos una morena y arrugada cara asomó a medias para preguntar qué deseábamos. Le pedimos a la señora que nos dejase pasar a su hogar, pero se negó, como nos lo temíamos. Tras unos 20 minutos de insistencia, procurando no sonar rudos o malintencionados, la anciana por fin nos hizo pasar. Belén y yo quedamos horrorizados al ver su cadavérico cuerpo. No había músculo en sus extremidades, todo aquello era una osamenta recubierta por una endeble tela de piel, pero no supimos cómo reaccionar, solamente avanzamos al frente con acelerado ritmo sanguíneo.

El interior de aquella vivienda parecía un agujero negro en el espacio-tiempo: estaba repleta de gruesas y polvorientas telarañas, que sólo pude evitar caminando agachado; la acción de las termitas había debilitado los horcones del techo, a tal grado que una sola patada en el lugar indicado podría haber hecho colapsar los deteriorados maderos sobre nuestras cabezas; las paredes estaban construidas con varas de bambú y una mezcla de adobe que caía pulverizado con el simple tacto de la mano. Pero lo que más me agobiaba era la tremenda escasez de luz, ya que el sol no podía incursionar en la sala sino mediante una sola ventana pequeña por la que la anciana solía asomarse. Las otras tres habitaciones, se sumían en las sombras. Sólo unas amarillentas cortinas las separaban de la sala. Un sofocante olor a humedad reinaba en el ambiente.

Para entonces ya me había arrepentido de haber ingresado en aquel inhóspito lugar. Tal sentimiento sólo se reafirmó cuando, en un rincón, pude ver al otro anciano parado de espaldas a la entrada. Estaba cubierto con una manta, con los brazos cruzados y la oscuridad hacía imposible contemplarlo a detalle. Tomamos asiento en unos inestables troncos. La sala parecía saqueada, no había cocina, ni mesa para comer, ni siquiera sillas decentes. La anciana permanecía callada y su semblante reflejaba angustia.

—¿Cómo? ¿Cómo ha sobrevivido todo este tiempo en estas condiciones? —gemí, temblando, después de unos segundos.

La anciana continuó en silencio. Una pálida Belén tenía la boca entreabierta y apenas daba pequeños respiros. Afuera, una bandada de pericos anunciaba el atardecer. Estuve a punto de arrastrar a Belén del brazo y huir de esa casa, pero, tras unos minutos, la anciana comenzó a relatar una historia que difícilmente se borrará de mi memoria.

Me es preciso contarla tal cual su boca la plantó en mi cerebro, con las mismas inauditas palabras, aunque me estremezca el solo recuerdo de esa moribunda y chillona voz.

II – La historia de la anciana

Mi hermano y yo tenemos 145 años. Estamos atados a una maldición hecha en el año de 1898, cuando éramos todavía muy pequeños. Nuestra mamá había enviudado y sólo nos tenía a nosotros. Nos gustaba jugar cerca del río. Allí cortábamos frutas y chapoteábamos durante horas, a veces hasta el anochecer. Mi madre pasaba deprimida en su cuarto y no tengo muchos recuerdos de sus cuidados.

Uno de esos días conocimos a Yolanda. Era una joven que vivía en el cerro, nunca supimos dónde exactamente, ni conocimos de quién era hija. Ella nos enseñó muchos juegos y canciones. Nosotros recién habíamos cumplido los 11 años. Una tarde en el río, Yolanda comenzó a acariciarnos, primero el cabello, luego el cuerpo entero. A nosotros nos gustó. “Se siente bien… se siente mal…” repetía Yolanda. Entonces comenzó a desvestirnos, por primera vez vimos, los tres, nuestros cuerpos desnudos, y ella repetía “se siente bien… se siente mal…”. Sus pechos eran grandes y puntiagudos. Tomó nuestras pequeñas manos y las arrastró por su cuerpo, por sus pechos, las introdujo en su sexo. Nos hizo olerlas. Luego hizo que mi hermano y yo hiciéramos lo mismo… y nosotros sólo concordábamos con sus palabras “se siente mal… se siente bien…”.

Tomó el pene de mi hermano y lo metió en su boca, lo succionaba y hacía que mi hermano la agarrara del cabello. Pronto su pequeño pene estaba hinchado de sangre y mi hermano la tomaba firmemente del cabello. Pero Yolanda no continuó succionando, en lugar de ello, abrió mis piernas e hizo que mi hermano me penetrara. Todo siguió el curso natural, en unos segundos mi hermano estaba inyectándome su líquido. Pero Yolanda no estaba conforme, me metió sus dedos mientras succionaba de nuevo el pene de mi hermano. En poco tiempo mi hermano estaba penetrándome otra vez y su líquido corría otra vez en mi interior.  Estábamos hipnotizados por lo desconocido.

Yolanda repitió el proceso, acariciándonos con sus pechos y tocando nuestros cuerpos. Mi hermano me llenó por dentro una tercera vez. Terminado el acto, Yolanda nos observó fijamente. ¿Se sintió bien? Nosotros no podíamos hablar. ¿Se sintió mal? Entonces mi hermano empezó a gemir y luego a llorar. Yolanda se abrazaba con sus brazos y retrocedía, angustiada, segundos más tarde se alejó corriendo.

