Aquí viene la tiniebla

Maridaje recomendado:  Troika diluido con fresco en polvo Tang

Por: Pedro Romero Irula* 

I

—Kilómetro trece —observa el Zorro y escupe—. Verdugo, esto me da mala espina.

—Cerrá la ventana, loco —responde fastidiado el Verdugo—. Te ponés mal y el viento me acaba el cigarro.

—Puta, Verdugo, ¿cuántos augurios más necesitás para creer? —pregunta el Zorro y lo mira con ojos paranoicos que luchan por saltar de su cráneo.

El Verdugo le sopla el humo en la cara y le ofrece un cigarro. El Zorro sacude la cabeza mientras lagrimea y suspira como si el cuerpo le fuera a reventar en cualquier momento. 

—No tenés que fumártelo —explica el Verdugo—, sólo metételo en la boca y callate. Desde que nos asignaron la misión venís viendo mierda y media. Loco cerote paranoico. Si tuvieras tantito de razón, a este ritmo ya deberíamos estar en la cárcel o al fondo de ese barranco.

—Necio —regaña el Zorro, y empieza a contar con los dedos—. Nos hemos cruzado con animales negros, nos dieron este carro de abuelita, nos han enviado a esta montaña de mierda y encima pasamos por un kilómetro trece. No vamos a vivir para contarla, Verdugo, te vas a acordar de mí cuando del cielo nos empiece a caer mierda.

El Verdugo sonríe hasta donde se lo permiten el cigarro y la cicatriz en la mitad izquierda del rostro. Al instante la seriedad le golpea la cara y detiene el carro sin avisar, en seco, sólo pisa el freno hasta quedar a centímetros de la defensa de metal que separa la carretera del barranco, una caída de varios tonos espeluznantes de verde en la ladera de la montaña. Como una mamá regañona se levanta una señal en forma de hexágono que muestra rocas cayendo de lo alto, como meteoritos, sobre el carro desprevenido de algún desgraciado. El Zorro respira a explosiones, como si quisiera quebrarse las costillas y romper el cinturón de seguridad en un solo movimiento.

—¿Kilómetro trece dijiste? ¿Estás seguro? Puta, nos pasamos. 

El Verdugo gira en la carretera vacía con una barrida violenta que deja pintadas las huellas de las llantas en el asfalto y eleva un olor a caucho quemado. Lo del carro de abuela no es mentira: en serio les han dado una cajita de metal más parecida a un juguete que al vehículo de un par de asesinos. Sin embargo, esta misión requiere ir de bajo perfil: sólo van a dejar un paquete a una feria municipal en una de las montañas del norte del país. No se trata de engañar a un borracho para que suelte en alguna parte un explosivo mal armado o de secuestrar a algún imbécil, que es a lo que están acostumbrados: llegan a la montaña, esperan, el soldado al que le entregarán el paquete les dará una contraseña (vestido de civil, claro) se lo dan, si son tan amables le ayudan a cargarlo y misión cumplida. Pueden quedarse un rato en la montaña si lo desean: atipujarse de papas fritas y subirse a las ruedas siempre es un buen plan. Al Verdugo esas cosas le encantan: el cabrón le debe más de veinte muertes a este mundo y aún levanta las manos cuando se sube a las ruedas de los parques de atracciones. Así son las cosas. Si no le entusiasmara tanto la idea, hace rato le habría partido los dientes al Zorro, que venía asustado desde que les dijeron que irían a la montaña. El Zorro no fue siempre así: así quedó por alguna razón en la que nadie se ponía de acuerdo. Veía cosas y si uno le prestaba demasiada atención empezaba a pontificar sobre la inminencia del fin. 

—Zorro, serví de algo y mirá si alguien se acerca. Vamos a tener que pedir direcciones.

El Zorro suda y gime como si un espíritu maligno le desordenara las tripas a mordidas.

—No, Verdugo, por favor no. Vamos a terminar preguntándole a algún jura o sepa putas qué clase de loco. Es mala idea, Verdugo, mirá: apenas me dijiste y ya empiezo a oler sangre. ¿Vos no sentís un tufo a sangre? El fin se nos acerca, pendejo, yo sé de lo que te hablo.

—Que te coja el diablo, hijo de puta demente. Sos un asesino desde hace más de veinte años, cabrón. De trayectoria, cabrón. Si hay locos en este cerro culero, ellos deberían tenerte miedo a vos, cabrón. Te dejás de mierdas y ponés atención.

