Diario mortuorio (adelanto)

Presentamos un adelanto del libro “Diario mortuorio” de Felipe A. García,  publicado por la editorial Los sin pisto (2018). Pueden solicitarlo a través de un correo a editexto@gmail.com. 

JUEVES 08 DE MARZO

(Sueño)

Una anciana aparece en la habitación, vestida con camisón negro. Se me acerca e intenta seducirme. Me toma por el rostro y me besa, mete su lengua en mi boca e intenta tocarme el esófago con ella. La anciana se aparta y me sonríe. Junta sus manos y las ahueca. Las aproxima a la boca y comienza a escupir uno a uno sus dientes. La anciana se queda cholca.

SÁBADO 10 DE MARZO 

De pequeño tuve un amigo imaginario. Se llamaba Roque. No siempre fue imaginario. Antes de morirse de neumonía para las vacaciones de fin de año, él era real. A Roque le gustaba nadar. Le gustaba tanto que, para su cumpleaños número ocho, su papá le organizó la fiesta en un club privado con piscina. Yo, quien siempre fui un chico enfermizo, no pude asistir a su fiesta por culpa de mi sinusitis crónica. Por eso y porque, por mala suerte, el día de su cumpleaños cayó una tormenta con la que Mamá temió que agravara mi salud. Intenté comunicarme con él para disculparme y decirle que le tenía un regalo, pero nunca atendió a mis llamadas. Ni siquiera me contestaban en su casa. Y como ya estábamos en las vacaciones de fin de año, no pude ni entregárselo en el colegio. Me quedé con el presente en las manos. No tuve noticias de Roque hasta el año siguiente, al inicio del segundo grado, cuando Benjamín, otro amigo, me preguntó si me había dado cuenta de la muerte de Roque. No supe qué decir ni cómo reaccionar. Rodrigo, con quien hablaba minutos antes de enterarme, comenzó a burlarse de Benjamín y a llamarlo mentiroso. “Eso no es cierto”, exclamó con seguridad Rodrigo, “la muerte es esa cosa que sólo le pasa a los viejos”. En aquel momento decidí creerle. Sus palabras sobre la muerte me parecieron más lógicas. Pero cuando entramos al salón de clases, el director del colegio pidió un minuto de silencio por Roque. Mientras todos estaban callados, sentí que los ojos se me humedecieron un poco, pero comencé a parpadear tantas veces como me fue posible para evitar a como de lugar llorar. No podía llorar frente a todos. No quería que me llamaran marica por hacerlo. Cuando llegó la hora del recreo me fui a los arbustos que quedaban frente a la piscina del colegio. Aquel era el lugar donde acostumbraba jugar con Roque antes, cuando él estaba vivo. Jugábamos a que éramos agentes secretos. Imaginábamos que salvábamos el mundo. Él había elegido ese lugar porque le gustaba el olor de agua clorada. Nos reuníamos todos los recreos y en la salida, hasta que su papá llegaba a buscarlo para llevárselo a casa. El día que me di cuenta de la noticia no quise jugar. No sólo porque estaba triste, sino también porque ya no tenía con quién hacerlo. Pasé muchos días escondido en nuestra base de operaciones sin hacer nada más que extrañar a Roque, hasta que un día me lo imaginé ahí conmigo. Me lo imaginé jugando a los agentes secretos. Y así, sin más, yo me le uní al juego. Retomamos nuestras aventuras para salvar al mundo, venciendo villanos con nuestras pistolas láser y viajando en el tiempo. Una tarde después de clases, mientras jugaba con Roque imaginario, vi a su papá sentado en la gradería del patio de recreo. “Ahí está tu papá”, le dije a Roque. Y le señalé a ese hombre que había llegado por su hijo para llevarlo a casa. Sin ponernos de acuerdo, el papá de Roque y yo decidimos imaginar que su hijo no estaba muerto. Desde entonces, en los recreos y a la salida, yo corría a nuestra base de operaciones para jugar todo lo posible con Roque antes que su papá llegara por él. Cuando finalmente llegaba al colegio, se sentaba en una esquina del patio de recreo, siempre ocultando sus ojos llorosos detrás de unos lentes de sol, a esperar que Roque imaginario terminara de jugar conmigo. Entonces yo le decía: “creo que ya vienen por vos”. “Ahí está tu papá”, se lo señalaba. Y luego veía cómo Roque tomaba