La Queen de las Queens

Presentamos “La Queen de las Queens” del escritor Ricardo Corea. Con este cuento, este autor salvadoreño hace su debut literario en Revista Café irlandés. 

Maridaje recomendado: Vino tinto carmenere

Por: Ricardo Corea*

—Vos ya estás como la Lu, que cada semana cambia de marido —le dijo Mar a La Jose.

Bitch, please! A la Lu nadie le gana en cuestión de hombres —contestó La Jose. Todas reímos. Excepto Mar.

Era la primera vez en mucho tiempo que estábamos todas reunidas. Las conocí en séptimo grado, cuando entré al Divino Niño, su reinado, ese colegio de niñas bien al que llegué por obra y gracia del tío Robbie, el tío en Wisconsin al que la abuela hostigó y hostigó hasta que me pagó ese colegio de la high life, más acorde a nuestro linaje, según ella.

—¡Veeeee! Y yo qué culpa de que todos me salgan arruinados y los tenga que cambiar a cada rato —contrataqué. Volvieron a estallar las risas.

Honestly, nosotras nos hemos hecho bien mojigatas —intervino La Jose, presentí que en mi defensa.

—A la par de la Lucilacualquiera es mojigata —replicó Mar.

Esta vez las risas de La Jose y Rita fueron más apagadas.

Yo estaba bastante a gusto en mi colegio clase-media-no-tan-alta donde estudié desde kínder hasta sexto, pero para la abuela aquel era un infierno donde yo pagaba los pecados de mi daddy. La abuela les llamó toda su vida así, “los pecados”, para evitar usar las palabras reales, porque de eso no se habla en casa, aunque todos en la familia sabíamos que se metió a estudiar medicina en la pública, se enamoró de una compañera, se escapó a saber a dónde, se metió a saber en qué y luego nadie supo de él por mucho tiempo, que a los abuelos les llegaron rumores de que Christopher —mi daddy— andaba en compañía de terroristas, pero los abuelos prefirieron creer que su primogénito había sido asesinado y su cuerpo enterrado en alguna fosa común, o que había escapado con alguna mujer de la mala vida a otro país, antes que aceptar eso… que… no, Es que es imposible, si le dimos la mejor educación que el dinero puede pagar en este país, casi puedo escuchar a la abuela decir algo como eso. Hasta que un domingo que no estaban las muchachas del servicio, y cuando ya hacía meses los abuelos se habían resignado a no encontrarlo ni vivo ni muerto, se apareció en la puerta de la casa con barba larguísima y sucia, pelo largo y disfrazado de homeless, y cuando la abuela llegó a la puerta para darle algo de dinero y alguna ropa vieja que ya no ocupaban él le dijo Hola, mamá y entonces la abuela gritó y el abuelo llegó corriendo y mi daddy los tranquilizó, y con lágrimas en los ojos sucios les dijo No hagan bulla, ni digan nada que los vecinos pueden sospechar algo y no quiero meterlos en problemas y no quiso entrar a la casa, y a saber de dónde se sacó un moisés improvisado con una baby adentro y les dijo Esta es su nieta, por favor cuídenla mucho, los amo. Y se desvaneció.

(Aunque ni Mar, ni La Jose ni Rita lo admitan, contarles esta historia fue lo que me consiguió su beneplácito).

—Es que ustedes deberían disfrutar más la vida, la juventud… —me rehusaba a perder ante esta puñaladas pasiva-agresivas. Pero Mar, cuando ha bebido es más obstinada que ninguna y llevábamos ya un par de horas vaciando botellas de vino.

La Jose y Rita me dieron la razón en silencio. Pero Mar no se rendía.

—¿Disfrutar la vida le llamás a ser puta?

Unos años después de aquel encuentro, los abuelos se enteraron de que a papá lo mató el ejército en una colonia pobre, durante la ofensiva del ochenta y nueve, mientras defendía una posición ganada por él y sus compinches terroristas. Meses más tarde mi abuelo murió de un infarto fulminante y después la empresa familiar cayó en bancarrota. Así que me crie en la casona de la abuela, en una colonia vieja, pero elegante, junto a un batallón de tías, tíos y primos.

Nunca nos faltó nada, pero la abuela jamás aceptó su situación de clase-media-tirándole-a-baja, quizás por su apellido extranjero-que-suena-chistoso. Para su alivio, sus demás hijos no siguieron el camino de mi daddy y terminaron sus carreras universitarias y se casaron bien. El segundo de la camada se fue para Estados Unidos, el tío Robbie, donde logró una brillante carrera como ingeniero, se casó con una gringa y tuvo perfectas hijas rubias. El premio de consuelo de la abuela.