II

Mientras Henry baja del carro los siete cuerpos, detrás del muro de árboles, Débora mira la feria en la montaña vecina. Algo hay ahí que la hace sentir pura: las ruedas que giran, luces, un intento de música que se confunde con los bufidos de Henry. Por Dios, qué piensan estos cabrones, dice él. Está sudando y los siete cuerpos tirados en el pasto de ese claro escondido en la montaña responden con un babeo idiota y dormido. Es cierto. Se supone que en estos cerros hace fresco, no este calor de mierda, pegajoso como savia, dice Henry. Es el pecado del mundo que sube como un clamor al cielo, Henry, oráculo del Señor, dice Débora. La oscuridad que los rodea es verde y hace pensar a Débora en el tercer día de la creación, cuando solo los árboles existían y dominaban la tierra. 

Amor, llama Henry, vení y ayudame. Hay que ponerlos en estrella, como nos dijo el Enviado. Henry es un hombre pequeño y delgado, sin un gramo de músculo, y está exhausto. Sin embargo, se pone las manos en la cadera y se recoge la flema de la garganta para escupirla lejos. Pasa radiante por el aire como una luciérnaga. Apurate, Débora. Si terminamos a tiempo, quizás podemos ir a la feria. 

A Débora le gusta el algodón de azúcar y la comida refrita de las ferias y a Henry le fascinan las ruedas. Podría hablar todo el día sobre las muchas atracciones a las que se ha subido desde niño, especialmente de la Medusa: Es una base giratoria de la que se desprenden un montón de tentáculos que terminan en un arnés. Te acomodan en el arnés y empezás a girar. Puta, vos volás, te arranca del suelo la Medusa y vas a mil por hora gritando por el aire. Así funciona el mal, Débora, te arrebata al menor descuido y no te suelta, oráculo del Señor. Hay que estar atento a los movimientos del enemigo, ¿oís? Sin relajar la vigilancia ni una vez. 

Henry, llama Débora. Los siete cuerpos empiezan a despertarse. Los siete son unos campesinos que habían recogido en la carretera unas horas antes. La pareja les ofreció aventón hasta el predio de la feria y ellos aceptaron. Luego Débora les ofreció agua —la necesitaban después de caminar tanto debajo de ese sol insoportable— y todos bebieron y cayeron dormidos. ¿Cuánto usaste?, preguntó Henry. Seis tabletas, respondió Débora. Puta, mujer, eran cinco. Cin-co nos dijo el Enviado. No importa, Henry, las diluí en bastante agua. Débora, ¿no te das cuenta que la salvación del mundo depende de nosotros? Podrías tomarte estas cosas con más seriedad. Fue un error pequeño, Henry. No hay errores pequeños en las misiones de Dios, Débora, oráculo del Señor. 

Se habían mirado entre sí como niños agraviados y habían dado vueltas por la carretera esperando a que llegara la hora indicada por el Enviado. 

Henry, repite Débora, y le pone algo en la mano. Él empuña la pistola con la torpeza de un oficinista que hasta hace pocos días se ha convertido en soldado de Cristo por llamado de un Enviado del Señor. Es tu turno, Henry. Solo vos podés hacer esto, oráculo del Señor. La luz de la luna se mueve sin gracia a través de la cerca de vegetación y evita la estrella de siete puntas que forman los siete corderos del sacrificio drogados e inocentes, que apenas se hinchan y deshinchan para respirar. Henry carga la pistola y se dirige al centro de la estrella.

Al momento de darles instrucciones, el Enviado especificó que la tarea de sacrificar a los corderos era de Henry por el incidente del perrito. No dijo más sobre el incidente del perrito, pero Henry sintió que el Enviado le clavaba la vista aunque no pudieran verse las caras en medio de tanta luz. Lo del perrito fue así: A Débora le regalaron un cachorro malnacido y deforme, como si alguien hubiera tomado un montón de harapos para darles forma de perro. Hasta cuando ladraba era notorio lo que tenía el perro era anormal y resultaba incómodo mimarlo y jugar con él. Era una especie de monstruo sin culpa, una mascota temible por las razones equivocadas, y un día lo envenenaron los vecinos o se envenenó él solito por error. El animal no podía salvarse. Entonces Débora le pidió prestada la pistola a uno de los vecinos, que siempre guardaba una por si algún día tenía problemas con cualquiera, y le suplicó a Henry que sacara al animalito de su agonía. Henry lo llevó al fondo del barranco que delimitaba la colonia, cargado en un solo brazo, pistola en mano, y llegado el momento no pudo disparar. La mirada amarillenta del perro le prohibía usar la pistola. Entonces Henry disparó a la tierra y dejó que el perro se muriera por su propia cuenta al fondo del barranco. Al regresar, Débora le agradeció llorando y le aseguró que había sido una buena obra, un acto de misericordia. Esa noche Henry decidió no dormir para no tener pesadillas que distorsionaran su remordimiento y se la pasó mordiendo hielo junto a la ventana. Miró los aviones que cruzaban de vez en cuando el cielo mientras escuchaba el duelo de su esposa en la habitación y las balaceras y las sirenas de policía en la ciudad.

