Cualquiera puede cavar un hoyo, pero no cualquiera puede llamarle casa

Maridaje recomendado: McFresco de carao

Por: Carlos González Portillo* 

Ilustración: Guillermo Romero Vásquez  

La instrucción era muy sencilla: traer a Billy con vida. Desde que lo recogieron en un diner a las afueras de Nuevo México, Billy no había parado de hablar con Susana. Traían un lero lero que cualquiera podría haber dicho que habían sido amigos de toda la vida. O amantes. Bo, en cambio, pasó con la jeta cerrada hasta que se incorporaron al desierto. Ni Susana le dirigió la palabra ni él a ella. No estaría de más decir que había dos cosas que él odiaba con escandalosa furia: que sus headsets se averiaran, y que le llevaran la contraria. En esto último Susana tenía una especie de don. A decir verdad, con tan solo abrir la boca, Susana podía producirle tanta rabia hasta calentarle los meados. Era así desde hacía tiempo en un lugar que nadie o pocos conocían. Para ser exactos: doce años atrás, cuando apenas eran novios primerizos y aún no habían decidido huir de El Salvador. Lo cierto es que ahora la situación era catastrófica para él: sus audífonos funcionaban cuando querían mientras él los retorcía encolerizado y Susana se había puesto a contar su vida al hombre con cara de cretino que acababan de subir al coche (haciendo totalmente lo contrario de lo que Bo le había advertido desde un inicio, y el jefe).

Susana le tocó los huevos al diablo. Siguió empedernida en largarse a hablar con Billy y la jaqueca que eso le produjo a Bo colmó su frágil paciencia.

—Te juro que si escucho una palabra más de tu maldita boca voy a estrellarme contra el primer poste que vea —le dijo Bo a Susana. 

Billy y Susana se vieron con una complicidad casi ensayada y se tiraron a reír.

—Helado de pistacho —dijo Susana. 

Y en ese mismo instante lo hizo. Pisó el acelerador y el camión se meció a ambos lados. Buscó el primer poste de la carretera, se salió del asfalto y se estrelló contra el tendido eléctrico. Nadie abrió la boca. A su paso el auto había dejado una densa estela de polvo.

 

No podría jactarme de habérselos dado todo. Cuando los conocí ya eran unos muchachos crecidos y agobiados por sus demonios y sus delirios de persecución. Y decir que yo hice de ellos lo que ahora son sería ser infiel a la verdad, que en este caso es su pasado. Aún conservo intacta la primera impresión que ellos suscitaron en mí al acercarse a mi oficina. Jamás pensé que tendría que ver otra vez, y muy lejos de mi tierra, la desesperación de la que es culpable el desempleo y sólo el desempleo. Porque yo tampoco, al igual que ellos, nací aquí. Un tiempo también fui mozo. Eso sí, un mozo que siempre tuvo claro que la brecha entre capataz y peón era nimia. Porque para mí el hombre no es más que una empresa con ansias de liderar la cima del negocio que profesa, una empresa que, por lo demás, tiene muchas hermanas a las que sabe despreciables y llenas de astucia. En fin, a mis ojos ella era una empresa tímida e incipiente, pero con mucho potencial. Una empresa de buenas personas con ganas de comérselo todo, pero no con las agallas suficientes como para tomar las riendas del éxito, que al final es su destino ideal. Él era todo lo contrario. Su rostro relucía todo aquello de lo que carecía esta pequeña empresa de nobles y honradas personas. Él era las ansias de un depredador, un joven lobo salido de la jungla con ganas de no dejar ni las sobras.  Por eso los acogí en mi empresa. Lo primero que hice fue darles un badge de empleados. Ella agradeciéndome hasta con bendiciones y él serio como una piedra vieja. Lo recuerdo bien. Tomaron sus cosas y desde entonces comenzaron a trabajar para mí. O también valdría decir, comenzaron a servir al imperio de helados más polite de todo Nuevo México. Todos los días salían a entregar toneladas tras toneladas de helados muy necesarias en esta región tan caliente como el infierno.

