Día de invierno

Maridaje recomendado: Lluvia ácida

Por: Jorge Mercado* 

El teléfono suena insistente. Me parece extraño porque, aparte de tener poco tiempo de haberme mudado al vecindario y de haber contratado el servicio telefónico, aún no comparto mi número con nadie. Debe tratarse de una de esas llamada de rutina que las empresas suelen hacer por protocolo, para comprobar la funcionalidad de sus aparatos y de paso vender algún servicio extra. Dejo los cubiertos sobre mi desayuno aún sin comenzar y me levanto a responder. Dice que se llama Emilia, que disculpe la hora. Se excusa por llamarme en domingo, nadie hace llamadas en domingo, tan temprano. Sobre todo cuando se trata de llamadas laborales, pero que se le hace urgente confirmarme que han aceptado la solicitud que yo haré mañana para no presentarme al trabajo por motivos de fuerza mayor, que puedo tomarme la semana entera si quiero. Eso sí, sin goce de sueldo. Pero que no me preocupe porque eso vaya a afectar de alguna manera mi contrato con su empresa. Ah, y si es posible traiga una corbata de cualquier otro color que no sea la roja que traerá en su primer día. El jefe odia ese color y, en este tipo de empleos y con un jefe como el nuestro, la primera impresión es la que cuenta. Se despide y cuelga.

No me ha permitido decir una sola palabra, explicarle que sin temor a equivocarme se trata de algún error. Yo no he hecho ninguna solicitud y ya tengo todo listo, incluyendo mis ánimos, para presentarme al trabajo el día de mañana. De seguro fue algún envidioso que se enteró de mi contratación y quiere sabotear mi nueva oportunidad de crecimiento. Por supuesto no voy a permitírselo. Al pensar en esto me siento molesto y decido que lo mejor es dejar de prestar atención a la broma y terminar mi desayuno. Más tarde iré a visitar a mamá, como le tengo planeado.

 Ahora que comience con mi nuevo empleo tendré menos oportunidades de ir a verla. Por eso quiero visitarla precisamente hoy. De seguro le hace falta mi compañía en un día tan lúgubre como este. Todos los domingos suelen ser así, pero este tiene un olor en el aire que lo vuelve insufrible. Tal vez porque el cielo está nublado y amenaza con lluvia. O quizá por el murmullo de la gente que se pasea en las calles como si no hubiera nada en el mundo a lo que temerle. Vuelvo a la mesa y, sin siquiera dejarme tomar los cubiertos, llaman a la puerta.

Es un hombre y tiene una curita en la quijada. Me dice, al sorprenderme observándolo, que se ha lastimado por la mañana mientras se afeitaba. La edad hace que uno pierda la puntería, me dice. Se presenta como mi vecino. Dice que no quiere robarme mucho tiempo, solo quiere darme la llave de su casa, la de al lado, porque a las once y media de la mañana yo regresaré a la mía y descubriré que habré olvidado mis llaves. Si entro a su casa, salgo al patio y salto el muro que divide nuestras propiedades, estaré de nuevo en mi hogar sin ningún problema. Para su fortuna, me dice, usted no acostumbra a dejar con llave la puerta de atrás. Me da la llave desde ya porque a la hora en que yo regresaré no habrá nadie que pueda abrirme. Que dentro de media hora tendrá una discusión con su esposa, la abofeteará, destruirá una vajilla, averiará el televisor, y luego se marchará. Estará al otro lado de la ciudad, ahogando la frustración en medio de las piernas de una amante. Demasiado lejos para ayudarme. Naturalmente, mi esposa también se irá a casa de sus padres, llamará a un abogado, preparará un caso de violencia doméstica para conseguir el divorcio y quedarse con los niños exagerando una paliza que yo no le habré dado. Me lo dice sin mirarme a los ojos, con la mirada hacia el suelo pero con la mente en otra parte. Luego, como si recibiera un pellizco en la memoria, me dice que no me preocupe por el perro, que lo dejará encadenado para que no vaya a morderme. No acostumbra a tenerlo aprisionado, pero por esta ocasión hará una excepción.

He aceptado su llave. En parte porque me tomó por sorpresa y en parte porque lo vi muy convencido de lo que decía. Con esa seguridad que tienen las personas que ya no tienen nada que perder y que es capaz de convencer a cualquiera. Además, soy nuevo en el vecindario y considero que para poder tener una buena relación con mis nuevos vecinos, debo acceder a sus locuras. Aunque sea al principio. No sea  que después necesite urgentemente uno de sus favores.