Luego empezó la violencia. Más bien la violencia siempre estuvo ahí, pero decidió hacer nido por una temporada en la colonia de Henry y Débora. Todas las noches ambos se turnaban para hacer la cena y cocinaban y comían platicando sobre las cosas que vieron a lo largo del día: cuerpos hinchados haciendo diques en los tragantes, gritos en la madrugada procedentes de la cancha y perceptibles más en la conciencia que en el oído, letreros extraños de pentagramas y dragones, camiones con policías y soldados dispuestos a depositar una bala en la cabeza de todos, rumores sobre la desaparición del hijo de algún vecino cualquiera de unos pasajes más allá. Veían las noticias con la esperanza de salir algún día en alguna de las tomas de las cámaras, aunque fuese como un par de piernas desenfocadas al lado de un hilo de sangre ensuciado de polvo. Y luego empezaron las cosas raras.

A veces Henry sentía una inquietud extraña por las noches, una especie de pulsión eléctrica que no venía de sus nervios sino de otra parte, del aire quizás, y lo empujaba a la ventana. Le explicaba a Débora lo mal que lo ponía sentirse como un aparato controlado por una voluntad desconocida. ¿Por Dios?, sugirió Débora una noche. Henry mordía hielo para tranquilizarse y lo pensó. Cerró los ojos, suspiró con violencia, y cuando los abrió vio por el cielo algo semejante a un anillo que emitía una luz verde. ¡Débora!, llamó. Pero cuando ella miró ya no había nada. 

A la mañana siguiente, mañana de domingo, Débora puso música mientras se bañaba, algo electrónico con mucho bajo y voces metálicas que se interrumpió sin ninguna explicación para dar paso a un anuncio: Buenos días, hijos de Dios. La transmisión de hoy es “E”. Ténganlo presente. Oráculo del Señor. Y la canción continuó justo donde había sido interrumpida. Lo comentó con otra vecina que también escuchaba esa emisora, pero ella no había escuchado la transmisión. A pesar de ello, las interrupciones se repitieron a lo largo de los días: las transmisiones revelaban siempre una sola letra o un solo dígito cuya suma o combinación no llevaban a nada. Hasta el momento Débora había notado, por pura curiosidad, la e, la zeta, el uno, otro uno, un cinco, un dos, de nuevo el uno. La voz era siempre vagamente familiar aunque sonara como filtrada por un montón de alambres: bien podía ser la de un extraño que alguna vez indicó una dirección en una calle desconocida o la de algún anuncio de la televisión o la de un compañero de colegio con el que nunca se habló demasiado o la de un sueño que se juró jamás olvidar y que se había olvidado. Y las interrupciones no venían solas. Después de la primera, en la tienda del pasaje hallaron cabezas humanas en el congelador del pollo. Desapareció el pastor de la iglesia de la comunidad y apareció otro, de nombre Simón, que daba de alaridos como si se dirigiera a un regimiento. Ya era hora, gritaba, de una nueva cruzada de los hijos de la luz contra los hijos de la sombra, y que el Señor pronto enviaría a sus ángeles para la instrucción y el consuelo de sus escogidos, quienes debían obedecer en medio de la gran tribulación por venir. Muchos vecinos decidieron mudarse a cualquier otra parte y su lugar lo ocuparon soldados y civiles con cara de soldados. Se les veía en los parques y siempre buscaban la sombra no para librarse del calor sino para esconderse. En la noche se escuchaban chirridos como de radio y murmullos extraños. 