Transcurrió poco tiempo y noté su diligencia. Era más que obvio que aquello no podía ser sino la bondad de ella y nada más que de ella. El otro era más bien un flojo al final de cuentas. Alguien arrastrado por la dedicación de la chica como si de una yunta de bueyes se tratase. Entre los demás se comentaba que eran salvadoreños, sobre todo porque el chico había tenido un par de peleas con otros choferes en menos de un mes. Un día de inventario los cité hasta muy noche. Por supuesto que les di una cena copiosa y los mandé a hospedarse en un hotel ubicado apenas a unas cuantas millas de aquí, un hotel que además era de mi propiedad. Los hice sentar y ahí fue donde les propuse el trabajo. Su primer gran trabajo, al parecer. Él dijo sin dudarlo que sí y ella, tan recatada y encomendada a sus santos, lo previno apretándole la pierna no sin disimular un tantito. Bien lo recuerdo. Pero como ya lo he dicho, eran el uno para el otro, y lo que ella no tenía a aquel le sobraba. 

 

El auto quedó en silencio. La carretera estaba vacía y una corriente de viento hizo tronar el parabrisas del camión de helados. Adentro había confusión, malos recuerdos y también ira. Sobre todo, ira.

—Eres el hijo de perra más enfermo en todo este desierto— le dijo Billy a Bo.

Susana estaba con la boca abierta, sorprendida y encolerizada al mismo tiempo. Bo miraba de frente, concentrado, las manos todavía en el volante, como si estuviera esperando a que el tráfico avanzara detrás de una fila de coches. Billy se sacudía los brazos limpiando raspones imaginarios. Mordía un palillo de madera de los que acostumbraba a usar para sacarse pequeños trozos de masa blanca con olor a mierda podrida. En aquel momento el caos estaba a punto de dejar un auténtico chiquero. Ni la policía ni los camioneros ni los motociclistas, en sus largos viajes por la carretera, hubieran advertido aquello sino hasta muchos días después. Uno o dos cadáveres al final no eran nada. O tal vez sí, pero por la muerte de dos indocumentados como Susana y Bo ningún buen ciudadano habría puesto el grito en el cielo. Sin embargo, las cosas tomaron un giro más o menos necesario. Susana saltó sobre Bo dándole sopapo tras sopapo como en una pelea de niños. La pena ajena que sintió Billy lo llevó a echarse a reír. Después de aquello, Susana salió del auto, tiró la puerta que sonó como una lata aplastada por un zapato y se marchó a pie. 

 

Oscar Santamaría les había dado la orden de traer a Billy. Él era el jefe. Normalmente lo que hacían para él era transportar toneladas de helados. Susana y Bo hacían un recorrido en el camión de norte a sur todos los días. Tenían una ruta delimitada. Él era el driver y ella se encargaba de tomar, entregar y cerrar pedidos con una libretita y con la ayuda de una agenda BlackBerry que para entonces era la mera verga en salsa. Vaya, no cualquiera tenía una. Pero tres veces por semana la mitad del contenedor iba repleta de otras sustancias que Bo recogía en una bodega a mitad del desierto. Si bien no era un gran Señor o Don o Maitrón, Billy era un socio de Don Santamaría. Un socio que dicho sea de paso estaba haciéndole tranzas a escondidas. Aquel quería interrogarlo, pero Billy había inventado suficientes excusas para evadirlo a lo largo de un mes. Bo recordaba haberlos visto apenas dos veces haciendo negocios en la austera oficina de Don Oscar Santamaría que, por otra parte, era una excelente cortina de humo. Nada de reuniones en mansiones con piscinas, nada de encuentros clandestinos en predios baldíos a media noche, nada de conversaciones en restaurantes mexicanos que por cierto nadie frecuentaba por miedo al estúpido cliché de ser picado para carne de taco. Nada de sospechas. Ni siquiera el Internal Revenue Service se había molestado en auditar más de lo debido el negocio de repostería de ese chicano venido de menos a más desde mediados de la década del noventa, en que los junkies del Bronx, Harlem y de muchas otras partes habían comenzado a dejar la heroína por la coca. En fin, aquellas dos ocasiones en que Bo había visto a Billy habían sido suficientes para no olvidar su rostro. Menos ahora que su jefe y benefactor, a quien se refería como el Maitrón, le había encomendado traerlo hasta la oficina. Por otra parte, si de algo estaba seguro el Maitrón era de que el hijo de puta de Billy alguna sorpresa se traía entre manos. Y se lo había dicho a Bo. Él también sospechaba algo, aunque no estaba muy al tanto de la riña entre ellos. Algo le decía que no sería tan fácil, pero tenía que traerlo con vida. Del resto se ocuparía Don Santamaría y su grupo de matones, entre los que había reclutado a un ex contra nicaragüense, conocido como Bam-Bam, quien tenía la fama de hacer hablar hasta al tipo más duro, un auténtico cabrón saca muelas, muy amigo de Bo, además. 