La Jose y la Rita estaban incómodas. Yo le sostuve la mirada a Mar con valentía impostada. Pienso en lo mucho que hemos crecido.

—¿Por qué no decís las mierdas de un solo, Mar? Dale, hablemos, como adultas, sin indirectas —contesté.

—¿De qué querés hablar?, ¿de tu putería?

—Mar… Vos sabés de qué tenemos que hablar. Bien sabés que es por eso que no nos reunimos desde hace años.

Cuando terminé sexto grado, el tío Robbie me informó que se haría cargo de mi educación, y que la primera gran decisión era mandarme al colegio Divino Niño Salvador, semillero de niñas bien. Así que unos meses después me convertí en la nueva entre un grupo de estudiantes que se conocían desde primer grado.

El primer día de clases tuve un ataque de ansiedad que terminó con la profesora Perla llevándome a la enfermería, porque se me bajó la presión y estuve a dos segundos de desmayarme o de vomitar. Alcancé a escuchar las risas apagadas de las niñas bien, mis nuevas compañeritas. Además de nueva, débil. Además de nueva, fea. Además de nueva, pobre. Además de nueva, estúpida.

Pero a mi regreso de la enfermería se fraguó el milagro que mejoraría la sustancia de mi vida en los años escolares: Mar, la monarca del salón —y diría que ya desde entonces de todo el colegio—, se acercó a mi pupitre para preguntarme cómo me encontraba, si necesitaba algo, y a proponerme almorzar con ella y sus amigas. De haber sabido quién era Mar, quiénes eran sus amigas, probablemente la presión se me hubiera bajado de nuevo. Pero en ese momento me parecieron simplemente unas compañeras lindas queriendo darle una cálida bienvenida a la nueva-fea-débil-pobre-estúpida.

—Nosotras nos reunimos seguido, pero no te invitamos porque nos imaginamos que andás cogiendo con algún hombre, o con varios, yo qué sé —volvió al ataque Mar.

—Creí que… No íbamos a volver a eso… —atiné a decir, con la voz entrecortada.

En el almuerzo conocí a La Jose y Rita. Las tres eran Las Queens, pero Mar era la líder, La Queen de Las Queens. Rita y La Jose eran bastante parecidas, quizás por su compartido origen italiano. Al inicio creí que eran gemelas, con sus caritas simétricas, su pelo castaño, sus ojos verde esmeraldas y sus cuerpos esbeltos. Aun así, cerca de Mar eran casi feas. Y quién no. Me deslumbraron tanto las tres que, por un momento, durante aquel primer almuerzo, sentí que soñaba.

Ellas se hicieron amigas el primer día de clases del primer grado. Desde entonces nunca han dejado de ser bf4ever. Cuando yo llegué, no solo eran las más guapas de todo el salón o de todo el colegio, dependiendo de a quién le preguntaran, además eran las protagonistas habituales del cuadro de honor.

La profesora Perla las bautizó como Las Queens un año antes de que yo llegara. La broma pronto se convirtió en un insulto contra ellas, pero Mar abrazó el concepto con la elegancia que caracterizaba a su estirpe (hija de un largo linaje de políticos y empresarios) y terminó convirtiendo el apodo en pleitesía. Un milagro digno de su monárquica perfección.

Y luego en séptimo grado llegué yo y me aceptaron. Nunca pregunté por qué. Abracé mi fortuna de encontrar a tres personas maravillosas en mi vida. El que fueran las reinas era solo un plus. (Mi abuela celebró a mis nuevas amigas con una felicidad que casi la mata). Desde entonces y hasta graduarnos fuimos inseparables.

Shut the fuck up, both of you!  ¿Qué putas les pasa? Ninguna nos ha dicho nunca cuál es este pleito que se traen y necesitamos saberlo ya. Vamos a arreglarlo ahorita —La Jose, con su desparpajo habitual, le quitó la palabra a Mar antes de que me contestara, seguramente con algún comentario que yo no iba a poder resistir.

Mar y yo nos sostuvimos la mirada. Lo siento, darling, ya no estamos en el Divino Niño.

Era nuestro senior year. Ese año el Divino Niño contrató a varios profesores nuevos. Entre ellos a Georgio, un ingeniero en sistemas recién graduado de la universidad. Georgio era un genio informático, hijo de algún diplomático, cuyo único trabajo era enseñarnos ofimática, pero con su cara de niño bueno y sus modales impecables terminó enamorando a todas las alumnas.

Yo siempre lo vi como un riquillo desabrido y tosco, demasiado flaco y sin gracia, y sus buenos modales me sonaban a impostura. La Jose hacía comentarios obscenos, que casi siempre involucraban situaciones sexuales que en ese momento nunca había experimentado. Rita decía que lo quería como padre de sus hijos, y para ella eso era un cumplido.

