La divina providencia

Maridaje recomendado: Suero oral de farmacia

Por: Pedro Romero Irula*

“Let me be no nearer
in death’s dream kingdom”
T S Eliot

En un motel de Post-Sívar, el agente Uñas repasaba los detalles de su identidad falsa cuando escuchó el chillido de un halcón. Con un manotazo torpe, como de garrobo, Uñas arrojó los documentos. Los estudiaba desde meses atrás, cuando le comunicaron su misión en la ahora lejana Sensembra. No era tan distinta al anillo urbano de Post-Sívar, o a las afueras de la ciudad: barrancos y llanos repletos de edificaciones de lámina por donde se mueven sombras imprecisas. Sacó de su mochila una nueve milímetros (también llamada, según requieran las circunstancias, fierro o cuete). Pensó: me descubrieron, me cacharon, me hicieron la camita. No había un solo chance de que aquello fuera un halcón de verdad. Esas cosas no existen en cualquiera de los distritos de Sívar. Afuera, seguramente, un puerco capitalino estaba haciendo imitaciones burras de un halcón o de una aguililla para darle luz verde a un operativo policial en su perjuicio. 

Pero no sucedió nada.

Las lecciones de guerra habían intentado prepararlo para ese tipo de sustos, sin éxito. Los profesores eran unos exguerrilleros orientales de unos quinientos años que aseguraban conocer más o menos Sívar, pues ahí habían peleado un par de días durante la ofensiva final. En una ocasión, uno de ellos, un Atari que portaba su bastón como si se tratara de un fusil, escribió en la pizarra, con otra ortografía: No subestimarás a los cuilios, también llamados, colectivamente, chota o jura y, particularmente, puercos. Lo mismo con los chacuatetes. 

Duque levantó la mano. Hasta eso le salía bonito. Era la mejor amiga de Uñas, que se había enamorado de ella tras un arduo proceso fatal, por lo cual en su íntima cámara de cámaras, en el dominio secreto del amor, se agitaba un destrip vivo. Duque, en fin, disimulando muy bien cualquier dejo de angustia, le preguntó al dinosaurio de turno qué sucedería si por descuido o por cosas de la vida terminaran en manos de los, eh, agentes de la ley en San Salvador. Una vieja se chupó los dientes y escupió antes de responderle que, con toda probabilidad, serían torturados (quizás violados) hasta la muerte. Se hizo un gran silencio en el aula 7 del local de entrenamiento de la Brigada Independentista de la Gran República Oriental de San Miguel. No se ahueven, cipotes, dijo otro viejo que parecía ser el encargado de la logística cristiana, el Señor nos cubre con su mano de poder; acuérdense de lo que dice el Apocalipsis: sean fieles hasta la muerte, sino con la mujer al menos sí con la República de San Miguel, jujú. A todos los mayores de cincuenta años el chiste les pareció una joya y lo celebraron como tal. Los jóvenes reclutas de la Brigada tragaron grueso y se extraviaron en sus carreteras interiores en contemplación del futuro que se les ofrecía. Lo que vieron: un pozo hediondo, tan oscuro que el agua ahí solo se escucha cuando algo cae: pájaros, abortos, dientes humanos; un pozo, decía, en el que se ha practicado durante siglos la clase más rabiosa de magia campesina. 

La oscuridad de la habitación del motel era, sin duda, más acogedora, pero tan densa y fría que uno no podía notar afuera el mediodía insoportable de Post-Sívar.  Uñas se arrastró bajo la ventana. No le faltaban razones para sospechar lo peor: las portadas de El Diario de Hoy y La Prensa Gráfica que había tomado de la recepción anunciaban variaciones sobre el mismo suceso: POLICÍA Y FISCALÍA INVESTIGAN POSIBLE RED DE TERRORISTAS SEPARATISTAS MIGUELEÑOS / SEPARATISTAS MIGUELEÑOS RADICALES OPERAN EN CIUDAD CAPITAL / POLÉMICA E INCERTIDUMBRE POR SEGURIDAD EN PRÓXIMAS FIESTAS PATRONALES SIVAREÑAS.

Apartó los diarios de un manotazo y se levantó para abrir la ventana. Un destello nuclear fulminó el cuarto del motel El Oasis. 

