Las transformaciones de la bruja

Presentamos el 5to y último cuento del Especial de Halloween 2019 en Revista Café irlandés. Un relato de Jorge Mercado, autor de otros cuentos como “Réquiem de los domingos”, “Por donde caminan los ciegos”, “Sopa de letras”, entre otros. Todos ellos publicados en Revista Café irlandés.  

Maridaje recomendado: Licuado de belladona con leche

Por: Jorge Mercado*

Foto de portada: Salvadore Rosa (1646); Las brujas y sus encantamientos

La perdición de mi abuela fue un señor del que se enamoró. Ella era una señora tranquila, respetada por su bondad y su carisma. Dicen que los moribundos, antes que preferir acudir al cura para recibir los últimos ritos, la invocaban a ella, porque en su presencia encontraban un símil de la gracia de La Virgen y morían en paz y sin dolor. Por eso la llamaban La Virgen Moribunda. También dicen que el mote se debía a todos los hombres del cantón que la cortejaban y a los que ella despreciaba sin titubeos, pero que, aseguraban, cualquier rato alguien le iba a matar la virginidad. Ya se contaban siete muertos a causa de ese amor: dos suicidas, tres en riñas que acabaron en sangre y dos más que se desbarrancaron por cantar elegías en su nombre sin prestar atención al camino.

No era que mi abuela hubiera jurado castidad para toda la vida, que formar una familia no estuviera entre sus planes, ni siquiera que acunara delirios de grandeza que la mantuvieran a la constante espera de aquel que caminara a su altura, —aunque la gente decía que seres angélicos como ella dedicaban su vida al servicio de otros sin entorpecer su destino con cosas que eran exclusivamente para los de este mundo—, pero que, supuestamente, mi abuela decía que simplemente no había conocido al hombre correcto.

Al principio, dicen que mi abuela pensó que estaba pagando por todos los males y desgracias que había provocado entre los hombres encontrándose con uno que a su vez no correspondía a su amor desesperado. Cuando la gente del pueblo se enteró, dicen que la aconsejaron, que le dijeron que ese hombre era un perverso, que tenía tratos con el diablo, que era un borrachín hediondo y harapiento, que en su avaricia habría podido vender a su propia madre con tal de conservar a sus preciados animales, que (y esta era la habladuría más cercana a la verdad) únicamente estaba interesado, en cuestiones del amor, en practicar el bestialismo. Mi abuela, más preocupada por encontrar la manera de conquistar al dueño de su corazón y acabar con la indiferencia del señor de sus desdichas, no prestaba atención a todos los consejos que le daban los que la querían.

Dicen que un día, al borde de la locura, mi abuela decidió seguir al hombre en secreto, meterse en su casa y enfrentarlo de una vez por todas, amenazándolo con que si la rechazaba una vez más lo mataría y luego ella se suicidaría. Esperó a que cayera la tarde. Cuando vio pasar al hombre frente a su casa, acompañado de sus perros y arreando a las vacas que mugían estrepitosamente, se escondió entre unos arbustos secos que con dificultad la ocultaban y con facilidad le arañaban la piel. El hombre llevaba una distancia propicia para no revelar su presencia, cuando mi abuela decidió encaminarse sigilosamente sobre la vereda de pisadas con que animales vacunos y perrunos acompañaban a su amo. Al llegar a la casa del hombre, como una desmayada que recupera la consciencia, cayó en la cuenta de la locura que cometía. Se maldijo y ya decidida a marcharse sin mirar atrás y a olvidarse definitivamente de ese desgraciado, escuchó unos ruidos provenientes del patio trasero de la casa. Carcomida por la curiosidad, con pasos gatunos rodeó el lugar sin hacer ninguna bulla ni espantar a los animales. Mientras más se acercaba al origen del ruido, más se convencía de que se trataba de algún cerdo que no podía estar siendo otra cosa que torturado. Estuvo a punto de perder el sentido, se le engarrotaron las manos, perdió la fuerza de los pies, la mueca desagradable que el terror había dibujado en su rostro habría espantado hasta al satanista más curtido cuando vio a su amado, a su amor imposible, a su gran amor, sodomizando a una marrana que, evidentemente, no parecía experimentar ningún placer en medio de la agitación del sexo experimental.