Débora le pidió a Henry que ahorraran para comprar una pistola. A Henry pensar en armas le arruinaba el día y pasaba horas enteras con la imagen del perro que se moría sin ayuda al fondo del barranco poniéndose cada vez más amarillo. Henry decía que lo consideraba y todas las noches repetía su ritual: hielo en la boca, sillón frente a la ventana, ojos en el cielo a la espera de los aviones. 

III

Era 1992 y la Carretera de la Sierra solo conducía al suicidio. Había que ver cómo la dejó la recién terminada guerra: peor que esas películas de apocalipsis. Las bombas que la marcaron de lunares podían haber sido meteoritos, la cólera de Dios sobre el mundo. Los árboles cubrieron tramos enteros. Un carro patinaba sobre el maní forrajero y el tufo de la savia mareaba a los pasajeros. Carriles enteros habían cedido al barranco, paredes de roca aún mostraban consignas de guerra medio lavadas por la lluvia. Eso que sonaba como grava bajo las llantas era un detrito de huesos. Por la noche brillaban y parecía que en esa carretera se extinguió una raza de culebras con cabezas humanas: no había brazos ni piernas ni pelvis sino solo cráneos y columnas. Esta es la primera y la menos importante de todas las cosas que de ese viaje el Zorro no se puede explicar a ciencia cierta. 

Lo que buscaban el Zorro y los otros tres paramilitares era refugiarse a Honduras por una ruta alternativa, aunque nadie los perseguía, y aún si alguien les hubiese pisado los talones, el sabueso se daría por vencido en lugar de enfrentar la Carretera de la Sierra. 

El Zorro sabía que avanzar de noche únicamente los llevaría al fondo del abismo y decidió descansar en un tramo abierto de la carretera. Ésta se confundía con la tierra que la rodeaba, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, que no era muy lejos, y la luna se veía cercana, demasiado cercana, casi aplastando las copas de los árboles, y su luz caliza hacía que la planicie se viera como un campo de Marte. Dos de sus compañeros de crimen durmieron en el carro y uno más, el enano del grupo, durmió en el baúl abierto. El Zorro pidió dormir afuera. En realidad no cerró un ojo en toda la noche y se dedicó a mirar la luna hinchada y fumar y pensar en las muchas personas que arrastró fuera de sus casas y mató porque alguien los tachó de guerrilleros. No sintió remordimiento. Muchos de sus compañeros de trabajo, los que iban en el carro incluidos, hicieron lo que hicieron porque creían que era un mal necesario: ensuciarse era necesario para echar a andar el engranaje que pondría la historia en su justo camino. Al Zorro le daba lo mismo: en mitad de la guerra pudo haber cambiado de bando sin problemas. Matar no le desagradaba ni le gustaba: él les metía una bala en la cabeza y se movía al siguiente caso. Hubo quien los despellejaba y les metía sopletes en el culo e incluso a un par de verdugos les daba por el canibalismo: un coronel en específico —un tal Donoso— devoraba a sus prisioneros poco a poco y luego les mostraba su bacinica. Al Zorro eso le daba pereza: el dolor de las víctimas, el descontrol de los verdugos, los jueguitos de terror y esperanza de la tortura. Todo eso era trabajo por el que no le estaban pagando y él no lo iba a hacer. A él lo buscaban para operativos rápidos, sencillos, nada de interrogatorios o sesiones largas. El Zorro recordaba el rostro de muchos de sus muertos y eso no le producía nada. A las víctimas no tenía nada que decirles y ellas no podían decirle a él ya nada. Ese era el tipo de pensamiento que corría por la mente del Zorro bajo ese cielo insólito.

Dentro del carro, alguien se agitó en sueños y luego se calmó. A lo mejor estarían soñando con sus muertos. Ellos sí tenían miedo de lo que hicieron: veían fantasmas en todas partes, sufrían pesadillas, repetían que el mal es poderoso. El Zorro pensó qué pasaría si las víctimas resucitaran el día del fin, tal como dicen que está escrito en la Biblia, qué pasaría si después de la muerte hay algo más que la putrefacción, qué pasaría si eso rompiera las puertas de la historia y del mundo para poner orden en el caos. 

De repente la luna apareció demasiado cerca; la gravedad se agigantó y aplastó al Zorro contra la tierra, y los del carro también lo sintieron, las latas y los huesos crujieron, el aire dolió en los pulmones que se cerraban, y luego todo se detuvo. La luna cubría casi todo el cielo pero empezaron a aparecer las estrellas: primero un destello inconcluso, rojo, como un fósforo que alguien apaga cuando apenas empieza a arder, y luego otro destello, y luego otro, y las tres luces formaron un triángulo engarzado y se acercaron a la tierra. 