 

Esa noche me llevo la sorpresa. Debo confesar que, si bien no del todo, me había equivocado al especular sobre mi Susana y Bo. Aunque a final de cuentas Susana sigue siendo para mí un pan caído del cielo. Ella me pone al día. Me cuenta cómo ha comenzado la espiral descendente para ella y para Bo. Una vida sin timón y en el delirio, sin lugar a duda. Me cuenta que lleva una vida normal junto a su madre y sus dos hermanos. Me cuenta que su padre migra a Estados Unidos a finales de siglo, cuando ella apenas tiene siete años. Me cuenta que de ahí en adelante ella no lo vuelve a ver jamás. En ese tiempo da inicio una larga trayectoria de llamadas telefónicas. Él cubre los gastos de sus estudios en un colegio de monjas trabajando para una fundidora de acero de General Motors, en Silicon Valley. Cuando hablan, ella le cuenta que llega del colegio, tira sus cuadernos en el sofá, come panecillos Bimbo y ve las caricaturas en Fox Kids, Cartoon Network y Nickelodeon. Ella termina sus estudios preuniversitarios. Las llamadas telefónicas acaban y nunca más sabe de él. Por aquel entonces se incorpora a McDonald’s donde consigue un puesto en el autoservicio, por las noches. Es cuando conoce a Bo. Trabajan juntos, se caen bien, Bo se roba bolsas de M&M’S para compartirle en los breaks, hablan de seguir estudiando, hablan de que estudiar no sirve de mucho, que al final siempre terminarán en un McDonald´s o en otro restaurante, a veces cogen a escondidas, sin condón, en la bodega, de perrito, de patita de ángel, también acurrucados, hasta que se les engarrotan las piernas. Cuento corto: terminan siendo tan cercanos que él todos los días la va a dejar a su casa después del turno. Ella toma las órdenes por la radio bocina y él las despacha en la ventanilla. Me cuenta que por entonces descubre una nueva variedad del menú del McDonald´s. ¿Bo, sabés desde cuándo se vende el McNuggets agrandado con salsa verde?, le pregunta ella. Y el canalla de Bo le dice que cada vez que escuche ese pedido se lo notifique inmediatamente a él. Esto no complica nada, al principio ni siquiera le pone atención. De vez en cuando sale a depositar basura en los contenedores y ve a Bo platicando y fumándose un cigarrillo con un par de chavos a los que nunca ha visto. Esto le parece tantito raro, pero tampoco le presta demasiada importancia. Y en efecto: él le dice que son un par de cuates de la prepa. Bo, en realidad, usa la palabra cheros y bachillerato. 

En esa época, las órdenes de McNuggets agrandados con salsa verde se comienzan a repetir cada vez más. A veces Susana sale con un amigo de su hermano mayor. Un chico llamado Diego, alto, delgado, verga larga, lleva el pelo agarrado con una cola, a quien le dicen Moronga porque acostumbra a sacudirse el pito frente a sus amigos cuando deposita sus orines en el meadero. Esto parte en dos el corazón de Bo. Susana me confiesa que gracias a vivir en una ciudad extremamente pequeña donde todos conocen a todos se entera de la verdad. Cuando ella le informa al nuevo fulanito su lugar de trabajo, él no da crédito.  Piensa que Susana intenta tomarle del pelo o que lo está probando. Moronga le revela que trabaja en el McDonald’s de la perdición. Por supuesto que ella no asimila su mal chiste, su enigma. Sí, comprueba Diego, en ese autoservicio se distribuye marihuana y coca. Susana no halla qué decir y en ese momento siente que el cielo la monta y la cabalga.

Al siguiente día lo confronta. Bo asume negligencia. Pero ella lo pone contra la pared amenazándolo con contarle a su jefe lo que él está haciendo. Él le ofrece un café para platicar a solas. Salen un par de minutos, durante su break, él la abraza y Susana lo rechaza. Bo intenta calmarla, con una mezcla de culpa y de ira, asegurándole que no es nada grave, que sólo lo hace por necesidad. Susana se toma el cabello, enfadada, al ver el cinismo de Bo. Bo se lanza y le dice que, tema aparte, no soporta que vea al otro chico. Susana le dice que él la traicionó primero, que al menos el Moronga habla con la verdad. Discuten. Ella le dice, no sin razón, que teme por su vida a causa de sus negocios oscuros. Él insiste en que no hay de qué temer, que están a salvo y que por nada del mundo dejaría que le pasara algo. La frustración es enorme. Los dos lloran. Bo la abraza y ella hace lo mismo, aunque en ese instante muy adentro de ambos se libra una rivalidad entre el odio y el amor. Una cosa espeluznante y enternecedora a partes iguales. Al final Bo aprovecha ese episodio cursi para decirle que pronto juntará suficiente dinero para que vivan juntos.