Nosotros también corrimos espantados hacia nuestra casa, pero no nos atrevimos a entrar. Volvimos al río más tarde para lavarnos. Cuando nuestra madre llegó no pudimos decir nada, no pudimos llorar, ni contarle lo que había pasado. Ella reconoció que algo nos atormentaba, pero no pudimos explicar. El cura del pueblo habló con nosotros y poco a poco pudimos responder preguntas básicas, pero algo estaba mal.

Yo supe que estaba embarazada, lo sentí desde el primer día, y sabía que algo malo estaba creciendo dentro de mí, aunque no fuera evidente. En mi mente resonaba “se siente bien… se siente mal”. Vimos a Yolanda unas cuantas veces merodear nuestra casa. Pasados tres meses, esperó una mañana a que nuestra madre saliera a traer unas gallinas que un vecino le había ofrecido. Nos tomó del brazo y nos dijo que nos ayudaría a ya no tener miedo.

Nosotros no cuestionábamos su autoridad. Nos llevó al monte, vimos una pequeña cueva y nos hizo entrar. Ya no teníamos capacidad de decidir por nuestra cuenta. Adentro estaba un viejo desnudo que jadeaba. Le dio unas palmaditas a Yolanda en la cabeza, mientras ella nos dejaba a su merced. Me sentó sobre una piedra en el interior de la cueva, puso una quijada de caballo en las manos de mi hermano y le pidió que la pusiera sobre mi vientre. Mi hermano temblaba y obedecía. El brujo introdujo un objeto de madera en mi vagina y extrajo muy despacio el pequeño ser que crecía en mi vientre. Lo puso en un guacal que tenía agua, ramitas, y quién sabe qué otras sustancias, y la pequeña cosa comenzó a crecer. Al inicio lo vimos como una pequeña lagartija blanca, luego parecía una serpiente, y entonces nos dimos cuenta de que aquella cosa cambiaba a la forma de diferentes animales. El viejo seguía vertiendo agua en el recipiente. En un momento vimos que la cosa era un cerdo blanco, de considerable tamaño; mi hermano cayó al suelo desmayado y yo le secundé.

Cuando recobramos el conocimiento nos encontramos solos en la cueva. Yo sentí que había por fin despertado de la peor pesadilla de mi vida. Mi hermano y yo nos encaminamos hacia nuestra casa. Yo estaba magullada y lacerada del ombligo hacia abajo. Caminé dificultosamente.

Cuando entramos por la pequeña puerta distinguimos a nuestra madre tirada en el suelo y a un enorme mono blanco que la descuartizaba con unas garras de oso. Le engullía los pedazos ensangrentados mientras nos veía con sus ojos amarillos. Nos escondimos. La bestia huyó. Después de eso, jamás volvimos a salir de esta casa. A los años nos llegó el rumor de que un lugareño había encontrado un cuerpo mutilado de mujer, cuya identidad nadie pudo reconocer. Creemos que fue Yolanda.

Ahora, cada seis o siete años el viejo que nos maldijo asoma su cara por esa ventana, pero jamás entra aquí. Al inicio el horror no me permitía verlo, pero la última vez que vino supe de su boca que Yolanda había muerto. El viejo también me dio esta tablita, en la que está escrito el nombre que le fue dado a la bestia.

Nosotros no moriremos hasta que la bestia nos asesine, hasta que digamos su nombre. Pero no es nada fácil dar ese paso. Cada mañana despertamos con menos piel en nuestros huesos y nuevos dolores en todo el cuerpo, pero no logramos decir esa palabra que traerán por fin nuestro descanso. Más ahora… ahora me parece un buen día para terminar con este infierno. No moriremos solos.

III – La bestia

Su hermano por fin se dio la vuelta hacia nosotros. Su mandíbula, sus costillas, su pecho, y sus extremidades eran puramente un esqueleto amarillento. Ver sus cuencas oculares vacías y su quijada abierta de par en par me hizo vomitar la sopa de tortilla en el suelo. Belén cayó desmayada en el centro de la sala. Aun vomitando vi una cara en la ventana y, en segundos, un viejo desnudo entró por la puerta hasta llegar a nuestro lugar. La anciana temblaba mientras el viejo le daba unas palmaditas en la cabeza.

—Él es —repetía la anciana, mientras me miraba con agonía.

Nadie en el cuarto osó verle la cara al viejo desnudo. Comenzó a decir palabras que yo no pude entender, excepto por la última: Cuando el viejo vio el rostro de Belén en el suelo pareció identificarla, y entonces le escuché decir al final de la oración “Yolanda”. Hasta entonces fui capaz de asimilar que el viejo era el mismo que había originado la maldición.

