Mateo 26:52

Presentamos “Mateo 26:52”, un nuevo cuento del autor salvadoreño Walter Blake, autor del relato “Miedo”, publicado anteriormente en Revista Café irlandés.

Maridaje recomendado: Un buen ron a las rocas

Por: Walter Blake*

Corre despavorido, jadea y siente que el aire en los pulmones se le acaba. Por mucho que trata de inhalar, no es suficiente. Lleva la cara lacerada y chorrea sangre de todos lados. Las hojas del cañal se han encargado de la mayoría de los cortes superficiales. Las balas de los profundos.

Corre a penas, las cañas enraizadas en el suelo lo hacen tropezar una y otra vez, pero sabe que si se detiene lo matan con lujo de barbarie.

Escucha los gritos, los improperios y amenazas para él y para toda su familia. Que si no se detiene le van a matar a los 2 hijos. Que ya saben dónde viven, dónde van a la escuela. Ya saben que uno se llama David y el otro Marvin. Que su mujer trabaja en la maquila frente al centro comercial y que su mamá está enferma encerrada en una casa que se abre fácilmente al levantar un pasador oxidado.

Los escucha cerca, demasiado cerca. Escucha los disparos, pero cree que ninguno más le pasa rozando, lo que le hace tener esperanza que aún no saben en qué dirección va corriendo.

Tropieza en una caña y cae rodando en una zanja. Gira y gira chocando contra las piedras incrustadas en la ladera. Cuando llega al fondo se da cuenta que ha dejado un rastro de polvo que es fácilmente visible a pesar que la noche es espesa. El calor del cuerpo le adormeció casi todo, menos el dolor de la pierna rota. El hueso lo tiene expuesto y aunque quiere gritar por ayuda y por misericordia, sabe que no puede. Huele el miedo y lo siente emanar de su cuerpo decadente. Lo aterroriza la inminencia de la brutalidad que le practicarán si se queda inmóvil.

Se arrastra como puede, de a manotazos en el suelo, agarrándose de cualquier planta o rama que encuentra para poder impulsarse y avanzar a donde sea.

A como puede, logra llegar a esconderse detrás de una piedra grande que seguramente le oculta el cuerpo. Por un momento escuchó sonidos de radio, así como las que usan los policías – ¿desde cuándo los pandilleros usan radios para comunicarse? –

Trata de hacer memoria, de identificar rostros pues está casi seguro que los vio cuando chocaron su moto parqueada y se bajaron de la camioneta negra, lo que inició con esta persecución sin fin. Está casi seguro que una cara de esas es conocida, que lo ha visto antes pero no sabe dónde.

Casi se calma cuando un ruido cerca lo saca del letargo, comienza a temblar, pero no distingue si es por el miedo o por el frío de medianoche. Por poco se arrepiente de todo lo que ha hecho pues está consciente que esos eventos han llevado a este momento específico, a esa pierna rota y a estar escondiéndose de esos malditos que quieren matarlo.

No puede arrepentirse de lo que ha hecho, eso mancharía la memoria de su hermano. Si se arrepiente no podría vivir consigo mismo. Para eso mejor dejar que lo agarren y brutalicen. Se rehúsa a pedir perdón a Dios pues no se ha ganado la santa sepultura que su mamá le quería dar el día que muriera en servicio de la ley, como buen policía.

 

Todo cambió desde que encontraron a Daniel amarrado de pies y manos, con 32 balazos y 14 machetazos distribuidos por todo el cuerpo. Esa brutalidad es cosa de gente que está más cerca de ser bestia sin capacidad de razonamiento y ese suceso es lo que le haría iniciar una empresa fundada sobre la sólida palabra del pasaje bíblico de Mateo 26:52.

Ese día no pudo verle la cara a su mamá. Durante la vela, no se le pudo acercar a su papá y durante el entierro en el cementerio municipal, no quiso tener que responder preguntas a ningún familiar.

La noche después del entierro de Daniel, Nelson Mendoza, quien había sido su compañero en la academia de policías, se le acercó para echarse unos tragos de tequila. Le dice que se tranquilice, que sabe lo que está pasando, que cuando mataron y violaron a su hermana (en ese orden) casi termina matándose por la impotencia pero que, igual que le pasó a él, quiere ayudar a lidiar con esto de la única manera que conoce.

Usan recursos de la institución, conectes y soplones que se dejan sobornar a puja de billetes o a punta de cañón. Se dan cuenta que los que ultrajaron a la hermana de Nelson fueron un par de malditos que la usaron como escalera para subir rangos dentro de su pandilla. Entre más brutal y horrendo el crimen, mejor para ellos.