 

La trampa: cuando llego al diner encuentro a este maje que tiene de Billy lo que yo tengo de irlandés. Sé que no es él. Está parado ahí como todo buen bichito gringo que espera el autobús escolar. ¿Por qué Billy habrá enviado a alguien más en lugar de él? ¿Avisó? Ni mierda. ¿Será que el Maitrón piensa quebrárselo y por eso Billy manda a otro maje? No sé, no sé. Eso sí: algo huelo yo desde antes que pasemos a recogerlo y se lo he dicho a la Susana. Pero por pura gana de joder, la Susana se pone a platicar con Billy. Bueno, el supuesto Billy. Me la puedo. Anda emputadísima porque sí. Se echa una ceremonia en el camión y yo con ganas de cerrarle el hocico de una vez por todas. Y el cabrón tiene una sonrisa de oreja a oreja como haciéndose el suizo. Le tengo que decir a Susana que se calle. Me lleva la legión de putas. La cara de ese gringo mierda me tiene desconcertadísimo. Siento que va a sacar un revólver, que me va a desviar del camino y me va a pegar un buen tiro y todo va a quedar regado en el parabrisas junto a alguna cagadita de pájaro. ¡Pobre hiueputa! No tiene ni idea de con quién se está metiendo. A mí un gringo así me la pela. Puta sí. El Maitrón y Billy están locos. Palabra que sí. Entonces, ¿por  qué dejo subir al camión a este Billy postizo? Bueno, dicen que a los locos hay que seguirles la corriente. Eso sí: quien me busca me encuentra. Y por eso hoy alguien se va a morir. Yo no me aculero. Nunca. Así que antes que él me quiebre a mí, me aviento contra un poste. Hay que ir siempre adelante. Así comienza a armarse la casa de putas. 

 

Una noche levantan la droga del McDonald´s. Susana recién toma una orden de McNuggets cuando escucha algo que le pone los pelos de punta. De la ventanilla de Bo le llega el sonido de una escopeta siendo cargada. Entra en pánico. Imagina que entran unos ladrones por su puerta y la atan, la sacan a golpes, la meten al coche, donde la llevan hasta un descampado para violarla por turnos y darle un tiro. Entonces se oyen forcejeos, golpes sobre el metal de las máquinas de cocina, mentadas de madre y finalmente un tiro. Piensa lo peor. Asoma su cabeza y ve a Bo tirado en el suelo, con un proyectil de escopeta en el pie y la cara destrozada. Ve a un chico más bien delgado, corte a lo boricua, que nota su presencia y sale enseguida a buscarla. La toma del pelo y mira a Bo y le dice que se lleve a su puta consigo ya que si no también ella se muere. Bo extiende la mano, impotente, con el ojo morado como una cebolla. El ladrón entrega el mensaje alto y fuerte y se va, no sin antes apretarle el culo y el cuello a Susana hasta dejarla inconsciente. 

Hasta la policía está involucrada. Después de todo han hecho pasar el suceso como un asalto a mano armada y no han encontrado evidencia de droga en el McDonald´s de la perdición. Bien por Bo y por Susana. Se han enterado que la policía ha sido cómplice. Hay sospechosos pero no capturas. Bo le dice a Susana que algo no ha salido como se suponía y que a esos tipos alguien los ha mandado. (Por supuesto que sí, le digo a Susanita, pero a veces la gente o se hace la pendeja o de verdad entra en negación. Es divertido cuando ha pasado todo, le digo. Susanita se ríe y le pega a Bo un codazo.). Abandonan inmediatamente el trabajo en McDonald´s, pero eso no es lo peor. Lo peor es ver la cara de Bo, asustado, inhalando coca todo el tiempo, mirando siempre a todas partes. Desconfían de todos. Les dejan citatorios pero no acuden a ninguna comisaría. A Susana particularmente la hostiga  un detective por teléfono. Un pendejo que el día del asalto le ha tomado la declaración de abuso sexual con bastante morbo y le ha dado una tarjetita vieja, con olor a culo y un poco mojada. Y aunque ella no está dispuesta a dar declaraciones sobre lo sucedido, el tira la llama hasta altas horas de la noche. Ella lo evade como puede. Todo es un desastre. Susana luego luego se deprime. Bo pasa todas las mañanas por su casa y la lleva a las afueras de San Salvador para poder charlar sin sentir que los escuchan. Sopesan ideas descabelladas. Sólo se sienten seguros en los predios baldíos, en esas tierras muertas y desoladas donde crecen la mala hierba y las rosas salvajes. Ahí Bo le explica que alguien ha querido que las cosas pasen así y que no se pueden quedar más tiempo en la ciudad. Susana llora y descubre un odio muy diferente hacia Bo, un odio nuevo, por cierto, un odio que le llega para quedarse. Tiempo de huir. A su regreso en la ciudad las cosas nunca vuelven a ser las mismas. Por las noches Susana echa uno que otro vistazo a través de la cortina de su habitación y descubre autos estacionados afuera de su casa. Pasan ahí largo rato con las luces apagadas y se van hasta las tres de la mañana sin hacer ruido. Está segura que alguien los espía. Sus últimos días en El Salvador se la pasan arreglando papeles, sacando sus pocos ahorros y preparándose para nunca más volver. También se arman de un valor que nunca antes imaginaron tener para cruzar Guatemala y México y salir con vida y tal vez, y sólo tal vez, encontrarle a todo un nuevo comienzo. 