Entonces la anciana tuvo un arranque de desesperación. Dio dos pasos atrás alejándose del cuerpo de Belén, como si reconociera en ella alguna conexión con Yolanda, y comenzó a buscar algo entre sus andrajosas ropas. El cadavérico hermano pareció querer quejarse exhalando un soplido a través de sus desquiciadas mandíbulas y avanzó torpemente hacia su hermana para intentar tapar su boca. Ella palideció, sostenía en sus manos la tablita de madera, su cuerpo tembló, apretó los dientes, y con lágrimas gritó: “¡ANAHUALIA!”.

En instantes, un tropel se escuchó a lo lejos, intensificándose. Era la bestia. Hubo silencio por un segundo. Luego entró por la ventana con el cuerpo de un níveo murciélago y cayó en el centro de la sala, sobre Belén, convertido en un blanco reptil. Belén despertó. La bestia la despedazó dando vueltas de cocodrilo y la tragó como una serpiente. Yo vomité una vez más al tiempo que lloraba y gritaba de horror.

No entiendo cómo permanecí consciente. La anciana tomó la mano de su hermano y juntos se acercaron a la bestia, que ahora era un animal desconocido para mí (si no para el mundo entero). Aquellos dos esqueletos vivientes tocaron la espalda de la bestia suavemente. Se dio la vuelta hacia ellos, engullendo aún el torso de Belén, y su cabeza se contorsionó hasta terminar de tragarla. La anciana con quebrada voz logró suspirar una palabra que no entendí y la bestia pareció escucharla.

Perdí por un momento el conocimiento. Y aquellos segundos de oscuridad me decían que había llegado al final de mis días.

Desperté ahogándome con el polvo, entre adobe desecho y varas de bambú. La construcción había cedido. Los pájaros cantaban con estruendo. En el centro de la sala había un esquelético caballo, bordeado por las estrellas del cielo nocturno; montado sobre él, una mujer cuyo rostro no tuve el valor de mirar. Y en los brazos de la mujer había una figura antropomorfa, un bebé que me observaba con sus enormes ojos amarillos desde arriba, un humanoide con una blancura que evocaba a la de una luna nueva. Aquellos tres seres se abrieron paso entre los escombros; escuché el golpe sordo de los cascos contra el suelo de tierra.

Me paré, con dificultad, pasado un momento. Avancé unos dos metros. Apenas pude pensar en la ahora inexistente Belén. Sólo quería saber dónde estaban los que aún vivían. Nada. Hubo calma. No soporté más. Me derrumbé en el suelo, mientras aquellas tres aberraciones malditas se perdían, azotadas por la brisa, en la ribera del río.

***

El tiempo arrastra y oculta memorias como las olas del mar, así, la existencia de Belén no es recordada por nadie en el mundo, excepto por mí.

Sólo tengo que decirte unas cosas más sobre esto, Soni:

1 – Volví al lugar meses más tarde. Nadie en los alrededores supo qué había pasado, simplemente una mañana la casa de los ancianos apareció destruida y ellos ya no estaban. Las lluvias ya empezaban a enterrar los maderos del techo. Revolví los escombros, buscando entre ellos, inútilmente, algún rastro de Belén, algún anillo o zapato, pero la bestia la había eliminado de la faz de la tierra. Lo único que encontré, semienterrada en el fango, fue la tablita de madera en la que está ese nombre escrito. La tengo en mi casa, detrás de la pintura del halcón.

2 – Entrevisté a varios lugareños pasado el tiempo y tres de ellos afirmaron ver una vez, en la oscuridad, un jinete que llevaba en brazos una cosa blanca y resplandeciente. Nada más. Sólo esos avistamientos. Sin consecuencias.

3 – Belén era una persona feliz, eso creí siempre. Revisé nuestra casa de infancia y encontré algunas cosas que me desconcertaron. No te diré qué, sólo te puedo decir que quizá sí era hija de Yolanda y que por alguna razón ella me ocultó ciertos detalles que definitivamente me habrían convencido de no entrar nunca a la casa de los ancianos. Aun así, no dudo de que sus intenciones eran buenas.

4 – Una tarde del año pasado, solo, en mi habitación, dije el nombre de la tablita, con cámaras y micrófonos grabando: nada pasó en el momento. Unos días después de haberlo dicho, vi al viejo desnudo, parado a unos 10 metros de mi casa. No sé qué pasará en el futuro conmigo, pero no digás ese nombre, ni intentés nada estúpido. Sólo guarda este conocimiento y quizá en algún momento sirva de algo.

Eso es todo, Soni. Por eso soy así. Por eso mis hermanos no quieren verme. Quizá ya no deba relacionarme con nadie, porque siento la muerte cerca. Tengo miedo y sos mi única familia. Aun así, me aliviará que te alejés un poco de mí.

Cuidate, Soni. Tu camino no es el mío.

*Benjamín Silva (San Salvador, 1994) egresado de Periodismo en la Universidad de El Salvador. En el 2016 ganó los XXII Juegos Florales de Morazán con el Cuento “Fuego oscuro”, publicado en 2017 por la DPI.

2 respuestas a “Anahualia”

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