Entre la llamada y el hombre de la puerta han ahuyentado mi apetito. La comida se ha enfriado y solo quiero ir a visitar a mi madre. Ella siempre sabe decirme lo que necesito escuchar. Reflexiono al respecto y me doy cuenta de que ni siquiera son sus palabras las que me confortan –ella me dirá lo que cualquier madre en el mundo podría decirle a un hijo que está a punto de comenzar un nuevo ciclo en su vida–, sino que más bien me tranquiliza el color de su voz que no puede parecerse a ningún otro. Me lavo los dientes, tomo mi paraguas y salgo a la calle.

La gente transita en mayor cantidad de la que se acostumbra a ver en un día domingo. Eso sí debe ser a consecuencia de la ausencia del sol. O tal vez sea costumbre de la gente de este lado de la ciudad el ser felices los días domingo. Cargan una de esas desagradables sonrisas en el rostro, como si nada de lo que está próximo a suceder vaya a sorprenderles. Como si ya supieran la fecha exacta en que van a morir y únicamente se dedicaran a esperar a que la muerte, que acostumbra a pasearse por estas calles, venga a reclamarlos. Me meto las manos en los bolsillos del pantalón y me percato de que la llave que palpo no es la mía. La llave del hombre de la puerta es el único objeto que llevo en el bolsillo. En el derecho. Debí meterla cuando buscaba mi cepillo de dientes. La mía la dejé en la repisa, según voy recordando.

Mientras camino pienso que seguramente a mi madre se le antojará  comer uno de esos chocolates que tanto le gustan. Me detengo en una repostería que está a unas dos cuadras de mi casa. Me atiende un anciano. Me recibe como si yo fuera un hijo que no ha visto en años. Sin que yo se lo pida, saca del mostrador la marca de chocolates que mi madre tanto disfruta y me la da. Me dice que van a encantarle. Luego, como si hubiera hecho un descubrimiento importante, mete la mano de nuevo en el mostrador y saca una caja más. Me dice que sería un buen gesto de mi parte regalársela a Gabriela cuando la conozca, aquí a dos cuadras, frente a la iglesia. Casi me voy sin pagarle pero me contengo. Solo tiene monedas para darme de cambio. Me asusta la forma en que sus ojos se fijan en los míos y las acepto. Me marcho, casi huyendo.

Comienza a caer una leve llovizna. De la repostería a dos cuadras, frente a la iglesia, hay un punto de taxis. Considero que lo mejor es desistir de irme caminando hasta casa de mi madre porque los truenos anuncian la cercanía de la tormenta. Voy a tomar un taxi. Espero en una esquina hasta que el semáforo se ponga en rojo. Unas manos tibias y suaves me toman del brazo y me hacen girar. La chica me da un beso en la boca. Sus labios saben a fresas. Su saliva sabe a vainilla. El olor a perfume caro que se desprende de su cabello me hace cerrar los ojos. Creo que los chocolates son para mí, me dice, después de sacar su lengua de mi boca. Gracias, me encantan. Supongo que debo comportarme con indiferencia, porque al principio no me agradarás, de hecho creo que te odio. Debo dejar que me seduzcas. Claro que eso cuando hayas conseguido mi número y haya aceptado, después de tu insistencia, pasar a tomarnos unos tragos en un bar. Espero haberte gustado. Bueno, estoy segura de que así es. Enamórame y luego, cuando seamos un matrimonio roído por el aburrimiento, tengamos un hijo y me acoses con la idea de un amante que en realidad será uno muy diferente al de tus sospechas, volveré a odiarte. Me sonríe, cruza la calle aprovechando que el semáforo se ha puesto en rojo. Se va en dirección contraria a donde se encuentra el punto de taxis. La pierdo de vista.