Se sintió casi en casa al ver la desolación de Post-Sívar afuera: las planicies sin fin, árboles resecos como fósforos apagados, justo al lado del motel la carretera por donde pasaban sin detenerse carros y autobuses, el calor inescapable que se comportaba como una gelatina o un aceite que sustituía el oxígeno, las siluetas achicharradas de los prójimos que caminaban bajo el sol de camino a algún mandado nefasto. Más al fondo: el espejismo de Lourdes (también llamado London) Colón, y en el camino, como los rastros de Hansel y Gretel, las grandes colonias, casi ciudadelas, donde se asentaba la gente con (más o menos) bolas que ya no cabía en Middle Sívar ni en Rich Sívar. Según reportes de Duque, que esperaba órdenes en una de esas colonias, esos muros altísimos, como de empalizada, los protegían pequeños ejércitos particulares. Era fácil perderse ahí dentro, sobre todo de noche, ya que las casas eran idénticas y las calles tenían nombres similares: digamos, por efectos didácticos, que todas tenían nombres de flores, entonces vos vivís en Claveles, que está entre Rosas y Jacintos, y la circundan Hortensias y Margaritas, y así hasta no acabar nunca. Puras mañas de Sívar. Había que tener cuidado con las juntas vecinales, le contó Duque en una nota de voz, ya organizaban auténticas cazas de brujas contra cualquier sospechoso de proceder de Oriente: los más furiosos incluso exigían ver partidas de nacimiento de padres y abuelos para constatar el origen sivareño-occidental de sus vecinos, había despidos masivos de muchachas y jardineros, las pupuserías internas de la colonia ya ofrecían también curtido con mayonesa para capturar de inmediato a quien lo prefiriera por sobre el curtido normal, un árbol de gran tamaño en medio del parque central había sido designado como lugar de linchamientos. Vieras qué desvergue. Cuidate, Uñas, te quiero mucho. (La voz de Duque sonaba adormilada por el calor, como si todo aquello no le diera miedo, y ponía mucho cuidado en ocultar su acento.) 

—¡Ahí está! 

El grito devolvió a Uñas al motel El Oasis: soltó la pistola y dio un brinco que le hizo estrellarse la cabeza contra el marco de la ventana. 

—¡Ahí, ve! 

El vigilante del motel, un señor prietísimo ya inmune al sol, miraba al cielo usando una mano como visera mientras señalaba hacia arriba, como dibujando un ocho con el dedo. El halcón chilló de nuevo. A saber qué andará haciendo por acá, dijo el vigilante. Uñas no sabía si el hombre hablaba solo o se dirigía a él. Se sobó el cuero cabelludo y comprobó que no se había reventado la cabeza, aunque la cara le palpitaba por el dolor y la vergüenza. Le siguió el juego al vigilante y miró al cielo. Costaba un par de momentos siquiera abrir los ojos. El sol parecía estar a dos cuadras de la tierra. Poco a poco, Uñas vio la silueta del halcón planeando rígida, como si alguien la hubiera recortado con tijeras en la superficie del mediodía post-sivareño. Cerró la ventana y la cortina y regresó a la oscuridad.

Trébol, su contacto capitalino, pasaría por él a las 7 de la noche. No quería ver el reloj para confirmar que faltaba mucho para esa hora. Y para qué putas quería que fuera esa hora, se preguntó, si entonces empezaría lo perro, como habían denominado a esa etapa del plan los veteranos de Morazán. Por lo menos se encontraría con Duque. 

Sintiéndose como cucaracha, recogió los papeles que había lanzado, rojísimo de pena, como si hubiera hecho el ridículo ante una persona invisible, un fantasma que asustaba en ese cuarto del motel El Oasis. Para recobrar apostura, decidió reproducir un recuerdo que lo hacía ver blanco de la cólera: una visita navideña a unos parientes capitalinos de su mamá hace algunos años. La colonia era precaria, tirando a horrenda: de milagro se sostenía en el borde de un empinado barranco donde las casas diminutas se ordenaban como podían en pasajes estrechos y oscuros. Incluso Uñas, que conocía varios agujeros de pánico en la caliente San Miguel, dudaba que esa colonia de Deep Sívar fuera otra cosa que una perpetua escena del crimen. Desde que llegó, sus primos estuvieron pendientes de cuanta palabra salía de su boca. Se carcajeaban como ratoncitos, los comemierdas, acentuando mucho las jotas de los “jijií”. Después de media hora comprendió que sus parientes sivareños no eran idiotas, sino profundamente cabrones, que si le preguntaban si el Metrocentro de San Miguel ya tenía parqueo y luz eléctrica no era por ignorancia, que ellos sabían a la perfección que en la escuela no existía ninguna asignatura denominada “jaripeo”, que solo había vacil turbio y perfidia detrás de las observaciones del “fresco” que soplaba esa sofocante noche de diciembre en ese infame caserío de Deep Sívar. 