Los del carro salieron asustados, uno de ellos llorando, y el Zorro recuperó el aliento y se incorporó con el rostro virado hacia las luces, ahora verdes: el aire se había tensado y el mundo se veía como en las películas. El tiempo avanzaba como un péndulo: cada segundo hipnotizaba a los cuatro criminales que querían huir a Honduras pero ahora tenían los ojos secuestrados por ese anillo triangular de luces verdes que se les acercaba. 

Entonces el Zorro parpadeó y al abrir los ojos el cielo estaba vacío. Habría tenido una pesadilla por pensar en idioteces antes de dormir. A él no le pasaban esas cosas, pero para todo hay una primera vez, hasta para el terror y lo misterioso. Se lo contaría a los demás para que se rieran y no se preocuparan tanto por terminar al fondo de un barranco. El Zorro se levantó y vio el carro abierto como una flor de metal: puertas, baúl, capucha, y ni rastro de los demás. Un poco más adelante encontró la chaqueta de uno y más lejos un montoncito de dientes, sobre todo muelas, todos relucientes con la humedad de la boca pero limpios, sin sangre ni nervios, como si las encías de sus dueños se hubiesen derretido. El Zorro se puso a respirar muy fuerte y miró la hora en el reloj del carro: las cuatro de la mañana. Llamó a gritos a los desaparecidos. Aunque le hubiesen respondido, no pensó en esperarlos: giró las llaves que ya estaban prendidas en el carro y dio media vuelta hacia San Salvador. Ahora pensaba en muchas cosas: en su sueño, en el futuro, en un disco de fuego volador que dominaba la noche de la montaña con una flota de ruedas engarzadas de ojos, en el Armagedón, en la justicia, en las cosas en las que creía y en las que no, y luego dejó de pensar para poder regresar a la ciudad sin estrellarse. 

IV

Henry masticaba hielo en la ventana cuando empezó a temblar. Débora salió como una bala trastabillante hacia la sala, junto a Henry, y juntos vieron que en la casa se abrían grietas que irradiaban luz. Henry, chillaba Débora, qué putas está pasando, pero él estaba ocupado ahogándose con el cubo de hielo. El temblor cesó: ya no era una sacudida sino un latido extraño, volcánico, y un sonido como de ráfagas lo acompañaba. Entonces un pilar de luz hizo un agujero en el techo de la sala y la inundó de polvo y yeso y escombros. La luz era artificial, casi malvada: irradiaba algo escondido que le ponía a uno los nervios de punta. Junto con ella descendió una silueta humana de resplandor insoportable: su brillo desplazaba el aire y hacía que Henry y Débora se asfixiaran de terror. 

—10-4, 10-4 —dijo el recién llegado—. Operación Patmos en proceso, 10-4. 

La voz les sonaba de algo. El recién llegado dirigió su rostro invisible como el sol hacia la pareja que temblaba, arrodillada a sus pies. Henry emitía un ruido sordo, vomitivo, tras haberse tragado el cubo de hielo. 

—Henry, deje de toser como un imbécil: se encuentra usted ante el Enviado del Señor. Débora, dele una palmada. ¡Con fuerza! Muy bien. Presten atención, soldados de Yahvé. He aquí que soy el Enviado del Señor, Bendito sea su Nombre, Santo, Santo, Santo. Y el Señor tiene una misión para ustedes dos, hermanos. Operación Patmos: en curso. El Señor, Alabado sea, considera necesaria su intervención en este mundo tal como se establece en el Libro de la Revelación de su siervo Juan. Y Él requiere el sacrificio de siete corderos como ofrenda inicial antes de emprender la nueva creación. Lo que harán es lo siguiente, oráculo del Señor.

V

Santo, Santo, Santo, dice Henry mientras traza con gasolina los rayos y haces de la gran estrella que forman los siete cuerpos. El rumor monótono de su alabanza se mezcla con las olas de los amplificadores de la música de la feria y si uno le pone atención, como descubre Débora, todo se vuelve más frenético. Los cuerpos empiezan a recobrar conciencia, quizás avivados por el tufo de la gasolina, y sus mugidos sordos se incorporan a la febril antífona del fin del mundo que suena por toda la montaña. 