Mi abuela cayó en cama. Dicen que pasó delirando un mes entero, que gritaba como poseída por el diablo, repitiendo una y otra vez ¡la tunca! ¡La tunca! Que lloraba hasta en los breves lapsos en que conciliaba el sueño. Como la encontraron a media calle, semidesnuda, embarrada de productos lácteos, arrancándose los pelos de la cabeza y destrozando los restos de su vestido mientras daba alaridos de condenada, nadie se explicó que pudo haberle pasado. Todo el cantón comenzó a establecer hipótesis y consolidar diversidad de teorías, pero al final todos llegaron a la conclusión de que se le había aparecido el diablo. Solo una niña, apenas en sus quince años, hermana de mi abuela, acertó en proponer que tal vez ese repentino mal estaba relacionado con la historia reciente de sus malos amores por el hombre perverso. Todos la desestimaron y la llamaron ignorante. Hicieron sesiones diarias de rezos, que iban desde la madrugada hasta bien caída la noche, se desgastaron los rosarios, se abusó de las salve y de las avemarías, se repitió el padrenuestro hasta que los versos perdieron todo sentido: las plegarías estaban dirigidas en parte por la salud de mi abuela, para que se recuperara, y en parte para la salvación de su alma, por si estaba destinada a despedirse del mundo de la materia.

 

Una tarde tempestuosa de invierno mi abuela comenzó a recuperar el sentido. Los presentes, al darse cuenta de la buena nueva, arreciaron las plegarías imitando la tormenta que ensordecedora estallaba en los tejados, revelando un mal presagio. Dicen que mi abuela fulminó a todos con una mirada de loca que les hizo temblar las piernas y castañear los dientes. Comenzaron a darse cuenta de que una gélida brisa los estaba congelando, como si el diablo les estuviera respirando en el culo. Pero encomendándose a una legión de santos y de arcángeles y de vírgenes, no desfallecieron en sus plegarías. Los alaridos de mi abuela eran capaces de competir con el estruendo de la naturaleza. Dicen que mi abuela gritaba me cago en Dios, me cago en la hostia, me cago en mis muertos, a mí no me salva ni Dios, como respuesta a todas las santas palabras que se recitaban en el cuarto. Señales estas que dejaron  a los presentes con la certeza de que no podía tratarse de otra cosa que de una posesión demoníaca. Eran bien conocidos por todos los síntomas: ¿de qué otra manera podían explicarse que mi abuela, no habiendo visto jamás una telenovela o serie o película española, en un cantón del tercer mundo en donde ni siquiera la energía eléctrica había llegado, fuera capaz de proferir semejantes blasfemias propias de aquellos lugares a un océano de distancia, sino tratándose de esa bien sabida demostración innecesaria del poder diabólico para hacer que sus humanos recipientes hablen en lenguajes extranjeros? Santiguándose hasta desgarrarse la piel, los parroquianos no se dejaron intimidar por los prodigios del maligno, pero antes de que pudieran hacer algo al respecto, mi abuela salió disparada por la ventana con un brinco sobrehumano. Nadie volvió a verla durante un año y medio.

Durante su ausencia mi abuela se dedicó a la búsqueda de un viejo brujo de occidente, experto en teriantropía o la transformación de humanos a animales. Cruzó valles, atravesó lagos, vadeó ríos y escaló cerros hasta encontrar el hogar secreto del brujo que, según dicen, aparecía únicamente a una hora determinada de la madrugada y que solo se podía ver de espaldas a través de un espejo roto sostenido con la mano izquierda. Después de ser aceptada como discípula, mi abuela fue sometida a un exhaustivo entrenamiento: estudió física y química, cursó un semestre intensivo de biología molecular, destacó en el trimestre de zoología especializándose en tres ramas: la herpetología, la ornitología y la mastozoología, y como buena estudiante universitaria que se precie, se emborrachó de placer en orgías y fornicó con machos cabríos en aquelarres.

 

Cuando la vieron caminando por las invernales calles de barro del cantón después de tanto tiempo y cargando a un niño de dos meses entre sus brazos, la conmoción fue tan intensa que las más viejas del lugar murieron súbitamente entre maldiciones y asegurando que, en medio de los ejércitos infernales, El Rey de este mundo pronto vendría a reclamar su trono. Algunas gentes juran que como respuesta a esa agonizante afirmación pudo escucharse en un susurro etéreo, pero lo suficientemente claro para comprenderse, la frase: La Reina, perras. Lo primero que mi abuela hizo fue dejar al misterioso niño, aparentemente su hijo, ciertamente mi padre, al cuidado de mi tía, la que propuso que tal vez la locura de mi abuela no se debía a encuentros con el diablo. A pesar de las advertencias de todo el mundo, que la exhortaban a negarse porque ese niño solo podía ser fruto del prolongado concubinato que mi abuela había mantenido con Satanás, mi tía-abuela aceptó al niño y lo recibió con amor de madre desde el primer momento.