Por eso, cuando Trébol, su dealer, lo invitó, bajo excusas, a una reunión en un sótano de la alcaldía de San Miguel donde se le propuso entrar a las Brigadas Independentistas que liberarían al otrora glorioso Oriente salvadoreño del yugo capitalino, Uñas aceptó de buen grado, dijo “simón, perro” o “ahuevo, doggy” como si esas fueran sus últimas palabras, los conspiradores le aplaudieron y los más cercanos le palmotearon la espalda, pero él permanecía imperturbable, un genuino prócer, el nombre de una calle del futuro, una próxima respuesta en el examen de Estudios Sociales, ¡un santo que no necesitaba de la divina providencia!

Pero de momento no era el agente Uñas, recordó echándole un vistazo a los papeles en el piso, sino Frankie Ángel, residente en Ciudad Real, carretera a Santa Ana, hijo del comerciante Lucas Ángel, natural de Santa Ana, y la profesora Betty Rosales, natural de Ciudad Arce, él mismo de profesión estudiante, 23 años de edad, que ingresa a la ciudad capital con motivo del torneo de fútbol que se celebrará en el marco de las fiestas patronales en honor al Salvador del Mundo. En la mochila llevaba, entre otros artefactos, un rosario que la niña Betty le había obsequiado a manera de amuleto, la camiseta rojinegra del Ciudad Real Club de Fútbol estampada con el número 7 coronado por la leyenda de su nombre, FRANKIE ÁNGEL, medias, calzonetas y tacos, todo negro, una insólita provisión de tamales de gallina, municiones para la pistola y una taquera repleta de explosivos. 

Dejó caer la cortina y se tiró a la cama. Fue como si atravesara varios campos de estática: al caer al colchón sintió el cuerpo adormecido, dispuesto a permanecer en esa exacta posición durante años, como algunos monjes tibetanos que ascienden (en llamas) a las regiones escondidas de los santos. De seguro sólo eran los nervios. Los nervios y el aire acondicionado. En medio de la oscuridad creyó encontrar su pistola. Un tanteo más prolijo reveló que se trataba del control remoto. Oprimió el botón de encendido y una luz explotó frente a sus ojos. Le sorprendió que el motel El Oasis tuviera televisión por cable. Presionaba números al azar para encontrar cualquier cosa que ver. 

Casi todos los canales pasaban pornografía, que se tornaba más sórdida a medida que Uñas exploraba. Al principio descubría vídeos más bien ordinarios, genéricos: una rubiecita pálida era taladrada en múltiples orificios  por un círculo de negros, dos morritos tímidos se penetraban por turnos en lo que parecía una cocina ultramoderna o la sala de comando de una nave espacial, una latina visiblemente operada (tenía, además, los pezones bizcos) le hacía una mamada a un tipo al que se le veían solo las piernas, una modesta pero audaz orgía tomaba lugar dentro de un microbús que daba vueltas por una ciudad mientras el conductor se pajeaba viendo por el espejo retrovisor (los aullidos y los gemidos bastaron para dotar a Uñas de una erección), una mujer de rostro atigrado, profusamente maquillada, se mostraba ante la cámara que descendía hasta mostrar su verga enhiesta. 