Henry —dice, casi canta Débora, pero él ya no necesita que nadie le diga nada y toma la pistola, se acerca al primer cordero del sacrificio y le dispara, santo, santo, santo. La sangre fluye de la frente del campesino. Y así lo hace Henry siete veces. La sangre y la gasolina, a la luz siniestra de la luna, se esparcen como un laberinto de aluminio en el claro y palpitan los balazos por el aire. Desde la feria, como un eco, llegan los estallidos de las luces chinas. 

Henry ahora grita “santo, santo, santo”. Débora enciende un fósforo y lo arroja al cuerpo de la víctima más cercana a ella, que todavía se agita con espasmos, y el ruido del fuego como un órgano infernal se suma a la canción del apocalipsis venidero y los pájaros que vuelan sobre la noche de la montaña pueden ver cómo se enciende en la tierra una estrella de siete puntas, al principio borrosa por el humo pero luego luminosa como una marca de Caín. 

Algo, quizás un avión, cruza el cielo nocturno sin hacerse notar y sobrevuela la estrella. Luego brilla con luz verde y desaparece con un guiño.

Santo, Santo, Santo, le grita Henry a Débora y le busca el rostro con las manos y la lleva hacia sí y la besa y trata de continuar gritando su alabanza mientras le busca la lengua con la lengua. Es raro eso de coger en el altar del sacrificio ardiente: las cosquillas en la piel vienen de las ganas y del calor que les chamusca los pelos y el ardor del humo en la garganta los hace gemir y vibrar con más gravedad y el tufo de la carne que se quema les parece delicioso, pero cuando todo eso se vuelve insoportable huyen al carro. Ambos siguen febriles, aceitosos, rojos por la luz y por la sangre de los sacrificados, y el carro amplifica sus gritos y sus gemidos y se mueve al compás de los empujones; quién habría dicho que Henry, el neurótico flaquito, y Débora, la aburridona de pelo feo, invocarían el fin de la historia mientras cogían y por poco volcaban una camioneta blindada. Incluso a ellos les parecía ridículo y no se lo terminaron de creer nunca porque desde otro flanco de la montaña, un soldado disparó un misil hacia la estrella. Podría decirse: guiado por mano divina hacia la camioneta. El proyectil los alcanzó cuando ni siquiera se habían quitado la ropa por completo. Lo que quedó de la pareja saltó por los aires con un montón de chispas y escoria metálica. En la montaña vecina era fácil confundir esa explosión con algún fuego artificial. 

—10-4, 10-4 —dice el asesino de los asesinos desde su escondite a la radio que cargaba— Operación Patmos exitosa. Procedan con el plan, 10-4.

VI

En el Estado Mayor de la Fuerza Armada hay varias oficinas subterráneas donde se esconden los secretos de la porción salvadoreña de la historia del mundo. Desde una de estas oficinas, el pastor Simón Morales dictaba citas bíblicas a la radio de Débora Montes. En esas oficinas también escribía los sermones de su recién adquirida iglesia, interrumpía los programas de radio de Débora con mensajes crípticos y se había preparado para descender a la sala de los Montes en una de las naves de luz verde que Henry confundía con aviones desde su ventana. Esas las donaron los gringos durante la guerra y las habían usado para un par de masacres. El hecho de que las volvieran a usar le preocupaba un poco. Todo esto es una especie de broma, ¿no?, le había preguntado al gringo con el que se reportaba, un viejo de muelas podridas que se hacía llamar Monheim. You’re somewhat stupid, le respondió el así llamado Monheim, and I’m not sure if I want a retard among the Chosen. El pastor Simón Morales no entendió una palabra y decidió no volver a preguntar. 

En una ocasión, días después de ordenarle a Henry y a Débora asesinar a siete personas en una montaña, disponerlas en forma de estrella y darles fuego, vio cómo arrastraban a una de las celdas más infames a un par de bultos irreconocibles de tan golpeados. Eran lo que quedaba de un par de campesinos. Líderes comunales, al parecer. Los muy necios se resistían a entregar unas tierras que serían “claves para el futuro de la raza humana.” Simón Morales dejó de escribir su sermón de ese día y salió al pasillo a husmear algún resquicio por el que se escuchara mejor. De pronto sonó la voz de Monheim. Habló en un español rudo sobre una montaña, un sistema de cuevas, un refugio donde los elegidos podrían resistir la gran tribulación por venir. Lo interrumpió el sonido carnoso de una patada sobre carne expuesta, luego el latigazo de un metal eléctrico encontrándose con piel ensangrentada, el cascabeleo de dos dientes como dados cayendo en el suelo del subsuelo de San Salvador. Mientras aún pudieron hablar, los campesinos se repitieron entre sí, como si Monheim y sus torturadores no estuvieran presentes, una especie de mantra: nada malo nos ocurrirá, compañeros, nada malo nos ocurrirá, nada malo nos ocurrirá. Lo que producía verdadero horror es que sonaba a que en verdad lo creían. 