su mochila y se iba corriendo hacia donde su padre se encontraba. Así fue por muchos meses. Hasta que un día Rodrigo comenzó a burlarse de mí. Me llamó loco por estar jugando con un muerto. Enojado, le di un empujón a Rodrigo con el que conseguí botarlo. Él se puso de pie y me devolvió el empujón. Empezamos a pelear. Una maestra, a lo lejos, nos vio y sopló su silbato para detenernos. “¿Qué está pasando acá? ¿Por qué están peleando?”, nos preguntó mientras nos sujetaba a ambos por un brazo. “¡Es que él me está molestando!”, me defendí. “¡Es que él está loco! ¡Está jugando con un muerto!”, me puso el dedo Rodrigo. “Eso no es cierto”, refuté. “Claro que sí. Dice que está jugando con Roque, el niño que se murió”. Me quedé callado porque no supe qué más decir. “¿Es eso cierto?”, me preguntó la maestra. “Sí”, respondí con la vista en el suelo. La maestra me pidió que la acompañara. Fue a buscar a mi profesora titular, la seño Vilma, y le contó todo. La seño Vilma escribió una nota y me ordenó que se la entregara a mis papás. Ellos llegaron al día siguiente y se reunieron con ella. Ahí les contó de mi amigo imaginario. Les sugirió que me llevaran a hablar con una psicóloga. Recomendó la del colegio. Al salir de clases tuve que reunirme con ella para hablar de Roque. No quería hacerlo. Menos cuando sabía que él me estaba esperando en nuestra base de operaciones. La psicóloga trató de convencerme de que Roque no estaba ahí. Que él ya no estaba en ninguna parte de este mundo. Que él ya era un “angelito”. Pero yo no quería hacerle caso. Me cruzaba de brazos y miraba al suelo con los ojos húmedos, parpadeando a cada rato para reprimir el llanto. “Roque sí está aquí. Si no, ¿por qué su papá sigue viniendo por él?”, le pregunté a la psicóloga. Ella se extrañó de mi comentario. Me rogó que se lo repitiera porque quería entenderlo. Cuando lo hice, me pidió que la llevara a donde estaba el papá de Roque. Salimos a buscarlo. Lo encontramos en el mismo lugar. Ella intentó hablar con él, no sé de qué. Sólo recuerdo ver al papá de Roque negar con la cabeza una y otra vez. Ella trató de calmarlo pero el hombre seguía alterado, descontrolado. “No”, le gritó antes de irse. Entonces ella regresó a mí y me explicó que muchas veces negamos las pérdidas. Y si estamos en negación no podemos avanzar. “¿Avanzar a dónde?”, le pregunté. Pero su respuesta no la entendí. No estoy muy seguro de cuánto tiempo seguí hablando con la psicóloga del colegio. Sólo recuerdo que entre más hablaba con ella, más borroso era el recuerdo de Roque, mi amigo imaginario. Un día, finalmente, la psicóloga me dijo que ya no era necesario que la visitara en su oficina. Me lo dijo la misma mañana en que me vio jugando con mi nuevo amigo. Sin embargo, ella seguía preocupada por aquel hombre que todos los días llegaba al colegio para llevarse a su hijo a casa. En repetidas ocasiones vi que ella lo esperaba a la salida para hablar con él. Pero cuando él la veía desviaba su camino. Otras veces vi cómo ella lo sorprendía y cómo él se tapaba los oídos y se iba para no escucharla. Hasta que la psicóloga se cansó de tratar de ayudarlo. Dejó que aquel hombre siguiera llegando al colegio a buscar a su hijo imaginario. La última vez que vi al papá de Roque fue el día de nuestra graduación. Fue en el gimnasio del colegio. Él estaba en la gradería, sentado al lado de los otros padres. Cuando el acto terminó, se quedó sentado donde estaba, fantaseando con Roque sujetando ese diploma que todos nosotros teníamos en mano. Quise acercarme y saludarlo, pero no me atreví a interferir en su imaginación. Desde ese día no he vuelto a verlo. No sé qué fue de él. A veces creo que todavía sigue llegando al colegio. Pero otras veces, me temo, creo que no pudo con aquella pena y se mató. Me lo imagino ahorcado, frente a su hijo imaginario.

Datos de la publicación:

Obra: Diario mortuorio
Género: Novela
Autor: Felipe A. García
Editorial: Los sin pisto
Año: 2018
Precio: $8.00
Pedidos: editexto@gmail.com

 

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