Luego Uñas, quien no quería excitarse, no fuera a ser que perdiera ese sopor frío que le daba cierta tranquilidad, dio con dos canales que mostraban solo ruido blanco. Ahora probaba con canales de tres dígitos. Tropezó con lo que parecía ser una adaptación (muy mal actuada) de La Bella y la Bestia, ya en la recta final, cuando la heroica Bella reconoce que en su corazón de corazones siente amor por la Bestia, aunque esto ya no puede tener ningún valor, porque la Bestia se está muriendo; a la Bella, sin embargo, le trae sin cuidado su destiempo y va y le da un beso, y en consecuencia, al menos en la versión de Disney, la Bestia se transfigura en un rubio guapo, cosa que no sucede en esta película, sino todo lo contrario: es la chica quien cae al suelo, a cuatro patas, y empieza a emitir unos ruidos que dan pánico, unos alaridos que a Uñas le pusieron la piel de punta y le desinflaron la erección, sobre todo cuando la Bella se arranca el vestido y emprende una transformación pavorosa: es ella quien se convierte en ese híbrido de mujer con loba o con bisonte, le crecen pelos por todas partes, la boquita de rosa se le alarga en un hocico de pastor alemán, se le tuerce la columna a la altura de los riñones, y mientras todo eso sucede la cámara no se aparta de su cuerpo desnudo y retorcido por un segundo. Qué es esta mierda, dijo en voz alta Uñas, pero no cambió el canal. Sabía muy bien lo que venía, pero no cambió el canal. Dejó la película por unos largos cinco minutos después de que la Bestia saltara sobre la Bella transformada y la penetrara como un perro, emitiendo los ruidos más guturales, revolcándose con violencia entre las ruinas del castillo. 

Luego dio con la transmisión del culto de una iglesia pentecostal coreana, con muy malos subtítulos en español. (Los subtítulos, observó Uñas después de un momento, no buscaban traducir el significado del sermón del coreanito, sino transcribir sus meros sonidos con las palabras al español que más se les parecieran.) De casualidad sintonizó el reprise de una plenaria de la Asamblea Legislativa, donde un diputado de Oriente, cuya jeta Uñas reconocía vagamente por los afiches pegados en los postes de su colonia, gritaba: “Es que nosotros ya no reconocemos el poder central después de tanta…” Cambió el canal. Decidió dejar lo próximo que encontrara, fuera lo que fuera. 

Afuera, en el espacio exterior inmediato, el satélite que enviaba la señal quizás se encontraba bajo el embate de una tormenta solar, porque la pantalla se tornó granulosa, como si reprodujera cintas mohosas de VHS. Daban una película que no daba indicios de ser pornográfica. Uñas no veía bien los subtítulos y le costaba seguir el hilo de lo que sucedía: era como un sueño (¡enviado por Dios!) que saltaba de escena en escena, de peligro en peligro, sin una secuencia lógica clara, o por lo menos sólo existente en algún nivel de realidad del que Uñas no participaba. Un letrero en la esquina de la pantalla decía que la muvi se llamaba “Aquí viene la tiniebla”. 

En la pantalla: Dos hombres armados, uno fornido (el carro que conducían se inclinaba visiblemente a su lado) y el otro delgado, como mantis religiosa, conversan mientras dan vueltas interminables por una carretera de montaña. Una pareja católica citadina recorre los mismos caminos de montaña asesinando campesinos. Otra pareja, esta vez en La Gran Ciudad, recibe, de lo alto, una misión confusa que la lleva por champeríos y escenas del crimen en busca de ¿una niña?, ¿una imagen de la Virgen?, ¿una hija desaparecida? En un complejo militar se desarrolla una máquina de sueños o de alucinaciones ¿pero con qué fin? Por algún motivo, un ser de luz que podría ser un delirio de cualquiera de las parejas interviene en muchas escenas, casi de manera accidental, como si fuera un pájaro (¡un fenómeno sobrenatural!) que, ajeno al guion, se ha colado en las tomas.

Uñas llevaba viendo ya un buen rato (más de lo que creía), cuando en la película apareció Duque. Estaba muerta, en el asiento trasero del carro de los asesinos católicos. Por el agujero de la frente le manaba una jalea de sangre coagulada y linfa cerebral. El corazón de Uñas se descompuso. ¿Qué es esta mierda? La pregunta recorrió sus veredas interiores como una marea ácida que reducía a espuma todo cuanto tocaba, ¡y lo tocaba todo! Nada quedaba ileso en el secreto dominio del amor. Era un dolor familiar, que él había conocido por años, y él lo volvía a recorrer todo en un golpe de tiempo. Presencias bruscas corrían por toda la habitación sin que Uñas las percibiera, tan amargo era su trance, y todo lo desordenaban en su afán de darle otra forma a ese espacio.

