Inquilino

Maridaje recomendado: Ron

Por: Balmore Azúcar*

Ilustración: Luis Serrano

La voz surgió del silencio. Y si no, de dónde, o por qué o cómo”, se preguntaba. Intentó evadirla cambiando de apartamentos, pero no le funcionó. No aún, o sí. Desconozco su paradero. Supe de él por última vez cuando me llamó desde Renderos, ese edificio baratón, pero decente. Como si tal cosa fuese posible en esta ciudad. En todo ese tiempo la voz lo desquició. No era cualquier voz, sino una de demonio de los que abundan por todas partes. Si no le pregunté s fue por mi mala suerte; no vaya a ser que yo también encuentre a uno o uno de esos me encuentre a mí.

Yo dormía cuando sonó el teléfono. Está hecho”, pronunció Gil antes de que yo terminara mi queja. “¿Qué cosa?”, le pregunté. Escuchá —pronunció con voz agitada, y entonces intuí que se refería a lo comentado en llamadas anteriores. Algo que para mí era una broma en aquellos momentos: cumplir las órdenes de la voz. Yo siempre le recordé la utilidad de sus medicamentos para calmar la ansiedad, porque eso padecía meses atrás, o así lo entendí; y si los consumía de nuevo, podría, no, más bien, seguro la voz desaparecería, yo no quería, no lo deseaba”.

Desde el principio, Gil, me apresuré. Observaba la calle desde su ventana. Ella apareció puntual en la esquina. Esa noche llegó acompañada. En cualquier otro día no hubiera sido una sorpresa. El tipo no le parecía feo, aunque por su forma de andar sí un atleta, o uno de gimnasio. Lo vio abrazar a Mar mientras cruzaban la calle. No sé si Marcela o Marisela, Marta, Margarita o Marisol, pero esos nombres en todo caso se pueden reducir a Mar, no se lo pregunté tampoco. De seguro ya lo había olvidado. Ella se veía feliz; no, entusiasmada, se corrigió. Lo notó cuando llegaron a la entrada del edificio. Sí, el tipo estaba fornido.

Creyó que era un amigo o compañero del trabajo, y por lo tanto, se iría en cuanto Mar cruzara la puerta. Pero no. Ella lo permitió subir a su apartamento. En ese momento la voz volvió, me dijo Gil, con el mismo tono: calmado, agudo, amigable y seductor, convincente. Sobre todo lo último yo ya había notado. No sabría si en realidad Gil debió decir tentador. Y la voz le expresó:

No hay problema si el tipo no se va. Debe suceder esta noche. Él no carece de miedo a pesar de su físico. Siempre se tiene que actuar. Ahora la oportunidad es doble, no hay opción. Las cosas están así. Estoy aquí”.

Lo escuché maldecir cuando tropezó con su maleta al lado de la cama mientras cruzó la habitación para colocarse tras la puerta. Le resultó extraño no escucharlos hablar antes de ingresar al apartamento. A lo mejor siguieron así, no quietos, o quietos si el tipo era de esos amiguitos al final de todo: solo compañía de una noche de viernes cuando el clima hace bien y la noche es hermosa, agregó Gil.

“Cuando te decidís a realizar algo así, no podés dejar de sentir ansiedad”, aseguró. Ajá”, le respondí, nada más porque creí que confesaría el hecho antes considerado solo en mi imaginación, y de muchas maneras, pero sólo me dijo que giró primero su pomo. Porque al desesperarse después de unos minutos intentando escuchar, ya había decidido cruzar hasta ellos.

Se quedó con la mano izquierda en el pomo, ya girado, lista para tirar de la puerta. No la movió ni dejó de apretarlo. Permaneció incluso con la mirada en él, como si al hacer lo contrario se produciría algún sonido delator de su presencia, cuando la puerta vecina rebotó de la pared y el tipo fue empujado hacia el pasillo. No sabía si el foco estaba descompuesto o sólo no fue encendido, como tampoco si ella lo había empujado después de gritarle groserías para referirse al atrevimiento de propasarse, esa palabra utilizó Gil, en espacios más privados. Otro portazo a la puerta.

El fornido bajó las escaleras con la oportunidad perdida. A Gil esos tipos le parecían demasiado confiados. Luego el silencio de nuevo, y a la vez, la voz de demonio proveniente de alguna parte de la habitación. Miró la maleta, retiró la mano, se giró para posar su mirada en derredor, buscando porqué no, una sombra; diciendo, entonces de dónde, o por qué o cómo.