El reinado de terror de mi abuela duró alrededor de cinco años. Aunque dicen que no era ella la única que se convirtió al mal, la verdadera naturaleza de las personas que acudían a sus servicios pagando para provocar calamidades a sus enemigos quedó en evidencia. El servicio más solicitado de mi abuela era el de la mona. Por medio de un secretísimo ritual, que dicen que de ser escuchado por un alma no iniciada induce a la locura, mi abuela se convertía en una mona negrísima y fea que atormentaba a sus víctimas hasta enloquecerlas o matarlas. Convertida en diversos animales, la bruja echaba a perder cultivos, destruía romances, ponía a padres contra hijos y a hijos contra padres, hacía que los hombres mataran a sus mujeres o que las mujeres mataran a sus maridos cuando roncaban la borrachera, todo eso que ya pasaba en el cantón desde tiempos inmemoriales pero que los habitantes atribuyeron a su maligna influencia.

Hubo algo que no se supo hasta llegado el trágico final de mi abuela. Dicen que, de  entre todas sus artes, la que dominaba en niveles superlativos era la capacidad de convertirse en tunca. Dicen que en secreto, todas las tardes, cuando veía al hombre pervertido andar detrás de la procesión vacuna que guiaba hacia su casa, mi abuela se le adelantaba y lo esperaba en un chiquero, transformada en tunca. Nada más acomodar a las vacas en su lugar, el gran amor de mi abuela se disponía a saciar sus desviados placeres y, viendo a aquella hermosa tunca tan carnosa y fina, no dudaba en fornicarla y sodomizarla y hasta practicar posturas acrobáticas que la negativa de los demás animales se lo impedía, y que en cambio con esta tunca tan dócil y sumisa, tan dispuesta que parecía disfrutar más que él el placer de la copulación, todos los excesos estaban permitidos.

Pero el hado funesto no permitiría que su dicha durara para siempre. El hombre perverso comenzó a sospechar de la tunca. Después de cinco años comenzó a preguntarse de dónde había salido aquel animal que no le pertenecía. Que cómo era posible que una tunca pudiera dar semejantes muestras  de placer, cómo era posible que un animal pudiera contonearse así encima de él, con esos movimientos pélvicos tan propios de una mujer diestra en el amor. Se dio cuenta de que esa predisposición no podía compararse con la resistencia que ponían los demás animales cuando los utilizaba. Se dijo que no era lo mismo no sentir ese forcejeo, esa sensación de sometimiento y poder que la daba violar a los animales. Decidió espiar a la tunca. Engañándola se adelantó a los procedimientos de mi abuela, fue testigo del secretísimo ritual que realizaba para transformarse. Dicen que la indignación del hombre fue tan grande que no perdió la cordura al atestiguar semejantes ritos. Echando espuma por la boca fue hasta el interior de su casa y, recordando las técnicas contra los brujos que su padre le había enseñado, afiló y (mediante otro secretísimo procedimiento), curó su machete favorito: era la única forma de provocar algún daño a una bruja transformada.  Mi abuela que lo ignoraba todo y no sospechaba nada, ya lo estaba esperando como siempre en su lecho de fango y estiércol. Pero esta vez la tunca no recibió las acostumbradas y dulces penetraciones del amor, lo que la penetró esta vez fue el machete del hombre, que echando espuma por la boca, desde alguna maquina infinita de espumajos dentro de su estómago, maldecía al cielo y a la tierra.

A mi abuela la encontraron toda macheteada en medio de una milpa que cercaba el cantón. La encontraron desnuda y en su forma humana. Dicen que la cara de mi abuela era un cóctel de emociones petrificadas. Una expresión de espanto, combinada con un aire de profunda tristeza, pero también un hálito de resignación le desfiguraban el rostro. La noticia resonó por todo el país, menos por el hecho de tratarse de un caso de brujería, más porque en los juzgados los fiscales y abogados se vieron envueltos en un dilema ético, legal y de género. No sabían si procesar al asesino, a quien capturaron días después, por maltrato animal o por feminicidio. La mitad del estrado alegaba que, como mi abuela estaba convertida en tunca en el momento del crimen, al acusado debía dictársele una sentencia acorde, pero la mitad aseguraba que el acusado había cometido el crimen, como se comprobó en la investigación, en plena consciencia de que a quien asesinaba en ese momento era en realidad una mujer. Todo el mundo aplaudió la sentencia que después de varios meses de controversia resolvió condenar al acusado por feminicidio y por maltrato animal al mismo tiempo, alcanzado una pena de doscientos años.

*JORGE MERCADO (SAN SALVADOR, 1992) DESERTÓ DE LA UNIVERSIDAD CON LA CONVICCIÓN DE CONVERTIRSE EN ESCRITOR EN UN PAÍS DONDE LA LITERATURA “VALE VERGA”. ES AMANTE NO SECRETO DE LA LITERATURA GÓTICA, JAPONESA, FANTÁSTICA. ES DE LOS “PENDEJOS” QUE CREEN QUE EL CUENTO ES EL ARTE MAYOR DE LA LITERATURA. EN SUS RATOS LIBRES, QUE SON 24 HORAS AL DÍA, TRATA DE QUE NO FALTE EL BLACK METAL.

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