Hard Rock

Presentamos un adelanto de la novela “Hard Rock” de Felipe A. García. Esta historia, publicada por la editorial Los sin pisto (2018), pueden solicitarla a través de un correo a editexto@gmail.com. 

Maridaje recomendado: Whisky

1 

WELCOME TO THE JUNGLE 

Ernesto se suicidó sólo por jodernos.
Se disparó frente a todos.
Nadie sabe por qué.
Bueno, sí lo sabemos. Sólo fingimos que no. 

Viernes 18 de enero del 2008 

Nosotros estudiábamos en el Liceo Salvadoreño. Aquel era nuestro último año de colegio. Finalmente éramos de la promo. Desde muy temprano buscábamos nuestros nombres en los registros de cada sección. 

Tan solo un año atrás, yo estudiaba en el Colegio Santa Cecilia. Fui expulsado porque mi número de ausencias superó al de mis asistencias. Y, aunque mis notas no eran malas y mi conducta siempre fue de diez —en parte porque no llegaba a clases—, no se me permitió matricularme para el último año. 

Mis padres se pusieron como locos cuando el director del Santa Cecilia les contó sobre mis ausencias. No podían creerse que me zafé de clases todo el primero de bachillerato. De castigo, al menos para mí, decidieron meterme en el Liceo. 

En los pasillos podía escuchar los gritos de mis compañeros. Se sentían vergones por estar a menos de un año de graduarse. 

Cuando el timbre sonó, nos metimos al aula a buscar asiento. Nadie sabía quién sería nuestro profesor titular. Esperábamos a que en cualquier momento entrara. Mientras lo hacíamos, un chico salió a revisar de nuevo la lista de la sección para buscar a alguien. Cuando lo encontró, gritó: “¡El Gayboy tocó con nosotros!”, consiguiendo que el aula estallara en carcajadas, las cuales cesaron sólo hasta que el profesor entró al salón. Todo aquel júbilo se convirtió en pesar al enterarse de que nuestro titular iba a ser un tal profesor Rodríguez, alias Tortugón. Lo llamaban Tortugón por ser un hombre pequeño, gordo y con una papada tan grande que le ocultaba el cuello. También por tener una voz tan grave y pausada que lo hacía escucharse como un retrasado mental. 

Tortugón entró disculpándose por el atraso. Se presentó y nos advirtió que la fórmula para llevar la fiesta en paz era la disciplina. Se echó un sermón de veinte minutos tratando de definir la palabra disciplina. Cuando al fin nos vio la cara de aburridos, comenzó a pasar asistencia. Nos llamó uno a uno hasta que nombró a un tal Ernesto, pero él no estaba. 

Al terminar, Tortugón se puso a dar indicaciones de cómo debíamos comportarnos en el acto de inauguración de año. A él no le importaba que se tratara del primer día de clases, si era necesario nos bajaría puntos en conducta. Antes de dar el último aviso, un chico pálido y escuálido entró al salón. Tortugón, molesto, le preguntó el motivo de su retraso. 

—Es que me equivoqué de sección —respondió apenado. 

“¡QUÉ PENDEJO!”, murmuró entre risas un grupo de compañeros sentados en los pupitres de atrás. Tortugón lo dejó pasar de muy mala gana. No le dio importancia sólo porque se hacía tarde para la inauguración del año. Las otras secciones ya estaban de camino al gimnasio. 

El acto fue una verdadera tortura. Dos malditas horas parados en ese asfixiante y caluroso gimnasio. Ya a todos nos dolían los pies. Por suerte sólo faltaba cantar el himno del colegio para terminar con aquel infierno. Cuando el coordinador nos invitó a cantarlo, escuchamos un golpe al suelo. Alguien se desmayó y, por aquel espacio hueco, su golpe causó un fuerte eco que nos llamó a todos la aten- ción. Era el mismo muchacho que entró tarde al salón. 

Tortugón corrió a socorrerlo. Nosotros, o al menos una gran mayoría, nos reíamos por aquel incidente que según entendí no era la primera vez que sucedía, y con el que todos en la promoción estaban familiarizados, ya que, una vez ocurrió, rieron más por costumbre que por gracia. Mientras Tortugón ayudaba al chico, el resto de nosotros ahogamos nuestras risas con las manos para evitar ser sancionados por el profe. Sólo dos compañeros, de toda la sección, no hicieron el más mínimo esfuerzo por ocultar sus carcajadas. Uno de ellos fue el mismo tipo que en el salón nombró a un tal Gayboy. Su nombre era Julio. El otro se llamaba Brian. Ambos estaban cagándose de la risa frente a los demás. Tanto fue su descaro al reírse que Tortugón les advirtió que si seguían burlándose iba a bajarles tres puntos en conducta. Todos en el gimnasio tenían las miradas puestas en la sección. Fue el coordinador quien dio la orden de continuar con la ceremonia para no perder más tiempo. 