Un día, cuando el año escolar estaba en la recta final, nos enfrascamos en una discusión porque La Jose volvió a decir que Georgio era el hombre perfecto, es handsome, amable, atento y que seguramente lo hacía rico. Entones yo, que prefería nunca participar en esas pláticas sobre él, les dije que Georgio era un hombre del montón, solo para llevarles la contraria, y Rita saltó indignada y dijo que cómo se me ocurría, que él era distinto a todos, que se notaba que él tenía principios y era un gran ser humano y yo les dije que men are trash y ellas dijeron que sí, pero que él no era men era angel, y toda la discusión era en broma, hasta que les dije que su queridísimo Georgio seguramente fantaseaba con una orgía inmensa en la que participábamos todas sus alumnas y él, y que no dudaría ni un poquito en acostarse con ninguna de nosotras, a pesar de ser nuestro profesor y de ser menores de edad, porque es igual de asqueroso que cualquier hijo de vecina.

Entonces Mar, que se mantenía al margen de estas banalidades, me dijo Te reto a que lo invités a salir y veamos si es cierto. Y yo le dije Acepto, quizás por la euforia de esos últimos días de vida colegial.

Yo no era tan atrevida como La Jose, pero en la siguiente clase de informática esperé a que todas se fueran y le dije a Georgie que sus clases me habían motivado a estudiar ingeniería en sistemas, que si era posible que saliéramos un día para platicar sobre eso, y él dijo Claro que sí, veámonos este sábado en la Placita Maderos y yo dije Okey y le guiñé el ojo.

—Mar me odia porque me cogí a su esposo —solté.

Salí con él un par de veces más luego de esa vez en la Placita Maderos, pero reconocí ante Las Queens que nunca pasó nada de lo que dije que pasaría, a pesar de que lo insinué en varias ocasiones. Así que tuve que admitir que me equivoqué, que Georgio no era un hombre sino un fucking angel.

Rita abrió los ojos a todo lo que le dieron y se tapó la boca, en una expresión que me llenó de ternura y tristeza. La Jose rio sin quitarme la vista de encima, quizás esperando el remate de esa broma oscura que acababa de soltar, parecida a las que ella hacía.

No me atreví a ver a los ojos a Mar.

Nos graduamos y nos fuimos a distintas universidades. Las Queens se disolvieron. El contacto se perdió más de lo que nos hubiera gustado. Nos veíamos una vez al año, a veces menos. Hasta que un día Mar convocó a reunión urgente de Las Queens para contarnos que se iba a casar, y nosotras muertas de felicidad, dijimos que siempre supimos que ella sería la primera, y que qué decisión tan importante, que se vería gorgeus con el vestido de novia, y que teníamos que hacer una despedida de soltera digna de La Queen, y abrazos, y lágrimas de alegría hasta que La Jose preguntó lo más obvio pero que por la emoción ninguna había preguntado: quién era el hombre que se acababa de ganar la lotería, y entonces a Mar se le fueron un poco los colores de la cara y dijo ¿Se acuerdan de Georgio? Y la Rita dijo NO, no te creo y La Jose dijo ¡Te andás cogiendo al Georgio! ¡Me bajaste a mi crush! y todas reímos con la ocurrencia, yo sonreí y la abracé, y pasamos una tarde inolvidable, recordando todo, todavía sin poder creer que Mar se nos casaba… ¡y con Georgio!

Luego de esa reunión recuperamos un poco de la mística de Las Queens. Nos veíamos cada semana y un par de veces saludamos a Georgio cuando llegaba a recogerla.

—¡Sos una puta! No debí aceptarte nunca, no sos una de nosotras, no te parecés a nosotras —gritó Mar.

En la despedida de soltera que hicimos solo nosotras, que fue unos meses después de la noticia, Mar se metió la peor borrachera de su vida y fue así como reunió el valor para reconfirmar conmigo si aquellas veces que salí con su futuro esposo de verdad, de verdad, no había pasado nada y yo, también algo borracha, aunque menos que ella, le dije que perdiera cuidado, que nada que ver, que su marido siempre me pareció un riquillo desabrido, pero que me caía bien solo porque iba a ser mi cuñado, y nos reímos y nos abrazamos y seguimos bebiendo hasta perder la consciencia.

—¿Qué…? Pero, ¿cuándo? ¡Nos dijiste que no pasó nada! —atinó a decirme La Jose, poniendo en orden sus ideas.