 

Afuera parece un horno. Estamos en el desierto y a Susana parece no importarle porque se sale del carro y decide marcharse. El gringo habla español. Me dice: una chica rebelde, ¿eh? Es un dolor de huevos, le digo. El cabrón se baja la bragueta y se saca la verga y comienza a orinar en un neumático. ¿Dolor de huevos…?, dolor de huevos es lo que me dará si no me cojo ese culo mexicano esta noche, me dice. Volteo y lo miro. Sin ofender, me dice y escupe el suelo. ¿Esta noche?, le pregunto y escupo hacia arriba. El muy pendejo se queda pasmado al ver la larga trayectoria de mi salivazo. Sí, esta noche, me dice. Su sonrisita de mono pícaro hace que me estallen los huevos. No somos mexicanos, le digo. ¿Bromeas?, luces como uno, me dice. Pues no lo soy. ¿Entonces qué mierda eres?, me pregunta. Soy salvadoreño. A la mierda, para mí todos son la misma cosa, además, ¿qué clase de nombre es ese?, dice Billy y vuelve a escupir. ¿Te refieres al mío?, pregunto. No, me refiero a ese nombre… Salvador… ¿se supone que un país puede llamarse así? Esta vez escupo con más intensidad. Si me apuras te diré que quizás la puta de tu madre no te enseñó que existen países abajo de México, le digo. En ese instante el hijo de puta de Billy se lleva la mano al cinto. Yo hago lo mismo. A lo lejos miro a Susana caminar sin rumbo. A esa distancia Susana se ve como un punto vibrando bajo el sol. ¿Así que no habrá culo mexicano para esta noche?, me pregunta. Escupo una vez más. Esta vez mi saliva parece un buitre volando bajo y en medio de una brisa caliente. El pendejo persigue mi escupitajo con la mirada.

Ahí valió verga. Pensé que ese momento fue el decisivo y saqué mi pistola. No sé si Billy tuvo la oportunidad de ver mi cheta estrellarse contra el pavimento. 

 

—¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito! 

Susana golpeaba a Bo con un estremecimiento que le venía desde lo más profundo de sí.

—¡Ey, calmate!  ¡¿Que no ves que este pendejo iba a matarnos?!

—¡Maldito! ¡El era mi amigo!—dijo Susana ya con su cara empapada de lágrimas y la voz quebrantada.

Bo la sujetó de los hombros y la sacudió para intentar estabilizarla.

—¡No, Susy! ¡Él no era Billy!

Susana enmudeció.

—Billy ni siquiera es blanco; es negro.

 

Todo cambió en un instante. Susana se largó a una duna, se subió y se quedó mirando perdida en Dios sabe qué, mientras arriba de ellos todo empezaba a tornarse multicolor. El cielo era un camaleón descontrolado. Bo caminó hacia ella, la abrazó por la espalda y prefirió no decir ni pío. 

—Quiero recuperar mi vida, Bo…—dijo Susana a secas.

—Lo sé, amor, pero si huimos hoy, huiremos toda la vida.

*Carlos González Portillo (San Salvador, 1996): Ha estudiado Antropología Social y Cultural. Ha perdido certámenes literarios chafas y vergones. Actualmente trabaja brindando soporte técnico a ancianos que todavía usan Windows 98 y a otros que dicen preferir el Windows 11 en lugar del Windows 10.
Pintura
“La pasión y la suerte”; Guillermo Romero Vásquez ©

 

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