Empezaron a cantar el himno del colegio seguido por el nacional. Y aunque todos coreaban, nadie despegó su vista de Tortugón ni de aquel chico que era escoltado a la enfermería. Cuando ya estaban lejos y no había forma de que Tortugón los escuchara, Alberto hizo señas a Brian para llamar su atención. 

—¡Ya comenzó con sus virgadas!
—¡Culeradas! –corrigió Brian con una risa maliciosa. 

Brian, Julio y Alberto retomaron las risas en pleno himno nacional. Las risas de Brian y Julio eran ahora más precavidas por si Tortugón regresaba. Sin embargo, la de Alberto era una risa muy escandalosa y peculiar, que hasta parecía fingida, pues al escucharla era difícil no asociarla con el balido de una cabra. 

Tortugón fue el último en entrar al aula. Caminó directo a su escritorio a buscar un fólder que guardaba bajo llave. Cuando lo encontró dijo que sentía mucho tener que estrenarlo el primer día, pero si no lo hacía seguiría pasando ese tipo de cosas, refiriéndose al incidente con el muchacho que se desmayó. Se paró enfrente de Julio y Brian para pedirles sus números de lista y así bajarles los tres puntos en conducta que les advirtió. “No me parece justo”, continuó diciendo “que en lo que un compañero sufre un accidente, ustedes se burlen de él en lugar de ayudarlo. ¡Eso no es de cristianos!“. 

Al darles la espalda, Julio y Brian protestaron en silencio. Julio, quien a leguas se notaba era el payaso del aula, soltó una risa que nos dio a entender su indiferencia por los tres puntos menos. Brian, quien por otro lado se echaba a notar era más prepotente, le sacó el dedo medio de ambas manos y comenzó a balancearlas de arriba hacia abajo. En sus labios se pudo alcanzar a leer las palabras «viejo cerote», aunque estas no llegaron a pronunciarse. Un pupitre atrás de él estaba Alberto, riéndose como siempre, como el cabrón que era. 

A la salida, mientras esperaba la llegada del microbús, me puse a platicar con Juan Carlos, un compañero de mi misma sección. Pero nuestra conversación se vio interrumpida cuando escuchamos el golpe de una puerta al impactarse contra la pared. El estruendo vino acompañado de una maldición. Todos, al menos los que más cerca estábamos de su origen, nos aglomeramos en los baños para averiguar qué pasaba. 

Alguien gritaba puteadas al aire. Pero estos insultos evidentemente estaban siendo ahogados por alguien más. De rodillas, sujetado fuertemente por Alberto, estaba el chico que se había desmayado esforzándose por escapar de las manos de Brian, mientras este, con el zíper de sus pantalones abajo y exhibiendo el bulto de su pene detrás de sus bóxers, restregaba sus testículos en el rostro del muchacho. A un lado del baño estaba Julio, sonriendo y grabando con su celular la broma. 

Muy pocos pudimos ver qué fue lo que pasó. Las puertas del baño no eran tan grandes como para dejarnos ver en su interior. Apenas éramos unos diez los que, hechos nudo bajo el marco de esta, nos apretujábamos para poder ver. 

Cuando los brazos de Alberto se cansaron de tanto esfuerzo y los intentos del chico por fin dieron resultado, dio a Brian un empujón que consiguió botarlo. El muchacho, a quien hasta ese momento conocía como Gayboy, se puso de pie con violencia e intentó golpear a Alberto en el rostro, pero este logró evadir el golpe inclinándose apenas unos centímetros hacia atrás. 

“¡CULEROS!” Gritó el chico antes de tomar su mochila del suelo y salir de los baños. Una vez abandonó los lavabos, la muchedumbre se disipó. Sólo quedaron Brian, Alberto y Julio, quienes se reían de su reciente fechoría. 

—Ellos son Alberto y compañía —dijo Juan Carlos en un tono despreocupado. 

—¿Y el otro maje? —le pregunté, refiriéndome al chico a quien molestaban. 

—Ernesto. 

Al notar mi expresión de desconcierto, Juan Carlos me explicó que Ernesto era “el pato” de la promoción. Eso era porque se decía que Ernesto era culero. “¿Es gay?”, pregunté. “¡A saber! A mí no me consta. Pero hay un rumor de que le mamó la verga a otro maje”, respondió Juan Carlos. “Al menos eso es lo que dice Alberto”, agregó. 

Datos de la publicación:

Obra: Hard Rock
Género: Novela
Autor: Felipe A. García
Editorial: Los sin pisto
Año: 2018
Precio: $9.00
Pedidos: editexto@gmail.com

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