 Estoy contrariado y tengo que esperar a que de nuevo el semáforo haga que los vehículos se detengan. Se me ha quedado en el olfato el olor de su cabello. Al fin consigo cruzar la calle y le digo a uno de los taxistas de turno la dirección a la que me dirijo. Pienso en lo difícil que será adaptarme a mi nueva vida. Despertar bajo un techo desconocido, en una casa que se me hace extraña y solitaria y rodeado de gente que me pone nervioso. Concluyo que en la voz de mamá reconoceré todas esas cosas a las que estoy acostumbrado. La lluvia arrecia y las nubes están tan cargadas que casi parece de noche. El taxista me dice que no tiene cambio de veinte, cuando llegamos a mi destino. Saco mi billetera y me doy cuenta de que, en efecto, solo me quedan billetes de esa denominación. Puede pagarme con las monedas del cambio de los chocolates. Están en su bolsillo. Ese no, el otro, donde tiene la llave.

Extiendo mi paraguas, corro hacía la entrada de la casa, acarició con mis dedos las rosas que mi madre ha puesto a un lado de la puerta y toco. No sigo insistiendo porque descubro una nota cerca de la ventana.

Me fui con tu tía a la casa de playa de su esposo. Me invitaron ayer. Al principio no se me hacía atractiva la idea pero después accedí. Espero no te enfades por no encontrarme. Nos regresaremos hoy por la tarde. Ya me hacía falta salir de esta casa. Vivir un poco. El esposo de tu tía dice que va a presentarme a uno de sus amigos. Dice que es un buen partido. Lo he escuchado muerta de la risa, como si yo todavía fuera una jovencita para que me anden preparando citas. No te molestes conmigo. La verdad es que tampoco soy una vieja.

PD: Debajo de la maseta que está a un lado de la puerta he dejado un frasco con unas pastillas. En el viaje de regreso unos tipos nos asesinaran al intentar robarnos. Las pastillas te ayudaran con las noches de insomnio. Fue todo un lío conseguirlas sin prescripción de un doctor, pero tu tía tiene un amigo que nos ayudó con eso. Besos. Te quiero.

Observo las rosas que están en la maseta. No hace mucho que retoñaron. Conozco de eso porque mi madre las siembra desde que yo era un niño. Ahí está el frasco y lo tomo. Lo pongo en mi bolsillo. El izquierdo. Me doy cuenta de que el taxista aún no se ha marchado. Necesita el viaje de regreso, me dice, sonriendo a medias, como acongojado. Asiento y subo al taxi.

Las luces de las casas y los edificios están encendidas. Ni siquiera hemos llegado al mediodía y ya parece la parte más oscura de la noche. La lluvia ha disminuido un poco pero los relámpagos han aumentado. El viaje de regreso ha sido más corto que el de ida. La doy uno de a veinte al taxista y le digo que se quede con el cambio. A usted, me responde. Muchas gracias, le digo. Dentro de la casa de mi vecino hay un desastre. Las cosas están tiradas por todas partes. En el patio un perro me ladra furioso. Está encadenado. Hay una escalera puesta en el muro que divide nuestras propiedades. Dejo la llave en la esquina de un cuadro que se ha salvado del desastre. El cuadro representa a mujer que está sentada con su hijo muerto sobre el regazo, aparentemente después de haber sido bajado de  la cruz. Creí lastimarme al saltar el muro pero solo ha sido mi imaginación. Entro a mi casa por la puerta trasera, luego a la sala, luego a la cocina –tomo del refrigerador un pedazo de pastel que me sobró de ayer y me lo como-, subo las escaleras, entro en mi habitación, me quito los zapatos, la ropa, quedo completamente desnudo. Aún siento el sabor a fresas en mi boca. Pero no de las fresas del pastel que acabo de comer, sino de las fresas del beso de Gabriela. Saco las pastillas que traigo en el bolsillo. Me trago una. Sin agua. Pienso que lo mejor es dormir un poco. Las próximas horas serán agotadoras.

*JORGE MERCADO (SAN SALVADOR, 1992) DESERTÓ DE LA UNIVERSIDAD CON LA CONVICCIÓN DE CONVERTIRSE EN ESCRITOR EN UN PAÍS DONDE LA LITERATURA “VALE VERGA”. ES AMANTE NO SECRETO DE LA LITERATURA GÓTICA, JAPONESA, FANTÁSTICA. ES DE LOS “PENDEJOS” QUE CREEN QUE EL CUENTO ES EL ARTE MAYOR DE LA LITERATURA. EN SUS RATOS LIBRES, QUE SON 24 HORAS AL DÍA, TRATA DE QUE NO FALTE EL BLACK METAL.

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