Etiqueta: Literatura salvadoreña

Aquí viene la tiniebla

Maridaje recomendado:  Troika diluido con fresco en polvo Tang

Por: Pedro Romero Irula* 

I

—Kilómetro trece —observa el Zorro y escupe—. Verdugo, esto me da mala espina.

—Cerrá la ventana, loco —responde fastidiado el Verdugo—. Te ponés mal y el viento me acaba el cigarro. Seguir leyendo «Aquí viene la tiniebla»

Maletas perdidas: crónicas de viaje de Jacinta Escudos

Presentamos un adelanto del libro «Maletas perdidas» de la escritora salvadoreña Jacinta Escudos. Este libro, publicado por la editorial Los sin pisto (2018), recopila una serie de crónicas de viaje de la autora. Pueden solicitarlo a la editorial a través de un correo electrónico a: editexto@gmail.com 

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Por donde caminan los ciegos

Maridaje recomendado: Líquido -acuoso y amarillento- secretado por los riñones que se libera a través del proceso de micción

Por: Jorge Mercado*

El mendigo doblaba la esquina cuando se le cayó el único pedazo de músculo que recubría su fémur. Se ha inclinado a recogerlo y lo ha ajustado de nuevo a su hueso. Lleva una semana tratando de encontrarse entre la basura. Este día no ha tenido mucha suerte, ya comenzaba a considerar dejarlo para mañana hasta que advirtió, en una ventana al otro lado de la calle, en la esquina que acaba de doblar, tendido en un alambre junto a ropa interior de mujer, su intestino delgado. Se siente tranquilizado. La gente ya comenzaba a dirigirle miradas de reprobación por andar en su estómago abierto nada más el intestino grueso, que lo encontró hace tres días en un puente de la ciudad. Seguir leyendo «Por donde caminan los ciegos»

Literatura salvadoreña: un ambiente desolador

Maridaje recomendado: Café 

Por: Luis Contreras*

¿Cómo empezó su gusto por la literatura?

Empecé a escribir de pequeña, desde los 11 años. No recuerdo exactamente por qué. Tal vez era el ambiente, que era muy opresivo, aislado, apartado. Vivía en los Planes de Renderos. Para entonces ahí era el puro monte. No había vecinos, no había gente. Éramos una familia muy pequeña, no socializábamos mucho, no tenía hermanos menores ni mayores. Entonces cada día era de preguntarme qué haré. En ese tiempo, mi papá y mi tío me regalaban libros, aunque no supiera leer. Y aunque sea los hojeaba. Si los libros tenían ilustraciones lo que hacía era imaginarme la historia. Cada vez que abría de nuevo el libro eran historias diferentes. Lo gracioso fue que cuando ya aprendí a leer y leí las historias verdaderas, me gustaron más las mías. Poco tiempo después supongo que decidí que yo también podía hacer lo mismo, escribir historias. No se las enseñaba a nadie, eran sólo para mí. Y empezó el ejercicio de querer hacerlo, así como de leer más y de rescatar la idea de poder ser escritora. Seguir leyendo «Literatura salvadoreña: un ambiente desolador»