Después de un rato, Monheim salió a lavarse las manos, cubiertas de grasa y sangre y pelos, y se encontró con el pastor, quien todavía estaba sentado afuera, junto a la celda, temblando de horror. 

Horas después, el pastor Simón Morales fue asesinado a balazos por desconocidos mientras se dirigía a su iglesia. 

VII

“GRAN SORPREZA AL FINAL” habían escrito en uno de los letreros de la feria. El Verdugo no paraba de reírse ni el Zorro de llamarlo una mala señal. El Zorro tuvo que emborracharse para guardar la calma, pero más que tranquilo estaba resignado: lo que habría de venir pasaría y ya. Aún no anochecía.

La transacción había sido rápida: le entregaron algo que parecía un lanzamisiles y municiones abundantes a un grupo de soldados disfrazados de civiles y eso fue todo. Los soldados se marcharon en dirección a la montaña vecina y los dejaron en paz. El Verdugo se puso de un buen humor insólito y se quedó vagando por la feria un buen rato. Se subió varias veces a las ruedas e hizo varias paradas en los puestos de churros y cerveza. Hoy sí, vámonos, le pidió el Zorro una vez caída la noche, casi sin ganas. El Verdugo aceptó sin fruncir demasiado el ceño, pero entonces pasaron frente al puesto de la adivina. Te apuesto a que ni siquiera esta puta mentirosa trae tanto mal agüero como vos, Zorro. Y entró a que le leyeran la mano.

El cuartito improvisado con varas y tela era diminuto y apenas cabían la mesa de la adivina con todos sus aparatos ilusorios, el Verdugo enorme y malvado como el matón que era y la adivina misma, apenas una adolescente que no parecía estar completamente ahí. Ella cabría perfectamente en una caja de música o en un hormiguero. El Verdugo le tiró un par de billetes a la mesa, miró afuera al Zorro con una sonrisa ebria y puso su mano enorme en la de la adivina, anémica y sutil. 

Ni siquiera le había tocado bien las líneas de la palma cuando la adivina respingó como una apuñalada.

—¡Mala señal! ¡Mala señal! ¡Nos has condenado a todos! ¡Aquí viene la tiniebla! ¡Vos nos has traído la tiniebla! ¡Mala señal!

Repetía la misma frase como intentando apaciguar su horror y cada vez que la gritaba le hincaba más la uña en la carne al Verdugo. Cuando empezó a herirle, el Verdugo le ordenó que dejara de joder y le reventó la cara con el puño. El golpe arrojó a la adivina por el aire y destrozó la caseta hechiza. 

La feria era tan estridente que nadie se dio cuenta. El ruido cubría a los asistentes como un pantano. Miraban las luces chinas. Sonó una particularmente fuerte que arrojó chispas sobre toda la montaña. La onda expansiva de la detonación despeinó al Verdugo, que ahora sí tenía miedo. Le pareció ver algo raro en el cielo, una especie de luz verde que duró apenas un parpadeo. Tomó al Zorro por la camisa, lo alzó en el aire y le preguntó a gritos qué putas estaba pasando y qué putas era eso tan malo que iba a pasar.

Lo dejó caer a tierra y una vez en el suelo, el Verdugo le dio una patada en la cara. Ambos tardaron en darse cuenta de que el silencio ahora reinaba en la feria y los asistentes apuntaban con los dedos hacia el cielo. Ahí arriba una estrella parpadeó, pareció hacerse más grande, como si hubiese explotado demasiado lejos, y se desplomó por el cielo dibujando un trazo de polvo fosforescente que no tardó en desvanecerse, y luego otra estrella hizo lo mismo, y luego otra, y otra más, y luego todas. 

Pedro Romero Irula* (San Salvador, 1996): Lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “Cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.

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