“Gil”, lo interrumpí cuando me pareció rle pronunciar palabras no tan claras para mí. Entre algunas logré entender algo así como: mor principio es. Creo. “¿Ah?”, dijo. “¿Y qué pasó después?”, insistí. “¿Cómo?”, respondió confundido. “Sí, estabas repitiendo las preguntas hechas muchas veces desde el inicio de tus mudanzas”, agregué. “Lo hice”, contestó, “seguí sus órdenes”.

Se había acercado a la maleta, abrió una bolsa y ahí estaba: afilada por ambos lados. Solo era necesario asirla, presionar o deslizar, no lo sabía aún.

Gil abrió la puerta y la dejó así. Dio dos pasos y estaba frente al apartamento de Mar. Tocó. Una, dos, se impacientó, tres, cuatro, su estómago vibró, cinco veces y un grito le detuvo el sexto. “¡Vete!Luego, nada, me dijo. Le pareció que por el volumen de la voz, ella se encontraba a tan solo unos pasos detrás de la puerta, con los brazos cruzados, tal vez ladeando la cabeza para intentar escuchar algo, aunque de nada le hubiera servido buscar alguna sombra en el intersticio de la puerta si en ambos lados no había luz encendida, para saber si el tipo aún seguía ahí, si valía la pena.

Se quedó inmóvil  con la navaja en su mano derecha y su vista a la altura de la puerta donde consideró que tanto su mirada como la de ella podrían encontrarse si no estuviera la puerta, claro. Incluso con la puerta interponiéndose, sus miradas ya se cruzaban, aunque no había forma de comprobarlo. Ella seguía ahí, me dijo Gil, pero quizá con una postura diferente, porque no parecía tan paciente.

Esperaba escucharla. En el silencio de todo el edificio, en la tercera planta y la calle, cualquier movimiento pudo interrumpir las direcciones de la voz, porque unos segundos antes Gil no había escuchado ninguna. Lo enviaba a ciegas. Esperaba aunque sea una palabra. Con una estaba seguro de poder usar su imaginación. Los nervios le parecieron mortales. Ese silencio podría ser una prueba. Debía demostrarle su determinación. Tal vez era una prueba de obediencia y tenía la obligación de permanecer inmóvil a la espera de alguna orden. Decidió actuar. A unos milímetros su mano del pomo, la voz volvió. Le dijo que esperara.

Mar abrió y mostró una sonrisa. Gil no la escuchó acercarse porque estaba descalza. Pensó que ella había decidido dejar entrar de nuevo al tipo fornido porque quizá exageró al actuar de aquella manera. Y ambos cargaban todo el estrés del día, el sueño por vivir mejor, o en condiciones más decentes al menos. O eso le pareció a Gil antes de ver su sonrisa volverse confusa y entornar los ojos. “¿?, expresó Mar, esta vez ladeando la cabeza. Pero no le contestó. Permaneció suspendida todo ese tiempo, en espera de la respuesta, ignorando que para ella el tiempo no avanzaría más como a cualquiera de nosotros, pensé, en cualquier otro momento de cualquier díay zas. Le dio el corte de todo justo en el cuello. La vio desplomarse. La luna alumbró su sangre negra. Cerró la puerta. Antes de volver reparó en el olor a tragos. Seguro la sangre no le saldría demasiado espesa.

Observaba la ventana de mi habitación. Imaginé a Mar cubrirse el cuello con ambas manos en un intento por detener la sangre, con un corte como ese, cuando de algo así se es víctima. Imaginé de más, es probable, pero quién no lo hace. Me sentía cómplice de Gil. Sabía de su víctima. Pero no estoy seguro que ella haya sido la última.

“No te creí capaz de involucrarme”, le dije. “Lo siento. Yo no quería, no lo deseaba”, respondió. La sangre había pasado la puerta, debía colgar. Alcancé a decirle que no olvidara presionar el interruptor del pasillo. Me acosté con el teléfono en la mano. Noté algunas grietas en el encielado.

*Balmore Azúcar (San Salvador, 199…) “narrador” que solo su familia conoce. Perteneció por una noche a la generación de escritores aguacateros. Su biblioteca son los recibos de los libros devueltos a la universidad. Se han utilizado algunas de sus experiencias en stand up.

 

3 respuestas a “Inquilino”

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