Logran contener sus ganas de ir por ellos de una sola vez, deciden esperar a que estén solos. Logran separarlos y uno a la vez los meten en una camioneta prestada, los golpean sin remordimiento ni duda.

Cuando la noche se acerca, ambos están amarrados en medio de un terreno desolado. Por ahí no pasa ni las ganas de vivir.

Los torturan sin arrepentimiento. Sabiendo que después de esto serán igual que ellos, pero en este país la justicia esta comprada así que tienen que aprovechar la situación.

No necesitaron mucho esfuerzo para hacerlos escupir la identidad y paradero de quienes mataron a Daniel, y esto les deja con la cara pálida porque ambos conocen a cada uno de los responsables. Fueron compañeros, amigos y vecinos en la infancia. Jugaban a los trompos en la adolescencia y fueron a las mismas escuelas hasta que un día ya no se vieron más.

Al cabo de 2 meses estaban tirando el último cuerpo mutilado en un barril que luego dejarían navegar al olvido en cualquier río.

Con el rostro demacrado, las ojeras bien marcadas y la paranoia que les afligía por la vigilia y monitoreo constante, deciden dormir para relajar el nerviosismo de cargar con una pena de 20 años por cada cuerpo desmembrado del que se han deshecho. Duermen profundamente por primera vez en muchísimo tiempo.

El siguiente día cada uno se fue a ver a sus hijos, sus mujeres y su familia sabiendo que no podrían quedarse en el país.

Durante los 2 meses que la hicieron de vigilantes justicieros, las fuerzas de la ley no perdonan únicamente a los pobres, pero si a los corruptos y a los malvados. Ya sabían que alguien entre sus filas estaba dándose la tarea de suprimir la basura y como por arte de magia; una orden de captura “express” se había emitido a través de cada uno de los poderes del gobierno para dar con los responsables.

Regresa de ver a su mamá, de darle un beso en la frente porque sabe que no la volverá a ver más. Regresa a donde dejó parqueada su moto, lejos de la casa para despistar a quien lo pudiera andar siguiendo.

Se acerca al parqueo, saca las llaves de la bolsa y se dispone a ponerse el casco cuando una camioneta choca con gran estruendo contra la moto. Saca instintivamente su arma de servicio y apunta cuando se abren las cuatro puertas, apenas ve eso y por inercia pone su cuerpo a correr tan rápido como pueda. No voltea, no titubea. Corre sin parar por entre las calles malolientes. Le disparan en plena calle sin importar los que van pasando. De alguna forma llega hasta donde la calle termina, salta un cerco mal hecho y sigue corriendo por las veredas hasta llegar al cañal atrás de las colonias en construcción pasando por las hojas lacerantes hasta tropezar y romper la pierna mientras se aporreaba contras las piedras de la zanja.

 

Calcula que tiene una media hora de estar escondido y se ha desmayado 2 veces por el dolor y la pérdida de sangre. Tiene ganas de llorar.

Escucha sus pasos, sabe que solo es cosa de tiempo.

Una sombra en la oscuridad se acerca por un lado de la piedra y dispara solo 2 veces, tratando de salvar algunas balas. Un golpe contundente en la cabeza le hace ver chispas en medio de la noche y pasa a perder el conocimiento.

Recupera los sentidos de la mano de un hormigueo insoportable en todo el cuerpo y la inminente gana de vomitar. Regurgita saliva enrojecida y siente las entrañas mover como si lo estuvieran retorciendo.

Nelson Mendoza está amarrado a unos 4 metros de él, ya está en las últimas. Tiene la cara desfigurada, bañado en sangre propia balbuceó algo ininteligible como quien pide misericordiosamente una última piedad.

Una camioneta se detiene al otro lado del camino desolado en medio de la planicie y se baja un uniformado. Alto mando de la fuerza -su jefe-. El jefe de ambos.

“Mi propia gente” – dice – con una risa marcada en la cara retorcida.

*Walter Blake: “Me llamo Walter y siempre en internet uso el seudónimo “Walter Blake” porque soy fanático desmedido de la obra de William Blake. Además, porque no me agrada la idea de tener toda mi información pública. Soy un estudiante del aburrido mundo de las computadoras y me desempeño en el área laboral de las maquilas telefónicas a pesar que inicié estudiando Psicología. Me paso los días desvelado por el insomnio, entre copas y actividades noctambulas. A veces escribo un par de tonterías, entre ellas, estas palabras”.

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