Pero no pude ir a la boda. Para esas fechas programaron mi graduación de una maestría que estaba estudiando en una universidad de Chile. Si no iba, tenía que esperar y pagar un año entero más. Mar lo resintió un poco, pero al final lo comprendió. Y luego volvimos a la normalidad previa a la boda. Nos veíamos poco, aunque nuestras reuniones eran siempre un alivio para nuestras adult lifes.

Rita se puso de pie. Creo que a La Jose y a ella se les acababa de ir la borrachera.

—Decime que no es cierto, Lucila —dijo Rita, al borde del llanto.

Le sostuve la mirada a La Jose lo mejor que pude. Se me quitaron las ganas de llorar. Mar sonreía de una forma estúpida y ridícula.

Recordé aquella llamada que destruyó todo.

—Nunca me diste oportunidad de explicarlo, Mar —dije luego de un silencio largo.

—¡Entonces es cierto! —pensé que Rita se iba a desmayar.

Mar me miraba con odio. La Jose se sentó viendo al suelo, negándome por primera vez nuestra complicidad.

Llanto. ¿Mar? Me mentiste Lucila. Llanto ahogado. No, Mar, escúchame. No, Lucila, me mentiste, me mentiste. Me dijiste que no tuviste nada con él. Mar… Negámelo, Lucila, negámelo, o tené el valor de decirme la verdad. Veámonos, por favor, hablemos, Mar, las cosas no son así. ¿Tuvieron sexo? Mar… Grito ahogado. Llanto ahogado. No. Contestame ahora mismo: ¿tuvieron sexo? ¿te lo cogiste? Mar, Mar. Silencio. Cesa el llanto. Mar, por favor, no es tan sencillo. Silencio.No te quiero volver a ver en mi vida, vos estás muerta para mí. Sonido de teléfono colgado.

—¿Qué vas a explicar?, ¿que sos una putarobamaridos?, ¿que te cogiste a mi esposo y nunca tuviste el valor para confesármelo?, ¿que desde el colegio nos venís mintiendo?, ¿que casi destruiste mi matrimonio?

Me levanté, agarré mis cosas y me dirigí a la puerta. No podía hablar con Mar estando ambas ebrias.

—Vamos a hablar, pero cuando no estés borracha —alcancé a decir.

Fue en la tercera y última cita. Me dijo que no quería hablar más de la carrera ni de estudios, que quería saber de mí. Comenzó a preguntarme cosas, cada vez más íntimas, hasta que confesé que nunca había tenido sexo, que me daba un poco de miedo, pero que no quería llegar la universidad siendo virgen, lo dije imitando un gesto con la boca que le había visto miles de veces a La Jose, según yo de picardía. Eso lo podemos solucionar, me dijo. ¡Yo sabía! Al fin se mostraba como realmente era. La Jose y la Rita se iban a morir cuando se les cayera su angel. Terminamos de comer y me propuso llevarme a la casa, como lo hizo las dos veces anteriores. Pero antes tengo que pasar recogiendo algo, me dijo. Me llevó a una zona de la ciudad que casi nunca visitaba. Nos metimos por una calle semiescondida, detrás de una gasolinera. ¿A dónde vamos?, le pregunté varias veces. Tranquila, me decía. Al final de la calle nos metimos a un edificio con portones gigantescos y abiertos de par en par. No vi ningún letrero. Adentro solo se veían parqueos privados para carros, con portones, algunos abiertos y otros cerrados. Se metió a uno de los primeros. Se bajó del carro y apretó un botón en la pared. El portón se comenzó a cerrar lentamente. ¿Qué estás haciendo?, le pregunté alterada. Solucionando tu problemilla, dijo.

—Yo no quiero volver a hablar con vos en mi puta vida. Vos no sos una Queen, sos una puta, una puta pobre, es lo que siempre has sido y es lo que siempre vas a ser —gritó Mar.

Rita y La Jose me miraban… no sé cómo. Yo estaba borracha, me quería ir para mi casa. No debí venir. Cerré los ojos decidida a ponerle fin a todo.

—Tu esposo me violó, Mar.

Alcancé a ver cómo se desencajaban sus caras antes de salir.

Fui plenamente consciente de mi pérdida del equilibrio al caminar. Alcancé la calle. Respiré el aire hiriente de la madrugada.

Y por primera vez abracé sin miedo a la plebeya que siempre fui.

*Ricardo Corea: Lector. Escribe sobre cultura pop, política y literatura. Es editor de las publicaciones digitales VoxBox y Grafomaniacos y colaborador de la revista centroamericana (Casi) Literal.

Una respuesta a “La Queen de las Queens”

  1. Muy interesante, lastimosamente esa es la realidad que muchas mujeres y niñas viven a diario y que se guardan para sí, y no solo en nuestro país, gracias por permitirnos leer este cuento, estaré a la espera del siguiente.

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