En la pantalla entonces apareció Uñas. Iba adentro del carro en secreto, que nadie lo veía, como si hubiera entrado por la ventana (por la secreta escala), con el solo auxilio de la brisa, como un insecto. Tomó el cuerpo de Duque sobre sus piernas, era difícil, se le resbalaba el abrazo con tanta sangre, cualquier maniobra era incómoda estando apretujado por los otros cadáveres. Tomó el pelo de Duque y lo acomodó con gran delicadeza, como si ella solo durmiera, y a cada caricia le entraban coágulos y sesos debajo de las uñas. Con brazos temblorosos de destrip Uñas estrechó el cadáver y se quedó inmóvil, olvidóse, reclinó el rostro sobre Duque y cesó todo: derrotado, dejando su cuidado, entró por fin a las profundidades del dominio secreto del amor.

Fuera de la pantalla, Uñas lloraba. Esto no es una película, decía. Un filo de amargura le subía por el esófago. Intentó apagar la televisión, pero no halló el control, ni las orillas de la cama, nada. Adónde estoy, adónde voy, en qué me he metido. Tengo que salir de acá, pensó, ¿qué horas son? 

Entonces el motel El Oasis se transfiguró. Aquello ya no era Post-Sívar. Uñas sintió que de sí mismo permanecía nada más una partecita elemental, un polvo muy fino y primario. En ese estado intentó gritar qué putas está pasando. La habitación había fundido a negro. Una presencia inmensa, expansiva, que parecía desdoblarse en miles de frecuencias, llenó el espacio entero. Una legión de bichos subatómicos montaban guardia alrededor de las partículas de Uñas para que no se desintegrara de una vez por todas en esa tormenta primordial. De golpe, Uñas tuvo la impresión de estar en un anfiteatro gigantesco, de piedra, la sala de cine de un dios, donde había aterrizado de casualidad, saltando entre canales prohibidos en un motel de carretera. Una voz que venía de lo alto (que venía de todas partes) lo asaltó: lo llamó por su verdadero nombre, lo tuteó, y le dijo que prestara mucha atención.

A ver, hijo, déjame decirte que si emprendes la operación por la que has venido a Mi Ciudad, morirás. Morirás tú, morirá Duque, morirá Trébol. Al menos tú no sufrirás mucho, a los demás no los veo así de claro. Pero tendrán éxito. Trébol pasará por ti, llamándote Frankie Ángel, a la hora convenida. Se darán los toques y a ti te meterá a la colonia de Post-Sívar donde Duque se esconde bajo el alias de Filomena Reyes. Juntos colocarán la carga de explosivos en el carro del general Jaime Gómez, Ministro de Seguridad, que personalmente se ha encargado de los preparativos de seguridad para las venideras fiestas patronales de San Salvador. Esa noche, tú y Duque compartirán un momento íntimo. Ahí sí te pones contento, verdad. Pero no te alebrestes: la vida nunca es lo que esperas. A Duque no le gustas, ni le gustarás. 

Prosigamos. A la mañana siguiente seguirán al general Gómez a Centro de Gobierno desde uno de los muchos autos de Trébol –qué personaje misterioso, este Trébol, ni yo sé cuál es su cara verdadera. Detonarán la carga, juntos, los dos apretarán el botón. ¡Bum! ¡Qué señor pijazo! Chorros de heridos, muertos, escombros, caos en la capital. ¿Pero de veras crees que en San Salvador nadie se esperaba algo así, sobre todo en estas fechas, sobre todo con altos mandos de la seguridad nacional? ¿Crees tú que no hay un delator que se esconde entre tus filas? Ay, hijo, tienes mucho que aprender. El plan es que ustedes dos se esconderán en casa de la red en Middle Sívar mientras baja el desvergue. Pero claro que los descubrirán. Y ustedes intentarán escapar. La persecución que se desarrollará de Middle Sívar a Rich Sívar a Post-Sívar será algo que la ciudad recordará por muchos años. Pero al final serán acorralados. A ti te caerá una bala, mira nada más qué suertudo, y ahí quedarás, colgarás los zapatos, la palmarás, te irás con la que te trajo, te darán en la neck. Duque y Trébol sobrevivirán, lo cual es terrible. No quiero ver cómo terminan sus vidas en las ergástulas clandestinas de San Salvador, en las cárceles subterráneas de las alcantarillas. El Acelhuate tiene otra vida ahí abajo. ¿Ya conoces tú las ciénagas de mierda apelmazada, basura, lodo y agua mugre que existen debajo de la ciudad, muy en lo profundo? ¿No? Pues da las gracias que nunca las conocerás. 

Veo un libro de Estudios Sociales, veo dos o tres estudios académicos, veo congresos universitarios, y en todos esos eventos, los historiadores coinciden en que tu hazaña será el detonante de la Guerra Sivareña-Migueleña. Porque habrá guerra, hijo. No de inmediato, claro, pero Oriente y Centro-Occidente se irán a la guerra irremediablemente. La escalada, sin embargo, es tortuosa, sucia, mucho más oscura de lo que cualquiera pueda imaginar: veo capitalinos arrojados a los cocodrilos en la bahía de Jiquilisco, veo migueleños sometidos a torturas indecibles en mazmorras de Deep Sívar (¡qué lugar, hijo, tú ya lo conoces!), veo a tu madre entre alaridos y llanto cuando la televisión nacional transmita el desmembramiento público de tu cadáver, veo el surgimiento de caciques, veo gran nerviosismo y temblor en los departamentos de la Zona Paracentral, veo a otro grupo de jóvenes audaces, como tú y los tuyos, migueleños, como tú y los tuyos, que roban los restos mortales de Monseñor Romero de la Cripta de Catedral, veo la cueva de Ciudad Barrios donde los guardan, veo la cruzada católica que el Arzobispado de Sívar dirige contra Ti. Veo Metrocentro (¡ambos Metrocentros!) saltar por los aires, veo una de las dos Alamedas Roosevelt sembrada de cráteres tras la blitzkrieg enemiga. Y todo eso antes de la guerra. Veo la Batalla de San Marcos Lempa, donde tu hermanito pelea, ay, qué bicho más valiente, cómo avanza contra los sivareños con tu recuerdo por enseña, guiado, pareciera, por la divina providencia. Pero a él también se lo quiebran. Veo un sitio de hierro durante meses sobre el embalse de Cerrón Grande. Veo una conspiración entre migueleños, hondureños y nicaragüenses para convertir el Golfo de Fonseca en zona militar. Veo el puerto de La Libertad sometido al asedio de los piratas de la Flota Oriental. Veo las tierras de San Vicente y La Paz arrasadas, ahora el hábitat de una fauna carroñera que se nutre de los muchos muertos que la guerra avienta por ahí. Y veo también el final de la guerra. Tú quieres saber quién gana, ¿verdad, hijo? Pero déjame revelarte algo más importante. Veo las estrellas cayendo por sobre las montañas de Chalatenango, en las playas y sobre las ruinas de las ciudades centroamericanas. Veo la desintegración de todas las cosas, m’ijo, veo el fin. ¿Crees tú que eso está demasiado lejos? ¡Ja! Bueno, pero suficiente chambre por hoy, alias Uñas. Mejor te doy un consejo: sé fiel hasta la muerte. ¿O era: sé vil hasta la muerte? Sabes qué, haz lo que más te convenga. 

Con suavidad, regresaron las cosas de la habitación y se encendieron las luces. Uñas sentía que lo habían desarmado y vuelto a armar a la carrera, de manera prolija. Eran las once de la noche. En el teléfono, un mensaje de Trébol, enviado a eso de las seis de la tarde: mag voy x bos estate redi. Luego de eso, nada. 

Alguien tocó la puerta. Afuera se escucharon unos murmullos. Más toques. Desde afuera sacudieron la manija con insistencia. En el cuarto vecino, un hombre gemía de placer en plena coyunda carnal. Unas luces lentas de aspecto cuiliesco rotaban detrás de la ventana. 

—¿Frankie Ángel? —preguntó una voz. 

Uñas corrió hacia su pistola.

—¿Frankie Ángel? 

El visitante la emprendió a patadas contra la puerta. Descolocado, confuso, recién llegado de las regiones sobrenaturales, de los aposentos místicos, Uñas no reconocía su voz. Del cuarto de al lado llegaban gritos hondos, casi epilépticos, alguien se quedaba sin aliento. Uñas apuntó la pistola a la taquera de los explosivos, la puerta cedió a los vergazos, Uñas hizo fuego.

Pedro Romero Irula* (San Salvador, 1996): Lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “Cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.

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